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Profanación de catorce tumbas en el cementerio de Algarrobo Imprimir E-Mail
jueves, 08 de mayo de 2008

La noticia pasó casi inadvertida, relegada en los medios de comunicación nacionales por el prolongado conflicto del Gobierno con las entidades del campo, la inflación o los vaivenes de los equipos de futbol preferidos por el público.

En momentos en que los judíos del mundo festejan los primeros sesenta años de vida del Estado de Israel, los dirigentes de la comunidad judía y los responsables políticos de la intendencia de Carlos Casares trabajan para reparar los graves daños producidos hace dos semanas en catorce tumbas del cementerio de Algarrobo, cercano a esa ciudad bonaerense.

El atentado se da en un lugar clave y cargado de simbolismos, en lo que fue la cuna de una de las primeras colonias agrícolas que formaron los judíos llegados al país a fines del siglo diecinueve, cuando huían de los pogroms tolerados por los zares del imperio ruso. Buscaban un refugio seguro para ellos y sus familias, a salvo del horror de las persecuciones. Más de cien años después, sus memorias fueron mancilladas por la barbarie, que todavía parece gozar de increíble buena salud.

En principio, el ataque tuvo todas las características de un hecho planificado, aunque los antisemitas de hoy y de siempre no necesitan de excusas para desplegar su odio sobre todo lo que huela a judío. La Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), precisó que las lápidas dañadas datan de fines del siglo diecinueve, de las primeras en un cementerio cuyo nacimiento tuvo lugar en 1891.

 Desde la DAIA aseveraron que se trató de un "nuevo ataque antisemita" que se relaciona con el perpetrado hace pocos días en el cementerio de Ubajay, Entre Ríos.

Esto "constituye una preocupante y peligrosa reiteración de hechos de extrema gravedad que deben ser investigados para que cese la impunidad de la que gozan sus autores", aseguraron en el texto firmado por el titular de la entidad, Aldo Donzis, y su secretario general, Miguel Zechin.

Las autoridades de la DAIA no se quedaron conformes. También recibieron al intendente de Carlos Casares, Omar Foglia, y a la titular de la asociación israelita de ese partido, Edith de Grobocopatel, para analizar la profanación de las tumbas  del cementerio, declarado "sitio histórico provincial", y en el que se encuentran más de 300 tumbas, entre ellas algunas pertenecientes a la familia Grobocopatel, una de las principales referentes del sector agropecuario del país.

“No caben dudas de que fue un ataque planificado porque hay 14 lápidas de mármol destruidas”, dijo Foglia y señaló que en el hecho participaron varios sujetos “ya que es muy difícil que una sola persona pueda haber movido las lápidas con las que luego rompieron las demás”. En ese sentido, el jefe comunal señaló que “posiblemente se trata de un ataque directo a la colectividad, que nos preocupa mucho. Además, desde el punto de vista histórico, las tumbas son irrecuperables”, señaló.

Entre las escasas y destacables muestras de solidaridad de la clase política nacional estuvo la de la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, que recorrió el cementerio junto a algunos colaboradores y les expresó su "absoluto repudio a hechos que nuestra sociedad no tiene que soportar más". También fue al pequeño pueblo de Montezuma donde visitó la primera sinagoga de la Argentina.

Más allá de las explicaciones oficiales y condolencias de rigor, ¿cómo explicar el eterno regreso de estas muestras del antisemitismo más cruento en un país que ya lleva casi un cuarto de siglo en democracia? ¿Cómo reaccionar ante una nueva muestra de impunidad como la que gozaron los perpetradores de este condenable ataque a la memoria de un pueblo de trabajadores rurales, que llegaron a forjarse un futuro y colaboraron para engrandecer a un país que daba sus primeros pasos?

Las respuestas no son sencillas. Desidia, indiferencia o simple simpatía con los agresores llevaron, a lo largo de nuestra historia reciente, a que innumerables hechos de violencia antisemita quedaran impunes.

Desde los ataques antisemitas del terrorismo fundamentalista contra la Embajada de Israel y la AMIA, pasando por ataques a cementerios, durante la década del noventa, o el reciente recital de música organizado por grupos neonazis sin que ningún juez se decidiera a investigar de oficio, todo queda, rápida e increíblemente, en el olvido y el silencio de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado antes que repasar sus propias y repetidas miserias.

Sólo queda, como siempre, ejercer la memoria como remedio ante tanta impunidad, y reclamar justicia, como justo homenaje a aquellos que dejaron sus vidas en una tierra que los recibió con los brazos abiertos, más allá del veneno antisemita que aún subsiste en algunos sectores de la sociedad argentina.

 
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