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Palabras de Lea Novera Imprimir E-Mail
jueves, 22 de mayo de 2008

“...Queridos hermanos sobrevivientes de la Shoá, con ustedes me une un trágico pasado; citando a mi manera a Jorge Luis Borges "a nosotros nos une el amor Y el espanto".

El que esta veterana de 81 años, esté hoy aquí es un privilegio, un doble privilegio. Además de tener la posibilidad de dirigirles la palabra, la fecha de hoy que recuerda la victoria sobre el nazismo, es para mí la más importante de todas las fechas que recordamos.

El precio que pagó la humanidad fue tan alto que raya en la locura: 50 millones de víctimas entre las cuales están los seis millones de judíos asesinados. El número, a medida que pasen los años, será cada vez más tan solo un número, una cifra fría que casi no dice nada. Por eso es indispensable recordar lo sucedido, cuyo horror la mente es incapaz de absorber.

Las fechas para mi han adquirido un valor más que simbólico. Me referiré a dos fechas: las que marcaron el comienzo y el fin de mi descenso a los infiernos.

Fue un 2 de febrero de 1943 el día en que comenzó mi caída en el horror. Nuestro Ghetto ya había sido liquidado. Durante dos largos años, en ese Ghetto en el que nos tenían amontonados, habíamos sufrido hambre y privaciones. Fui arrancada de mi familia completa, una familia formada por más de 80 personas cuyas cenizas se convirtieron en abono en los campos y bosques de Polonia.

Curiosamente, ese mismo 2 de febrero de 1943, el general von Paulus rindió en Stalingrado el otrora orgulloso ejército alemán ahora convertido en un miserable conglomerado de soldados semi congelados, hechos unas piltrafas. Se considera que ese día, aquel 2 de febrero de 1943, fue el comienzo del fin del nazismo. El mismo día en que comenzaba a terminar, paradójicamente, para mí, fue el ingreso a las oscuras cloacas del mal, fue cuando pisé el suelo de Auschwitz-Birkenau.

Pasé allí dos largos años, eternos, nefastos, mi calvario más espantoso. Cuando ya creía que peor no podía ser, vino la culminación de lo que la mente no puede imaginar, las Marchas de la Muerte. Entre enero y mayo de 1945 caminamos a duras penas, en harapos, sin fuerzas ni esperanzas atravesando la desolación del crudo invierno europeo. Pasamos por Malhoff, Leibtzig, Ravensbrueck, hasta que llegó el día en que todo terminó, aquel glorioso 8 de mayo de 1945.

¡Qué fácil es resumirlo en tres frases! Bien distinto fue vivirlo. Pero no estoy hoy aquí para hablar de esas vivencias tristes porque cada uno de nosotros, los sobrevivientes, lleva la pesada mochila de su propia historia.

Hoy quiero recalcar que la desdichada frase "fueron como ovejas al matadero" es un mito. Por más imposible que resultaba luchar, hubo muchos casos de resistencia. Empezando por el heroico levantamiento del Ghetto de Varsovia, el más importante por cierto, el que quedará como un símbolo, como luminoso faro en la historia de la humanidad por la conquista de su libertad.

Pero también hubo resistencia en los campos de Sobibor, Auschwitz y Buchenwald, en los ghettos de Bialystok y Vilna y en decenas de ghettos más chicos. No sólo en campos y ghettos, debemos honrar también el capítulo de los heroicos partisanos en los bosques.

Y se luchó de muchas maneras, no sólo con armas. Dar clases a los niños en los ghettos de manera clandestina, era resistencia. Grandes y pequeños actos de resistencia nos permitieron seguir siendo humanos.

Yo, con mis 14 años, me escapaba de casa para dejar mi rebanada de pan para mis hermanitos más chicos. También era un acto de resistencia. Iba a casa de una amiga donde había un poco más de comida y hacíamos un torneo de canto durante varias horas para matar el hambre. También era un acto de resistencia. Como premio a nuestro torneo recibíamos una rodaja de pan y una taza de té amargo que era para nosotras un manjar de dioses. Supongo que todos ustedes, podrán poner en juego la imaginación y trasladarse por un segundo mentalmente allí y entender nuestro sentir al cantar en polaco, en ruso, en idish, sin saber si lo podríamos hacer al día siguiente…

Quiero recordar también el valor y el altruismo de los salvadores no judíos quienes expusieron su propia vida y la de su familia para salvar vidas ajenas. Es verdad, no fueron muchos, pero honraron la vida. ¡Honor y gloria a todos ellos!

Se cumplen también 60 años del surgimiento de un Estado judío independiente por el que se bregó durante casi dos mil años. Y aunque chiquitito en territorio, tanto es que a veces hay que buscarlo con lupa en el mapa, está ahí, gigante y orgulloso. ¿No es éste un milagro? ¡Y qué distinto hubiera sido nuestro destino si el Estado de Israel hubiese existido 10 años antes! Pero ésa es otra historia y no se puede dar vueltas atrás el reloj.

Para mí, estar hoy aquí y ahora, es un momento de duelo y al mismo tiempo de júbilo. Porque aquella niña cuyo brazo tatuado con un número, la misma que fue tocada por los dedos de araña venenosa del tristemente famoso Dr. Mengele para ser enviada a la cámara de gas, la misma está hoy aquí frente a ustedes.

Gracias por haberme dado esta oportunidad de ser escuchada. Con la mayoría de mis hermanos sobrevivientes tenemos algo en común: el tiempo corre en contra nuestro. Los pueblos que no tienen memoria, no tienen futuro. ¿Quién hablará cuando nosotros ya no podamos hacerlo? Bendigo a nuestra asociación Generaciones de la Shoá que forman nuestros hijos y nietos, quienes no dejarán apagar la antorcha de la memoria. Seguirán recordando esta fecha como la victoria de la humanidad en contra del nazismo y seguirán luchando en contra de la discriminación y del negacionismo.

Para terminar quiero confesarles algo. Todos rezamos en algún momento. Los muy creyentes. Los menos creyentes. Y los que no lo somos. Todos, a veces, sentimos la necesidad de rezar. Quiero compartir con ustedes mi rezo laico, mi rezo más esperanzado, mi pedido más entrañable.

Cuando yo era chica, en casa se hablaba de la Guerra Civil Española. Un familiar mío integró las Brigadas Internacionales y fue asesinado en la batalla de Teruel. Creíamos que eso era lo peor que podía pasarle al mundo. ¡Qué ilusos! Después cayó sobre nosotros la Shoá, con los nuevos asesinados, las injusticias, las muertes de civiles que continuaron y aún continúan, porque el mundo no ha aprendido nada. Por todo eso elevo mis plegarias y rezo. Y lo hago repitiendo las palabras del poeta Paul Élouard. De su poema más famoso, escrito en 1942, el año antes de que comenzara mi ingreso a los infiernos, compartiré con ustedes un pequeño fragmento, el que más me conmueve.

Sobre mis cuadernos de escolar

Sobre mi pupitre y los árboles

Sobre la arena, sobre la nieve

Escribo tu nombre

Sobre la maravilla de las noches

Sobre el pan blanco de los días

Sobre las estaciones desposadas

Escribo tu nombre

Sobre el trampolín de mi puerta

Sobre los objetos familiares

Sobre la onda del fuego bendito

Escribo tu nombre

Sobre la salud recobrada

Sobre el peligro que se aleja

Sobre la esperanza sin recuerdos

Escribo tu nombre

Y por el poder de una palabra

Vuelvo a recomenzar mi vida

Yo nací para conocerte, para nombrarte

LIBERTAD”.

 

 
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