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“Yo, Cesar Tiempo (Judío y porteño)” Imprimir E-Mail
jueves, 03 de abril de 2008
Obra Teatral dirigida por María Esther Fernández:
Por Moshé Korin
Cuando se trata de reflejar la vida de un hombre que ha sido portavoz de una época, la mixtura de recursos artísticos es tal vez el modo más acabado y rico de retratarlo, más aún si de quien se trata es de un artista de prolífera obra. Tal es el caso de Cesar Tiempo y la obra teatral que hoy lo revive “Yo, Cesar Tiempo (Judío y porteño)” en el Teatro el Bhúo, todos los sábados a las 21hs., con el auspicio del Departamento de Cultura de la AMIA.

Un texto con texturas

La obra muestra apogiaturas estilísticas que hacen honor a la más que fecunda letra del memorable escritor.

Polifacético en su producción ha sido Cesar Tiempo, y así también de múltiple es la obra teatral que hoy lo rememora. La evocación aquí se instrumentaliza a través del ensamble de fragmentos de las producciones de Tiempo, intercaladas con el relato en primera persona que tiene al público como invisible interlocutor.

De esta manera, nos encontramos con dos formas de acercarnos al célebre escritor. Por un lado, el protagonista que encarnando a Tiempo expone sus concepciones y en una suerte de introspección va relatando momentos de su vida artística, entregando su íntima rememoración al espectador. Toma entonces, la palabra el hombre detrás del artista. Por otro lado, entre el discurrir de anécdotas y referencias personales se entrelazan en el relato las voces de sus obras que hablan desde su creación: la palabra es así otorgada al arte mismo creado por el artista.

“Yo, Cesar Tiempo (Judío y porteño)” posee una singular composición textual hecha de poemas, del tango “Parate un poco”, de fragmentos literarios y teatrales de su autoría.

Junto a esta composicón artísticamente policromática de piezas, se hallan además versos de Bialik, un bolero con letra de Ben Molar, una carta escrita a Tiempo por su amigo Germán Rozenmacher. Enumerada de este modo, la composición podría parecer heterogénea, pero al ver la obra el espectador hallará la homogeneidad en el retrato de una época argentina, y por sobre todo, judía y porteña.

Los textos de Tiempo, Rozenmacher y Myrtha Shalom fueron elaborados en su selección por María Esther Fernández y Fernando Monsalvo (en la elección de pasajes musicales), y están, en su pluridimensionalidad de recursos y autorías, dirigidos, pensados, enhebrados para guiar la mirada del espectador hacia aquel momento de la historia judeoargentina.

El efecto de introducir referencias a los contemporáneos de Tiempo, es el de pinceladas que podríamos denominar contextuales a la figura del gran escritor, a condición de entender por contextual, no un mero marco referencial socio-histórico del protagonista, sino el suelo temporal del cual brotaron sus obras. Pues Cesar Tiempo era un creador de aquellos que excavaron las profundas problemáticas del momento y las transformaron en voz escrita y quienes elaboraron “Yo, Cesar Tiempo (Judío y porteño)” lo saben y nos lo hacen llegar.

Judío y porteño

“Bendito sea tu regreso, pájaro amable,

desde las tierras templadas hacia mi ventana.

Canta, pájaro hermoso, cuéntame

maravillas de países lejanos.”

(Jaim Najman Bialik)

Las más que acertadamente elegidas palabras de Bialik en hebreo, resuenan en la sala; los melodiosos versos en su legua original acompañan acompasadamente la evocación de Tiempo, a quien las pertenencias de “judío y porteño” se ajustan perfectamente; con toda la complejidad que ello implica y que los fragmentos de sus obras escogidos aquí no escatiman en mostrar, sino que más bien buscan ponerlos en primer plano, tal como lo muestra la escena de “Réquiem para un viernes a la noche” reproducida en la obra.

“Judío y porteño”, dos sensibilidades trasmutadas en tópicos predilectos bajo la personalidad y pluma de Cesar Tiempo; dos sendas de búsqueda y hallazgos permanentes, de preguntas encontradas, de continuidades e inevitables rupturas.

Fiel a esta esencia del querido autor, “judío y porteño” son los rieles por los que transcurre la obra teatral; lo judío y lo porteño de Cesar Tiempo, pero también, y sobre todo, lo judío y lo porteño de aquellos hijos de inmigrantes recién arribados a inicios del pasado siglo. Aquellos sobre cuyas vidas quiso dar cuenta su inagotable labor que a través de letras de tango, escritos periodísticos, guiones cinematográficos, obras de teatro, cuentos y novelas nos transmitió cánticos de maravillas y desventuras en australes tierras templadas.

“Judío y Porteño”, un mestizaje que César Tiempo lo expresó maravillosamente en un mundo que empieza en Ucrania, con el nombre de Israel Zeitlin, por condición, y continúa y finaliza en Argentina, por decisión propia:

“Yo nací en Dniepropetrovsk!

No me importan los desaires

con que me trata la suerte.

¡Argentino hasta la muerte!

Yo nací en Dniepropetrovsk“

 Diversas formas, pero igual voz de inconfundible sonoridad: la del relator para su presente y la posteridad de su irrepetible tiempo.

Dirección y puesta en escena

“Esos inmigrantes que ustedes ven podrían haber sido mis abuelos o los abuelos de alguno de ustedes. Será por eso que al mirarlos, sus ojos nos atrapan como advirtiéndonos que de ese mundo también vinimos.”

Una joven (Bernadette Pugliese) nos interpela con esta evidencia mientras fascinados miramos las fotografías en blanco y negro de típicos inmigrantes del 1900 proyectadas sobre una de las paredes del teatro. En el mismo sitio luego veremos la imagen de Bialik.

Las imágenes sobre las que frecuentemente se apoya la actuación, así como la interpretación en vivo por parte de Rolando Agüero del tango escrito por Tiempo y el bolero de Ben Molar, no sólo confieren un plus en los recursos expresivos, sino que hacen a la esencia de la concepción de una dirección y puesta en escena a cargo de María Esther Fernández que busca transmitir de diversas maneras, a través de distintos registros del arte aquello que fue y produjo Cesar Tiempo. Y debemos decir que logra transportarnos a aquella época y al artista, fiel exponente de ella.

Las actuaciones

“Un teatro es un edificio mágico, donde los hombres se comunican y el artista no muere nunca, porque él sigue el destino del ser humano. No hay campo de batalla más limpio y más noble que un escenario.”

Al terminar la obra, éstas son casi las últimas palabras que aquel Cesar Tiempo nos dirige en un acto reflexivo sobre lo que acabamos de ver, pues ciertamente el mágico edificio del teatro se ha levantado una vez más. Su zócalo es la vasta obra de Tiempo, pero sus cimientos son hoy las actuaciones que prestan sus cuerpos, sus voces y su arte todo para convocar su presencia cercana.

Si la directora María Esther Fernandez brinda su capacidad de compaginación, selección y configuración, la obra nos toca como espectadores porque a su conducción le responden las actuaciones de un elenco caracterizado por un compromiso escénico.

Del brillo uniforme de las actuaciones, resplandecen las interpretaciones de Carlos Ponte en el rol protagónico de Cesar Tiempo, así como la actuación e interpretación musical de Rolando Agüero (Nathán), sin dejar de destacar por ello a Alberto Destéfano (Padre), a Miguel Ángel Villas (David) y a Bernadette Pugliese (Berta), así como tampoco dejar de mencionar la voz de Lidia Goldberg que canta la canción de cuna con la que nos envuelve el inicio de la obra en off , interpretando a la madre.

Detrás de un espectáculo bien logrado siempre se hallan esas presencias invisibles que lo hacen posible, vaya aquí nuestro reconocimiento a Miguel Ángel Sinopoli como operador de luces, Christian Heredia en diseño gráfico, Pablo Curto en diseño de luces, Nelson Wejkin recitando las palabras en hebreo de Bialik, Fernando Tomasenía en la transcripción musical y Fernando Monsalvo que además de la selección de pasajes musicales se ha dedicado a la operación de sonido.

Quisiera finalizar esta nota, con un párrafo que sólo un talento como César Tiempo pudo haber escrito:

“En un mundo como el nuestro, donde se hacen tantos negocios, se ha olvidado el gran negocio de la salvación del alma; el alma va a salvarse por la poesía, ya que la poesía ha consistido siempre en dar fervorosa y generosamente liebre por gato, o en todo caso, en tomar un trozo de carbón y transformarlo en diamante, aunque luego ese diamante, se tenga que vender como si fuera un trozo de carbón”.

 
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