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Los judíos en el agro argentino-segunda parte Imprimir E-Mail
jueves, 05 de junio de 2008
Por Boleslao Lewin
(Segunda parte)
5. Guillermo Loewenthal, el  inspirador de Mauricio Hirsch
Como he mencionado, la Alliace Israélite Universelle –por motivos meramente humanitarios y a pesar de sus reservas ideológicas- asesoró a los inmigrantes judíos antes de su partida de Europa, y como poseía un grupo de simpatizantes en Buenos Aires, a ellos los encomendó.

En una palabra, sentía cierta responsabilidad, no sólo interés por su destino. Justamente por tal razón encargó al doctor Guillermo Loewenthal, que se proponía visitar a sus parientes en Buenos Aires y estaba contratado por el gobierno argentino para estudiar el desenvolvimiento de las colonias ya existentes, que averiguara en qué situación se hallaban los agricultores judíos. Loewenthal tomó muy a pechos ese encargo y apareció entre ellos el 23 de octubre de 1889. Los encontró en un estado lamentable. Su situación lo conmovió hondamente y como era una persona acostumbrada a transformar sus estados emocionales en compromisos prácticos e inmediato se puso a la tarea de ayudarles. Cabe suponer que su primer paso fue la intervención ante don José Gálvez, gobernador de Santa Fe, pues éste pocos días después de la visita efectuada por Loewenthal a los colonos solicitó al comisario general de Inmigración, don Enrique Sundblad, que investigase el caso. Loewenthal se dirigió asimismo al ministro de Relaciones Exteriores, doctor Estanislao Cevallos, y éste, de cuya cartera dependían los asuntos de inmigración, el 29 de octubre exigió al comisario general del ramo que averiguara la causa por la cual esa gente se halla sin trabajo... y también las causas que han producido la situación difícil de los inmigrantes.

No me es conocida la respuesta directa del comisario general de Inmigración, pero sí, la indirecta. El 31 de octubre informa al doctor Cevallos que, a pedido del gobernador de Santa Fe, trató con el doctor Palacios acerca de la situación de los inmigrantes rusos. El 7 de noviembre Cevallos le contesta en unos términos que no dejan de ser sintomáticos:

Creo necesario y útil no dar por terminada la acción administrativa hasta no dejar perfectamente aclarado lo que sucede, pues es probable que se trate de la incapacidad física y moral de los inmigrantes para las arduas labores de la colonización, en cuyo caso estos hechos deben ser justificados, para fundar medidas que eviten la entrada al país de elementos inútiles y perturbadores del orden de los servicios que tiene Ud. a su cargo.

De manera que, aun una personalidad de los quilates del doctor Cevallos tiene graves dudas acerca de la capacidad física y moral de los judíos para las tareas del campo argentino y, sin pensarlo mucho, sugiere, en el caso de comprobarse sus sospechas, que se tomen las medidas legales a fin de evitar el ingreso al país de esos inmigrantes inútiles y  perturbadores...

Pero, aunque preocupado por la repercusión pública –no del todo favorable a los colonos- de los sucesos que nos son conocidos, Loewenthal prosiguió incansablemente la tarea que se había impuesto y luego de entrevistarse con don Pedro Palacios, el 15 de noviembre, entregó al ministro del Exterior un memorial en el cual presentaba en sus verdaderos términos la situación de los inmigrantes dejados de la mano de Dios en el norte de Santa Fe. Habiendo logrado algunas mejoras para ellos, retornó a Europa. No se sentía desanimado, ni perdió la fe en las posibilidades que ofrecía la Argentina para la inmigración agrícola judía. Es prueba de ello su brega por la solución integral del problema de los colonos de Palacios y su proyecto sometido a la Alliance y otros factores influyentes judíos, acerca de la prosecución de la inmigración agraria israelita  en mayor escala.

Mientras tanto, continuaba la investigación ordenada por el ministro de Relaciones Exteriores. El 9 de noviembre, el comisario general de Inmigración presentaba al ministro un informe que sorprende, en vista de las anteriores comunicaciones. Decía en él que los colonos rusos están contentos y son perfectamente tratados, habiendo trabajo suficiente para todos y necesitándose aún más brazos para las cosechas que han de empezar a fines del mes. Así que no debieron ser tan incapaces “física y moralmente” para las duras tareas en la agricultura. Agregaba, sin embargo, el comisario que hay efectivamente en la estación Sunchales como veinte familias  sin colocación, pero ellas mismas son culpables, pues faltando a los compromisos contraídos con el doctor Palacios, abandonaron la colonia para seguir a otra persona que los engañó, aconsejadas –según manfiestan- por un señor Henri Son, relojero de esta capital.

Henri Son, en el escrito precedentemente citado llamado relojero, titulándose coronel del ejército ruso –lo que no fue desmentido por la legación de este país-, el 1 de noviembre publicó en uno de los prestigiosos diarios del país una extensa carta aclaratoria. Decía en ella que los 862 inmigrantes rusos... por la posición que en la corte imperial he ocupado, le han escrito el 9 de setiembre y cablegrafiado el 12 del mismo mes, rogándole que ocurriera en su ayuda. De inmediato, pues, se entrevistó con el doctor Palacios y éste le pidió que se dirigiera al lugar donde aquellos estaban. El 18 de noviembre, en compañía de José Palacios, hijo del dueño de las tierras. Son allí se dirigió. De su viaje resultó poco alivio para los colonos; pero sí de su intervención ante las autoridades y de su acción periodística. Y cosa curiosa: Son ofreció su casa de Cangallo 2509 como amparo y protección a todas las familias rusas que, procedentes de Palacios, llegasen a Buenos Aires.  

Las protestas, intervenciones oficiales  campaña periodística no sólo obligaron al doctor Palacios a tomar ciertas medidas a favor de los colonos, sino también a difundirlas en los periódicos, a fin de salvaguardar su prestigio. En su larga aclaración, publicada el 28 de noviembre, Palacios afirmó que él se limitaba a vender tierra a plazos. Ese negocio lo hizo también en el caso que preocupaba a la opinión pública, luego de una entrevista con los señores Oscar Levi, Simón Kramer, Rodolfo Ornstein, Henry Joseph y de los más caracterizados de entre los colonos. Sostuvo más adelante –contradiciendo su anterior afirmación de que él se limitaba a vender tierra a plazos- que después de haber firmado el contrato declaró que no consentiría que se enviasen esas familias si no se proporcionaban carpas para cobijarlas. Sin embargo, pese a la tan terminante decisión del vendedor de tierra a plazos, los inmigrantes fueron enviados sin ninguna protección contra la inclemencia de la intemperie con la sola promesa de alojarlos en los galpones del ferrocarril en construcción.

Además de insistir en su carácter de vendedor de tierra a plazos, Palacios se obstinaba en afirmar que él no envió “esos colonos” agregando, sin embargo, a renglón seguido que tenía también la obligación de proporcionarles novillos, reses y vacas con cría, contra cuya demora y mala calidad hubo muchas quejas. Y aquí el vendedor de tierra a plazos lanza un ataque frontal contra sus enemigos, en verdad víctimas:

Desde que pisaron la estación Palacios empezaron a pedir que se les suministrase arroz, harina, té, etc. Y hacían matar por su rabino hasta quince reses diarias, porque estos desgraciados, dominados por un fanatismo incomprensible, no comen sino la mitad de la res, creyendo que la otra parte en impura. Repito a usted –se dirige al director del periódico- que sería interminable la narración de todo lo ocurrido  que además, parecerían inverosímiles los episodios a que diariamente daban lugar los ritos, las costumbres y los hábitos de esos desgraciados.

He citado las propias expresiones de Palacios para evitarme su refutación, puesto que las considero suficientemente demostrativas de su falta de comprensión, respeto y simpatía por los colonos. Esto, sin embargo, no le inhibió de servirse de su situación como pretexto para el intento de aumentar sus beneficios con el aporte de filántropos judíos. Es prueba de ello una carta del doctor Isidore Loeb. Pero la más categórica muestra del contenido fingido y contradictorio de su escrito es su afirmación final de que los colonos, a esa altura, se hallan satisfechos  plenamente dedicados a sus tareas. Entonces los extraños ritos, las exóticas costumbres, el fanatismo religioso, las raras exigencias culinarias no fueron óbice para el arraigo en la tierra de esos desgraciados.

Ahora bien, aunque esa polémica mostró a Palacios en una luz desfavorable, tampoco benefició a los colonos, debido a la desconfianza de la capacidad de los judíos para la agricultura. Se manifestó esto en forma particularmente enérgica en un artículo de fondo de La Nación, también entonces uno de los más influyentes diarios del país.

Mientras tanto, Loewenthal actuaba en Europa adonde –para su gran satisfacción- le llegaban alentadoras noticias acerca de la situación en Palacios. En primer término, Loewenthal procuró ganar para su causa a Zadoc-Kahn, jefe espiritual de la comunidad judía de París e influyente personalidad en la Alliance.  

El 12 de diciembre logró persuadirlo de que la República Argentina, gracias a su interés en percibir inmigrantes y a la salubridad de su clima, fertilidad de su tierra, extensión de su territorio y exigüidad de su población era un país adecuado para formar establecimientos agrícolas de colonos judíos. Le rogaba, pues, que le ayudara a encontrar los medios a fin de instalar allí 5.000 personas anualmente en los comienzos, y luego 10.000, sin perjuicio de buscar también facilidades colonizadoras en otros países. Creía Loewenthal que podría proporcionarlos el gran filántropo israelita Barón Mauricio de Hirsch, que dos años antes había ofrecido donar 50.000.000 de francos, a fin de fundar escuelas de artes y oficios para los desclasados judíos rusos.

Pese a la calurosa recomendación del proyecto del doctor Loewenthal por parte el rabino Zadoc-Kahn, la Alliance, a la cual ambos estaban vinculados, por razones de principios estuvo en contra de la emigración semiforzada de ciudadanos (súbditos, en el caso de los judíos rusos) de un país que era su patria, por más que allí se los tratara mal. Sin embargo, Mauricio Hirsch, informado del proyecto y en ausencia de herederos a causa del trágico deceso de su único hijo, aceptó la idea. Expresó su conformidad con sus lineamientos generales en la carta a la Alliance del 29 de enero de 1890. Dijo en ella que su propósito era ofrecer un hogar seguro –en la Argentina y otras partes- a aquellos de sus correligionarios que se viesen obligados a buscar refugio en países lejanos, con el fin de forjarse una vida nueva, lejos de los horrores de su país natal.  Poco tiempo después se reunió en París con Guillermo Lowenthal e Isidore Loeb, a fin de considerar con ellos el aspecto concreto del plan. En tal ocasión, se resolvió estudiar sobre el terreno su viabilidad económica y sus implicaciones legales. Propósito que fue cumplido a fines de 1890 y a comienzos de 1891.

6. La opinión pública y la empresa colonizadora de Hirsch  

La labor explorativa de los personeros de Hirsch, Mr. Cullen y el coronel Vanvinkeroy, encabezados por el doctor Guillermo Loewenthal, tuvo un eco –no siempre favorable- en la prensa. Creo de interés histórico citar sus expresiones más importantes, porque reflejan en forma auténtica el sentir de parte de la opinión pública argentina.

El Nacional publicó esta nota con el título Inmigración israelita:

Se mencionó como probable la llegada de tres emisarios del barón Hirsch, el famoso judío alemán o belga de cuya expulsión del territorio francés se ha hablado en estas últimas semanas, con ocasión de las ya célebres Coulines.

La verdad es que hace ya algún tiempo un empleado de dicho banquero estuvo en Buenos Aires, y sin duda ahora debe estar en el interior de la República y más probablemente en el Sud, pues los diarios de Bahía Blanca dijeron que había pasado por allí un caballero inglés, cuyo apellido es el mismo al del viajero del barón Hirsch, llegado aquí en agosto.

Parece que éste no sería el único fundador de la gran empresa, sino que al frente de ella están, además del dicho barón, los Rotschild, los Camondo y varios otros banqueros, todos hebreos aunque de distinta nacionalidad.

En caso de que se arreglaran con nuestro gobierno, los inmigrantes serían trasladados a Buenos Aires desde el puerto de Hamburgo para los israelitas alemanes y rusos del Norte, y de Trieste para los israelitas del Sur y los austríacos, y en cuanto llegasen aquí serían trasladados a los establecimientos previamente preparados para que aquéllos se dedicasen a los trabajos agrícolas.

A lo que vienen los tres emisarios que se han anunciado del barón Hirsch, es a estudiar detenidamente nuestro territorio, más tarde vendría seguramente uno de los mismos banqueros que forman el sindicato judío, a tratar con el gobierno para los contratos de navegación y demás que importaría tan colosal empresa.

Pasando por alto errores de información  -por ejemplo, el supuesto propósito de los judíos alemanes de abandonar su país- sólo señalaré que a través del desdén por la figura del señor Hirsch se procura echar una sombra desfavorable sobre el proyecto colonizador que llevaba su nombre. Corresponde destacar, sin embargo, por lo que importa para el tema, que poco después El Nacional  insertó una nota más amable sobre el Barón Hirsch y sobre sus propósitos, destacando lo que -a su juicio- la hacía aceptable:

El propósito es no hacer colonias de judíos, sino colonias abiertas, en que el elemento israelita no entrará sino en la proporción que indica el propósito humanitario que ha inspirado la primera idea. Estamos en presencia de una empresa industrial que ha sido originariamente sugerida por el espectáculo de las persecuciones de los judíos en Rusia, pero que, por ser una empresa industrial dotada de vida, esto es, dando resultados prácticos, tendrá que sujetarse y se sujetará a las condiciones generales de toda empresa industrial, en que no caben los exclusivismos de secta.

Parecida idea es expresada –pero sin calificativos ultrajantes- en una nota de La Prensa. El ya entonces difundido diario (tiraje: 20.000 ejemplares, como el de La Nación), luego de referirse en términos objetivos a la personalidad de Mauricio de Hirsch y a su designio de hallar para sus correligionarios rusos un asilo seguro, al mismo tiempo que ralizar una de sus grandes empresas a que dispuesta está siempre su actividad prodigiosa, entra a considerar el problema que tanto precupaba entonces, sobre todo en relación con los inmigrantes judíos y dice:

Una de las observaciones que podría hacerse a la realización de esta empresa, es la referente al peligro que podría resultar para el porvenir de la acumulación de individuos que por sus preocupaciones especiales de religión y de raza tienden a aislarse formando una nacionalidad aparte, dentro de la del país en que viven.

Este peligro, sin embargo, es remoto dadas las condiciones de asimilación de la sociedad argentina, y para evitarlo, en todo caso las colonias no se compondrán exclusivamente de inmigrantes judios sino que éstos entrarán en proporciones que hagan más fácil la unión con las demás familias de otras nacionalidades y de otras razas.

Y aquí, otra opinión tranquilizadora de La Prensa:

Respecto a las aptitudes de la raza semítica para la agricultura no debe dudarse de ellas, porque si en Rusia y en otros países se han dedicado preferentemente a otra clase de actividades, al llegar a  la República se encontrarán en un medio distinto y adecuado a la labor agrícola. 

Pero la que arremete contra la empresa de Hirsch –por su posición general frente al problema inmigratorio y particularmente judío- es La Nacion al referirse al proyecto de venta que califica de vergonzoso, desventajoso e irregular, de 1.300 leguas de tierra fiscal. Sostiene el diario:

Ante todo, parece que el P.E. no se ha preocupado poco ni mucho de la calidad de la inmigración que en grandes proporciones se pretende introducir en el país y que, sin embargo, antes de formentarla y favorecerla, debería ser objeto de serio y profundísimo estudio. Las condiciones y aptitudes fisicas y morales de los inmigrantes han sido objeto de vivas discusiones en los años anteriores; se ha demostrado cuán grande es la influencia que la nueva población ejerce sobre los naturales del país, hasta el punto de mejorar o empeorar las condiciones de la raza; y nos parece que debe importarnos a todos el desarrollo futuro del pueblo argentino.

Diríase que ya se han olvidado aquellos terribles ataques, generalmente injustos, que hace cuatro o cinco años se dirigían a los inmigrantes del mediodía de Italia; diríase  que se han olvidado las medidas que adoptó el mismo gobierno argentino, facilitando la inmigración del norte de Europa para contrabalancear la inmigración del mediodía.

Y sin embargo, ¿puede compararse los inmigrantes judíos a los inmigrantes del mediodía de Italia o de España? Todos los informes son desfavorables a la nueva población que ha de venir a incorporarse a nuestra vida; en todas partes donde los judíos se han reunido en número considerable han povocado cruzadas en su contra; se afirma sobre la base de hechos innegables, que en general son sucios, indolentes, ineptos para las labores agrícolas; los Estados Unidos han resuelto resistir esa clase de inmigración.

Debo confesar –sin absolver con ello a la redacion del gran diario- que noto en sus expresiones denigrativas el eco de la propaganda de ciertos extranjeros afincados en el país y que en él lograron prominencia. Hasta puedo indicar concretamente un nombre: Francisco Latzina, el geógrafo, director del censo municipal de 1887. Con todo, no los fastidiosos calificativos atraen mi atención sino un detalle que se repite asimismo en otras manifestaciones públicas, por ejemplo, en las de Estanislao Zeballos, la sospecha referida a la incapacidad fisica y moral de los judíos para las duras tareas agrícolas.¿Pero volviendo a La Nación, al vocero del general Mitre le resultaba desagradable aparecer como órgano antisemita, por lo tanto, al final de su nota xenófoba intenta mostrarse generoso:

Nosotros no creemos, a pesar de esto, que deben adoptarse medidas de exclusión o de resistencia; pero creemos que antes de facilitar esa inmigración valía la pena estudiar sus condiciones y ver si era o no conveniente hacer algo para atraerla.

Acerca de la inmigración judía expresaron también sus puntos de vista El Diario (tiraje: 12.000), Sud América  (tiraje: 6.000) y algunos periódicos del interior. El Diario –en términos generales coincidia con el criterio de La Prensa.      

En cambio Sud América, vocero del gobierno de Juárez Celman defendía la política oficial en materia de inmigración  en términos enérgicos y punzantes rebatía las opiniones de La Nación.

Merecen particular atención los conceptos emitidos sobre la imigración “semita” por El Amigo del Pueblo de Concordia, en respuesta a una misiva que recibió de Moscú en los primeros días de agosto de 1891. Decía el periódico entrerriano (retraduzco sus palabras de la versión al idish):

En lo que se refiere a cómo serán acogidas las razas semitas, diremos lo siguiente: la libertad social es el actor predominante en la Argentina. El hombre se coloca aquí frente a frente de la naturaleza; lucha con ella, la somete, obligándola a producir, y de tal modo llega a tener el convencimiento de su fuerza, libertad e independencia. Esto no acontece enEuropa. Probablemente no existe ninguna región en el mundo donde el hombre sea tan altamente valorado como entre nosotros. Precisamente, por tal motivo, entre nosotros el hombre adquiere conciencia de su dignidad y libertad. Aquí es respetado todo hombre de trabajo y no se toma en cuenta su procedencia ni el hecho de pertenecer a un determinado núcleo étnico. Y por más modesta que sea la posición que haya alcanzado, gracias a su esfuerzo tesonero puede elevarse socialmente, hacerse famoso, y sus hijos nacidos en el país –si tienen mérito para ello- lograr prominencia política, cosa que se ve a diario.

De suerte que aquí tamibién los semitas son valorados de acuerdo con sus virtudes personales,  no según su origen. No existe ninguna traba para los inmigrantes que vienen aquí a buscar trabajo, si se mezclan voluntariamente con la población local,  aceptan las costumbres y leyes del país que son las mejores del mundo.

¿Y los sectores de la opinión pública no representados por diarios? Es difícil saber su opinión, salvo en lo que respecta al incipiente movimiento obrero. Éste, a pesar de componerse en gran parte de extranjeros, se oponía a todo tipo de discriminación.

En resumen, cabe afirmar que era compartida por casi toda la prensa la posición adversa al carácter exclusivo de las colonias. Sin embargo, la práctica anterior a la inmigración agraria israelita probó que no existía otra manera que ésa de atraer a colonos “deseables”(alemanes, suizos, franceses y particularmente galeses). También la posterior demostró el mismo hecho, tanto con respecto a los “deseables” como “indeseables”, sin que por ello se resintiera un ápice la unidad nacional argentina. Y puesto que hasta hoy suele debatirse ese problema, a título ilustrativo, diré que también en Israel se llegó a la conclusión de que la mejor manera de asegurar el éxito de la colonización –de personas de un mismo linaje, pero alejadas por la geografía y la historia- es agrupar a los que proceden de parecida área cultural.

(De Indice DAIA)      

 
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