Ocurrió con una pelota
viernes, 11 de abril de 2008

Una historia de nuevos inmigrantes

Por Moshé Korin

Durante mi visita a Israel, una de mis sobrinas, Liliana, me contó un enternecedor relato acerca de nuevos “olim” (inmigrantes), vecinos suyos.

Ocurrió en agosto de 2004.

Ella me cuenta que alrededor de las 10 de la mañana, golperon a la puerta. Abrió. Junto a la entrada estaban parados una mamá y cuatro niños pequeños. “Do you speak english?”, pregunta la madre con acento francés, y yo respondo (mi sobrina) afirmativamente. “¿Tal vez haya visto en su patio una pelota?”, pregunta en inglés, y aclara: “Los chicos estaban jugando a la pelota, y cayó ayer en el patio de ustedes”. Y yo recuerdo haber visto -sigue relatándome Liliana-, una pelota azul dando vueltas por la casa. No comprendí cómo había llegado a casa, pero no le di mayor importancia a esta pregunta. En lugar de eso, la empujé hacia una esquina, y ahora no consigo recordar dónde está.

“!Ah, sí!”, respondí con seguridad, empezando a entender el pequeño drama que tenía lugar.

“Pasen, tengo que buscar la pelota”, los invito, y ellos entran en silencio. La madre sigue de pie, y los cuatro niños toman asiento en silencio en el sofá del salón. Veo la esperanza y el temor en los ojos de los pequeños.

Mi primer intento por encontrar la pelota fracasó. A fin de ocultarlo, departo con la madre. “Vivimos en la casa de al lado. Somos “olim” de Francia. Llegamos hace una semana”, cuenta.

Aquí la historia comienza a ser no simplemente una historia acerca de una pelota perdida, sino una que gira en torno a la absorción de la aliá. Empiezo a emocionarme. Comprendo que esa pelota para estos niños, que pronto habré de enterarme que no saben ni una palabra de hebreo, no es simplemente una pelota. Es el objeto querido, conocido, que trajeron de “allí”, con el cual pueden jugar con alegría, deleite y seguridad en el patio de su nueva casa, en ese lugar nuevo, la ciudad Rishon Letzíon, Israel.

-Comprendí -me sigue relatando mi sobrina- que si no encontraba esa pelota, estaría haciendo un aporte negativo a la absorción de esos niños encantadores en Israel. No puedo decepcionarlos.

Sigo buscando en la casa, y ellos continúan sentados en el salón. No pronuncian palabra alguna.

Cada tanto regreso al salón con las manos vacías. Sabiendo que no tiene sentido hablar con los niños de cualquier otro tema. Ellos están concentrados en una sola cuestión: la pelota. Ni siquiera piensan que ésta sea su primera vez, tal vez, en una casa israelí.

Tras cinco minutos de búsqueda, que se prolongaron como una eternidad, encuentro la pelota. Quien no haya visto la felicidad en la cara de los niños y la madre, en su vida vio la alegría.

Quiénes son los nuevos “olim”.

Ahora es posible comenzar a hablar.

-La madre me cuenta, me sigue relatando Liliana, que ella es profesora de matemáticas y su marido, un experto en informática. El encontró trabajo en Israel. Ella comenzará a estudiar en el “ulpán” a comienzos de septiembre. Los niños estudiarán en el colegio de nuestra calle, en el marco de “Teli” (Programa de Refuerzo del Judaísmo).

Desempolvo el francés que aprendí en el secundario, y hablo con los niños. Ellos no parecen impresionados por mi francés.

Ruti (el nombre de la madre) me presenta a los chicos por sus nombres: Natán, de 11; los mellizos Eli y Shmuel, de 9; y Ana, de 7. La familia Zarbibe.

Aquí entra en escena el piano del salón. Ruti me cuenta que dos de los chicos aprendieron a tocar piano en Francia. Ella quiere que sigan estudiando aquí. Pregunto a los niños si desean tocar, y, para mi sorpresa, aceptan. Uno a uno, se acercan al piano y tocan. Les arrojo algunos cumplidos y pienso: cuánto valor, disciplina, educación y cortesía hacen falta para tocar en una casa extraña. Un niño israelí no hubiese accedido. No hubiese tenido vergüenza de decir: “no”.

Después de la música, pasamos al hebreo. Los niños no saben ni una palabra en hebreo. Les pregunto si quieren que les enseñe dos palabras en hebreo, y ellos responden con una sonrisa que sí. Les enseño la palabra “javer”, “javerim”, y les aseguro y deseo que tengan muchos amigos en Israel. Ellos sonríen. ¿Acaso lo creen?

Intercambio números telefónicos con Ruti, y le digo lo que se dice a todo nuevo vecino y todo nuevo “olé”: “Si necesitan algo, no temas venir a preguntar o pedir”. Ella agradece con alegría. Para mayor seguridad pregunto si tienen heladera. Me tranquiliza. Tienen todo lo que necesitan. El container completo llegará la semana entrante.

Antes de despedirnos, les enseño otra palabra nueva: “lehitraot” (hasta la vista).

Los cuatro encantos salen en silencio de la casa y dicen, cada cual a su turno: “lehitraot”.

Un año después.

A continuación, siguió contando mi sobrina, que en Junio de 2005, a casi un año de lo transcurrido, la pelota siguió rodando. ¿Qué cambió?

Al mediodía de un día feriado en el mes de Junio de 2005, dos de los hijos de sus vecinos, llegados de Francia hace casi un año, golpean la puerta de su casa. Esta vez vinieron solos, sin la mamá, sin todos los hermanos. Abrió la puerta con una sonrisa. El mayor de los dos me dice (en hebreo): “Perdón, aquí hay una pelota”.

Le muestro con un movimiento de mano que todo el patio está abierto para él, y agrego una palabra o dos. No más. Los niños que buscan una pelota no tienen tiempo para las palabras de los adultos. Ni en hebreo ni en cualquier otro idioma. Me pareció que dijeron gracias. Salen al patio, toman la pelota y desaparecen.

¿Y cuál será el próximo capítulo de esta historia por entregas?

¡Qué país! No creo en los milagros, pero que ¡Los hay, los hay!