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Mi pecado original de clase media Imprimir E-Mail
viernes, 04 de julio de 2008

Un capitalino confundido frente al “campo”
Por Ricardo Feierstein
Arrastro esa culpa desde cuando era veinteañero. Peor sería no tener culpa. Ni memoria.
Corría el año 1966. Joven estudiante de arquitectura e inflamado por la verba de algunos políticos y la versión casi uniforme del periodismo sobre la lentitud, torpeza e ineptitud del entonces Presidente argentino- el ahora extrañado Arturo Illia- decidí participar de un modo más activo que el intelectual. Las hormonas hicieron lo suyo.



Decretamos huelga general, arrastramos desde nuestros talleres hacia la avenida Figueroa Alcorta, junto a la Facultad de Derecho, las enormes mesas de madera con estructura de hierro donde diseñábamos los edificios del futuro y cortamos el tráfico de vehículos. Primero dejamos un andarivel libre, pero ante los gritos de aliento de los más decididos, aumentamos los cánticos antigubernamentales, algunos muy originales y picarescos, y clausuramos totalmente la calle. También insultamos a los pocos policías que se acercaron y, créanlo, cada vez éramos más. Otra que De Angeli en Gualeguaychú.
Cuando llegó la policía montada a reprimirnos, no nos asustamos (¡teníamos veinte años!). Algunos descolgaron los cables de los troleys que estaban cerca -¿recuerdan ese medio ecológico de transporte?- y aumentaron el caos. Cuando vino la primera carga con los caballos, aparecieron unas bolitas metálicas que les tirábamos a los animales entre las patas, para hacerlos resbalar. Corríamos y volvíamos a reagruparnos. Una fiesta.

Pocos meses después, el gobierno democrático de Illia -con superávit fiscal y buena situación económica, sin deuda externa, respetuoso de las leyes y habiendo cometido los dos únicos pecados inadmisibles a los grupos de poder: pretender legalizar al peronismo y enfrentar a los laboratorios medicinales multinacionales- era reemplazado por la bestialidad del general Onganía. Que fue el anticipo de la dictadura genocida de 1976-83.

Jamás lograré perdonarme esa torpeza, quizás atribuible a mi inexperiencia. Pero prometí, por lo menos, no olvidarla nunca. Otra vez, no.

COMPULSION A LA REPETICION

Y, sin embargo, volvió a pasar. Una y otra vez. Siempre son otros los que lanzan la campaña mediática. Siempre es la clase media la que se “engancha” en este vértigo absurdo y termina, por lo general, perdiendo su situación económica y hasta su vida. Entonces se arrepiente, pero olvida enseguida. Y vuelta a empezar, una compulsión a la repetición que merecería urgente tratamiento.

Así sucedió, me dicen -yo era apenas un niño- con las pintadas de “Viva el cáncer” dirigidas a Evita. Y luego del bombardeo a civiles en Plaza de Mayo de 1955, con el despliegue mediático de la “Libertadora” que muchos compraron sin mirar adentro (yo entre ellos, pero esto no lo considero pecado porque no había llegado a la edad del “bar-mitzvá”, es decir, no era todavía responsable de mis actos y, además, vengo de un familia progresista y antiperonista, por aquello del nazismo de Perón). Y después, lo de Illia y lo del golpe de 1976, y lo de las Malvinas en 1982, y el increíble hipnotizamiento de Menem en 1989, que terminó pulverizando a esa clase media que lo adoró. Y vuelta a comenzar.

El conflicto con el “campo” de los últimos meses me ha llenado de estupor. Como se trata de un tema que no conocía en detalle y por respeto a mi integridad intelectual -uno de los pilares que pretendo mantener, aun en esta época mentirosa y posmoderna- me dediqué a leer todos y cada uno de los documentos y a escuchar la mayor cantidad posible de declaraciones de los representantes del sector que inició el conflicto a través de un lock-out empresario.

Al principio, me llamó la atención que los ruralistas no mencionaran números. Cuando el Gobierno presentaba la simple cuenta del precio ascendente en dólares de los alimentos (en especial la soja) y la ganancia (cada vez mayor a la esperada cuando se sembró) de cada rubro, las respuestas eran del tipo “esta gente no entiende nada del campo” o “muchos pequeños propietarios están arruinados”. Cifras, jamás.

También me confundió la unanimidad de las emisoras de radio y televisión -en especial estas últimas-, así como los medios de prensa -salvo uno o dos- que adhirieron de manera muy grosera al corte de rutas, el boicot a los transportes y el desabastecimiento de los ciudadanos, del cual los dirigentes ruralistas se jactaron públicamente (silenciaron este grito de triunfo, días después, ante la reacción de repugnancia ciudadana por la leche vertiéndose en las rutas, en un país cuyos niños tienen altos porcentajes bajo la línea de pobreza).

Indudables errores de instrumentación, arrogancia, quizás hasta desconocimiento o subestimación y errores tácticos del gobierno, hicieron que el conflicto escalara hasta niveles insospechables. Pero el grueso de la responsabilidad -ya no tenemos veinte años como para volver a equivocarnos- estuvo sin duda en la motorización de un frente opositor extrañísimo y provisto de una impunidad que jamás se había transparentado tan claramente.

Parece ser -me decía un amigo- que la situación en el interior del país es algo más compleja que en Buenos Aires. Un productor rural (o estanciero, si quieren usar la vieja denominación) tiene habitualmente un tío juez, un cuñado militar de carrera, un primo jerarca de la Iglesia y a la vez es presidente de la Cooperadora Policial de la zona, por lo que resulta impensable que alguien vaya a detenerlo y enjuiciarlo en sus propios pagos. Es posible cortar rutas, incendiar campos, pretender la separación de su provincia (o barrio o cuadra) del país para cobrar sus propios impuestos, insultar la jerarquía presidencial o reírse de los representantes del pueblo (que “están pintados”), sin que su libertad y sus bienes corran el menor peligro.

Soy un capitalino confundido. A mí, en la escuela, me enseñaron otra cosa.

PERO, ¿QUÉ QUIERE EL CAMPO?

El variopinto cuadro opositor incluye entonces:

a) Chacareros y pequeños propietarios, que parecen ciertamente perjudicados por las medidas en discusión. Ya se volvió atrás respecto a ellos, pero no parecen registrarlo. Al contrario: a cada concesión del gobierno, “corren el arco” -como se dice popularmente- agregando nuevas y a veces insólitas exigencias (¡aumentar el monto de los Planes Trabajar!).

b) Grandes corporaciones de poder (SRA, CRA) que apoyaron cuanto golpe militar o movimiento antidemocrático hubo en la Argentina. Curiosamente, son los únicos legítimamente autorizados (por sus bolsillos) a tratar de que no les confisquen una pequeña parte de sus ganancias extraordinarias producidas por la situación mundial. Claro que no con esos métodos.

c) Opositores que andaban desorientados durante los últimos años y creyeron encontrar la oportunidad de hacer pie en algunos sectores que pueden redituar votos y, de paso, esmerilar un Gobierno al que no pueden batir en elecciones. No asombra encontrar en este variado grupo a menemistas de todo pelaje, sanluiseños o riojanos, junto a oportunistas que hablaban de “contrato moral” y no han dejado sapo sin tragar en estos meses. Tampoco es sorprendente -para quienes los conocemos- la presencia de intelectuales otrora progresistas, en los últimos años fervorosos escribas de ensayos sobre el valor de la democracia, el Parlamento representativo y las instituciones y, hoy, en prudente mutis por el foro, estudiosos de los griegos presocráticos o apologistas de la “locura” presidencial, olvidados al parecer de sus apelaciones republicanas.

d) Curiosamente, sectores de la izquierda (¿se pueden llamarla así, todavía?) que, o bien sueñan con una “rebelión campesina maoísta” (no extraña este delirio entre los mismos que en 1975 apoyaron a López Rega y la Triple A), o bien son grupúsculos trotskistas extraviados en una revolución permanente que sólo está en sus afiebradas mentes. O, peor aún, grupos de antiguos “piqueteros” ciudadanos que llegan a admitir, en reciente entrevista televisiva, que están contra el Gobierno porque no les concedió una licitación para construir viviendas a su cooperativa (sic).

e) Una prensa que pertenece, en su mayoría, bien a acaudalados opositores, bien a grupos multimediáticos que negocian de esta manera sus porcentajes en Papel Prensa o la futura Ley de Telecomunicaciones. Obedientes a quien les paga el sueldo, la mayoría de los periodistas y movileros que responden a estos canales televisivos, radios y medios de prensa, intervienen en sus reportajes, muchas veces, de manera mucho más extrema que los propios ruralistas.

f) Detrás, delante o al costado de todos ellos, los sectores fascistas que añoran la “mano dura” y quieren suspender los juicios a los asesinos y torturadores que avanzan en todo el país. No percibo que “manejen” el movimiento, pero es indudable que están detrás de operativos de prensa, cadenas de e-mails y cuestiones organizativas, reivindicando una estructura corporativa que reemplace el resultado de las recientes elecciones.

Alrededor de todos ellos y dándoles legitimidad, los sempiternos personajes de la tribu clase mediera despistada.

LA TRIBU DE LOS DESPISTADOS: EJEMPLOS

Uno: conductor de taxi (como me aseguró un hotelero madrileño en 1993, cuando le manifesté mi sorpresa porque el que me llevó hasta allí añoraba al dictador Franco: “No le extrañe, en todo el mundo los taxistas son fascistas. Es así”). Conversamos y él trae el tema del “campo”: “Es una barbaridad lo que hace este Gobierno. Ayer llevé a un señor de la Sociedad Rural que me explicó que ellos, cuando tienen inundaciones o granizo, deben arreglarse solos y el Estado no los subsidia. Y ahora, que por fin están ganando bien y llenándose de plata, vienen a meterles la mano en el bolsillo...”.

Contesté con la “estrategia del espejo”:

-¿Usted trabaja muchas horas, señor?

-Doce a catorce horas por día. De lo contrario, no llego a alimentar a la familia.

-¿El auto es suyo?

- Sí, por suerte. Soy mi propio dueño y éste es mi negocio particular, sin empleados.

- Muy bien. Ahora, dígame: si usted debe dejar el coche en el taller para arreglarlo, o tiene un choque y no dispone de él durante una semana, ¿qué hace?

- ¡Me cago de hambre, jefe!

- Ajá. O sea, el Estado no lo ayuda.

- Y... no.

- ¿Y por qué el mismo Estado debería subsidiar, usando sus impuestos como trabajador, al estanciero que tiene una cuenta en Suiza y departamentos en Miami y Punta del Este y alguna vez le cae granizo sobre su cosecha?

El semáforo frente a nosotros pasó del rojo al verde, pero el conductor no arrancó. Dio vuelta su cara demudada hacia mí.

-Nunca lo había pensado así. Usted acaba de darme vuelta la cabeza, jefe...

Dos: descendiente de gauchos judíos en reunión amistosa. Vive en la ciudad hace años, pero explica que apoya al “campo” porque sus abuelos inmigrantes vinieron sin un peso desde Rusia y cultivaron el desierto pampeano hasta hacerlo florecer.

-Maravillosa tu fidelidad a los orígenes. Ahora, ¿podés explicarme que relación existe entre esos pioneros socialistas que fundaron cooperativas y los actuales barones de la soja de hoy, cuyas propiedades ascienden generalmente a centenares de miles de dólares?

Me mira, sorprendido. Piadoso silencio.

Tres: encuentro celebratorio con amigos y familiares. Un joven universitario, que comparte nuestra mesa, explica que la culpa del conflicto la tienen “los propios argentinos”, que mastican 65 kilos de carne por año. “Es uno de los mayores promedios del mundo -argumenta-, deberíamos obligarlos a cambiar la dieta y comer porotos de soja. Con lo que vale hoy la tonelada de carne en el mundo, ¿se imaginan los millones que podríamos exportar?”

-No entiendo el tiempo verbal “podríamos” -intervengo. - ¿Vos cuántas vacas tenés?

- ¿Yo? Ninguna.

-Es decir: querés cambiar la dieta argentina y quitarles proteínas a los niños para que 500 estancieros se llenen los bolsillos... ¡y sin que vos veas un centavo de eso!

- Bueno -se ofende-, es de ellos y les corresponde. ¿Por qué no?

-¿Por qué es de ellos?

-Porque hace más de un siglo compraron esa tierra y les pertenece.

- ¿A quién la compraron? ¿A los indios que masacraron sin piedad en la Conquista del Desierto, para luego repartírsela entre quienes habían financiado ese genocidio?

Hunde la cabeza en su plato y decide no contestar.

Cuatro: una familiar, buenísima persona de clase media, me reenvía hace dos meses un mail que urge: “Saquen rápido su dinero de los bancos y compren dólares. Los Kirchner están por caer y se escaparán en helicóptero (sic) desde la Casa de Gobierno, llevándose todos nuestros ahorros (sic) a sus cuentas en Suiza. La prueba de esto es que encarcelaron a Patti (sic), que podría haberlos detenido. No pierdan tiempo, vayan ya”. ¿Hace falta recordar que Patti está siendo juzgado como genocida y torturador y que estos mensajes, inocentemente reenviados, provocan más ganas de llorar que de reír?

Bien, así estamos.

Traté de quebrar este “hipnotismo mediático” con una pregunta sencilla a muchos conocidos que, entusiasmados, salen a golpear sus cacerolas de teflón o tocan las bocinas de sus autos flamantes (500.000 unidades el último año) para adherir al “campo”. El sencillo interrogante es: -“¿Qué viene después de esto? Vamos a suponer por un momento que la Presidenta y los diputados se vayan todos, como exigís a gritos. ¿Quién los reemplazaría y para hacer qué?”

Alegre encogerse de hombros. “No sé ni me importa”, dice esta clase media incorregible que repite compulsivamente sus actitudes cada tantos años. “Que se vayan todos”.

Y después, a llorar sobre la leche derramada.

No cuenten conmigo.-

 

 

 
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