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Relato de Irma Greese, supervisora del campo de concentración de Auschwitz Imprimir E-Mail
jueves, 17 de abril de 2008
Pesaj testimonio
Por Isaías Leo Kremer
“Como supervisora del campo Auschwitz – Birkenau tenía a mi cargo el control de las prisioneras judías y polacas o rusas.

La disciplina era estricta y me atenía a las órdenes de la superioridad, por supuesto que he sido severa, tal como debía serlo con las infrahumanas que llegaban al campo de concentración

Mi deber era tener el número exacto de prisioneras, cumplir con la cifra que se mandaba a trabajar y con la que se establecía para ser enviada a  Birkenau por estar en mal estado de salud o por no ser útiles al estado del tercer Reich.

Normalmente me llevaba a mi cuarto a una de las niñas del judenschuzlager para servicio personal, preferí siempre niñas judías porque las polacas y rusas eran muy burdas y nada delicadas en el cuidado de mi casa y mi persona.

Cuando las condiciones de salud de mis elegidas se deterioraban o me cansaba de ellas, las  anotaba en el transporte que las llevaría a destino final, ellas sabían esto y trataban de hacerme más agradable mi tarea con el fin de sobrevivir a cualquier costo.

En una ocasión llevé a una niña de  catorce años llamada  Vladka, la bañé y le di ropa limpia poniéndola a mi servicio.

Era absolutamente sumisa, a mis caricias respondía con llanto en sus ojos celestes, lo que me provocaba doble excitación, era mi presa y yo podía disponer de su vida a mi gusto, como con todas las demás.

Trataba de esperarme con la casa limpia, cocinaba para mi mis platos preferidos y acataba mis órdenes con absoluta precisión, de todos modos, su estado de salud se deterioraba y pronto se acercaba la fecha en que la enviaría al transporte final.

Era Pascua de 1944 y no recordé la fecha cristiana que tanto festejara en mi hogar paterno, al llegar de improviso a mi casa encontré a Vladka sentada a la mesa, frente a ella tenía una copa de mi vino y un platón con distintos alimentos; también una vela  flameaba sobre el conjunto con su llama mortecina.

No se percató de mi presencia, llevaba una pañoleta de mi propiedad en su cabeza y pese a tener los ojos cerrados, caían lágrimas de ellos.

Quedé en silencio observando a la niña judía, sus labios musitaban inentendibles letanías o tal vez, oraciones.

Mi primer impulso fue cruzarle la cara con mi fusta, avancé, se percató de mi presencia, se cubrió para evitar el castigo. Cuando cayó de la silla, me percaté de lo que había colocado en el plato y quede sorprendida.

No sólo había tomado mi vino y mi alimento, sino que se había hecho en el horno una delgada capa de masa que enseguida identifique como el pan ácimo que ingerían los judíos para su pascua.

Vladka se levantó llorosa, le pregunté el porqué de su actitud, me respondió que preveía su próximo traslado y antes de ello quería hacer su conmemoración de la Pascua tal como sus padres se lo enseñaron.

Le volví a cruzar la cara de un fustazo riéndome de su estupidez, pero algo me llevó a recordar que en mi hogar también se festejaba algo similar, también estúpidos eran ellos.

Por curiosidad, antes de continuar con el castigo, le pregunte por las cosas que había sobre la mesa, como una alumna exponiendo su labor, me explicó el origen de cada símbolo y cuando pregunté por la vela, me respondió que era por ella, ya sabía de su inminente transporte que yo ordenaría.

No sé qué me llevó a cambiar de actitud, no la seguí castigando ese día.

Al día siguiente, la entregué a un campesino polaco que la llevó a su huerta y eso  le debe haber salvado la vida, gracias a mi generosa  conducta.

Hasta allí el descargo hecho en  el tribunal alemán que la juzgara  a Irma Greese por crímenes de guerra durante su desempeño como guardiana de campo en Auschwitz _ Birkenau. Después de ello, el tribunal, o alguno de los jueces se trasladaron a Israel para tomar testimonio a la ex Vladka, quien vivía en Tel Aviv y se negó a  volver a Alemania para  actuar como testigo en el juicio a Irma y a otras guardianas de campo, todas ellas responsables de las peores atrocidades contra los prisioneros judíos.

Describió  las conductas salvajes de Irma, con detalles absolutamente precisos y guardando  recuerdos para ella,  ya que la presencia de su hija y nietos o el propio pudor le impidieron dar detalles sobre hechos aberrantes cometidos en su persona.

Pero llegado a la instancia de recordar aquello que la guardiana  testimoniaba en su descargo, relató que efectivamente era similar a lo narrado por la mujer alemana.

Ella se sabía perdida, recordó la fecha, evocó las reuniones con padres, abuelos y hermanos, decidió que como acto de voluntad, haría un seder de Pesaj por ellos y por ella misma.

Sacó harina de la alacena de Irma, preparó sin saber bien cómo el matzah y puso sobre la mesa todos aquellos símbolos que evocaban la liberación del pueblo judío del faraón en Egipto, también prendió una vela por sus padres y por ella.Recitó las bendiciones que recordaba en voz muy baja, cantó por la copa del profeta Elías que irradiaba frente a ella con el vino en el que el profeta mojaría sus labios.

Canto para sí todas las hermosas canciones que recordaba sobre el tema y al terminar cerró sus ojos llorosos, conforme con lo que había hecho como acto de suprema voluntad y dignidad última.

Fue en ese momento que la guardiana la azotó salvajemente, no le importó, sabía que ella había ejercido su  derecho último y aunque le representara más castigos, se sentía contenta si cabe, con haberlo realizado.

Después de un nuevo castigo, Irma le preguntó por lo ocurrido y sin saber de donde había sacado fuerzas para explicar con orgullo que su condición de judía la obligaba a rememorar la salida de la esclavitud.

Fue cambiada a un campesino que requería mano de obra para su huerta, Irma la cambió por una bolsa de patatas y el campesino la llevó como propiedad adquirida, con lo cual sus sufrimientos siguieron pero, salvó su vida.

El dictamen del tribunal alemán respecto a Irma no viene al caso, tampoco la vida posterior de Vladka.

Yo quise traer esto a la memoria porque más allá de las creencias de cada uno, es importante que recordemos nuestra historia y nuestra esencia, porque el Pesaj de Vladka fue uno más de aquellos que me retrotraen con orgullo  al judaísmo y a sus hijos más dilectos ¡jag sameaj leculam!

 
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