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“Testigo del Espanto” Imprimir E-Mail
viernes, 04 de julio de 2008

A 15 años del fallecimiento de José Schicht

Por Moshé Korin

“(...) creo que para poder apreciar grandes acontecimientos históricos (y la bestialidad desencadenada a escala social puede ser, desgraciadamente, un gran acontecimiento histórico), es necesario tener distancia en el espacio, en el tiempo.”

Alguna vez, en marzo de 1988 escribió mi querido amigo José Schicht estas palabras como corolario de su libro de memorias que se tituló “Testigo del espanto. Relato de un sobreviviente judío de la Segunda Guerra Mundial”. Por aquel entonces me lo entregó y lo leí con avidez, sin embargo estas líneas siempre habían quedado pendientes.

Extraña conjunción: a mí también me fue necesario tomar distancia en el tiempo, por razones diametralmente opuestas a las de José, pero ahora ya es momento de rememorar al querido amigo Z´L.

No hace tanto, un año aproximadamente (2007), escribí el prólogo del libro de mi entrañable maestra de segundo grado, Dora Schicht (“di lererque Dvoire”), quien fuera su compañera y esposa, así fue que la memoria me trajo nuevamente la presencia de José, de sus recuerdos volcados en estas páginas testimoniales, como también de los recuerdos de momentos compartidos.

Solíamos encontrarnos a conversar en el café de Malabia y Corrientes, es por ello que mucho de lo escrito en su libro pude escucharlo de su boca. Eran largos e interesantes encuentros en los cuales me relataba también, lo difícil que había sido para sus familiares escuchar la realidad de la Unión Soviética en la cual José vivió. Sus parientes en la Argentina, cuando él llegó después de la Segunda Guerra Mundial, eran comunistas militantes, por lo tanto las controversias frente a sus relatos eran por demás duras, pues ellos se negaban a creer lo contado por José y se mostraban inquebrantables en su casi, podríamos llamarla, “fe ciega” en el comunismo y sus prácticas en la ex U.R.S.S. 

“Testigo del espanto”

Oriundo de Lubomil, Polonia, José tenía 18 años; corría el año 1939, el mes de septiembre para ser más precisos, momento en que Alemania declara la guerra a Polonia. Con esa tensa noche de viernes inicia su relato, cuando el peligro poco a poco comienza a acechar.

Luego, Alemania pactaría con la Unión Soviética la división de Polonia tomando al río Bug como referencia. Parecía un alivio, pues su pueblito quedó del lado soviético, sin embargo el arraigado sentimiento antisemita haría aparición: los mismos polacos organizaron un progrom antes de la llegada de los soldados soviéticos y el barrio judío fue sitio de descarga de su derrota.

A pesar de todo, el joven José logra una beca para estudiar en Lwow (Unión Soviética) en el Instituto Financiero Económico. Describe este tiempo de estudio como un frágil oasis que lo alejó por un corto lapso, de la realidad de la guerra.

El fin de la aparente calma se acercaría, cuando no le renovaron la beca, por no aceptarlo dentro del Partido Comunista, debido a que su padre era considerado un “capitalista explotador de empleados”. Su papá, quien había tenido una zapatería con la que a duras penas y como fruto de mucho esfuerzo logró mantener a su familia, era considerado un explotador de “proveniencia burguesa”. Reponiéndose, logra, con ingenio y ayuda, cubrir sus gastos de estudio no solventados ya por la beca: hasta que Alemania entra en guerra con la Unión Soviética.

La Guerra

En 1941, vuelve a su pueblo donde si antes había habido violencia, ahora reinaría el horror impensado, imposible de prever e imaginar.

“Por las cartas de mis padres y las noticias y los rumores que corrían de ciudad en ciudad, sabía que los judíos seríamos seriamente discriminados en sus territorios. Pero mi imaginación se limitaba a repasar las conductas antisemitas que tan bien conocía desde mis más tiernos años. ¡Qué lejos estaba yo en esos días de saber lo mucho que la realidad excedería mi imaginación! ‘Ya conozco el antisemitismo de los polacos’ -me dije- ‘Conoceré ahora el de los alemanes. ¿Cuánto peor podrá ser?’”.

La realidad no tardó en presentarse con inimaginable rostro macabro. En su viaje de retorno a la que fuera una vez su tierra natal, comienza ya la serie de incontables oportunidades en las que escapó de la muerte, durante aquellos negros años.

El gueto se había instalado en Lubomil y con él, el hambre y el miedo como tenazas que oprimían paulatinamente a los judíos. A su regreso, encontró José a su familia en ese deplorable estado de hacinamiento y desesperación. El infernal derrotero que se llevará a sus padres, hermanos, abuelos y que lo dejará sin familia de origen, recién se iniciaba.

Las redadas en el gueto se fueron instalando cada vez más frecuentemente, ellas se llevan a su hermano menor de tan sólo doce años; y luego a su madre cercada por ametralladoras, mientras él y su padre en un refugio oyen impotentes los sonidos de la muerte que los aturdía.

Cuando ya es imposible quedarse, José y su padre escapan a los bosques, viven en un pozo, comen cuando pueden, lo que pueden. Atascados bajo tierra, sobreviviendo, José siente haber “olvidado por completo el sentido de la palabra futuro.” Un día, su padre ya demasiado azotado por las pérdidas y la desesperación, se quiebra, José intenta mostrarle un porvenir: sobrevivir para ver la derrota del nazismo.

“Nada me contestó. Se quedó mirándome, desde el fondo de su horrible desolación, y comprendí que ya lo habían quebrado.”

Ese era el propósito, esa era la finalidad nazi en todas sus ínfimas u obscenamente crueles estratagemas de aniquilación: convertir a humanos en cuerpos ya muertos donde no habita esperanza, ni fuerza alguna.

Su padre muere preso de balas provenientes no de nazis, sino de bandidos, sin embargo fueron nazis quienes antes lo habían matado.

La traición y su contrapartida

Una de las atrocidades que tal vez más excedía la imaginación de José y de su familia, además del inefable nazismo, fuera que uno de los amigos más cercanos de la familia, un polaco de nombre Wasil, deviniera en su férreo enemigo; enrolado en la policía, visceralmente lo busca especialmente a él y a su padre, a quienes sabe escondidos, para matarlos.

Con irónico título, “Nuestros semejantes”, Schicht narra en un capítulo estremecedor, la larga lista de esta clase de seres que no siendo alemanes, sino “vecinos”, amargamente halló él, como tantos otros judíos.

Pero, también en contrapartida, hubo amigos fieles, hubo verdaderos “semejantes” quienes se arriesgaron para ayudarlo, hubos alguna mano tendida en el borde del abismo. El sobreviviente sabe que ha sido parte de azar y parte de gestos de otros que aún, si mínimos a veces, lograban que pudiera seguir. En el momento de la memoria, José no dudó en agradecerles y recordarlos: en otras palabras, además del espanto, Schicht testimonia el lazo y la solidaridad, que en el mayor desquicio también existen.

Forjar el futuro

“Morir era acatar la voluntad nazi, barrer de la faz de la tierra a nuestro pueblo. Nuestra lucha, desmedida, absurdamente desproporcionada y siniestra, era por la vida.”

Los testigos de la vida por la cual José luchó se hallan en la dedicatoria: su esposa Dora, sus dos hijas Flora (Fréidele) -de quien fui Moré- e Inés (Iéntele), sus nietos Sebastián, Damián, Pablo, Tamara, Romina y Ariela y su yerno Arnaldo Krell, así como también a sus descendientes, que él lamentablemente no alcanzó a conocer, pues falleció el 25 de junio de 1993.

Aquello que encierran estas memorias, no son meras fechas, no son meros lugares, ni nombres y descripciones de acontecimientos pasados pertenecientes a la historia, son recordatorios de lo ocurrido, son advertencias sobre lo posible y sobre lo imposible hecho realidad, son aprendizajes sobre las más oscuras sombras de lo humano, así como de las que parecieran improbables luminosidades.

Mi amigo José Schicht ya no está, pero sus palabras aún permanecen, su memoria persiste, sólo espero que estas líneas lo hayan hecho hablar de lo acontecido una vez más, como en aquellos cálidos encuentros que solíamos tener.

“Iehí zijró baruj” !

 

 

 
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