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Reflexiones a propósito de la celebración del Día del Trabajador. Imprimir E-Mail
jueves, 08 de mayo de 2008
Por Moshé Korin
UN NUEVO ANIVERSARIO.
Como todos los años desde 1890, internacionalmente se celebra el “Día del Trabajador”.
Chicago ha ido adoptando sentidos diversos según las circunstancias internacionales y locales. Sin embargo, la pregunta por el sentido actual sigue insistiendo, por más que las respuestas hayan sido ya múltiples y variables. Las celebraciones lejanas corren un riesgo en sus repeticiones. Establecidas ya de antemano, destacadas en el almanaque con un círculo rojo que las señala como no laborables.

Es posible que el sentido se ausente y sólo quede la cáscara de un ritual vacío.  Nuestras circunstancias actuales trabajan penosamente a favor de ese vaciamiento. No es menor la tarea de establecer la significación actual de una marca tan decisiva de nuestra historia contemporánea. Estas celebraciones pueden ser también algo más que una ocasión de júbilo, de pena o de descanso, así como también un momento de recrear una tradición. Pueden ser también una ocasión de reflexión. Pero una tradición no consta sólo de sus textos, sagrados o profanos. Se compone también de sus mandatos, de sus sueños, de sus días de fiesta, de recogimiento y reflexión, de lucha, de júbilo. Así como sucede con los textos, también ocurre con los sueños, los mandatos, las fechas significativas. Siempre los mismos, siempre diversos.
LOS ANHELOS PROFÉTICOS DE JUSTICIA.
Entre los mandatos que recorren nuestra cultura (occidental), el anhelo de justicia entre los hombres cuenta como uno de los más decisivos. Como cuadra con las tradiciones, los modos de manifestación son variados. Se puede situar un comienzo posible en las leyes de la “Torá”, del Pentateuco, que tienen que ver con el descanso del “sábado”, con la LIBERACIÓN de la esclavitud; con la EXALTACIÓN inspirada de la visión profética.
Decía Isaías el profeta (740 años antes de la era común): “¡Ay de los que añaden casas a casas, de los que juntan campos y campos hasta acabar el término, siendo los únicos propietarios en medio de la tierra!
Las imágenes del futuro ideal son luminosas; su potencia incita aún hoy nuevas (exégesis) interpretaciones: “Habitará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el becerro y el león y un niño pequeño los pastoreará”.
Si el estilo de Isaías hablaba -según los especialista- de su pertenencia a altas clases, su anhelo de justicia no traducía un interés particular, sino una voluntad general. La visión del profeta Amós, semejante en sus contenidos, proviene de otra voz. Ya no se trata del rico inspirado: “Yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino que soy boyero  pastor.”
Se requería justicia, y a los que carecían de ella no los salvaría toda la liturgia del mundo. La advertencia del boyero atronó: “Yo odio y aborrezco vuestras solemnidades. Si me ofrecéis holocaustos (ofrendas) no me complaceré en ellos. Aleja de mí el ruido de tus cantos. Ay de aquellos que desean el día de Dios. ¿De qué os servirá el día de Dios? Será día de tinieblas, no de luz”.
La profecía tenía un contenido claramente alterador del estado de injusticia denunciado. Se decía que Amós conspiraba contra Jeroboam, Rey de Israel. El profeta debió escapar de Israel a Judá.
Estos anhelos, transcriptos en la Escritura, en el lenguaje profético, marcan una tradición variada y tenaz, que recorre nuestra historia. No podrá decirse que se trata sólo de visiones, pues las interpretaciones que las distintas generaciones van haciendo de estos anhelos, marca la historia social de los pueblos. Estas visiones han resultado sumamente inspiradores y creativas. La vigencia de esta exigencia inmemorial de justicia quizá explique la masiva presencia judía en los innúmeros movimientos socialistas de los dos últimos siglos (XIX - XX). Las formas que adopta el sueño inicial son insospechables de antemano. Se puede reconocer la huella de aquel sueño en imágenes muy diversas; incluso en los ajados rostros de Kaménev y Trotsky en las fotografías del Comité Central del primer partido victorioso de los obreros.
CAMINOS DE UTOPÍA
En los años ‘50 del siglo XX el filósofo Martín Buber intentaba procesar la  decepción del primer socialismo real y la apuesta a la experiencia de Israel. El anhelo de justicia se tensaba entre dos modos del proyecto socialista. Su recorrido por los “Caminos de Utopía” se cerraba con otro experimento.
Y decía Buber en el año 1950: “Mientras Rusia ni haya sufrido por sí misma una transformación interna - y en la actualidad, no podemos vislumbrar cómo ni cuándo sucederá esto- hemos de denominar con el formidable nombre de Moscú uno de los dos polos del socialismo entre los cuales tiene que recaer la elección. Al otro polo, yo, a pesar de todo, me atrevo a denominarlo Jerusalem.”
Como se ve, con las vacilaciones del caso, hacia 1950 Jerusalem se había vuelto, según Buber, interpretación mediante, un nombre del socialismo. La interpretación del antiguo anhelo ha dado lugar a otro experimento. La creatividad de la interpretación sigue activa. De ahí que quizá no corresponda el uso despectivo del término “utopías” para designar estas empresas del ingenio y la voluntad colectivas.
Buber escribió: “No debe tratarse de utópico aquello en lo que todavía no hemos puesto a prueba nuestra fuerza”.
En la utopía, se elabora un deseo primordial, un anhelo de convivencia justa. En la utopía, la voluntad traza una imagen de la sociedad tal como sería si no hubieran otros factores que esa voluntad. Pero hay otros factores que esa voluntad. Por eso la  tarea se reinicia infinitamente: porque la voluntad es indetenible y los factores que impiden su realización son tenaces.
Como dice en “Pirkei Avot” - en Las máximas de nuestros mayores: “La tarea es larga. No estás obligado a concluirla. Mas tampoco eres libre de sustraerte de ellas o abandonarla”.
Las condiciones en las cuales acometer la tarea de un orden justo nunca son ideales: siempre son estas y no otras, las que nos apremian y no las pueden esperar. Incluso la Biblia, según el pensador Lévinas, quien dice: “No comienza en el vacío la construcción de una sociedad ideal -se sitúa en el interior de (estas) situaciones que es necesario asumir, para remontarlas, que es necesario transformar por los actos”.
En los lejanos tiempos de Amos, la tarea de un orden justo se realiza siempre en un mundo que no cumple con esos imperativos. En los escritos de Buber encontramos el siguiente pensamiento:  “El hombre sólo puede corregir los males que padece si tiene clara conciencia de ellos y una noción exacta de su propia índole. No podemos volver atrás, sólo podemos abrirnos paso”.
Se trata por consiguiente de comprender cómo continuar en estas circunstancias. Para ello es necesario comprender las circunstancias. Las circunstancias históricas son sumamente cambiantes. Los ambientes intelectuales en que se desarrolla la compresión de los procesos sociales varían considerablemente.
LOS MOVIMIENTOS OBREROS.
La Revolución Industrial cambió la faz de la tierra. También cambió el rostro de la esclavitud. Por si faltaran estadísticas, están ahí las novelas de Dickens para atestiguarlo. Y en la literatura judía atestigua más que ninguno el abuelo Mendele que en uno de ellos relata.
Constituían el punto ciego de la renovación burguesa, del mundo. En la dura explotación industrial, atados a la cadena de montaje, en condiciones de vivienda, trabajo realmente dolorosas, la exigencia intemporal de justicia adoptó nuevas formas. En 1847, un puñado de obreros en Londres, que hasta entonces se había llamado Liga de los justos, encarga a Engels y Marx la redacción de un manifiesto. Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del comunismo. La bella ensoñación igualitaria de Proudhon, Fourier, etc., adquirió una fuerza y una convicción notorias. En 1871, los muy jóvenes obreros que en París dirigieron la Comuna intentan como relata Albert Thiesz: “ Hacer descender la fórmula revolucionaria desde las abstracciones políticas a las realidades sociales”.
El castigo por la insolencia de estos obreros que se hicieron gobierno, que establecieron para todos los funcionarios la elegibilidad, la revocabilidad en todo momento de sus mandatos, los salarios obreros para todos, como escribe Lenin: “Tenía que ser ejemplar para que, como quería Thiers, nuevos intentos socialistas no volvieran a suceder. En un telegrama a los prefectos, Thiers comunicaba que París era una alfombra de cadáveres; en ello residía su conclusión pedagógica”.
Sin embargo, pese a la crudeza represiva, la exigencia igualitaria de justicia siguió recorriendo el mundo. El recuerdo de este primer intento de gobierno igualitario obrero, de estos comuneros que intentaron tomar el cielo por asalto, como relata K. Marx en su escrito: “La guerra civil en Francia”; preservó, quedó incorporado en la memoria del Movimiento Socialista.
¿COMO NACE EL 1º DE MAYO QUE HOY SE CONMEMORA?
La historia de la Institución del 1º de Mayo es la siguiente: la convención anual de las organizaciones obreras norteamericanas, realizada en octubre de 1884, resolvió imponer la jornada de ocho horas de trabajo, reivindicación por la que se venía luchando, a partir del 1º de mayo de 1876. Se realizó, con tal motivo una intensa agitación.
En la fecha indicada estallaron huelgas y en Chicago 40.000 obreros abandonaron el trabajo. El día 4 de mayo, en esa ciudad, fuerzas policiales intentaron disolver por la violencia una manifestación, dando muerte e hiriendo a numerosos manifestantes. En esa oportunidad estalló una bomba. Numerosos individuos vinculados al movimiento obrero fueron detenidos. Dos de ellos -el periodista Michael Scawab y el ex-predicador metodista Samuel Fieldan- fueron condenados a prisión perpetua. Louis Ling se suicidó en la carcel y cuatro -el periodista Albert Parson, los tipógrafos Adolfo Fischer y George Engels y el jornalero August Spies- fueron condenados a la horca y ejecutados.
La revisión del proceso realizada años después demostró la inocencia de estas personas y aclaró el carácter de “provocación policial - patronal” que había tenido el acontecimiento.
En la historia del movimiento obrero se recuerda a las víctimas con la designación de los “Mártires de Chicago”. En su homenaje el Congreso Internacional Obrero y Socialista de París, reunido en 1889 fijó el 1º de mayo de 1890 como fecha para una demostración obrera internacional que fue celebrada en casi todos los países del mundo, inclusive en la Argentina, donde se realizaron mitines en Buenos Aires, Rosario, Chivilcoy y Bahía Blanca. En la Argentina puede considerarse esta fecha como la del nacimiento del movimiento obrero organizado.
Episodios semejantes marcan otras tantas escenas fijas en la memoria colectiva. Entre las diversas escenas del conflicto en Estados Unidos, hay dos que se destacan en la historia de los intentos de realizar una sociedad más justa. Al poco tiempo, la masacre de las tejedoras, que sostenían también una huelga por la reducción de la jornada laboral y fueron calcinadas en el incendio no casual de los talleres en que trabajaban.
Este hecho, da lugar a su vez, a otra jornada de lucha, luego consagrada como “Día Internacional de la mujer”.
Al tiempo, en 1921, los anarquistas italianos Niccola Sacco y Bartolomé Vanzetti no consiguen ser juzgados por un tribunal imparcial: fueron ejecutados en 1927. El repudio general hizo también de estas matanzas un símbolo de las luchas mundiales -entonces vestidas claramente con los ropajes del obrero y el socialismo- por la conquista de la justicia social que debía correr pareja con el progreso técnico e informático.
En la Rusia Stalinista, por otra parte, el “Día del Trabajador” conservó su naturaleza de grito de guerra. Pero el grito se metamorfoseó notoriamente. La guerra ya no era la jornada de ocho horas sino la Guerra Fría. El grito ya no era la consigna de los obreros, sino el desafío del aparato militar soviético. La identificación entre el poder estatal soviético y los trabajadores del mundo, intentaba quedar sintetizado en el desfile.
En diversos lugares del mundo, la celebración cobraba el color que las circunstancias le imponían. La tarea de significación no puede cesar. Este símbolo de la lucha por la igualdad contemporánea se ha constituido, como siempre, en el cruce entre una exigencia ancestral, una tarea originaria de conquista de un orden justo: es una de las formas que en la historia contemporánea ha adquirido el sueño profético de Isaías y Amós. Por otro, es un signo de las condiciones actuales en que este sueño ha tenido que realizarse: en la tensión entre un ideario de libertad, igualdad, fraternidad y una realidad industrial y tecnológica tensa, dura, que impide la realización de la igualdad inminente.
EL MERCADO
Con el triunfo del mercado se vocifera también el fin de su adversario: todas las utopías -se cree- han perecido. Por utopías se entiende cualquier fidelidad actual a la exigencia de un orden justo. Los publicistas no se detienen en las sutiles distinciones que tramaban el pensamiento de Buber y Lévinas. Hoy, generalmente, se trata de trabar todo intento de modificar lo que verdaderamente es irracional, imposible y criminal.
¿Pero cuáles son las condiciones en que la absoluta hegemonía del mercado -elevado de la dignidad a la soberanía de un fin en sí propio- supone haber llegado al fin de las utopías?. Si de un sueño realizado se tratara, estamos cerca de algunas pesadillas dolorosas. Las conquistas del espíritu comunitario parecen esfumarse en el imperativo de privatización general de las vidas.
Si la ley privada usurpa el lugar de la legalidad pública, no es porque esta mutación ocurra sólo en el campo de lo estrictamente legal: las prácticas sociales, efectivamente realizadas, tienden a privar cada vez más a un individuo de sus lazos comunitarios.
Cuando la demanda capitalista de mano de obra tiende a disminuir según las exigencias de mercado, el hospital y la escuela pública dejan de ser funcional a los requerimientos del capital. Con ello parece que el derecho a la educación, a la salud y la obligación estatal al respecto hubieran caducado porque el capital ya no las exige.
Juntamente con ello, la legislación progresiva en materia laboral, las conquistas derivadas de aquéllas luchas, se nos presentan hoy como obstáculos a la radicación de capitales. Los derechos obreros se presentan curiosamente como privilegios. La extirpación de tales derechos se presenta cínicamente bajo el nombre técnico de “flexibilización”. Se trata de ajustar sin freno las leyes de la ciudad a las exigencias despóticas del capital. Todo lo demás no cuenta: deber ser sepultado con las utopías mismas que han causado tales “desmanes”.
Debemos en esta oportunidad mencionar que el eclipse, el descrédito de las utopías han sido también precipitados por la descomposición del socialismo real soviético.
PROGRESO Y JUSTICIA
La paulatina sustitución del ciudadano por el consumidor hace de los espacios públicos un lugar carente de sentido comercial. Por eso o bien los espacios verdes dejan de serlo, o bien si siguen siéndolo dejan de trabajar en función de los lazos comunitarios. Las calles de una ciudad posmoderna, se asemejan cada vez más a las calles internas de un gigantesco supermercado. Ya no vinculan a un individuo con otro dentro de su comunidad nacional o municipal. Ahora vinculan a un consumidor con el producto que desea o debe consumir.
Evidentemente, el progreso técnico e informático no ha traído automáticamente consigo el anhelado progreso social. El desafío de nuestros tiempos parte de aceptar esta evidencia. Y consiste en una pregunta: ¿cómo inscribir el avance tecnológico en los anhelos ancestrales de un orden justo? Las consecuencias devastadoras de la revolución informática y de las comunicaciones no son una consecuencia necesaria de estas prodigiosas innovaciones. “Sólo” son unas consecuencias posibles y que estas  sean las que de hecho se dan, no anula la posibilidad de inscribir a ellas, en otro universo social. Si la salud, la educación, los ingresos de las clases trabajadoras, se han deteriorado hasta el punto de amenazar la existencia misma de la dignidad humana en los márgenes del mercado, esto no nos habla de la muerte de las utopías, de la liquidación lisa y llana de los anhelos y exigencias radicales de un orden justo. Más bien de las condiciones, siempre adversas en que esta tarea igualitaria se ha de desarrollar en nuestros días. Siempre los tiempos y los escollos son duros.
Naturalmente, el individualismo extremo, característico de esta posmodernidad, en la que el mercado intenta hacer de cada hombre una isla, no parece buen camino para la reflexión actual sobre las profecías de Amós e Isaías: “No te separes de la comunidad, no confíes en ti mismo hasta que llegue el día de tu muerte”.
Nuestro mandato debería ser: no renunciar al sueño y esmerarnos en encontrar estrategias apropiadas para tratar de acercarnos a las nobles utopías y siempre vigentes

 
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