Los judíos en el agro argentino Imprimir E-Mail
jueves, 15 de mayo de 2008
Por Boleslao Lewin
Primera parte
1.El intento de atraer inmigrantes judíos
Si se toma en cuenta que los hábitos  mentales de la época colonial se modificaban muy lentamente, y que su cambio radical se operó a través de la inmigración, resulta notable el decreto del presidente Julio A. Roca, dictado el 6 de agosto de 1881 por sugerencia de José María Bustos, que invitaba a los judíos rusos a establecerse en la Argentina.

Cierto es que Bustos se ofreció como agente honorario para tal fin y que la política inmigratoria durante su primera presidencia (1881-1886) permitió a Roca proceder así. Pero, con todo, debió tener mucha agudeza política y no menor falta de prejuicios para obrar de manera contraria –como se vería pronto- al sentir de parte de la opinión pública representada por la prensa, y sin que en la época hubiera otros medios de expresión masiva.

La actitud de Roca en este caso, y en algunos similares, se explica en parte por su identificación con la oligarquía ilustrada –positivista, masónica o católica liberal- que basaba las esperanzas de progreso argentino en la inmigración de brazos y cerebros europeos. Fue esa oligarquía continuadora de la política de Rivadavia, la que forjó la Argentina moderna con sus virtudes y sus defectos, de ninguno de los cuales –lo que es sorprendente- supo salir hasta hoy día pese a las frecuentes crisis políticas y el ascenso de nuevas capas sociales.

Ahora bien, no obstante su ofrecimiento y el consiguiente decreto, José María Bustos pronto renunció a su plan; pero los judíos de Rusia, probablemente enterados de la existencia de un documento de tal naturaleza, porque incluso obraba en Kiev un desconocido hasta ahora agente de inmigración a la Argentina de apellido Nozzolini o Nizzolini, comenzaron a tomar en serio la posibilidad de establecerse en el país. Cabe suponer –aun cuando el mencionado decreto no lo dice expresamente- que se quería traer principalmente a personas dispuestas a dedicarse a tareas agrícolas, porque tal era la política general y tal fue, en efecto, el propósito de los emigrantes judíos de Rusia (en el sentido geográfico de la época).

2. Aversión a los inmigrantes, particularmente a los judíos.

Durante el coloniaje –es necesario recordarlo, pese a ser un hecho histórico elemental- no existía libertad inmigratoria. Fue a consecuencia de la Revolución de Mayo que quedó establecida, a la par de otras leyes igualitarias. Sin embargo, no sucedía esto sin la oposición de elementos retrógrados, generalmente ellos mismos hijos de inmigrantes. De lo cual es prueba el hecho de que en 1828 fue disuelta por Rosas la Comisión de Inmigración, cuyo integrante él fue por nombramiento de Rivadavia. Entonces, en el propio recinto de la Legislatura, Tomás de Anchorena, uno de los íntimos del “Restaurador de las Leyes”, aun antes de asumir éste la suma del poder –como si copiara los argumentos xenófobos de hoy, de ayer y de siempre- dijo: Fuera de algunos extranjeros excepcionales, los demás habían sido una plaga para el país, por ser viciosos, corrompidos y aventureros que no servían más que para estar en la ciudad  no para trabajar en el campo.

Si se piensa que tales palabras fueron pronunciadas por un hijo de inmigrantes cuando la República apenas sobrepasaba el medio millón de habitantes y la agricultura, prácticamente, no existía, y si se tiene en cuenta el actual estado de cosas, gracias, principalmente, a la inmigración, no puede menos que resultar ridícula la prevención de ciertos círculos –también ellos de origen inmigratorio- contra nuevos habitantes del país, singularmente, cuando ellos son judíos.

En la época colonial, a través del Edicto de las Delaciones de la Inquisición, la propaganda antisemita estaba institucionalizada. Después de la independencia y la supresión del Santo Oficio, a medida que se imponían los principios igualitarios, no era posible excluir a los judíos de sus beneficios. Pero con la simpatía por los israelitas esto tenía poco que ver. Sin embargo, el pensador más avanzado de aquella época, Esteban Echeverría, en 1846, instruía a la niñez que también el judío es su hermano, no obstante las opiniones de algunos sacerdotes que no comprenden las ideas de Cristo.

El fracaso del proyecto de inmigración judía de 1820 –pese a la ardorosa defensa de ella de P. Castañeda- ya lo hemos tratado (véase Indice N° 5). Cuando en la Asamblea Constituyente de 1853 se debatió acerca de la libertad religiosa –estrechamente vinculada con la inmigración- hubo fuerte resistencia a ella. Pero se impuso gracias a dos personalidades: una liberal, Juan María Gutiérrez, y otra católica, el padre Benjamín J. Lavaisse.

Bajo el influjo de ideas biologistas, los paladines de la inmigración, Sarmiento y Alberdi, no sólo no mostraban ninguna disposición a atraer inmigrantes judíos sino tampoco les entusiasmaban los italianos y españoles, de los eslavos y asiáticos ni qué hablar. Asombra, sin embargo, que un pensador católico de la talla de José Manuel Estrada, en 1869, escribiera páginas crudamente antisemitas. No resulta insólito, pues, que cuando Roca dictó el decreto respectivo a la inmigración judía, y aún antes de saberse nada de sus posibilidades prácticas –como he aludido-, ella fuese criticada por algunos órganos de la prensa. Se singularizó en el ataque a los judíos el diario de la colectividad francesa L´Union Francaise. Por intermedio del presidente de la Congregación Israelita, don Segismundo Auerbach, los judíos elevaron una protesta a la autoridades y dos de ellos individualmente, los señores Schnabel y Simmel, retaron al autor de los agravios antisemitas a duelo, que no se realizó por su disposición a rectificarse. En diferentes publicaciones, generalmente dedicadas a cuestiones geográficas y estadísticas nacionales, otro extranjero afincado en el país, don Francisco Latzina, ilustraba a la opinión pública sobre la “peligrosidad” de la inmigración judía a la Argentina, particularizándose con la agrícola. Las opiniones antisemitas de ese publicista de origen extranjero tuvieron enorme difusión, puesto que sus congéneres nacionales las incorporaron a los textos de enseñanza de historia y geografía que estaban en vigencia hasta no hace mucho. Quiero creer que hoy, salvo algún colegio confesional muy aislado, nadie los usa.

Ahora bien, aunque no cabe atribuir a Bartolomé Mitre la responsabilidad por todas las opiniones vertidas por La Nación, es indudable que él fijaba la línea general del diario. Es, pues, de suponer que los numerosos sueltos allí publicados sobre la colonización judía respondían –en términos generales- a su prédica en la materia.

¿Cuál fue ésta? La fuente para ello es su intervención en el debate parlamentario de 1870. En este debate Mitre formuló, con la claridad y energía que le eran propias, su criterio favorable a la inmigración espontánea  y su oposición a la traída por medio de los empresarios con la ayuda del gobierno. Expresó, sin embargo, su aprecio por lo que él llamó inmigración cooperativa, es decir, la que no consistía en beneficiar a los empresarios de la colonización sino a los colonos. Pero, para Mitre, la inmigración no fue un fin en sí, sino una parte de su brega patriótica por el progreso del país, progreso al cual subordinaba, y en aras del cual sacrificaba, algunas de sus preferencias. De modo que, cuando ejercía la presidencia (1862-1868), no se opuso a la inmigración de los galeses, a pesar de que fue minuciosamente planeada y tenía como propósito el establecimiento de una colonia únicamente compuesta por personas de ese origen. Procedió así, porque estaba convencido de que el país se beneficiaría económica y políticamente con su asentamiento en el lejano Chubut. Con todo, esto contradecía la idea de Mitre de que los inmigrantes incluso biológicamente debieran fundirse con la población  nativa, a fin de que no corriera riesgo el patrimonio espiritual del país y sus características singulares. Debido a la angustiosa necesidad de brazos, Mitre estaba dispuesto a hacer otra concesión: aceptar el establecimiento de colonias de un mismo origen, pero a condición de que se identificasen emocional  políticamente con el país. Criticaba al propio tiempo, con toda severidad a aquellos grupos ya establecidos (los alemanes)que pretendían conservar su antigua lealtad política y su exclusivismo cultural.

Ahora bien, asombra que La Nación, uno de cuyos pilares en la primera mitad del siglo presente fue el autor de Los gauchos judíos, hoy enemiga de toda xenofobia y ejemplarmente volcada hacia la tolerancia, en aquel entonces –como ya he aludido- mostrara antipatía hacia la espontánea inmigración agrícola judía (anterior a la de la J.C.A.) y asumiera una posición contraria a la organizada por el Barón Hirsch, la cual –no obstante componerse de personas de parecido origen- se basaba en principios que el propio prócer aceptaba, acaso con algunas reservas.

Pero lo que asombrará no menos al lector no familiarizado con la materia, es que El Nacional, dirigido por Sarmiento, el paladín de la democracia, de la inmigración y de la libertad de cultos, haya también asumido una posición muy poco favorable a la inmigración agrícola judía. Pero Sarmiento no merecería la fama que justificadamente tiene si el diario por él dirigido no admitiese asimismo alguna colaboración favorable a los judíos en general. Mas aquí interesa la colonización agrícola. Cuando ésta estaba en sus comienzos –pero Sarmiento ya había fallecido-, El Nacional, en su número del 9 de julio de 1890, ridiculizó al rito judío de la carne casher; y en la edición del día siguiente insertó una nota titulada Tarifas judaicas, que no se refería a los judíos sino a las tarifas excesivamente elevadas del Ferrocarril Gran Oeste Argentino...

La desconfianza hacia los judíos que fluye de estos dos y de otros muchos sueltos de El Nacional es fácilmente perceptible, aunque se procura mitigarle usando unas veces el término judío y otras la palabra hebreo. El mismo estado de ánimo se nota en los escritos de Sarmiento dedicados al problema inmigratorio en general y al tema de la asimilación del inmigrante. Pero lo curioso del caso es que el gran batallador por el progreso argentino también supo expresar su admiración por el espíritu judío en las ciencias, artes  finanzas. Era –bien sabido es- una figura contradictoria.

Pero –como veremos más adelante en este mismo artículo- no todo era criticismo frente al extraño fenómeno de la inmigración agrícola judía. Hubo también criterios objetivos en varios órganos de expresión pública.

3. ¿Bedeles y mercachifles fueron los colonos del Barón Hirsch?

Respecto a la aptitud de los judíos para las tareas agrícolas tanto se ha escrito –antes del surgimiento del Estado de Israel- a favor y en contra, que es ocioso volver sobre el tema. Pero me parece necesario destacar un hecho erróneamente encarado, también por autores judíos,  que fue utilizado por los adversarios de la inmigración israelita en la Argentina. Me vuelvo a referir a la presunta inadaptación judía a las faenas del campo, por su condición de hombres de ciudad.

Pero ¿la colonización judía fue realmente hecho con elementos urbanos? Sus directores, ¿efectivamente aceptaban a todos los dispuestos a lanzarse a la aventura colonizadora? De ningún modo. Los colonos –previamente seleccionados conforme a sus aptitudes para la faena agrícola-, en su gran mayoría procedían de pueblos o villorrios donde el moderno proceso de urbanización todavía era un sueño en la época y donde sin vínculo con ciertas normas de agricultura la vida era imposible. Simultáneamente con las labores artesanales, sus habitantes se dedicaban a la horticultura y a la explotación tambera. Me parece completamente ilógico pensar que relojeros, sastres, mercachiles y bedeles que jamás agarraron un azadón, nunca montaron un caballo ni plantaron una papa iban a dedicarse a< la agricultura. Sólo es una conseja, una “leyenda negra” de la cual hay que 

liberarse lo más pronto posible, tanto por su connotación desfavorable cuanto porque es contraria a la verdad. Se conocen incluso quejas contra los representantes de la empresa colonizadora  de Hirsch por su tendencia a buscar candidatos para la colonización en la Argentina, preferentemente entre elementos de antiguo dedicados a la agricultura, especialmente en los establecimientos agrícolas judíos de Jerson, en Ucrania.

Que los colonos judíos tuvieron menor preparación que los de otro origen para las tareas del campo argentino, puede ser; pero que ignoraran totalmente el trabajo agrícola, es falso. Lo prueban incluso algunos testimonios argentinos de la época. Pero lo demuestra cabalmente su rápido aprendizaje de los específicos modos de trabajo del campo argentino.

4. Vicisitudes de los colonos de Moisesville

No tanto por su importancia numérica como por la fama que tuvo y las polémicas que ha suscitado, voy a dedicar mayor espacio a este tema. Pero desde ya debo declarar que si se hiciera un estudio comparado del periodo raigal de los diversos núcleos colonizadores resultaría –dentro de sus diferencias lógicas- una notable similitud en muchos aspectos de sus dificultades iniciales. En primer término, todos los núcleos colonizadores –incluso Esperanza- se componían de un considerable número de personas que no eran agricultores y que sobre la marcha misma aprendieron su oficio; al comienzo, en todos hubo tragedias personales; en todos, las primeras cosechas se perdían a causa de factores naturales adversos; todos tuvieron problemas en lo que respecta a su asentamiento definitivo; en todos hubo dificultades en domar el medio ambiente y de todos se decían cosas muy desfavorables. Lo mismo, sólo en escala mayor, sucedió con los colonos judíos. Pero la repercusión pública de lo sucedido con ellos fue mucho más apasionada y amplia por tres motivos: 1) porque se trataba de la muerte de decenas de párvulos, 2) porque en su medio hubo bastantes individuos capaces de organizar una protesta y 3) porque concernía a judíos de cuya calidad de agricultores se dudaba, puesto que se oponían a ello prejuicios largamente arraigados y renovados por ciertos propagandistas con motivo de su llegada. Los primeros colonos judíos vinieron al país por decisión propia, aconsejados, probablemente, por agentes de inmigración argentinos. Además de sus escasos medios, contaban con la desinteresada pero fría asesoría de la Alliance Israélite Universelle, con sede en París por razones de principios, contraria a su emigración de su país natal. En octubre de 1888, cuando arribaron las primeras ocho familias de agricultores, según he indicado, vivían en la Argentina unos 1.500 judíos que, en su mayoría, eran representantes de grandes casas comerciales europeas. Insisto para evitar confusiones: se trataba de inmigrantes espontáneos y no traídos por la empresa colonizadora del Barón Mauricio de Hirsch (J.C.A.) que aún no existía. Las aludidas familias de agricultores hallaron grandes dificultades en su intento de establecerse en forma de un núcleo agrario. Una mitad renunció a su propósito originario y procuró su sustento en la forma en que ello le fue posible hacerlo, otra se estableció en los terrenos del Banco Colonizador, en Monigotes (viejo), cerca de la actual Moisesville y se dedicó a tareas agrícolas en aquella zona, que era entonces una especie de región de fomento agrario. Detrás de ese pequeño núcleo de vanguardia, vino un grupo mayor. Lo constituían unas cincuenta familias de las cuales casi ningún recuerdo ha quedado. Pero poco tiempo después de ellos, el 14 de agosto de 1889, en el Weser, arribó un grupo compuesto por 824 almas. Todos los grupos, en un esfuerzo mancomunado dieron origen a Moisesville, a la colonización agrícola judía y al surgimiento de prósperos poblados donde antes había yermos. Se trataba –perdóneseme la insistencia- de inmigrantes espontáneos procedentes del imperio ruso (la región de Podolia en Ucrania), todos asistidos por la Alliance de París, pese a que no estaba de acuerdo con el desamparo de “su patria” por los inmigrantes y no obstante las desalentadoras noticias acerca de las condiciones de vida en la Argentina. Asimismo en París funcionaba la principal Oficina de Información y Propaganda a favor de la inmigración a la Argentina, dirigida por Pedro S. Lamas. Desarrollaba también allí su actividad cierto individuo apellidado J.B.Franck, agente de cierta empresa Colonizadora Nacional cuyo dueño era el ingeniero (en realidad agrimensor) Rafael Hernández, hermano del autor del Martín Fierro, escritor, político  propulsor del progreso del país él mismo.

La figura de Franck, Frank o Franc y la clase de actividad que desarrollaba, no muy distinta de la de otros inescrupulosos agentes de inmigración, no merece que nos detengamos en ella. En cambio, corresponde dedicar algunas palabras a  Pedro S. Lamas. Este, por su función oficial,  intervino en el envío de los emigrantes embarcados en el Weser.   

Cabe suponer que muy a pesar suyo, en vista de que en su correspondencia con la cancillería, singularmente con el ministro Quirno Costa, aconsejaba no admitir a inmigrantes judíos (tampoco le gustaban los italianos). Si Franck, cuyos servicios Lamas recomendaba, le ocultó la condición judía de los inmigrantes, como lo hizo cuando propuso al comisario general de inmigración la venida de 100.000 rusos, no es sabido. De todos modos, los 100.000 no partieron pero sí los 824, con el triste resultado de encontrarse qué poca cosa valían sus contratos con Franck, respectivos a las tierras de la colonia Nueva Plata de Rafael Hernández. En tal emergencia, asesorados por ciertos correligionarios suyos afincados en Buenos Aires y vinculados con la Alliance, entraron en relaciones con el Dr. Pedro Palacios, dueño de vastas extensiones de tierras de Santa Fe que llevaban su nombre, en vecindad de las colonias suizas e italianas ya establecidas y prósperas. Por esta razón, allí se establecieron, primero, las cuatro familias y después las cincuenta mencionadas más arriba y allí también se dirigieron representantes de los recién llegados. Debido a su apremiante situación, pronto demasiado pronto como de inmediato vieron en Buenos Aires en la “colonia Palacios”, simultáneamente, el 28 de agosto, fue suscrito el contrato de colonización. El de Buenos Aires está firmado por el doctor Palacios, personalmente, y “por sí y en nombre de los demás compañeros”, lo suscriben Lázaro Kaufman, Salomón Aleksenitzer, Peretz Faiguenbaum (al comienzo del documento, en su nombre y en el de algunos otros aparecen diferencias con sus firmas al final), Iosef Schapiro y Jacob Rosen.

En la colonia Palacios la firma del contrato se lleva a cabo ante el juez de paz de los Sunchales, don Ventura Cardoso, y lo suscriben –además del juez- don José G. Palacios, apoderado general del doctor don Pedro Palacios, y Wolf Schapiro, entre otros, en nombre de los colonos rusos.

Llama la atención  el hecho de que este contrato contenga más cláusulas que el de Buenos Aires y sea también –en algunos detalles- más favorable para los colonos. Ya en el primer artículo hay una diferencia notable: el contrato de Buenos Aires se refiere a la venta de 450 a 500 concesiones y el de Sunchales a la de 250 a 300; el contrato de Buenos Aires fija en cinco anualidades la paga del valor de las chacras y el de Sunchales en seis. También hay una diferencia en el número de los artículos y se nota la fusión de algunos de ellos.

Pero en lo esencial ambos contratos -¿tendrían idéntico valor o serían una trampa?- no difieren mucho, salvo en este muy característico detalle que no figura para nada en el documento suscrito en Buenos Aires y sí en el de Sunchales: Siempre que el Gobierno de la provincia dé su autorización, el pueblo de la colonia rusa se denominará Son-Ville, es decir Moisesville, tal como se aclara en una corrección con tinta diferente. Ahora resulta, pues, perfectamente claro que el nombre de Moisesville no surgió del propósito de honrar a Mauricio (Moisés) de Hirsch (1831-1896), el gran benefactor de la colonización agrícola judía, sino al gran libertador del pueblo de Israel. Pero es inexplicable que no figure en el contrato ninguna cláusula atinente al alojamiento provisorio de los colonos, mientras éstos no construyan sus casas en las condiciones prefijadas. Cómo sus firmantes en Sunchales, que le añadieron varias cláusulas a fin de hacerlo más concreto y –presumiblemente- más preciso, no insistieron  en un detalle tan fundamental, sobre todo para inmigrantes europeos, no me explico. De todos modos, tal hecho se desprende del documento y corresponde señalarlo. Pero cabe destacar muy especialmente que la mayor parte de las cláusulas contractuales, minuciosas y aparentemente inspiradas por auténticas miras colonizadoras, tampoco fueron cumplidas y los pobres colonos llegados a la estación Palacios (aún no habilitada para el público) quedaron en situación de casi completo desamparo en las llanuras entonces semidesiertas.    

(De Indice DAIA)   

         

 

 

 

 
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