¿Más corrupción o más transparencia?
martes, 22 de mayo de 2007

Por Dov Avital (Desde el kibutz Metzer Israelí)

Ante tal acumulación de improceder público se plantean dos lecturas posibles: por una parte la que sostiene que todo tiene su raíz en el aparato político que llevó a los centros del poder a las actuales figuras: el Comité Central del Likud, cuyos resortes de poder se basaron puramente en el reclutamiento de votos.

Una vez que los activistas de base, aquellos encargados de movilizar a los votantes, descubrieron su poder, comenzaron a exigir favores políticos como nombramientos, reducción de trámites, permisos excepcionales, etc.

Por otra parte, la necesidad de agasajar a dichos recolectores de votos, organizar eventos cada vez más únicos y destacados obligó a los candidatos a buscar adicionales fuentes de financimiento. Para obtener el dinero, y evitar las restricciones legales al monto de donaciones posible, los pólíticos descubrieron modos “creativos” de emplear fondos públicos para sus allegados. Asimismo, las donaciones, más y más imprescindibles, vinieron acompañadas de exigencias similares una vez que el candidato llegara a un puesto ejecutivo.

Uno de los episodios más demostrativos de esta cultura política se produjo cuando la entonces ministra Limor Livnat, en una arenga en bien de la trasparencia política, preguntó retóricamente a dicho Comité Central: “¿acaso nos enviáis al poder (a los candidatos a ministro) para obteneros nombramientos?” y la sala entera respondió con un rotundo “¡sííí!

Esta explicación, que sostiene que la actual descomposición ética procede del recambio partidario, generacional y social de los viejos líderes pioneros laboristas a los reclutadores de votos desideologizados, hijos de las comunidades orientales que no participaron de la epopeya de construcción e independencia del país, es conveniente pero no explica por qué este comportamiento se ha generalizado también en los otros partidos que componen usualmente las coaliciones de gobierno, ni cómo ha llegado a áreas de la administración donde los modos políticos de trepar no tienen influencia directa.

Más aún, intenta echar un manto piadoso de olvido sobre comportamientos en parte similares en las épocas de hegemonía laborista: nombramientos a allegados y amiguismo como resorte de poder (aunque es cierto que la corrupción económica era prácticametne desconocida entonces, en parte quizás porque las arcas públicas estaban permanentemente vacías).

LA UNICA DIFERENCIA:

LOS GRANDES LÍDERES

Si uno pregunta testigos imparciales que vivieron el comienzo de la consolidación política de la Israel independiente, si realmente eran distintos los políticos de antes, recibirá una respuesta sorprendente: desde siempre las filas de los partidos estuvieron compuestas por activistas de nivel mediocre, arribistas y allegados. La diferencia estaba en la primera línea de liderazgo, aquella sobre la que centraba la atención pública. En los años fundacionales del, país estos líderes destacados fueron quienes marcaron el tono, y lo hicieron en función de las imperiosas necesidades sociales, económicas y militares del país.

No se creó un liderazgo destacado de recambio por una combinación de varios factores; el peso de los aparatos políticos, que se ocuparon de promover a sus miembros antes que a figuras de pensamiento y accionar independiente, la perpetuación en el poder de los viejos líderes a cuya sombra nada creció por temor a un recambio generacional, y la apertura de nuevas oportunidades de éxito personal y profesional en la economía y la academia que atrajeron a los más brillantes de las nuevas generaciones.


CRECIMIENTO ECONOMICO,

A PESAR DE TODO

Una de las interesantes paradojas de la situación de Israel es que con su cúpula político-administrativa prácticamente paralizada por las investigaciones criminales o el temor a ellas, la situación económica del país nunca estuvo mejor.

Se puede ver este fenómeno como una muestra de la independencia de los motores de la economía en una sociedad moderna (o post-moderna de acuerdo a ciertos analistas), pero se puede también, y considero que se debe, ver el contexto de la interacción de ambas esferas como la necesidad de dicha economía moderna y vibrante de asegurar una transparencia en la toma de decisiones como condición imprescindible para mantener la confianza de los inversores nacionales y extranjeros, y los otros actores económicos con los cuales Israel interactúa.

La opinión pública, que ha captado la división de tareas entre la administración pública y los motores privados de la economía, comprende que su bienestar personal inmediato depende principalmente de la continuidad de la prosperidad económica. Al mismo tiempo, en una sociedad “desmovilizada”, en la que el individuo no es más un instrumento al servicio de la gran causa nacional, sino que se percibe como un fin en sí mismo, han comenzado los ciudadanos a exigir más y mejor rendimiento de aquellos a quienes financian con sus impuestos.

Los medios de comunicación que no dependen ya de los aparatos partidarios, sino de los mencionados focos de poder económico, se hacen eco y voceros de esta exigencia, y, en efecto, la mayoría de las investigaciones policiales tienen inicio en denuncias y publicaciones de los medios.

La etapa de centralismo estatal y mítica pionera se agotó en los años 70, y alentado por la crisis de la guerra del Iom Kipur se produjo un drástico cambio político, social y económico. Otras figuras, otros partidos, otros resortes de poder y, fundamentalmente, un ambiente generalizado de “enriquézcase quien pueda”.

LA NECESIDAD DE UN CAMBIO

Una generación después, dicho modelo aparenta abandonar el corazón del quehacer político y la opinión pública desea que sea reemplazado no por los polos ideológicos sino por una meritocracia de profesionales, que sean juzgados por su adecuación a la tarea y los resultados obtenidos y no por sus amistades o resortes de presión sobre los políticos.

La caída del comandante en Jefe del Ejército, Dan Halutz, puede verse en este contexto. Halutz decidió renunciar antes de verse obligado a ello por la comisiòn investigadora de la fallida guerra en el Líbano en julio pasado. Si bien no hay en este caso una dimensión de la falta de probidad personal, existen numerosos paralelos con los casos políticos: arrogancia, convicción de estar por encima de las normas de conducta exigidas al promedio de la gente y nombramiento por cercanía personal al liderazgo (en este caso, Sharón), más que idoneidad para el momento y circunstancias específicas del cargo.

Aun en la visión positiva del aumento de las exigencias de las figuras públicas y de la transparencia de la administración, queda sin resolver una cuestión básica: ¿de dónde podrá provenir un liderazgo político de recambio, cuando las figuras prominentes y los caminos de acceso al gobierno siguen teñidos de los mismos males mencionados?


(De la revista “Horizonte”)