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Conceptos de Andrea Gualde Imprimir E-Mail
jueves, 22 de mayo de 2008

Uno puede salir de Auschwitz, pero nunca saldrá de uno

En primer lugar, quisiera agradecer muy especialmente a la Asociación Israelita de Sobrevivientes de la Persecución Nazi y a Generaciones de la Shoa el honor de compartir junto a ustedes la conmemoración del 63er. aniversario de la victoria de los aliados y el comienzo del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Conmemoramos hoy el fin de las hostilidades que se produjo con la capitulación de Alemania frente a los Aliados.

Aunque sabemos que la Segunda Guerra no finalizó completamente en ese momento, el 8 de mayo tiene una importancia singular.

Fue recién con la rendición total de Alemania que se puso fin al sistema de exterminio nazi, ya que aún después del desembarco de Normandía en junio de 1944, y el comienzo de retroceso militar de Alemania, las máquinas de la muerte seguían funcionando. Aun cuando la derrota estaba cerca, el régimen nazi continuó llevando a cabo su macabro plan.

En julio de 1944, cuando el Ejército Soviético había entrado ya en el campo de exterminio de Majdanek y se habían hecho públicas las atrocidades allí cometidas, las autoridades de las SS decidieron ordenar a los comandantes de los campos que evacuaran todos los prisioneros hacia el interior de Alemania, para prevenir que cayeran en manos de los aliados y así ofrecieran nueva evidencia del asesinato masivo perpetrado por los nazis.

Estas evacuaciones -conocidas como marchas de la muerte porque miles de prisioneros murieron de exposición a condiciones climáticas extremas, inanición, y agotamiento- demuestran la obstinación del régimen nazi en la comisión de sus terribles crímenes de persecución y de odio. Hasta casi el último día de la guerra, las autoridades alemanas obligaron a los prisioneros a marchar hacia distintos lugares del entonces Reich.

Por ello, es importante recordar esta fecha. Aun cuando, como ha dicho Yehuda Bauer, los eventos no pueden ser reducidos a fechas, y la conmemoración es –en el mejor de los casos- un débil recordatorio de las series de eventos que deseamos rememorar, a falta de mejores medios, tenemos fechas conmemorativas.

Las secuelas son inabarcables e indefinibles. Es casi irreverente intentar su cuantificación, aunque mencionar algunos números nos permite –acaso- dimensionar la tragedia: casi 60 millones de vidas se cobró la Segunda Guerra Mundial; entre ellos, 6 millones de judíos asesinados, un millón y medio de niños judíos y el exterminio de otros grupos es el balance del horror.

Me gustaría detenerme unos minutos en las diversas implicancias políticas y jurídicas que la victoria de los aliados tuvo a nivel internacional. Las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial y la Shoá llevaron a que la comunidad internacional se diera cuenta de que era necesario construir mecanismos que ayudaran a prevenir las violaciones masivas de derechos fundamentales, a castigar a quienes cometieran estas violaciones, y a rechazar cualquier intento de repetición.

Los Juicios de Nuremberg, en donde se juzgó a los líderes políticos, militares y económicos del régimen nazi por crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, además de su relevancia ineludible en la creación de archivos históricos y preservación de memoria, representaron el primer intento exitoso de juzgamiento internacional, convirtiéndose en precedente de obligada consulta para los actuales tribunales penales internacionales para la ex Yugoslavia y para Ruanda, y de la Corte Penal Internacional.

La comunidad internacional reaccionó y se organizó. Se creó la Organización de las Naciones Unidas. El derecho Internacional de los Derechos Humanos inició un desarrollo ininterrumpido hasta hoy, desde la Declaración Universal de 1948 y la Convención para la Prevención y Sanción del Crimen de Genocidio del mismo año, hasta la Declaración sobre el Derecho a la Verdad y la reciente Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra la Desaparición Forzada.

Y así podríamos continuar mencionando otros ejemplos en esta línea. Conscientes de que ningún esfuerzo será suficiente para combatir el mal absoluto.

Sin embargo, y sin perjuicio de la importancia que esto tiene para la comunidad internacional, hoy y en este ámbito creo necesario atender especialmente las consecuencias que tuvo la victoria de los aliados -la liberación- sobre las víctimas, sobre los sobrevivientes. Consecuencias que son más difíciles de contabilizar y sistematizar.

Las experiencias vividas por los sobrevivientes de esta tragedia son únicas y personales. Cada uno continuó su vida como supo o como pudo. Nuestra responsabilidad es aprender de ello y mantener su memoria.

Hoy nos encontramos convocados por organizaciones de sobrevivientes, por eso vengo a rendirles homenaje y aprender de su legado.

Los sobrevivientes son un ejemplo de fuerza y coraje. Luego de haber pasado por una experiencia de muerte, decidieron construir la vida, rehaciéndola de a poco, ya sea en Europa o buscando nuevos horizontes en países extraños: aprendiendo a hablar un idioma nuevo, adaptándose a otras costumbres, empezando o tratando de empezar de nuevo. Conviviendo con esa imagen que Primo Levi ejemplifica tan gráficamente cuando expresa que uno puede salir de Auschwitz, pero Auschwitz nunca saldrá de uno. Ese ejemplo de continuidad de la vida es el que me gustaría rescatar hoy y compartirlo con ustedes.

Cuando hablamos de la Segunda Guerra Mundial, hablamos de la Shoá, del genocidio paradigmático, de la industrialización de la muerte basada en el extermino físico y sistemático de minorías. Quien comete el crimen del genocidio busca borrar del mapa y de la historia a un determinado grupo. ¿Cómo hacer frente a semejante criminalidad? ¿Cómo responder a semejante crimen?

Con la justicia y el ejercicio de la memoria. Una sociedad que no recuerda su pasado, lo bueno y lo malo, está cometiendo, citando a Elie Wiesel, un crimen contra la memoria.

Por eso la Argentina es miembro pleno de la International Task Force para la Rememoración y Educación sobre Holocausto desde el año 2002, siendo el único miembro latinoamericano, y como tal, ha asumido el compromiso de implementar políticas y programas en apoyo de la educación, memoria e investigación de la Shoa.

Como sociedad debemos ejercer una memoria ejemplar, una resignificación de la historia; aprehender críticamente el pasado y extraer de él las lecciones necesarias para poder identificar y enfrentar su posible reiteración en un nuevo contexto, con otros actores y circunstancias. Por ello, la memoria, la verdad y la justicia es política pública de este gobierno.

En el ejercicio de esta memoria ejemplar y la construcción de nuestra memoria colectiva es importante contar la historia desde la perspectiva de las víctimas, porque desde la subjetividad de sus experiencias y de su sufrimiento es posible comprender el dolor infligido. Las víctimas de los peores genocidios y masacres de la historia nos enseñan que el sufrimiento no conoce fronteras, que se transmite de un modo u otro por generaciones, y que es necesario, más que nunca, poner en práctica las lecciones aprendidas de la historia para que situaciones como estas no se repitan. 

Cuando un sobreviviente ofrece su testimonio, tiene que haber del otro lado alguien dispuesto a escuchar. Debe construirse una memoria. Muchos sobrevivientes no han podido contar lo que vieron y vivieron por temor a que los demás no quisieran escuchar, o no creyeran lo que escuchaban. Es un deber entonces de los que no vivimos ese horror escuchar el testimonio de aquellos que sí lo hicieron para construir la memoria, para hacerla transmisible a otros.

Los sobrevivientes nos enseñan la importancia de dar testimonio para que las generaciones venideras conozcan la historia y preserven la memoria. Por ello, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación entiende que es responsabilidad del Estado llevar adelante el ejercicio colectivo de la memoria con el fin de enseñar a las presentes y futuras generaciones las consecuencias irreparables que provoca la sustitución del Estado de Derecho por la violencia y las prácticas de terror, para evitar que el olvido se convierta en la semilla de futuras repeticiones de terribles hechos.

Permítanme terminar recordando las palabras atribuidas al general norteamericano Eisenhower, al llegar al campo de Dachau: “Documenten todo, hagan películas, hablen con los testigos, porque en algún momento de la historia, alguien aparecerá para decir que esto nunca ocurrió. Todo lo que se necesita para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada”.

Es nuestro deber como sociedad. Cada uno desde el lugar que le corresponda. Por las víctimas que no están; por los sobrevivientes y por las generaciones que nos continuarán”.

 

 

 
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