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¿Es posible un Islam democrático? Imprimir E-Mail
jueves, 08 de mayo de 2008
Por Daniel Pipes
Existe una impresión generalizada de que los musulmanes sufren de manera desproporcionada por tener gobiernos de dictadores, tiranos, presidentes no electos, reyes, emires y otra clase de “hombres fuertes”. Lamentablemente esto es exacto.

En un cuidadoso análisis del tema realizado por Frederic L.Pryor del “Swarthmore Collage” publicado en el “Middle East Quarterly (¿Son los países musulmanes menos democráticos?) su autor llega a la conclusión de que “ En casi todos, a excepción de los países más pobres, el Islam está asociado a la ausencia de derechos políticos”.
El hecho de que la mayoría de los países musulmanes son menos democráticos tiende a llevarnos a la conclusión de que la religión del Islam, su factor común, es en sí mismo incompatible con la democracia.
Estoy en desacuerdo con esta conclusión. El actual predicamento del Islam, refleja factores circunstanciales y no rasgos innatos en el Islam. Dicho de otro modo, como todas las religiones pre-modernas el Islam es antidemocrático en su carácter. Sin embargo, al igual que otras religiones tiene el potencial necesario para evolucionar hacia una concepción democrática.
Una evolución de esta clase no es fácil para ninguna religión. En el caso de la religión cristiana, la lucha por limitar el rol político de la religión católica fue dolorosamente largo.  Si la transición comenzó cuando Marsiglio de Padua publicó “Defensor pacis” en el año 1324,  tuvieron que pasaron otros seis siglos hasta que la Iglesia se reconciliara finalmente con la democracia. ¿Por qué la transición del Islam debe ser más fácil y sencilla?
Para lograr que el Islam sea compatible con la democracia  requerirá profundos cambios de interpretación.  Para comenzar, la ley antidemocrática del Islam, la Sharia, constituye la raíz del problema.  Desarrollada hace un milenio, postula gobernantes autocráticos y súbditos obedientes, enfatiza la voluntad de Dios por encima de la soberanía popular, y alienta la guerra santa violenta para expandir las fronteras del Islam. Más aún, otorga de manera antidemocrática la primacía de musulmanes sobre no musulmanes, hombres sobre mujeres, hombres libres sobre esclavos.
Para que los musulmanes puedan crear democracias genuinas deben rechazar los aspectos públicos de la Sharia. Esto es lo que hizo Atatürk en Turquía pero otros han propugnado enfoques más sutiles. Mahmud Muhammad Taha, un pensador sudanés, envió a la papelera las leyes públicas del Islam, reinterpretando el Corán.
Los esfuerzos de Atatürk y las ideas de Taha implican que el Islam puede evolucionar y que considerarlo como un sistema incambiable constituye un grave error.  O, para decirlo con la expresión gráfica del profesor de filosofía de la Universidad de El Cairo, Hassan Hanafi, “el Corán es un supermercado, en el que cada uno se lleva lo que quiere y deja lo que no necesita”.
El problema del Islam no es que sea anti-moderno sino que su proceso de modernización no ha comenzado. Los musulmanes pueden modernizar su religión pero esto requiere grandes cambios. Tienen que eliminar de plano cosas como la guerra santa contra los infieles,  la ciudadanía de segunda clase para los no-musulmanes y las sentencias de muerte por blasfemia y la apostasía. Deben adoptar las libertades individuales, los derechos civiles, la participación política, la soberanía popular, la igualdad ante la ley, las elecciones representativas.
Pero hay dos grandes obstáculos que frenan estos cambios. Especialmente en el Medio Oriente, los vínculos tribales siguen teniendo una gran importancia. Como lo explicó Philip Carl Salzman en su reciente libro “Cultura y conflicto en el Medio Oriente” estos vínculos generan un modelo muy complejo de autonomía tribal y centralismo tiránico que obstruye el desarrollo del constitucionalismo, la vigencia del derecho, la ciudadanía, la igualdad de género y los demás prerrequisitos para un estado democrático. Solo cuando este sistema social arcaico basado en la familia desaparezca, podrá haber una verdadera democracia en el Medio Oriente.
Globalmente, el poderoso y muy organizado movimiento islamista constituye un escollo para la democracia. Se opone a la reforma y la modernización y propugna la aplicación literal de la Sharia.  Un islamista radical como Osama bin Laden sin duda planteará sus objetivos en forma mucho más explícita que un político integrado al sistema como el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, pero ambos buscan crear un régimen profundamente anti-democrático si no totalitario.
Los islamistas responden de dos maneras a la democracia. En primer lugar, la denuncian como anti-democrática. El fundador de la Hermandad Musulmana, Hasan al-Banna, consideraba a la democracia como la renuncia a valores islámicos y el ideólogo de esa organización, Sayyid Qutb, rechazaba la soberanía popular al igual que Abu A´la al-Mawdudi, fundador del partido pakistaní Jamaat-e-Islami. El imam Yusuf al-Qaradawi, que tiene una gran influencia por su espacio en la red televisiva de Al-Jazeera, sostiene que las elecciones son heréticas.
Pese a su desprecio a los procesos electorales, los islamistas saben utilizar muy bien las elecciones para alcanzar el poder y han demostrado ser muy hábiles para obtener votos; incluso una organización terrorista como Hamas ha ganado una elección.  Esto no convierte a los islamistas en demócratas pero da una idea de su flexibilidad táctica y su determinación por utilizar todos los medios posibles para alcanzar el poder. Como lo dijo de manera muy reveladora Erdogan : “La democracia es como un tranvía. Cuando uno llega adonde quiere llegar, se baja”.
Llevará mucho trabajo convertir al Islam en una fuerza genuinamente democrática. Entretanto, el islamismo representa la fuerza anti-democrática más importante en el mundo.
(Traducido de The Jerusalem Post . El traductor deja constancia que no comparte todos los conceptos del autor y discrepa particularmente con su juicio sobre el primer ministro de Turquía, Erdogan. Pero al mismo tiempo señala el interés del análisis de Pipes que ayuda a comprender la enorme diversidad del mundo musulmán y el carácter complejo de sus relaciones con la modernidad y el resto del mundo. Egon Friedler).

 
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