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Kafka: del mercado editorial a un exégeta Imprimir E-Mail
jueves, 07 de agosto de 2008
Si estoy condenado, entonces no estoy solamente condenado a la muerte, sino condenado a defenderme hasta la muerte.
Diarios de Franz Kafka – 15/7/1916
Por Enrique Novick

Hoy me desperté con un deseo compulsivo de releer a Kafka. Sin temor a equivocarme, pudiera agregar reflexivo (la rima es poco agradable pero meramente casual). Omitiendo alguno que otro aspecto de su traducción, su estilo es tan despojado y desnudo como un árbol invernal: privado de una hojarasca superflua, sólo admite raíces propias, las cuales buscan desesperadamente entrelazarse con otras.Tomé sus Diarios de mi biblioteca: una serie de consideraciones personales que cubren un breve periodo de su existencia que va de 1910 a 1923, apenas un año antes de su muerte. Acaso los leyera en forma desaprensiva en mi lejana adolescencia. Sin embargo, hoy me parece seguir violando su intimidad; el derecho que le asistía, que nos asiste a todos: lectores y escritores, a tenerla y defenderla.

 “9 de Mayo de 1912 – Hoy velada lamentable con mi familia. Mi cuñado necesita dinero para su fábrica; mi padre está furioso por culpa de mi hermana, por culpa del negocio y por culpa de su corazón; mi madre desdichada por culpa de todos; y yo con mis papeluchos...” (*)

Los puntos suspensivos no figuran en el original, pero esta licencia literaria me permite, nos permite intuir cómo allí se está gestando, entre otros, El Proceso, esa extraña y paradigmática novela que enjuicia a una sociedad que hace del absurdo un dogma o quizá algo que es peor: un culto, un ritmo cotidiano

“18 de Noviembre de 1923 – Volveré a escribir; mientras tanto, ¡cuántas dudas tuve sobre lo que escribo! En el fondo soy un ser incapaz e ignorante, que si no se hubiera visto obligado, sin el menor mérito de su parte, y sin advertir casi la obligación de ir a la escuela, sólo podría agazaparse en una casilla de perro, y saltar hacia arriba cuando le ofrecieran de comer, y volver de un salto a su casilla inmediatamente después de tragarse la comida.”

¡Tantas razones llevan a una persona a tomar un libro de su biblioteca! Confieso que siempre me han importado más las sinrazones. No creo en el azar: le desestimo. Desde un estante de mi biblioteca, advierto cómo una fotografía de Hermann Hesse me hace un guiño cómplice y de aprobación. Es que ingresar sin reparos a las inquietudes de todo tipo, incluso familiares y domésticas que revelan sus Diarios, vuelven a producirme algo así como un ligero escozor. Es como raspar las costras y abrir nuevamente sus heridas; descorrer un velo sobre algo que le era propio y que él siempre pretendió que no trascendiera fuera de un reducido número de amigos. Pero esto no fue casual (me refiero a la elección de sus Diarios); en estos días, me entero, por un artículo del Semanario Hebreo de Montevideo de fecha 17 de Julio pasado, que el Director del Archivo Nacional de Israel, Jehoshua Freundlich, se empeña en que ningún material que se relacione con Kafka salga de ese país. Sabemos que su amigo más íntimo y albacea literario, Max Brod, tuvo que huir de Praga junto con su mujer, acosado por los nacionalsocialistas (embrión del partido nazi) en 1939, buscando refugio en Israel. Llevaba consigo las obras de Kafka que él, afortunadamente, se negó a destruir a requerimiento de éste. Tras la muerte de Brod, en 1968, dichos textos pasaron a manos de Esther Hoffe, su secretaria, quien vende el original de El Proceso en la bonita suma de dos millones de dólares, guarda algunos de los textos en cajas de seguridad de Israel y Suiza y conserva otros en su residencia de Tel-Aviv. Esther Hoffe murió el año pasado y dichos textos pasan a manos de sus hijas Ruth y Hava siendo su destino final una verdadera incógnita. Kafka jamás hubiese supuesto el periplo tan accidentado que sufrieron sus obras ni la alta cotización que adquirieron en el mercado aquellos “papeluchos” que él menospreciara una tarde de aquel 9 de Mayo de 1912 entre el fragor de los conflictos familiares y sus propios conflictos no resueltos.

Pero sucede que Israel no es el único depositario de sus textos y memoria. Con fecha 3 de agosto pasado, el diario La Prensa de esta capital, comienza una nota con un título que sobrecoge el ánimo hasta un límite insospechado: “DESCUBRIERON MATERIALES PORNOGRÁFICOS DE KAFKA”, donde se informa que el diario The Times da a conocer que el investigador británico James Hawes, descubrió en las copias de los Diarios de nuestro escritor, archivados en la Biblioteca de Londres y en la Bodleian Library de Oxford un material erótico perteneciente al mismo. Material cuyo hallazgo revelaría próximamente en un libro de su autoría titulado Excavanting Kafka. Declaro no conocer dicho texto ni a su autor, a quien se considera un experto en la obra de Kafka, lo cual presuntamente, le acordaría derecho a “excavar” en ella, pero estimo que dicha consideración académica y el ínfimo valor de su hallazgo no amerita la redacción de un libro exclusivo sobre el particular. Un persistente cuan molesto tufo a sensacionalismo que se desprende de su título (por cierto desafortunado) y comentarios anexos me obligan a preguntar a qué tipo de “excavación” se refiere su autor. Luego de una exhaustiva lectura de sus Diarios, si es que acaso la hubo, ¿sólo halló como algo digno de destacar un supuesto erotismo, dejando de lado su gran valor testimonial y humano, algo que la literatura en general, y sus lectores en particular, rescatan con todo respeto?

Confío en que el alma de Kafka haya tenido acceso a ese misterioso castillo de su novela homónima y natural contacto con su no menos misterioso Morador; en que el enigma que le persiguió toda su vida haya quedado finalmente resuelto. No fue Kafka quien persiguió a su Morador, sino éste quien persiguió a Kafka hasta la desesperación... Mi buen amigo y conocido poeta Antonio Requeni, al regreso de su último viaje a Roma, me obsequió con un lápiz que registra como inscripción un proverbio latino: Verba volant Scripta manent (“Las palabras vuelan, lo escrito queda”) con el cual, y sin agregar comentario alguno, me apresuro a concluir el presente artículo.

 

(*) Franz Kafka – Diarios – EMECE Editorial S.A. – 20/8/1953.
  

 
 
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