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Los judíos y el Premio Nobel de Literatura Imprimir E-Mail
sábado, 29 de marzo de 2008
Por Moshé Roit *
Tercera y última parte
Saúl Bellow

En 1975 obtuvo el Premio Nobel de Literatura  uno de los escritores más representativos de la llamada “voz judía” de los EE.UU., o sea de la pléyade de los hombres de letras judeonorteamericanos que formaban parte de la “familia” literaria neoyorquina, Saul Bellow.

Saul Bellow nació en Québec, Canadá, en el seno de una familia de inmigrantes judíos provenientes de Rusia, de habla idish y de costumbres tradicionalistas. Poco tiempo después de su nacimiento, la familia hizo un intento infructuoso de establecerse en Montreal, pero finalmente optó por radicarse en Chicago, donde también transcurrió la infancia y la adolescencia del futuro gran escritor. Bellow tenía sólo nueve años cuando fue llevado a aquella ciudad que, con su atmósfera tan peculiar, imprimió su sello sobre toda su posterior creación literaria. Comenzó a escribir ya como un hombre maduro, después de concluir sus estudios de sociología y antropología. En los años 1952-53, en la de Princetown. Bellow llegó a crear, en el campo de la novela, un estilo propio que es marcadamente norteamericano, aunque se evidencia en el mismo el trasfondo judío y muy especialmente el de los judíos inmigrantes de Europa oriental, de habla idish, con sus peculiares tradiciones religiosas, costumbres y estilo de vida. Como narrador llegó a elaborar un lenguaje multicolor, que incluye tanto la manera de pensar y de razonar intelectualista, como también el “slang” norteamericano, salpicado de típicas expresiones en idish. Se destaca por su amenidad en el desarrollo de sus relatos y por la atmósfera mística que emana de las imágenes envueltas en un hálito de poesía pura. El protagonista típico, a quien Bellow coloca en el centro mismo de sus narraciones, es un hombre de gran vitalidad, cuya alma es frecuentemente atormentada por deseos indefinidos e impulsos inesperados y violentos. Otro rasgo de sus personajes, una muy fuerte voluntad de vivir expresada con un tono neurótico sería tal vez un indicio de la influencia de Dostoievsky, de quien el mismo Bellow se dice admirador.

En una de sus primeras obras, Dangling Man (Hombre en suspenso), 1944, escrita en forma de un diario, Bellow describe a un hombre que espera en Chicago, su incorporación al ejército, luego de “sufrir” durante un tiempo a causa de su libertad, recibe finalmente con alegría el yugo de la disciplina militar de las órdenes que emanan de la superioridad. La ironía es obvia, pero al mismo tiempo se nota una cierta dosis de sinceridad en este anhelo de vivir sin necesidad de pensar. En su siguiente novela The Victim (La víctima), 1947, Bellow describe las manifestaciones de antisemitismo en Nueva York. En ambas obras mencionadas llega a evidenciarse una inclinación al análisis profundo de los personajes, como también una gran sensibilidad en las descripciones de detalles físicos y de complicaciones de tipo emocional que surgen sobre el trasfondo de un enfoque ético-moral que impresiona por su fuerza inusitada. En 1953 fue publicada su primera gran novela, que significó el comienzo de su celebridad no sólo en EE.UU. sino también en muchos otros países, The Adventures of Augie March (Las aventuras de Augie March). Es una incursión multicolor  picaresca en la vida de los EE.UU. y de México. El protagonista de esta extensa novela llega finalmente a la anhelada paz y libertad interiores a través de la elevación (u omisión) por encima de los acostumbrados criterios de la ética y de la moral. En 1956 apareció otra novela suya Seize the Day, lo que podría traducirse, libremente, como Vivid el día. (El título de la versión española es Carpe Diem). El desarrollo del argumento está nuevamente limitado a Nueva York, pero el panorama vivencial y emotivo presenta un cuadro mucho más plácido que en las novelas anteriores. La siguiente novela, que apareció en 1959, Henderson the Rain King (Henderson el rey de la lluvia) es la única en la que no hay personajes judíos, aunque se pueden notar ciertos rasgos judíos en los caracteres principales de la obra. El personaje principal es el descendiente de una antigua familia protestante, cansado, al parecer, de la vida en un ambiente civilizado, que emprende un viaje a un país “mítico” donde se propone perpetrar un “milagro”usando para ello medios modernos. El “milagro” consistiría en causar la lluvia, pero Henderson no lo logra, pues finalmente es vencido por los autóctonos “primitivos”. Después de la publicación de esta novela, Bellow se sintió nuevamente atraído por la “voz judía” de su infancia. Seleccionó, tradujo y redactó la colección Great Jewish Short Stories (Grandes relatos breves judíos), 1963.

Sólo un año después fue lanzada al mercado su extensa novela Herzog, cuyo protagonista, el profesor universitario Moisés Herzog, también es, en cierto modo, un “hombre en suspenso”, pero entrado en años y mucho más maduro. Todos los personajes de esta monumental obra, con su atmósfera densa y cargada de tensiones psicológicas (con la excepción de uno), son judíos, y sus vidas destrozadas forman un espejo en el que se refleja el mundo alienado de los intelectuales judeonorteamericanos.

En aquella época Bellow hizo también un intento, frustrado por otra parte, de incursionar en la dramaturgia: escribió una obra teatral sobre un tema freudiano The Last Analysis (El Último Análisis), 1964. Fue puesta en escena, pero no tuvo éxito. En aquel periodo Bellow publicó también una selección de cuentos bajo el título Mosby´s Memoirs and other stories (Las memorias de Mosby y otros relatos) y posteriormente dio un gran salto hacia adelante con su magnífica novela Mr. Sammler´s Planet (El planeta del señor Sammler), 1969. Sammler es un anciano judeopolaco envejecido que, con su “cultura” sobre los hombros, anda en busca de un lugar donde haya un vínculo con los valores de un mundo que ya no existe. Es amigo y admirador de los grandes espíritus (H.G. Wells) que pertenecen al pasado. Contempla el mundo con la curiosidad de un “detective espiritual” profesional. Bellow nos presenta además un conflicto entre el judaísmo, que no se sabe cómo penetró en un ser tan asimilado como Sammler, y las nuevas ideas que atormentan al hombre contemporáneo. El símbolo de la violencia se materializa en un carterista negro al que Sammler sorprende robando en un colectivo; éste, al ser descubierto, arrincona a Sammler en el hall de una casa y le muestra su pene. El sexo unido a la violencia es para el negro, y también para Sammler, el símbolo del nihilismo ínsito en la protesta contra lo existente, que no aporta una salida compatible ni con el pasado ni con el futuro. Bellow nos relata otro atropello que caracteriza a Sammler. Este anciano sobreviviente del Holocausto, que luchó contra los nazis en las filas de un grupo guerrillero, tenía consigo un par de botas que sacó de los pies de un nazi que había matado. Cuando estalla la Guerra de los Seis Días, Sammler va a Israel como corresponsal de un diario neoyorquino y en esta ocasión calza las botas del nazi muerto.  

Unos años después publica la novela Humboldt´s Gift  (El obsequio de Humboldt). Es, en realidad, una incursión en el mundo irreal  atormentado de un gran poeta judeonorteamericano, Delmore Schwartz; es un héroe que se encuentra en un permanente proceso de caída, característico para los tiempos modernos.

El reciente libro de Bellow, To Jerusalem and Back (A Jerusalem y de retorno) es, más  

que la descripción de un viaje, un balance de conciencia judía. Bellow llegó a Israel en el invierno de 1975 y, según su afirmación, entró sin quererlo en la historia judía. El encuentro de Bellow con Israel lo atrae hacia sus raíces judías, pero al mismo tiempo lo confunde. Se encuentra de pronto frente a los problemas de vida y muerte, existencia y aniquilación. En EE.UU. estos problemas se debaten desde lejos de una manera indirecta, tal como se trata un problema académico, mientras que en Israel esos problemas forman parte de la vida cotidiana. Se nota en Bellow el despertar de un sentimiento de pertenencia casi tribal, que lo mueve a enfrentar la heredad judía con todas las consecuencias del encuentro.

En su discurso, pronunciado en ocasión de recibir el premio Nobel , dijo entre otros conceptos: “No se puede decir a un escritor qué es lo que debe hacer; él mismo debe encontrar su camino a través de la imaginación. Pero sí podemos expresar nuestra voluntad de que ellos, los escritores, vuelvan de la periferia de la vida a un lugar central...”
Itzjak Bashevis-Singer

El reciente Premio Nobel de Literatura, Itzjak Bashevis Singer, fue galardonado con esta codiciada distinción en 1978 según afirman muchos, no sólo por sus méritos individuales sino como representante de la literatura judía en idish. Cabe destacar que su único  real apellido es Singer, mientras que Bashevis es un seudónimo (el nombre de su madre fue Bat.Scheva) adoptado con el fin de diferenciarse de su hermano mayor, ya fallecido, Israel Iehoschua Singer, autor de las famosas novelas Iosche Kaib, Di Brider Aschkenazi,  y muchas otras. Bashevis mismo expresó en diversas oportunidades que este hermano fue para él “un padre espiritual” y guía en su labor literaria.

Itzjak Bashevis-Singer nació en Bielgoray, Polonia, en 1904 en una familia muy religiosa. Su padre fue rabino y ejercía, después de radicarse en Varsovia, las funciones de moré horaah (una suerte de experto en cuestiones religiosas dietéticas y otras; actuante frecuentemente como juez-árbitro) en un barrio de la pobreza judía de Varsovia. Itzjak Bashevis-Singer se educó en un “jéder” (escuela religiosa primaria) y posteriormente en una “ieschivá”(escuela religiosa superior). Se dedicó a escribir desde muy joven, pero comenzó a publicar, principalmente cuentos cortos y artículos periodísticos, sólo cuando llegó junto con su familia a Varsovia en 1923. En aquel entonces comenzó a publicar algunos trabajos en la revista literaria en idish Literarishe Bleter, en la que también se desempeñaba como corrector. En 1935 emigró a EE.UU. y se radicó en Nueva York. Desde entonces es colaborador permanente del matutino idish neoyorquino Der Forverts, en el que publica cuentos, novelas (en capítulos semanales) y diversos trabajos periodísticos, bajo varios seudónimos (I. Warschavski y otros).

En una de sus mejores novelas, Satán en Goray, Bashevis describe la vida y las costumbres de la judeidad polaca en el siglo XVII, después de los sangrientos pogroms de las bandas cosacas de Jmielnitzki. El movimiento mesiánico judío de aquella época desató una ola de misticismo, frecuentemente irracional, en las comunidades judías, no sólo en Polonia y Ucrania, que fueron el escenario de los cruentos sucesos, sino en toda Europa  también en Asia Menor. La creencia de que el mundo será redimido sólo cuando la humanidad llegue a una absoluta pureza y perfección espiritual y se liberará de sus pecados, o se hundirá en la maldad y en los pecados hasta vencer todo lo bueno del alma del hombre –esa creencia mística que deriva de la convicción de que el universo se encentra en una contienda constante entre el Bien y el Mal -es el eje en derredor del cual giran los argumentos de la mayor parte de las obra de I. Bashevis-Singer.

Su otra novela Der Shklaf (El Esclavo) también está ubicada en aquella época. La gran novela suya, con rasgos de una saga familiar, Di Mishpoje Mushkat (La Familia Mushkat) está ubicada en la Varsovia de preguerra y nos muestra la multifacética vida de aquella comunidad judía.

Rasgos muy peculiares y de gran fuerza narrativa acusa su obra El Mago de Lublin, que fue definida por un crítico como la “realidad irreal de Bashevis”. Prevalece entre los críticos la opinión de que Bashevis demostró ser mejor cuentista que novelista. Sus relatos Guimpel el tonto, El admirador de Spinoza, Shida y Kuzib, Los pequeños zapateros y un sinfín de otros cuentos corroboran esta opinión. Hay quienes opinan que fueron precisamente sus cuentos los que le ganaron una fama perdurable no sólo entre los lectores de lengua idish, sino en los diversos países del mundo entero. Su obra Main Tatns Bes-Din Shtub (El tribunal de mi padre), en el que describe los juicios rabínicos que su padre presidía como único juez y árbitro cuando la familia vivía en el barrio varsoviano de la calle Krochmalna, se destaca por su tono autobiográfico.

El elemento autobiográfico se destaca muy fuertemente en toda la obra de Bashevis-Singer. A veces sus libros poseen la forma de una crónica, pero esto puede resultar engañoso, ya que el autor, con toda premeditación, entrelaza la realidad con la ficción con la expresa intención de despojar a la primera de los elementos prosaicos y concretos, llevándonos a través de una supuesta “realidad” a un mundo irreal y fantasmagórico.

La galería de los personajes de Bashevis es muy diversa y multicolor: jasidim y hombres de negocios, creyentes muy piadosos y herejes, almas creyentes cuya fe y amor a Dios limitan con la santidad y pecadores que adoran al demonio; gente de espíritu puro y ascético y otra entregada a goces carnales; eruditos y doctos admiradores del estudio de la Tora y simplotes que apenas saben pronunciar las palabras de una bendición. Con todo, sería difícil afirmar que entre los personajes de Bashevis hay no-creyentes, ya que también aquellos que se rebelan contra Dios, creen en Él, pero por ciertas razones, a las que no es ajena la voluntad Divina prefieren el culto de las fuerzas demoníacas. Asimismo se torna evidente cada vez que intentamos un análisis de estos personajes que, no obstante sus inclinaciones y pasiones sensuales, los protagonistas de los relatos y novelas de Bashevis realizan una búsqueda constante de lo misterioso de la vida humana y de la relación entre el ser humano y su Creador.

La presencia de las fuerzas demoníacas, junto con el elemento de sexo, unido a veces a la violencia, se deja sentir casi en cada página de este singular escritor. Hay quienes afirman, y es muy difícil rebatirlo, que ello forma parte del tributo que Bashevis está pagado a la moda de sexo, demonología y violencia imperante de la literatura contemporánea, especialmente en las letras norteamericanas. Es por eso que se le reprocha la publicación de obras tales como Iarme y Keile, una novela que describe el submundo judío de Varsovia (y para ser exactos de la mencionada calle Krochmalna) a través de las andanzas de una prostituta y de un facineroso judíos. El que escribe estas líneas también cree que a los sastres y carpinteros, a los empleados y obreros de todos los oficios que también vivían en la calle Krochmalna, Bashevis les negó su atención y no los incluyó en sus obras.

En los últimos años Bashevis comenzó también a escribir relatos para niños. Indagado al respecto contestó de una manera que resalta sus gran sentido del humor:

“Tengo más de 500 razones para escribir para chicos, pero con el fin de ahorrar tiempo, enumeraré sólo 10: 1) Los niños leen libros y no críticas de libros. Los críticos les importan un pepino. 2) Los niños no leen para encontrar su identidad. 3) No leen para liberarse de un complejo de culpa, para satisfacer su ansia de rebelión ni para deshacerse del sentimiento de alineación. 4) Los niños no hacen uso de la psicología. 5) Aborrecen a la sociología. 6) No intentan siquiera comprender a Kafka. 7) Siguen creyendo en el Bien, en la familia, en los ángeles, en los demonios, en brujas, en diablos burlones, en la lógica, en la claridad, en los signos de puntuación y en muchas otras cosas comprensibles. 8) Les gusta leer relatos interesantes y no comentarios, ni guías o notas que acompañan a textos. 9) Cuando un libro es aburrido, bostezan abiertamente sin sentimiento de culpa o temor a la autoridad. 10) No esperan de su escritor preferido que salve la humanidad. Por más jóvenes que sean, ya han comprendido que él no está en condiciones de hacerlo. Solamente los adultos abrigan ilusiones tan infantiles.”

De cualquier modo, tanto sus admiradores como sus críticos más escépticos no dudan del talento de Bashevis. Asimismo es un hecho innegable que, por primera vez en la historia, el Premio Nobel de Literatura recayó sobre un representante de la literatura idish, de esa literatura que tantos desconocen y que otros menosprecian, sea por ignorancia o por razones ajenas al sentido común y a la honestidad intelectual.- 
 
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