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Israel, un milagro moderno que cumple 60 años de vida Imprimir E-Mail
miércoles, 30 de abril de 2008

Pasaron ya seis años desde que David Ben Gurión, de pie y con voz solemne, anunciara en Tel Aviv el nacimiento del nuevo y pequeño Estado de Israel y concretaba así un sueño milenario. Al fin, después de siglos de exilio, los judíos del mundo volvían a su tierra, a su “cuna ancestral”, como la definiera el pequeño gran arquitecto del Estado hebreo.

Poco después del increíble horror del Holocausto, los eternos desclasados, humillados, mutilados, torturados, gaseados, perseguidos, volvían a tener patria, bandera, himno y, por sobre todo, un lugar dónde sentirse seres humanos sin necesidad de explicaciones ni disculpas de ningún tipo. El Movimiento Sionista había logrado lo que decenas de generaciones sólo habían podido imaginar en sus plegarias, y en menos de medio siglo pudo edificar y convertir en realidad el sueño de Teodoro Herzl: un Estado abierto para todos aquellos judíos y no judíos de buena voluntad que quieran habitarlo.

Pasaron seis décadas de desarrollo, de esfuerzo, de estudio, de trabajo, de fe en el futuro, a pesar de las dificultades que surgieron desde un principio con la hostilidad de los países vecinos, una hostilidad que aún no ha terminado.

La declaración de guerra de todos los países árabes, efectivizada horas después de aquella orgullosa declaración de Tel Aviv, sigue vigente en la mayoría de los casos, a pesar de los innumerables esfuerzos para lograr el acercamiento y la paz definitiva, llevada adelante por los distintos gobiernos de Israel. Las manos tendidas hacia los enemigos no han surtido efecto, pero el crecimiento de Israel no se detuvo ni un día.

La guerra, implacable y demoledora como una pesadilla sin fin, convivió con el impresionante desarrollo de los kibutzim, con la ciencia y los saberes que surgieron en los institutos y las universidades,  con la música y el arte de los creadores israelíes, con el crecimiento de las ciudades y los poblados, con la alta tecnología, con el respeto de las tradiciones, con un Ejército fuerte y orgulloso de sí mismo, con la consolidación de un Estado que cobijó a miles de refugiados e inmigrantes del Yemen, de Etiopía, de Rusia, de América latina.

Los israelíes, a pesar de todas las trabas, del miedo y las amenazas, siguieron amando, construyendo, creando, edificando un Estado modelo de democracia y pluralismo, un verdadero milagro de modernidad en un Medio Oriente lleno de racismo, de pobreza, de ignorancia, de gobiernos dictatoriales o fundamentalistas que niegan los mínimos derechos de las minorías y los sectores más desfavorecidos sólo para eternizarse en el poder.

Israel es, por supuesto, parte importante de todos los judíos que viven fuera de sus fronteras. ¿Cómo explicarle a los antisionistas de hoy, a los antisemitas de siempre, que Israel es un sentimiento que hermana a quienes viven allí con los judíos de la Diáspora?  ¿Cómo hacerles entender el derecho de cada judío a extrañar y amar a ésa, su patria del alma, aun cuando no viva allí o ni siquiera la haya pisado alguna vez?

¿Cómo aclararles que cada poblado del sur que es atacado, cada bomba terrorista que explota en un shopping o en un supermercado de la pequeña Sderot, de la sagrada y mágica Jerusalem, de la populosa Haifa, forma parte de las preocupaciones cotidianas de los judíos neoyorquinos, de los porteños o de los franceses?

Quizá, a estas alturas, cualquier explicación dada a racistas y prejuiciosos resulte insuficiente e innecesaria, además. Pero resulta indignante que el Estado de Israel, que cumple sesenta años en pocos días, deba convivir con la hostilidad de buena parte de un mundo que comprende los derechos nacionales de otros pueblos, pero que aún no ha comprendido al sionismo como el movimiento de liberación nacional del pueblo judío, que se concretó en la Tierra de Israel.

Quedan, por supuesto, innumerables metas y desafíos por concretar. La llegada de la paz definitiva, encontrar un camino certero para encauzar las negociaciones con palestinos, sirios y jordanos que permitan fronteras seguras y tranquilidad duradera para los israelíes, son, quizás, las preocupaciones esenciales de los israelíes de hoy.

Pero más allá de las preocupaciones y de lo que falta, es hora de festejar. Festejar que Israel se ha convertido en una hermosa realidad concreta, en un país con cimientos sólidos que ningún viento huracanado de la historia traído por algún dictador alucinado podrá volver a destruir. Los judíos del mundo ya somos otros desde que Israel está sobre la faz de la Tierra. Más orgullosos, más seguros de nosotros mismos, más conscientes del pequeño gran milagro al que hemos asistido. ¡Le Jaim, entonces! Por la eterna vida del Estado de Israel, y muy feliz cumpleaños.

 
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