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Los tiempos de una colectividad Imprimir E-Mail
jueves, 24 de julio de 2008
LIBROS
“Vida cotidiana de los judíos argentinos.
Del gueto al country”
Ricardo Feierstein
Editorial Sudamericana
471 páginas
Por Silvia Plager
Esteban Peicovich dijo en una nota que no existe una sinfonía para bombo y orquesta. La inteligencia mordaz del autor me hizo reflexionar que un instrumento o una voz que impida con su ruido que los otros se expresen, incita a la violencia y a la discriminación. Ustedes se dirán a qué viene mi perorata preliminar. Viene como punto de partida para ofrecerles una magnífica polifonía en la que todos los sectores del judaísmo se ven identificados.

Aunque resulte redundante presentar al escritor, arquitecto, editor, periodista, Ricardo Feierstein, citar sus obras puede resultarle útil a quienes conocen o desconocen sus obras anteriores. Los primeros, quizás recordarán títulos asociados a determinados momentos de sus vidas (los lectores activos comprenderán de qué estoy hablando) y es probable que los segundos, a partir de esta recorrida, sientan la necesidad de, por lo menos, leer el último trabajo literario de quien ha sido traducido al alemán, inglés, francés, italiano y hebreo. Y ha recibido, entre otros, los premios Municipal, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Coca-Cola y el internacional Fernando Jeno de México. Entre sus obras de ficción se destacan las novelas “Sinfonía inocente”, “Mestizo”, “La logia del Umbral” y “Consorcio Utopía”, así como los relatos “Bailáte un tango, Ricardo”; “La vida no es sueño” y “Homicidios Tímidos”. En el ámbito del ensayo publicó “Judaísmo 2000”, “Contraexilio y mestizaje” y su clásica e imprescindible “Historia de los judíos argentinos”.
“Vida cotidiana de los judíos argentinos”
es una historia de su familia, lector, y de mi familia. Desde la dedicatoria del autor a sus padres, Eufemia e Isaac, a sus tíos y abuelos, hasta la página de los agradecimientos, que encabezan su mujer y sus hijos, estamos todos. Porque todos descendemos de aquellos que Feierstein rescata del olvido para que entendamos con claridad de dónde venimos y quiénes somos, sin exclusiones ni impertinencias ejemplificadoras y moralizantes. Como aquel espejo que se pasea por el camino que pedía Sthendal, “Vida cotidiana…” refleja lo que fue y es. La incógnita está en lo que será. Entrar en el libro, tal vez modifique la propuesta personal de muchos de nosotros respecto del futuro de nuestra comunidad. “El presente es un habiendo sido que se va presentando”, dijo el filósofo. La única certeza, entonces, es el pasado. Las líneas que ahora estoy escribiendo, una vez publicadas, quedarán fijadas en el ayer, pero con la posibilidad que ofrece la palabra escrita de ir a un cajón y renovarse con cada persona que se interese por ella. 
A medida que avancen en la lectura de “Vida cotidiana de los judíos argentinos” presiento que, como yo,  renovarán el pacto con aquellos que nos incluían sin preconceptos acerca de quién estaba afuera o adentro. Se ha dicho que los judíos nos salvamos por nuestras acciones y no por nuestra fe, a diferencia de los católicos. Según Maimónides, la ley judaica está hecha para los hombres y no los hombres para la ley.” Aclaro que, cuando me refiero al hombre, incluyo a la mujer.
No es casual, creo,  la elección de Sören Kierkegaard, filósofo también admirado por Franz Kafka, escritor judío de proyección universal, para el acápite: “El pequeño problema de la existencia es que hay que vivirla para adelante, aunque se la entienda mirando para atrás”. Tampoco es fortuito que el primer capítulo se inicie con una pregunta: Qué significa ser judío hoy, y que a partir de ese interrogante Feierstein nos traslade al Museo de las Diásporas en Jerusalén y al gran mural en el que se exhiben hombres y mujeres que derriban, con sus diversas fisonomías, las absurdas ideas de “raza”. Apelo al texto: “Todo tipo de gente, en suma. La diferencia entre los más extremos de ellos -de acuerdo con la antropología- es mayor que la que existe si los comparamos con otros grupos étnicos diferentes.” “¿Qué es hoy un judío, en verdad, más allá del burdo estereotipo físico de una caricatura antisemita? Los diputados israelíes de todas las tendencias discutieron esta cuestión en el Parlamento durante meses, en los primeros años de la creación del Estado de Israel. No pudieron ponerse de acuerdo.”
Nosotros sí nos pondremos de acuerdo, es mi esperanza, al arribar al capítulo “Los primeros judíos argentinos”, ya que en el grupo de los “gringos” apretados en la cubierta del barco, cada lector construirá las caras  que no son exactamente las de los fotografiados pero cómo se parecen, ¿me lo va a negar?, a las que veíamos en el álbum o en la caja que mamá guardaba en el ropero, entre sábanas almidonadas que todavía crujen al abrirse en nuestra memoria. Igual que el pan trenzado casero, igual que la ropa festiva de nuestros mayores. Igual.
En “Tradición, religión y laicismo”, creí reconocer en la matrona que está sentada a la derecha, un poco de costado, las canas recogidas en lo alto y una sonrisa discreta que la mirada pícara desdice, a mi abuela. Los novios y los padres de ambos, de pie. Las “bobes”, en sus sillas con apoyabrazos, reinas en el escenario nupcial que parece salirse del marco y susurrarnos al oído anécdotas familiares, patrimonio de los que aún mantenemos el orgullo de pertenecer, no por creernos los elegidos sino por formar parte de los “rusos” o “turcos” de aquel barrio que, como las bolitas de entonces, siguen ofreciéndonos su atractivo colorido en la prosa acertada, poética, de Ricardo Feierstein.
En los juegos, en los roles, en la gastronomía, en la religiosidad y el laicismo, estamos los artistas, los intelectuales, los obreros, los campesinos, los judíos practicantes y  los que practicaban el judaísmo desde la ambigüedad que significa ser humano. Mujeres y hombres, niños y adultos, como si fuéramos la apretada trenza del pan sabático, danzamos una danza que se remonta a los tiempos anteriores a nuestro propio nacimiento. Me viene a la memoria Rilke: “Nuestros antepasados están en nosotros como sangre que bulle o gesto que asciende.” ¿Acaso no descubrimos en nuestros propios ademanes, guiños, conductas, facciones a los familiares que nos precedieron? 
Feierstein permite que convivan en su obra, codo a codo,  musculosos deportistas junto a ancianos de bucles rituales. Las muchachas sionistas de amplias miradas desnudas, esperanzadas, reciben la temerosa bendición de sus mayores; también las doncellas de austero vestir obtienen las de sus padres, al ser llevadas a la jupá: semejanza amorosa que no admite disquisiciones acerca del cómo y el porqué. Una y la otra, como diría mi tía Sara, son muchachas judías. Ella lo hubiese dicho en idish, que es como yo la evoco ahora.
En trece maravillosos capítulos, el alma judía de tías y tíos, de artesanos y pensadores, de cantantes y escritores, de bohemios y de los que los criticaban, forman un mosaico en cuyo rico y diverso dibujo, hallamos los rasgos de nuestra identidad.
Si a usted le interesa conocer “Las nuevas tendencias”, en el capítulo del cierre, el trece- el del Bar o Bat Mitzvá- lo obtendrá: “Cábala, esoterismo y todo lo demás. Respuestas de casete y posmodernidad. La modernidad líquida. El “jewcy” y el judaísmo “cool”.
La versión revisionista de la familia judía actual comenzó con el fenómeno cultural denominado “jewcy”, cuenta Feierstein, y así nos enteramos de que se originó en Nueva York como una moda y se extendió ampliamente por el mundo del arte y las comunicaciones y llegó hasta los íntimos detalles de la vida cotidiana. Tampoco podía faltar en el capítulo cuya cifra simboliza el tradicional pasaje a la adultez de un muchacho de trece años, la reflexión sobre el contexto actual, con instituciones rodeadas de pilotes de cemento, gendarmes y personal de seguridad. El judaísmo permanecerá -asegura, Feierstein- pero con el temor que representa un futuro que incluye posibles ataques. En esa vocación de perseguir lo iniciado, tenacidad para seguir siendo judíos, a pesar de todo,  el autor nos invita y compromete. Compromiso que va más allá de lo discursivo ya que, como adelanta la contratapa, ilumina aquello que suele quedar atrapado bajo el manto de la cotidianeidad.              
Graciela Melgarejo, destacada periodista, viuda del inolvidable Isidoro Blaisten, en adn, revista cultural del diario “La Nación”, afirma que Ricardo Feierstein logra un difícil equilibrio entre lo anecdótico y lo emocional y el distanciamiento académico y crítico que le sirve para seguir los pasos de su colectividad en la Argentina sin omitir datos relevantes. Y dice en el párrafo que cierra su comentario: “Hoy, cuando los argentinos estamos enzarzados en uno de nuestros eternos entredichos, la lectura de este libro puede servirnos para reflexionar que, sobre las disidencias, hay un patrimonio social y cultural amasado con el amor y el dolor y la alegría de demasiada gente como para desaprovecharlo otra vez. Es una de las muchas lecturas posibles de vidas cotidiana.”
Puedo afirmar desde mi experiencia de escritora -lectora o lectora–escritora (la elección de la palabra que iría primero me conduce a la ambivalente calificación judeo-argentina) que desde la cubierta diseñada con fotos en sepia que albergan el corazón del libro, late el espíritu judío. El crítico literario Harold Bloom aconseja leer como si fuéramos a arrancarle el corazón al libro. Ustedes, apenas lo tengan en sus manos y lo abran, descubrirán, hoja por hoja, que suena como una afinada orquesta. Esa melodía los acompañará aún después de que el índice les ofrezca un repaso de lo leído y, con nostalgia, cierren ese corazón que, durante la lectura, les había pertenecido.

* Silvia Plager es autora de 13 libros.  De “La rabina”, finalista Premio Planeta de Novela 2005, acaba de salir la tercera edición. En julio, el mismo sello editorial distribuirá en librerías “Las damas ocultas del Greco”, libro en el que crea una intriga sobre quién fue la madre del hijo de Doménikos Theotocopulos, gran pintor del Renacimiento. En el marco de la Inquisición, cabe aventurarse a pensar que fue una judía conversa.   
 
 

 
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