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El Imperio de los Sentidos Imprimir E-Mail
jueves, 17 de julio de 2008
TEATRO por Ricardo Feierstein
Dos espectáculos inusuales en cartelera
FICHAS TÉCNICAS
TITULO: “LA ISLA DESIERTA”. AUTOR: Roberto Arlt. INTERPRETES: Grupo Ojcuro: Gerardo Bentatti, Verónica Trinidad, Mirna Gamarra, Marcelo Giammarco, Eduardo Maceda, Laura Cuffini, Juan Carlos Mendoza, Francisco Menchaca. PRODUCCIÓN GENERAL: Gerardo Bentatti. SONIDO: Cruz Aquino. DIRECCIÓN: José Menchaca. SALA: Teatro Ciego. Zelaya y Jean Jaurés.
TITULO: “MANIFIESTO VS. MANIFIESTO”. AUTORA: Susana Torres Molina. INTERPRETES: Patricio Abadi, Eduardo Misch y Federico Pavlovsky. DISEÑO ESCENOGRAFICO, LUMÍNICO Y SONORO: STM/MM. ASISTENCIA DIRECCIÓN: Fiorella Cominetti. DIRECCIÓN: Susana Torres Molinna y Marcelo Mangone. SALA: El Camarín de las Musas. Mario Bravo 960.

Las últimas décadas del siglo XX trajeron consigo diversos desarrollos del lenguaje teatral. Junto a la “decadencia” de largos parlamentos interpretados por luminarias de la época- que conformaban una trama dramática extensa y de valores conceptuales- aparecieron nuevos métodos de comunicación, paralelos al avance sobre la expresividad del cuerpo y los sentidos, que transcurre en la misma época. Junto a las frases secas, deshilachadas y hasta incomprensibles del Teatro del Absurdo (que, no casualmente, surge después de Auschwitz), otros creadores deciden prescindir totalmente de la palabra y vuelcan sus contenidos a través de situaciones y efectos (lumínicos, escenográficos, físicos) ligados a otras percepciones. En el así llamado “teatro de la imagen”, por ejemplo, lo que se busca es la empatía estética y emocional del espectador, antes que la comprensión racional de un mensaje compuesto por palabras y razonamientos.

SER CIEGO

La cartelera porteña ofrece ahora, entre las centenares de obras en escena que caracterizan a la gran ciudad, dos espectáculos notables y a la vez conmovedores. El primero de ellos, por la compañía Teatro Ciego, ofrece la posibilidad de acercarse a una experiencia difícilmente transmisible como la de la no-videncia. La obra que se representa en la recién inaugurada sala del Grupo Teatro Ojcuro es “La isla desierta”, de Roberto Arlt, convenientemente adaptada- aunque sin cambiar su esencia- para la versión que espectadores con un mínimo de audacia se aprestan a percibir (ya que no a “mirar”).

En efecto: desde la entrada, donde reina la oscuridad más perfecta -y ello seguirá hasta el final de la función-, el recién llegado se convierte en un “ciego”. Llevado en fila india junto a otros a sus butacas respectivas, de allí en adelante sólo escuchará.

¿Sólo escuchará? Mucho más, en realidad. El tipear desparejo de varias máquinas de escribir lo ubicará en una oficina. Hay intérpretes que van y vienen por el espacio, de modo que habrá que aguzar el oído para imaginar los movimientos: sólo los diversos tonos e inflexiones de voz permiten reconocerlos. El protagonismo pasa de uno a otro, de pronto aparecen ciertos aromas en el aire: unos huelen café, otros chocolate, todos el agua marina, cada vez en relación con lo que sucede (o uno imagina) en escena. Lo maravilloso de esta experiencia es que, a los pocos minutos de iniciada, el espectador olvida que “no ve nada” y comienza a “sentir” otras posibilidades: algo pasa a su lado rozándole una mano, gotas de lluvia se escuchan y de pronto se sienten en el rostro, las risas de los presentes acompañan al actor que cuenta una broma. Esa trama de grises oficinistas que ansían la libertad es ahora perfectamente comprensible.

Algo más de una hora después, cuando se encienden las luces, es posible comprobar que -todavía- falta mucho para acceder a ese mundo sensorial en su totalidad: por ejemplo, forma y dimensiones de la sala son absolutamente distintas de lo imaginado durante la obra, a partir del recorrido gestáltico que la memoria anterior impuso al tacto. Fuerte, distinta y maravillosa manera de acceder a la ceguera: lo que hemos atravesado suplanta con creces veinte descripciones verbales sobre esa condición.

LENGUAJE CORPORAL

La segundo obra, en cambio, parte de explorar dramáticamente un texto previo escrito por la misma Susana Torres Molina: “Manifiesto apócrifo de Rudolf S.”, un artista austríaco que formó parte del “accionismo vienés”, movimiento transgresor del body art (entre 1965-1970) que expresa sus intenciones de experimentar el cuerpo como ritual.

Así, a la pregunta que inaugura esta búsqueda: “¿Es el cuerpo una obra de arte?”, le continúan otras por el estilo: “¿Cuándo una música es obra de arte?”; “La ‘merda d’artista’ que el italiano Piero Manzoni vendió en latas selladas es arte?”; “¿Y hacerse una lipoaspiración y con la grasa extraída de la propia anatomía fabricar jabones y venderlos como body art?”; “¿El cuerpo que danza es arte y el cuerpo estático no?”. A ellas se intenta responder con una poética exacerbada y variable, a través de tres actores-personajes que, con brevísimos monólogos o intentos de comunicación con sus propios cuerpos (exigidos, contorsionados, observados) despliegan confesiones de todo tipo: eróticas (el desconcierto ante un cuerpo femenino intervenido estéticamente, con un pecho mucho más grande que el otro), metafísicas (reflexiones sobre el estupor por la muerte del ser querido, el aleteo del bebé recién nacido o el último estertor -falsa respiración- del que agoniza) y breves “manifiestos” de quien representa al mismo Rudolf, que alternan frases de lucidez con otras de incomprensión o duda.

La música que sirve de fondo a algunas acciones, la singular expresividad de los protagonistas, el tono farsesco y hasta regocijante de algunos soliloquios, los efectos de luz y la proyección de videos fragmentarios sobre las propias experiencias del grupo vienés, se mezclan con sabiduría teatral para revelar, en diversos escorzos, esa autonomía de los cuerpos respecto a sus poseedores, el estupor ante un sentido oculto: no sabemos escuchar a nuestro cuerpo, ese que nos dice cosas similares a todos, pero es pocas veces atendido.

En suma: dos maneras de acceder al imperio de los sentidos, un repertorio de sensaciones visuales, táctiles, auditivas y corporales que enriquecen un lenguaje verbal gradualmente empobrecido por el abuso retórico y que, a partir de los últimos acontecimientos en Argentina y el mundo, se revela incapaz de captar el entresijo de la realidad y sí, en cambio, puede transformarse desde los medios de comunicación en instrumento apto para canalizar la mentira. Un engaño que los sentidos y el cuerpo jamás admitirían: hay que desconfiar de las palabras.

 
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