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Los judíos en el agro argentino Imprimir E-Mail
jueves, 24 de julio de 2008
Por Boleslao Lewin
(Cuarta y última parte)
10. El cooperativismo agrario
El Progreso Agrícola, la primera entidad de carácter cooperativo, surgió en 1898, en la colonia Pigué, fundada por franceses. Se trataba de una agrupación mutualista sólo dedicada al seguro contra el granizo, tarea a la que se dedica hasta hoy. El cooperativismo, en estricto sentido del término, fue establecido en las colonias judías. La primera sociedad de esas características, la Sociedad Agrícola Lucienville, comenzó su labor en 1900, en Basavilbaso (Entre Ríos). Luego fueron establecidas cooperativas en todas las colonias judías y una entidad coordinadora central, La Fraternidad Agraria, en 1925. Es indudable el gran influjo del cooperativismo en las colonias judías sobre el movimiento cooperativo agrícola en general.
11. Individuos excepcionales  y conflictos ideológicos
En la colonias judías, que en el periodo de su mayor progreso llegaron a tener unos 30.000 habitantes –colonos y personas a ellos vinculados profesionalmente- hubo una intensa vida espiritual y tenía lugar un choque casi permanente entre ortodoxos  librepensadores; entre conservadores, centristas y personas inclinadas hacia la izquierda. Estos entredichos, hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, eran idílicos en comparación con los ocasionados por las ideas redentoras  (en lo social) e igualitarias (en lo político) a ella poteriores. Si antes materias de debates eran el cumplimiento de los ritos religiosos, la factibilidad del ideal sionista y los métodos de oposición a la J.C.A., ahora se trataba de algo mucho más radical. Naturalmente, la vieja generación –en su mayoría- seguía apegada a sus tradiciones y prefería el camino de los contactos amistosos; los idealistas de la joven, en cambio, elegían el camino de la lucha, tanto cuando se trataba de problemas específicos de las colonias como cuando estaban en juego intereses generales del país (ya eran argentinos por adopción o nacimiento).  No es de extrañarse, pues, que entre ellos surgieran numerosos militantes socialistas, radicales y algunos comunistas. También al sindicalismo argentino, pagaron su tributo (a veces en sangre) algunos de los hijos de los colonos judíos.
No sé decir en qué medida esa actividad fue producto del ambiente de la colonias, tampoco se expresar de qué aspecto los individuos excepcionales son representativos para los grupos humanos de donde surgen. Pero que alguna relación hay entre ellos, lo prueba irrebatiblemente el hecho de que en las colonias judías florecieron en mayor proporción que en otros ambientes. Esta imprecisa definición encierra una tesis: que no es posible desligar a los individuos excepcionales de las colonias judías de su atmósfera específica; pero tampoco corresponde considerarlos típicos de ellas. Ademas hasta hoy no se conoce exactamente cuál es el influjo del medio ambiente sobre la personalidad y de ésta sobre aquél.
Habiendo hecho esta advertencia, me referiré brevemente a cuatro individualidades que, aunque actuaron dentro de las colonias judías y fuera de ellas, son poco o nada conocidos por el público en general. De alguna otra –de mayor fama- me tocará hablar brevemente en un libro próximo a aparecer.
El Dr. Noé Yarcho (1860-1912) fue el primer médico contratado por la JCA para sus colonias de Entre Ríos . Llegó al país en 1891 y se convirtió en el “médico milagroso” –según definición de Gerchunoff- de los colonos judíos y del paisanaje criollo.
Según expresiones de Gerchunoff, para realizar sus “curas milagrosas”, el doctor Yarcho no necesitó caminos, no necesitó vehículos, no necesitó comodidades y siempre sonriente, siempre con su fraterna mano extendida y su cordial palabra que eran un regalo para todos, iba a cualquier lugar de la zona: al rancho del colono nuevo y al chalet de la ciudad, a la estancia del propietario rico y a la tapera del gaucho pobre. A caballo, en sulky, en carro o a pie, por caminos intransitables, en inenarrables noches del invierno entrerriano, bajo la lluvia helada o en medio de dantescas tormentas montieleras, allá iba Noé Yarcho, con su chambergo, los anteojos de oro torcidos sobre la flaca nariz y sus zapatos de lona con punta de cuero amarillo, a realizar sus “curas milagrosas”.
El deceso del Dr. Yarcho conmovió a todo Entre Ríos. Diarios de la provincia –escribe Pablo Schwartzman- lanzaron ediciones extras anunciando el fallecimiento del “ médico milagroso”. Autoridades provinciales se hicieron presentes en el acto del sepelio; judíos y no judíos se unieron en el tremendo dolor en que el fallecimiento del Dr.Yarcho sumió a una gran zona de la provincia; las escuelas cerraron sus aulas, los comercios sus puertas, los edificios públicos fueron embanderados a media asta.
Don Miguel Sajaroff (1872-1958), a quien la JCA luego de vacilaciones, consideró apto para formar parte de la falange de sus colonos, se convirtió con el tiempo en figura señera de los agricultores judíos y en apóstol del cooperativismo argentino. Sajaroff procedía de una familia acomodada de Crimea, era ingeniero agrónomo y hombre de cultura humanista. Pese a su amor al pueblo ruso y, sobre todo, a sus grandes escritores, la atmósfera antisemita de fines del siglo XIX en su país natal le hacía allí dura la vida. Cayeron, pues, en un terreno abonado por la epístolas del Dr. Yarcho acerca de las espléndidas bellezas naturales de Entre Ríos, de sus extensos campos fértiles, de la libertad política que hay en el país, del cordial trato de sus hombres y del esfuerzo productivo de sus correligionarios.    
Contando con el asentimiento de su joven esposa –hermana del Dr. Yarcho- en su compañía se traslado a la Argentina, con el fin de dedicarse a las labores agrícolas y bregar por la elevación social de los que a ella se dedicaban. Pero no era un hombre agresivo, y como su amirado maestro, Leon Tolstoi, quería ganar adherentes para sus ideas mediante la persuasión y el ejemplo propio. En medio de las agudas divergencias ideológicas entre los colonos judíos, lo logró en parte considerable. Su prestigio personal era muy grande. Lo he visto rodeado por el cariño de los colonos  el respeto de los cooperativistas de todo el país.
Recién bajo la presidencia de Miguel Sajaroff, que rigió sus destinos –con muy corto intervalo- desde 1908 hasta 1920, el Fondo Comunal, creado en 1904, adquirió la importancia que actualmente tiene. Pero significaría no aquilatar suficientemente la personalidad de don Miguel si se lo supusiera dedicado sólo a su cooperativa. Además, ésta comenzaba a ser conocida en el país y el exterior. De ahí que en 1910, al reunirse en San Pablo el Primer Congreso Mutual Sudamericano, a él fue invitado el Fondo Comunal. Y aunque debido a su precaria situación financiera de entonces no pudo enviar delegados directos, el Congreso lo consideró representado. En el primer congreso de cooperativas agrícolas de Entre Ríos, Miguel Sajaroff pronunció un discurso que reflejaba claramente su posición ideológica. Sostuvo que la vida el hombre es antagónica; que hay en ella elementos de solidaridad con el prójimo y de egoísmo lobuno. ¿Cuál era, pues, la conducta que los cooperativistas debían seguir? Es indudable que el sentimiento humano debe tender a extirpar en nosotros al lobo. Mantenemos una dura lucha por la vida diaria, pero al mismo tiempo trabajamos por el bienestar general. Tenemos un ideal superior, consistente de realizar día tras día obras de bien y en afianzar entre nosotros la solidaridad humana. En esto consiste el ideal de la cooperación, de la sociedad futura, a la que, a diferencia de la sociedad comercial, no le interesa la especulación ni ambiciones a obtener ganancias cada vez mayores.
En 1918 se constituyo la Federación Entrerriana de Cooperativas Agrarias y don Miguel Sajaroff, aclamado como apóstol del cooperativismo, fue elegido su presidente. Sajaroff, asimismo, participó activamente en la primera conferencia de cooperativas agrarias efectuada en Buenos Aires en 1919  en el congreso agrario nacional del mismo año, de tanta trascendencia pública. Cuando se fundó la Fraterniad Agraria, ente coordinador de las cooperativas de las colonias judías, don Miguel Sajaroff, en reconocimiento de sus grandes méritos fue nombrado presidente honorario de ella.
Don Miguel Sajaroff, que en sus últimos años se vio afectado hondamente por la muerte de su inseparable compañera de toda la vida, se extinguió en su chacra entrerriana en 1958.
José Axentzoff (1888-1956) era originario de las antiguas colonias judías de Jerson (Ucrania). Vino joven a la Argentina  se estableció en Domínguez, donde obtuvo un empleo en el Fondo Comunal, cooperativa a la que tantos afanes dedicó Miguel Sajaroff. Hombre imbuido de las ideas de la época y dirigente nato, incluso por su porte, en 1921 organizó el Sindicato de Oficios Varios de Domínguez, compuesto por jornaleros criollos y cuya lucha afectaba básicamente a los colonos judíos.
En el ambiente caldeado por las disputas entre los peones federados  los “carneros” –que a veces terminaban en grescas- y por la sospecha de influjos políticos “extraños”, intervino la policía con su habitual brutalidad. Luego de uno de los alborotos, los dirigentes sindicales fueron detenidos y el “ruso” Axentzoff bárbaramente castigado en la Jefatura de Policía de Villaguay. Asimismo un mítin convocado en solidaridad con los presos fue disuelto con tanta dureza que arrojó el saldo de un muerto. Los hechos de Domínguez y Villaguay, tuvieron repercusión nacional, y el Partido Socialista movilizó su prensa y su fracción parlamentaria a fin de esclarecer lo acontecido y exigir el castigo de los culpables. Por primera vez se escuchó entonces en el Parlamento argentino un discurso antisemita, que naturalmente no quedó sin respuesta. Pero aun así no dejo de causar una penosa impresión en la colectividad judía.   
En el rostro de José Axentzoff, primer dirigente de los peones agrícolas de Entre Ríos, quedaron huellas indelebles de la tortura a que fue sometido en la Jefatura de Policía de Villaguay.              
Sería unilateral el cuadro aquí presentado si no dedicara algunas palabras a Samuel (Schmil) Gavech, el gaucho matrero cuyo campo de acción era el linde entre la provincia de Buenos Aires y La Pampa.
La colonia Barón Hirsch –dice Aarón Esevich, hijo de ella- lo vio cruzar los campos cultivados sin prisa, sin jactancia. En primavera, quitada su chapona, se podía ver su facón ricamente cincelado, calzado tras el tirador, tachonado de botones de plata.
Chej-chej era el color del caballo que montaba y que él mismo boleó en las sierras de Curumalal.
Recia retranca soliviaba la renegrida melena, para tener requintado su sombrero de holgada alma mitrista.
Schmil Gavech, transitando bajo el sol de la media tarde en que todo él reverberaba, tomaba extraña prestancia de matrero.
Schmil sostenía que mataba “por justicia”. Naturalmente, nada más lejos de mí que excusar tal acción “justiciera”. Sólo me interesaba destacar que en las colonias judías existía toda la gama de individualidades humanas, si bien su proporción era diferente que en las otras.
12. Persistencia de añejos rencores y un nuevo infundio
Luego de historiar los orígenes y las diversas manifestaciones de la colonización agrícola judía, me corresponde señalar que, pese al tiempo transcurrido, los disparatados e irracionales cargos contra la JCA siguen aún apareciendo de vez en cuando. Los más recientes son de Pérez Amuchástegui, y datan de 1965. No sé cual es el móvil de la malevolente acusación de este historiador que, generalmente, procura fundamentar sus asertos con seriedad, de este amigo mío (hasta publicarse las presentes líneas), en quien no sospechaba un antisemitismo larvado tan intenso. Porque es evidente que sin semejante proclividad no incurriría en una omisión tan grave como leer sólo dos páginas de un libro que algún oficioso debe haberle indicado, ignorando todo el resto y desconociendo por completo el tema.
Basándose en las dos páginas mentadas en los Escritos Escogidos de Herzl, en realidad de El Estado Judío,  Pérez Amuchástegui afirma que el Barón Hirsch pensaba –naturalmente, sólo podía hacerlo arteramente- que luego de establecer un firme núcleo judío en la Argentina lo transformaría en un Estado de Israel: que sólo renunció a su idea cuando el primer congreso sionista (1897) la rechazó. Esto quiere decir que el señor Pérez identifica la obra meramente benefactora de Mauricio Hirsch con el ideal político de redención nacional judía de Teodoro Herzl. Francamente, una ignorancia histórica y un desconocimiento de hechos cotidianos de la vida judía –reflejada en numerosos escritos- que es difícil imaginarse en un estudioso. Para el lector común, necesario es dejar aclarado que las posiciones de Hirsch y de Herzl eran antagónicas. Mientras Hirsch, la plutocracia judía, la agrupación populista (su ideólogo fue el historiador Dubnow) y el partido obrero Bund creyeron que los problemas judíos debían ser resueltos en las patrias respectivas, Herzl y el movimiento sionista –a la sazón minoritario- afirmaban que únicamente podía solucionarlo la soberanía política en Eretz Israel. Sin embargo, en un aspecto ambas corrientes coincidían tácita o explícitamente: que una emergencia grave podía obligar a buscar un refugio (para los sionistas, transitorio) en la emigración a cualquier parte del mundo. El fracaso del proyecto de Uganda, que el gobierno inglés ofreció a Herzl para la colonización judía, demuestra cabalmente –por si alguna prueba fuese necesaria- que por razones emocionales derivadas de la historia, la tradición y la fe no es posible otra solución del problema judío sobre bases nacionales que la eretzisraelí.
Ahora bien, si Pérez Amuchástegui hubiera leído el libro que le sirve para formular cargos antisemitas, y no las fastidiosas dos paginillas solamente, sabría que Herzl no tuvo oportunidad para exponer su plan a Hirsch, ya que éste le interrumpió cuando le había explicado sólo las primeras ideas fundamentales.
Estos principios eran contrarios a todo cuanto Hirsch había pensado y hecho hasta entonces (pág.21). Sabría asimismo que Herzl, refiriéndose directamente a la colonización propiciada por Hirsch, dijo a éste lo siguiente: No quisiera parecer un Quijote. Pero no acepto las mezquinas soluciones, como por ejemplo, los veinte mil argentinos de usted o la adhesión de los judíos al socialismo; puesto que no soy tampoco un Sancho Panza (pág. 26). 
De suerte que es un simple infundio la afirmación de que la J.C.A. tuvo propósitos tenebrosos contra la soberanía nacional en alguna porción del territorio argentino.
Con que el profesor Pérez debiera informar a sus lectores, colegas y amigos si existen documentos probatorios de alguna negociación respectiva al cargo que formuló. Asimismo, debiera decirnos quiénes en el primer congreso sionista trataron el asunto, cuáles fueron sus argumentos. De lo contrario, sólo contribuirá a esparcir otro infundio antisemita en nuestro ambiente caldeado por influjos nacionalistas, derechistas e “izquierdistas”.- 
(De “Indice” – DAIA) 
 
 
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