Seņora de la Escena y de la Vida: Norma Aleandro
jueves, 29 de agosto de 2013

Por MoshéKorin

Hace unas semanas mi señora Sara y yo junto a Chino y Pnina fuimos a ver la obra “Master Class” en el Teatro Maipo dirigida por el Maestro Agustín Alezzo, protagonizada por Norma Aleandro y un  muy buen elenco.

Ni bien apareció en escena, quedamos embelesados por su porte, por su postura y su talento.

 

 

Ella protagoniza a  María Callas, una voz que cantó durante trece años para vivir eternamente. Pero Norma Aleandro es una Callas ya retirada de los escenarios. En “Master Class”, la voz de la diva ya se había quebrado por las duras exigencias a las que la había sometido el afán perfeccionista. Ya no es la voz: ahora sólo puede enseñar. Norma Aleandro, representando a María Callas, es una maestra dura, irónica, implacable y perfeccionista a la vez. En la transmisión es necesario el esfuerzo para alcanzar la emoción. El esfuerzo es un puente hacia mayores alturas espirituales.

Cinco voces

Recordemos que la cultura argentina se constituye con el aporte de lo autóctono, la comunicación de las diversas tradiciones y colectividades. El arte, el teatro y el cine en particular, colaboran en el conocimiento y el enriquecimiento mutuo, a fin de lograr ese objetivo.

La labor artística de Norma Aleandro es un símbolo y un puntal de esa comunicación en la diversidad.

Cuenta una leyenda remota que cuando el mundo aún era demasiado joven, no tenía libros. Necesitaba entonces que alguien le contara en voz alta, cuentos y leyendas; que le revelara la historia de sus mayores, que le enseñara a descifrar sus sueños y los misterios. Llegó un hombre y cantó: fue el poeta lírico. Luego vino otro hombre y narró: fue el poeta épico. Finalmente llegó un carro lleno de mujeres y hombres, contaron, cantaron e hicieron vivir la palabra ante la multitud: fue el teatro, donde los seres humanos aprenden a verse. En cada generación, el rapsoda, el recitador, narraba; el juglar cantaba; el actorrepresentaba. Una mujer extraordinaria, una vez se animó a narrar, cantar, actuar, escribir libretos y dirigir. Las cinco voces fueron una, para ofrecer al pueblo una poesía total. Esa mujer es Norma Aleandro.

Múltiple presencia

Una de esas mujeres, exponente del arte argentino, americano y universal, es Norma Aleandro. Esta actriz fue diversas mujeres y será muchas más en sus personajes. Quizá por eso hoy, Norma Aleandro es para nosotros una presencia compacta y visible, pero a la vez dispersa y múltiple: al verla a ella, también intuimos la presencia de sus personajes: todas aquellas mujeres que se han encarnado en su cuerpo, en sus gestos y en su voz para existir entre nosotros.

No es necesario un esfuerzo para evocar a esas mujeres. Esas mujeres pertenecen a distintas culturas y épocas, pero conviven hoy y aquí.

Esas diferencias nos hablan de las semejanzas entre los pueblos, pues somos semejantes y no siniestramente idénticos. Las personas que fue Norma Aleandro en el escenario nos acercan esas semejanzas, que nos hacen insustituibles unos por otros y necesarios a todos.

Orígenes y todos los roles

Es hija de los actores María Luisa Robledo y Pedro Aleandro, hermana de María Vaner y madre de Oscar Ferrigno (hijo).

Comenzó a actuar de niña junto a sus padres y luego integró el Instituto de Arte Moderno.

La primera vez que la vi —hace ya aproximadamente cincuenta años— Norma Aleandro era una muchacha judía. En “El décimo hombre” de Paddy Chayeisky, se presentaba la situación dilemática del hombre moderno ante un Dios cada vez más lejano. Sorprendía el patetismo de los ritos originados en una milenaria transmisión de antiguas escrituras y el baile del cabalista con los creyentes. Más tarde supe que el Rabino Marshall Meyer había estado asesorando a Oscar Fessler, director de la puesta.

Tiempo después, Norma Aleandro, para mí, fue Meg, la regente de una casa de tolerancia en la obra “El rehén” de Brendan Beham. Era notorio cómo esa pequeña muchacha judía ahora era la mujer veterana, de ilusiones agotadas, sensual, consistente, sabia y algo cínica.

Pero esta mujer, Norma Aleandro, no sólo representa. También cuenta, canta y dirige. El exilio no es un monopolio judío. Nuestro tiempo ha sido duramente pródigo en exilios diversos. En los años 1976/77 aparecían cuentos en los diarios montevideanos, cuya narradora era Norma Aleandro. Más tarde, Argentores premió una obra “para niños”:“Los chicos quieren entrar”. Los chicos forman parte de una orquesta, que quiere tocar. En los deslices de los grandes, cada vez que pueden, entran en escena, copan el escenario: los chicos quieren entrar y hacer su música. La obra, naturalmente, sólo se pudo estrenar más tarde, en el año 1989, en el teatro Payró.

Norma Aleandro no sólo fue diversas mujeres en diversas obras. También fue distintas mujeres en la misma obra. En “La señorita de Tacna”, de Vargas Llosa, fue una anciana centenaria que recuerda y a la vez, una veinteañera hecha de ilusiones; una mujer sin edad. Un gesto le bastaba para trasponer los umbrales del tiempo.

Las edades fluyen como fluyen los recuerdos. Aquella obra, nada casual, nos hablaba de las trampas de la memoria y del olvido.

Ella también protagonizó, entre otras, las siguientes obras: “Largo viaje de un día hacia la noche”, de E. O´Neil, “Mi querido mentiroso” de Jerome Kilty y“Agosto” de Tracy Letts.

Historia oficial

La noche en que los argentinos dejamos de sentir que la ceremonia del “Oscar” era frivolidad, vimos a una mujer que abría un sobre: se premiaba “La historia oficial”.

Norma Aleandro había sido una profesora de historia en “El País del Nomeacuerdo”, complicado aún por la muerte de Mariano Moreno. Pero fue sobre todo la madre salomónica en el sentido estricto de la palabra, de una hija de origen sospechoso…

Norma Aleandro fue mexicana, la paciente y adorable Florencia, que prestaba su cuerpo al espíritu de la minusválida y heroica niña en la película“Gaby”.Norma fue un cuerpo para dos almas.

La volví a ver en la pantalla; nuevamente era judía. Premiada en San Sebastián y La Habana por “Sol de otoño”.

Son memorables sus actuaciones teatrales —por nombrar sólo algunas— en “Mi querido mentiroso” de Jerome Kilty; junto a Adriana Aizenberg en “Las pequeñas patriotas”, de Tritek; en “Escenas de la vida conyugal” de Ingmar Bergman, “El círculo de tiza caucasiano”, de Bertoldt Brecht. En la aclamada película “El hijo de la novia”, de Juan José Campanella, junto a Héctor Alterio y Ricardo Darín; y en su intervención en la pantalla, “Cama adentro”,presentada en San Sebastián y por la que ha recibido varias distinciones internacionales como “Mejor Actriz”, entre otras.

De las múltiples mujeres posibles, no sé cuál será la próxima Norma Aleandro. Pero no dudo de que —un poco sin saber cómo— nos volveremos a encontrar.

La autora, la directora y reconocimientos

Norma Aleandro es autora —entre otras obras— de “Los herederos” (historia y guión cinematográfico originales) y  de la pieza teatral “De rigurosa etiqueta”.

Asimismo, en teatro, ha dirigido entre otras obras: “Prisionero de la Segunda Avenida”, de Neil Simon; “Hombre y Superhombre” de Bernard Shaw; la citada“De rigurosa etiqueta”, de su propia autoría; y ha realizado el inolvidable montaje de un “solo” para el bailarín Julio Bocca sobre “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejía”, de Federico García Lorca, recitado por Alfredo Alcón.

Norma Aleandro ha sido declarada “Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”, por voto unánime de los miembros del Honorable Concejo Deliberante de nuestra Ciudad; y “Maestra del Arte”, por la Secretaría de Cultura del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Auténtica

Las estrellas generalmente suelen suscitar adhesión fanática. Son ídolos, pero distan —por el fanatismo— de constituirse en modelos o referentes deseables de identificación. El éxito multiplica los ídolos pero ignora los referentes. Los ídolos suscitan chismes, detalles escabrosos, sensacionales romances, biografías no autorizadas. Pero hay otro éxito, que no se realiza bajo estas formas ostentosas sino de modo más discreto y más auténtico.

A Norma Aleandro, alguien como yo, no la sigue fanáticamente —no sería posible—: uno, cada tanto la encuentra. La actriz de pronto estaba haciendo algo. Ese algo se relaciona con lo que a uno le está pasando, lo que uno está pensando o haciendo. Quizá faltaban las palabras y la actriz las proporciona; quizá faltaba una pequeña escena y la actriz nos da la imagen; quizá faltaba el tono preciso de la emoción, y algo nos viene revelado del escenario.  

En una escena pequeña, el artista capta algo. No piensa por nosotros; nos da qué pensar. Por eso, a la salida del teatro o del cine, hablamos de muchas cosas, nos quedamos pensando y meditando —pero también hablamos de Norma Aleandro, a quien apreciamos, queremos y admiramos, ¡por muchos años más!—.

La mujer, un noble gesto

Aparte de sus dotes de actriz, su don de gentes y su gran sensibilidad, en ella hay una mujer generosa, cálida y ejemplar. Hay un hecho que la pinta de cuerpo entero, y que quiero aquí recordar.

Tras el vandálico atentado de julio de 1994 contra la AMIA, nuestra entidad seguía firme en la prestación de ayuda y la asistencia social. Pero se originó en el país —y en particular en nuestra comunidad— una justificable sensación de miedo. Este miedo se acentuaba cuando se trataba de ingresar a una institución judía, y en particular a la AMIA, que tenía su sede provisoria en la calle Ayacucho 632.

La convicción de todos los que estábamos en el quehacer comunitario era la de recuperar también para la AMIA la realización de actividades recreativas y volver a ser el centro de la vida cultural; con ese fin, intentamos varias vías de aproximación de la gente a nuestras iniciativas de este tipo.

Era difícil y la convocatoria no resultaba fructífera. Fue entonces, —a mediados de septiembre de 1994— que con el fin de lograr derribar esa barrera que se había formado y poder acercar a la gente a las iniciativas culturales, que la hemos citado a Norma Aleandro. Le propusimos que organizaríamos una actividad de homenaje a ella, que a la vez serviría para volver a atraer al público, y terminar con el miedo. Después de todo, ésa era la principal batalla que librábamos contra los terroristas: no se saldrían con su objetivo, no paralizarían la vida judía de nuestra comunidad. Norma Aleandro aceptó sin titubear.

Así fue que en los primeros días de octubre de 1994 se le hizo un homenaje con la presentación de actores —entre ellos, Jorge Luz—, músicos, cantantes —entre otros, el Dúo Mogilevsky-Lerner—… ¡la sala rebalsó de gente…!

Y fue como un punto de inflexión. Norma Aleandro nos ayudó a poder clamar públicamente —como lo hicieron los judíos en los difíciles días del gueto y de la“Shoá”—:“¡Mir zainen do!” (¡Aquí estamos!). Fue un hermoso gesto, que se le agradeció públicamente.

Reconocimiento y respuesta

El 18 de Octubre de 2006, en el reconstruido edificio de AMIA, se le realizó un merecido homenaje por su aporte al arte, a la diversidad cultural y a la solidaridad.

Finalmente, quiero puntualizar que ahora, a dieciocho años del atentado, también queremos seguir dando la misma respuesta a los maquinadores del odio y la muerte. Por ello, apoyamos y organizamos la mayor cantidad posible de actividades recreativas, sociales y culturales por la continuidad, la hermandad, por la solidaridad y por la vida. Éstos son los factores que coadyuvan para que la reconstrucción del edificio de la AMIA, no sólo haya sido de tipo material, sino también espiritual.

Y hoy quiero volver a hacerlo, mediante estas líneas, por esto y por todo lo que brindas. ¡Te queremos y te admiramos querida Norma!

“Kole jai”! ¡Por la vida!