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Excelente escritor y comprometido activista judío: Israel Zangwill Imprimir E-Mail
sábado, 29 de marzo de 2008
Por Moshé Korin

Al conmemorarse los 60 años de la creación de Medinat Israel, creo necesario recordar a quienes desde distintos ángulos, participaron en forjar el camino hacia ese glorioso acontecimiento.  Israel Zangwill fue una muy importante personalidad judía, casi olvidada, tanto en el campo literario como en la actividad política.

Él tuvo con el movimiento sionista sus tiempos de idilio y de ruptura. Fue el principal sostenedor de la tesis “territorialista”, según la cual lo importante era hallar un territorio en el que los judíos pudieran desarrollar libremente su vida, aun cuando ese territorio no fuera Éretz Israel. En consecuencia abogó por la aceptación del “Plan Uganda” propuesto por los británicos a comienzos de este siglo (una porción de ese país, o mejor, de Kenia Oriental, sería entregada a los judíos para construir en el riñón del África su Hogar Nacional). Esto lo enfrentó duramente con los opositores al plan. Hay quienes sostienen que, de haberse aceptado, se hubiera podido evitar la Shoá; o tal vez su impacto hubiera sido menor porque los judíos habrían tenido un territorio en el cual refugiarse. Son hipótesis que ya no tienen posibilidad de demostrarse en el duro campo de la historia. Lo cierto es que Israel  Zangwill fue un apasionado por todo lo judío y un escritor de excelente nivel. DESCRIBIENDO LA ALDEA.

Nació en Londres en 1864,  en el seno de una familia judía pobre llegada de Rusia algunos años antes. Vivió en Bristol y se educó en la Escuela Libre Judía, en el Este de Londres. En esta misma escuela comenzaría años más tarde a desempeñarse como maestro.

Su carrera literaria empezó con breves historias humorísticas (recordemos que también así se inició el luego célebre periodista, escritor y padre del sionismo, Theodor Herzl).

Al mismo tiempo, Zangwill había llevado desde sus jóvenes años un cuaderno o diario; y los apuntes que allí tomó tenían como referente casi exclusivo la vida judía en el “ast Side” londinense, conformado en la práctica como un gueto judío. Fueron estos apuntes, justamente, la base de sus posteriores “novelas del gueto”, género que lo consagraría ante el gran público literario del mundo. Y cumpliendo la famosa máxima tolstoiana: “Describe tu aldea y serás universal”, fueron precisamente sus obras “Los Niños del Gueto” y “El Rey de los Schnorers” las que lo hicieron trascender más allá de las juderías.

LA FUERZA DE LA PARADOJA.

Su preocupación por el judaísmo caracterizó toda su vida, aún antes de abrazar la causa sionista. Y esto se vio ya desde el comienzo de su carrera como literato judío. Así, en 1889 (con 25 años de edad) publica en la Revista Trimestral Judía,  de Londres, un interesante ensayo que enfatiza la importancia del judaísmo como religión revelada. Pero al mismo tiempo destaca que la emancipación y las luces de la modernidad determinan el ocaso de la vida en el gueto. Y con esto prevé también una caída de la fe. Usa incluso una metáfora, sosteniendo que la situación del judío de su época se asemeja a la de una madre que  aferra a su niño muerto junto a su pecho, para que no se separe de ella.

Se ha señalado con acierto que esta paradoja guió siempre el accionar de Zangwill. Ya que, por una parte, adhería con entusiasmo a los valores del pasado histórico judío que el gueto resguardaba; y por otro lado, su vida fue un permanente intento de huir de aquellas restricciones que, en su sentir, el gueto le imponía.

EL LLAMADO DE UN JUEZ.

La resonancia de aquel artículo en la revista judía de Londres, llegó hasta los Estados Unidos de América. Y desde allí, desde la ciudad de Filadelfia, lo llamó el juez Mayer Sulzberger y le encargó una novela para la Sociedad Editora Judía de Norteamérica. Éste fue el origen de su primer gran éxito literario, Los niños del gueto, obra publicada en  1892, siendo él un joven de 28 años. La historia que  describe, la de la familia Ansell, refleja la realidad de su propia familia, como lo señaló la crítica especializada. Es más, muchos percibieron que el propio autor se había retratado en el personaje protagónico, Esther Ansell. Lo interesante es que casi todos los héroes de esta historia buscan escapar de los límites del gueto y de la religiosidad allí imperante. Pero en el final, la mayor parte de ellos decide volver a su espiritualidad.

Es interesante remarcar que, entre los personajes del gueto que Israel Zangwill describiría con frecuencia, se encontraba un cómico poeta llamado en la ficción “Pinjas Melchitzedek”. Algunos críticos creyeron hallar en él un poco halagüeño retrato del autor del Hatikva, Naftali Herz Imber (sobre el que en una oportunidad escribimos).  

EL SUCESO DE UN “SCHNORER”.

En 1893 publicó Tragedias del Gueto, que incluye su muy exitoso relato “El Diario de un Meshumad” (“Meshumad”, en hebreo significa “converso”). Aquí describe maravillosamente el conflicto interno de un judío de Rusia que se casa con una cristiana y, luego, vive su judaísmo secretamente.

En 1894 produjo su gran éxito, “El rey de los Schnorers” (o rey de los “amarretes”, o pedigüeños en ídish). Este divertido relato se centra en un imaginario contable judío londinense del siglo XVIII, caracterizado tipológicamente como “schnorer”.

En 1895 ocupó su pluma un tema no-judío, aunque tampoco demasiado distante: publica “El Maestro”,  que no es sino la historia de un inmigrante que arriba de niño desde el Canadá y que luego triunfa como artista. Y ya sabemos que el tema de la inmigración no puede considerarse ajeno a los judíos, que vivimos de diáspora en diáspora.

La temática judía recorre casi toda su obra. Y a ella vuelve en 1898, cuando publica “Soñadores del Gueto”. Se trata  de una serie de cuadros humorísticos basados en la vida de importantes personalidades judías, donde desfilan desde el propio padre del autor (Moses Zangwill, que fue a morir a Jerusalem), hasta Baruj Spinoza, pasando por el falso mesías Shabetái  Tzvi; y desde Ferdinand de Lassalle a Benjamín Disraeli y a  Heinrich Heine. Aquí se percibe de qué manera todos ellos se vieron en la disyuntiva entre el mundo de los valores judíos y las luces del naciente cosmopolitismo. Como se ve, el padre de Zangwill constituyó una excepción, dado que eligió ir a morir a la santa Jerusalem. El resto de los retratados en esta obra, contrasta con los personajes de ficción de su primera novela (“Los Niños del Gueto”), ya que casi todos ellos eligen transitar por la asimilación.
MELTING POT

En el año 1900 publicó una obra que escapaba a la temática judaica: “El manto de Elijah”, donde describe la guerra de los boers.

Aunque la poesía no era su fuerte, en  1903 realizó la traducción de una selección de poemas de Shlomó Ibn Gabirol.

Asimismo, en 1904 colabora con el “Libro de Rezos Festivos”, para el que traduce importantes párrafos litúrgicos, preservando el ritmo y la ingeniosidad original de los acrósticos.

Pero fue como autor de teatro que levantó polvareda, especialmente al escribir, en 1909, la pieza “El Crisol de Razas”. Se trata de un drama acerca del asentamiento judío en los Estados Unidos. En él afirma que este país es el crisol de Dios, el más grande “melting pot” en el  que pudieron fusionarse las razas oriundas de Europa.

Más tarde escribió otras piezas teatrales como “La Guerra de Dios” (1911), “La Palestra” (1921), y “La casa del Forzamiento”, que no despertaron especial atención en el público. Y tuvo, sí, frustraciones, disgustos y algunos enfrentamientos con los productores.  

“VENGA A AYUDARME”...

Su boda y sus hijos no fueron obstáculo para que se entregara siempre con gran énfasis, tanto a la labor  literaria como a la política. Militó también en favor del pacifismo y por el voto femenino. Pero fue al  judaísmo al que dedicó sus mejores energías.

Por un lado, muchos críticos señalaron que la literatura de Israel Zangwill tenía un común denominador con las expresiones de otras grandes personalidades sionistas como Theodor Herzl, Max Nordau (a quien Zangwill admiraba como escritor) y Najum Sókolov. En cambio, otros críticos destacaron que su manejo de la trama argumental, lo volvía mucho más propiamente “literato” que aquellos otros grandes hombres.

En 1897 había integrado la delegación de Peregrinos Macabeos a Éretz Israel. Ese mismo año, su postura hasta entonces algo indiferente respecto al movimiento sionista, se transforma. Y esto ocurre a partir de que Theodor Herzl lo invita a asistir al 1er Congreso, que habría de reunirse en Basilea (Suiza), remarcándole: “Venga a ayudarme a construir el Estado Judío”.

EL TERRITORIALISMO COMO BANDERA.

Una vez en Basilea, se convirtió Israel Zangwill en ferviente seguidor de Herzl y del sionismo. Pero la posición por él adoptada pronto lo enfrentaría a la conducción del movimiento, especialmente tras la prematura muerte de Herzl. Fue el principal sostenedor de la tesis territorialista, a partir del 7º Congreso Sionista celebrado en 1905, en el que se rechazó el ofrecimiento británico conocido como  “Plan Uganda”  (proyecto de asentamiento judío en Kenia oriental).

A partir de entonces, su sector se opuso con energía a la conducción oficial del sionismo, tanto como a los partidarios de un sionismo cultural (entre estos últimos se  hallaba Martin Buber).

El objetivo prioritaro de los “territorialistas” (bajo la sigla ITO), era obtener un territorio para los judíos perseguidos. Y aunque el mismo no fuera la tierra de Sión, según su punto de vista sería igualmente útil.

De todos modos, hay que recordar que, cuando el 2 de noviembre de 1917 se produce la célebre Declaración de Lord Balfour,  por la cual el gobierno de Su Majestad Británica apoyaba la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina, vuelve Israel Zangwill a reencontrarse con el sionismo oficial. Y es más, brinda una calurosa acogida a esa Declaración y lo hace también al disertar en  presencia de Jaim Weizmann y Najum Sókolov, a quienes felicita. (Fue el 2 de diciembre de ese año, en el festejo realizado por la Organización Sionista Mundial en el London Opera House).

Tiempo después, la falta de cumplimiento de las medidas necesarias para implementar esa declaración, llevaría  a Israel Zangwill a una nueva ruptura con el oficialismo del movimiento sionista.  

UN MODERNO PROFETA.

Zangwill es un escritor judío que, como Stefan Zweig, y algún otro, fue silenciado, cuando no hostilizado por algunos sectores sionistas. Y  tuvo también en su contra a los grupos  religiosos ortodoxos. Si bien se ganó la enemistad de muchos piadosos con su obra teatral de 1909, “El Crisol de Razas”, vale puntualizar que en 1920 escribió “La voz de Jerusalem”, donde demuestra su inmenso apego a los valores eternos del judaísmo. Es más, esto llevó a muchos estudiosos a considerarlo uno de los “modernos profetas” de Israel.

Es que este hombre de  mirada nostálgica y sobria sonrisa, siempre elegantemente vestido con sombrero, guantes y bastón, además de ser un combatiente a favor de la cultura global de su época y un decidido partidario de la libertad de conciencia, hacía gala, igual que nuestros profetas, de una especial energía para enfrentar los problemas sociales y políticos. Junto a su literatura de ficción, sus ensayos y discursos lo muestran excepcionalmente dotado para prever y prevenir los pasos futuros de nuestro pueblo. Muchos analistas afirmaron que algunas de sus profecías guardaban su valor a través del tiempo y, en muchos casos, contenían importantes juicios acerca de la sociedad contemporánea.

Pese a no encasillarse en los límites que de un lado los sionistas y del otro los religiosos ortodoxos imponían, Israel Zangwill fue un escritor que tuvo al judaísmo siempre en su corazón. Con firmeza y energía enunció sus verdades, sin pretender nunca quedar bien con nadie. Fue un fiel vocero para las urgentes soluciones que los problemas de su tiempo reclamaban.

JUDÍO Y BRITÁNICO.

El padre de Zangwill, como muchos judíos de su época, fue a morir a Jerusalem. Con el advenimiento de la idea herzliana, se abría la posibilidad de vivir allí. Sin embargo, dado que durante siglos se había hecho muy poco para crear en Éretz Israel las condiciones adecuadas de existencia, bien podrían los judíos proponerse vivir en un territorio apto en cualquier otra latitud. Ésta es entonces una de las premisas básicas del Territorialismo preconizado por Israel Zangwill, a quien muchos sionistas no comprendieron y otros  combatieron por disidente.

Siempre tuvo la mejor disposición para entenderse con los grandes temas que afligen a la humanidad. En los años previos a la 1a Guerra Mundial, brindó su apoyo a Lord Rothschild y al filántropo judeonorteamericano Jacob Schiff. Y acompañó con energía la idea de asentar a miles de judíos en Galveston (Texas).

Muchos de sus pensamientos denotan una particular  dosis de lirismo y poesía. Y no les faltó, en algunos casos, la veta humorística. En Zangwill se produjo una síntesis entre su origen judío y su nacionalidad inglesa, por la confluencia del sarcasmo judío y la flema británica.

Fue un eximio orador y se destacó por algunos brillantes aforismos. Entre éstos podemos recordar uno que dice: “Todo dogma tiene su hora, pero las ideas son eternas”. O aquel otro que expresa: “Un pueblo elegido es, en verdad, un pueblo que elige”.

VISIÓN SOCIOLÓGICA.

Puede decirse que tuvo también una aguda penetración sociológica, que lo llevó a resumir las posibilidades del judaísmo en el mundo. Afirmó que los caminos para ponerle coto a lo que entonces se llamaba “Judenschmerz” (o “dolor judío”), eran dos: uno, el de la restauración nacional; otro, el de la restauración religiosa. Y que para evitar la desaparición como pueblo, era fundamental una solución que contemplara ambas facetas restauradoras.

Entre otras observaciones que podemos llamar “sociológicas”, sobresale su caracterización de las diferencias entre judíos y gentiles de su época, en función de las clases sociales. Así, señaló que entre las clases bajas los judíos se distinguían por un mejor nivel (por ej. menos analfabetos); mientras que en las clases altas era a la inversa, ya que los judíos de las mismas se hallaban por debajo de los gentiles.

“Si no hubieran existido los judíos -escribió alguna vez Zangwill-, seguramente los gobiernos los habrían inventado para responsabilizarlos ante sus pueblos de todos los males”.

Esta aguda mirada le permitió también dar cuenta de cómo en los judíos se operaba un aceitado patriotismo, que los llevaba en ocasiones a reproducir  los enfrentamientos gentiles. Y mucho le molestaba que estos resabios, tan característicos de las mayorías gentiles, se repitieran groseramente en las juderías minoritarias. Especialmente en las de  Francia y Alemania.

Zangwill observó que si bien en Francia el antisemitismo había mostrado toda su virulencia  en el complot contra el capitán Dreyfus, en Alemania no existían tales resabios respecto a militares judíos, sencillamente porque los judíos de este país no llegaban a altas funciones de mando.

Israel Zangwill murió en 1926, a los 62 años de edad. Excepcional dramaturgo y excelente narrador, sus principales obras fueron traducidas a una veintena de lenguas. Fue hombre de colosal energía en la defensa de sus ideas. Y el judaísmo, el principal destinatario de sus preocupaciones. 
 
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