Kindertransport de la Alemania nazi a Inglaterra
miércoles, 11 de marzo de 2009

Por Rodolfo Jacobi

(Especial, desde Jerusalem)

A principio de diciembre del año pasado se reunieron en Londres 400 personas que hace setenta años fueron parte de los diez mil niños que entre diciembre de 1938 y agosto de 1939 encontraron refugio en Gran Bretaña desde Alemania, Austria y Checoslovaquia dominadas por el gobierno nazi.

En este acto recordatorio se hizo presente el príncipe Charles, sucesor al trono británico, quien conversó con los octogenarios que quizás por última vez concurrieron al lugar para rememorar el acontecimiento que les salvó la vida. En los aniversarios cincuenta y sesenta o sea a fin de 1988 y 1998 fueron mil hombres y mujeres que llegaron a la capital inglesa motivados por el deseo de encontrarse  con los compañeros de su niñez con quienes compartieron la suerte de salvarse del Holocausto. Sus padres aprovecharon la oferta del gobierno inglés de entonces de acoger a miles de niños judíos bajo dominio nazi aunque prseentían que podría significar la separación definitiva como fue el caso del setenta por ciento. Sólo un treinta por ciento de los padres logró salir del Continente europeo todavía después para reencontrarse años más tarde con sus hijos. Al evento en Londres asistió también el Gran Rabino de Gran Bretaña Sir Jonathan Sacks.

Después de la llamada Noche de Cristal de 1938 sólo el Gobierno británico del primer ministro Neville Chamberlain (desgraciado personaje que se había dejado engañar por Hitler en Munich el mismo año junto con el premier Daladier de Francia) consideró que debía acudir en ayuda de “la generación joven de un gran pueblo” (palabras de Sir Samuel Hoare al dirigirse a la Cámara de los Comunes el 21 de noviembre de 1938 a raíz del primer pogrom organizado en Alemania). Ningún otro país tuvo una reacción similar para ayudar a los perseguidos del régimen nazi. En realidad, el número de permisos para ingresar en Inglaterra no fue precisado y sólo el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el 1º de setiembre de 1939, impidió que la autorización abarcara a más de diez mil niños hasta los 17 años de edad. El ex primer ministro Conde Baldwin lanzó un llamaado por radio al pueblo británico y lo invitó a acudir en ayuda de víctimas, no de una catástrofe o de una hambruna, o de un terremoto, o de una inundación, sino por una explosión inhumana hacia el hombre. El público inglés respondió donando quinientas mil libras esterlinas (hoy equivalentes a más de quince millones de libras). La mujer de un banquero holandés Truus Wijsmuller–Meyer, fue a Viena a entrevistarse con Adolfo Eichmann exigiendo el permiso para llevar diez mil niños austríacos a Inglaterra. El líder de las SS nazis la humilló pero convencido de que la señora era “aria” autorizó que seiscientos niños judíos salieran de Viena, siempre y cuando lo hicieran dentro de cuatro días. Así se hizo. La señora Wijsmuller-Meyer, quien ayudó más tarde en toda la Europa ocupada, fue honrada por Yad Vahem en Jerusalem años más tarde como gentil justa. 

No fue sencilla la tarea de encontrar los hogares adecuados para los niños, especialmente los de familias observantes (ortodoxoas) pues sólo en familias de similares características se pudieron ubicar a estos niños, pero finalmente todo concluyó felizmente. En uno de los trasportes llegados a la estación Liverpool hubo un incidente inesperado. Un hombre que debía buscar a cinco chicos delante de la estación falto a la cita. Había sufrido un ataque al corazón poco antes  y sus familiares no estaban enterados. Un taxista vio a los niños sentados sobre sus valijas como les habían mandado. Como al anochecer todavía se encontraban en el lugar el taxista los cargó en su taxi y los llevó a su casa. Buscó comida y luego los acostó en el piso sobre colchones. Durante tres días buscó un albergue judío. Encontró uno y entregó a los cinco chicos  allí (los hermanos Meisl y Tomachov). Nunca después se pudo encontrar rastros del bondadoso y humanitario taxista.

En los casos en que los padres lograban sobrevivir a la guerra o todavía podían  emigrar a algún país y volver a ver a sus hijos, en muchos casos el encuentro resultaba bastante traumático. Los padres esperaban una jubilosa reunión, pero  muchas veces ocurría –sobre todo cuando los hijos eran pequeños al momento de la separación-  que sintiéndose muy apegados a la familia postiza, apenas si reconocían a sus padres auténticos, pareciéndoles extraños. Tampoco recordaban el idioma alemán y sólo sabían expresarse en inglés. Era todo un proceso de mutuo reconocimiento y busca de afecto. A los hijos les costaba mucho más y con frecuencia los sentimientos de los hijos no llegaban al grado de amor que habían experimentado años antes.

Durante la guerra, los ingleses organizaron varios viajes de refugiados a ultramar, especialmente a Australia y Canadá. Hubo una tragedia con un barco –el Arandora Star- que llevaba 1200 niños desde tierra británica y fue hundido por un submarino nazi el 2 de junio de 1940 en camino hacia Canadá. Otro vapor en viaje a Australia fue alcanzado por un torpedo nazi pero logró seguir el trayecto y alcanzó su destino dos meses después. Dos mil de los aproximadamente diez mil refugiados se reembarcaron hacia la entonces Palestina; algunos de ellos perdieron la vida en la guerra por la independencia israelí en 1948. El biógrafo oficial de Winston Churchill, Sir Martin Gilbert, subrayó en su discurso durante el acto de diciembre de 2008 la generosidad y humanidad demostrada por el pueblo británico hacia los niños judíos refugiados en sus playas. En la misma oportunidad el ministro Tony McNully y Lord Greville Janner (con el último, el que escribe esta nota tuvo una correspondencia e inclusive un encuentro personal en la visita de aquél a la DAIA en Buenos Aires hace unos veinte años) advirtieron sobre el surgimiento del antisemitismo en Europa. Un productor de cine –Lord Richard Attenborough- informó a los ex Kinder que su familia se había hecho cargo de dos niñas refugiadas de la Alemania nazi y que su padre les había conseguido empleo a académicos judíos, asilados en Inglaterra durante el nazismo, en la universidad de Leicester.

En su alocución a los presentes en el acto recordatorio de setenta años atrás, el principe Charles dijo: “Ustedes vinieron a Gran Bretaña sintiéndose perdidos y aturdidos, pero con vuestro coraje y vuestro valor contribuyeron mucho en nuestro país”. En la Cámara de los Comunes  una placa recuerda el episodio de los transportes de niños (Kindertransport), también una escultura de tres metros de altura en la entrada de la estación de ferrocarril (y de subte) de Liverpool Station de Londres hecha por el araquitecto-artista israelí Frank Meisler, él mismo partícipe de un Kindertransport, rememora el salvataje. La obra presenta a chicos llegando a la estación desde la Alemania nazi.

Puede ser que futuros historiadores recuerden la operación de rescate de diez mil niños como algo marginal frente a los horribles eventos de la Shoá entre 1938 y 1945, pero igualmente quedará registrado como un intento sensible y conmovedor que mostró que el pueblo británico en decisivos momentos sabe responder a las mejores expectativas humanas.