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Los judíos y el Premio Nobel de Literatura-segunda parte Imprimir E-Mail
jueves, 13 de marzo de 2008

Por Moshe Roit *
Segunda parte
Shmuel Iosef Agnón
En 1966 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, por primera vez, no un judío a medias, no un judío cuyas raíces o la esencia de su personalidad artística pueden resultar discutibles, sino un judío bien judío, que en sus años mozos escribía en idish y posteriormente, durante toda su vida, en hebreo; un judío que comprendió que su lugar está en Eretz Israel y que el título más honroso que puede recibir un creador judío es ser conocido como escritor israelí. Me refiero a Shmuel Iosef Tchatchkes, cuyo seudónimo literario, Agnón, se transformó también formal y oficialmente en su apellido.

Agnón nació en el pueblo de Buczacz (Galitzia Oriental) en 1888. Su padre, Shalom Mordeji Halevi Tchatchkes, fue descendiente del Maharshá (abreviación de Moreinu Harav Shmuel Eliécer Aidelsh), un eminente codificador religioso del siglo XVII. Shmuel Iosef, como todos los niños de aquella época, cursó los estudios primarios en el jeder, pero su padre también le daba clases personalmente, completando de tal modo su educación. Además estudió durante algún tiempo en una escuela local laica de la red escolar fundada y sostenida por el Barón Hirsh.

Comenzó a escribir a la edad de nueve años, en idish. Escribía baladas y relatos. Posteriormente alternó con el hebreo. El profesor de la cátedra idish de la Universidad Hebrea de Jerusalem, Dov Sadán, en su apreciación de las primeras poesías de Agnón, expresó que el joven Agnón se encontraba bajo la influencia de Rosenfeld, Reisen, Iehoash y, principalmente, I.L. Peretz. Sadán también expresa que encontró en estas primeras poesías de Agnón un rasgo muy interesante, “la desarmonía social, que destruye la armonía de los días festivos, alborota su quietud y aleja su felicidad”. Este leit motiv, o sea la “desarmonía que destruye la armonía” está latente en todas las obras de Agnón, aunque no siempre la desarmonía fue “social” ni la armonía la de los días festivos. Este tema lo encontramos en casi todos los escritos de Agnón, quien supo transmitirnos el impacto de este conflicto en su propio ser y despertar en el alma del lector el afán de una concentrada mirada retrospectiva, que a su vez lo condujera al diálogo con el Creador.

El comienzo de Agnón es un pequeño relato titulado Agunot. En hebreo aguná significa una mujer abandonada por su esposo, ya sea por una circunstancia desfavorable, o bien intencionadamente, sin posibilidad de establecer su paradero. Desde el punto de vista del derecho civil religioso la situación de una aguná se torna trágica. No puede obtener el “status” de una viuda ni de una divorciada. Para contraer nupcias debe obtener un permiso especial firmado por cien rabinos. En el cuento mencionado un acaudalado judío de Jerusalem compromete a su única hija, Diana, con un joven docto de Polonia, a quien destina para dirigir una “ieshivá”, o sea una alta academia religiosa. Para construir el tabernáculo de la futura Casa de Estudios (Bet Hamidrásh) fue contratado un joven artesano. Dina se enamora de él, y aunque jamás se dirigieron la palabra, este amor silencioso los domina a ambos. Por su parte, el futuro esposo, quien llegó a Jerusalem, dejó tras sí a la que amaba desde su más tierna infancia. El matrimonio llega a concretarse, pero no llega a consumarse. Ambas mujeres, Dina en Jerusalem, y Fréidele en Polonia, quedan frustradas para siempre. La armonía construida con tanto empeño para edificar una casa de Dios y un hogar ejemplar fue abruptamente destrozada por la desarmonía originada por un amor imprevisto y sensual.

Se presume que la similitud fonética de Agunot y Agnón, o sea el título de su primer cuento y su seudónimo, que se transformó en su apellido, no es casual ni tampoco resultado de un impulso. La silenciosa melancolía y amargura, resultantes del conflicto entre lo anhelado y lo sucedido, la impotencia del hombre frente al destino, la lucha entre la sublimación espiritual y el instinto carnal, todos aquellos conflictos han de repetirse en una u otra forma en la obra literaria de Agnón.

El segundo cuento, publicado en aquel periodo en Jaffa, titulado Y lo avieso se enderezará, de rasgos más realistas, describe a un hombre forzado por un desastre económico a abandonar su hogar. Su esposa lo cree muerto y se casa con otro. El relato termina con la muerte de su protagonista, quien comprende que “toda su presencia en este mundo, no era más que un preludio para su muerte”. Esta es una frase digna de un filósoso existencialista y contrasta con el espíritu religioso que envuelve el relato.

Agnón se radicó en Eretz Israel por primera vez en 1909. De la lectura de sus obras surge claramente que sus convicciones sionistas no fueron resultado de meditaciones ni de una aventura juvenil. Su sionismo era algo orgánico, algo tan arraigado en su alma, que no tenía necesidad alguna de motivarlo ni de explicarlo. En su autobiografía escrita en 1927, Agnón subraya: “En 5669 (1909) tuve el privilegio de hacer aliá a Eretz Israel, donde publiqué mis mejores relatos y donde me fue dado crecer hasta alcanzar mi actual estatura literaria”. Pero dentro de este periodo, o sea entre 1909 y 1927 hubo también doce años de estadía de Agnón en Alemania, donde colaboraba con Martín Buber, y donde escribió numerosos relatos. De este periodo data también el trauma de Agnón, una suerte de sentimiento de culpa por haber abandonado Eretz Israel, aunque fuera temporariamente. Desde 1927 Agnon vivió siempre en Israel.

La primera novela extensa de Agnón es Hajnasat Calá. Esta expresión significa Introducción de la Novia, y debe entenderse que se la introduce en la vida familiar, o sea, se refiere a la ayuda que se da a doncellas sin medios suficientes para contraer nupcias. El título de la versión española es Bajo el palio nupcial. Encontramos ahí el microcosmos de un villorrio judío de Galitzia de principios de siglo. Al comenzar la lectura de esta singular novela, tenemos la impresión de haber vuelto al mundo primitivo de nuestra infancia, pero tan pronto nos adentramos en las descripciones agnonianas, llegamos a la convicción de que existe un abismo profundo entre lo esperado y lo experimentado. Juntamente con la ingenuidad y la santidad de unos, nos encontramos con la codicia y la astucia de otros. Lo terrenal y lo vulgar están íntimamente ligados a lo elevado y festivamente celestial. Esta dualidad ha de manifestarse no solamente en esta novela sino que caracteriza todas las obras de Agnón.

En realidad, es difícil definir en los personajes de Agnón el elemento del tiempo. Los mismos rasgos que caracterizan a un jasid del siglo XIX en Polonia, también son propios de una jalutz de los años 20 de esta centuria en Israel. Los elementos del tiempo y del espacio se confunden. El supuesto realismo de los acontecimientos desaparece y de pronto sentimos que la multitud de los personajes agnonianos llega a poblar el mundo de nuestras sensaciones, y encontramos el eco de sus inquietudes en nuestras propias almas. No importa si hemos estado alguna vez en Galitzia o no. Hace tiempo, en un lejano “nunca”, hemos pasado por este villorrio. En nuestras almas revive Buczacz, el pueblito natal de Agnón. Las pequeñas casuchas tocan la tierra y las cabras arrancan a mordiscos la paja que cubre los techos. Vemos a los judíos barbados, entregados a sus eternas tareas y meditaciones. Entre ellos hay estudiosos que dedican su tiempo a la Torá, pero también hay gente simple, artesanos, pequeños comerciantes, estibadores, carreros y pobres sin ocupación alguna. En el viejo Bet-Hamidrash encontramos a los que rezan y estudian la Torá y también a los mendigos que esperan que alguien los invite a compartir la cena. Es un mundo que ha desaparecido en parte como resultado de un proceso histórico y en parte determinado en el Holocausto de la noche parda. Agnón lo revivió y le dio nuevas dimensiones. El microcosmos de Buczacz se convirtió en un universo de alcances cósmicos y omnipresentes.

La penetración introspectiva en el alma humana significó para Agnón no una limitación a un minúsculo mundo individual, sino un trampolín para liberar a este pequeño mundillo del encierro que él mismo se impuso. Es por eso que para Agnón una incursión en una época dada no significa un cúmulo de hechos, sucesos y vivencias, sino el centelleo de una estrella en el cielo azulino de la eternidad. Agnón inmovilizó y luego fragmentó la perpetua rueda de la eternidad, y su amalgama del “ayer” con el “hoy” nos demostró la imposibilidad de un “mañana” distinto de lo que ya hemos conocido.

La profunda religiosidad de Agnón no le impidió rebelarse contra el hecho de que el hombre sea sólo un objeto al que le es permitido intentar ascender sin que pueda prever el momento de su caída. Pero esa rebelión es más bien pasiva, con un cierto toque de ironía. La pasividad desemboca, en las obras de Agnón, en una tristeza y melancolía meditativa, propias de todos aquellos que “subieron a las alturas “ y “temiendo la caída”, permanecieron inmóviles.

En sus relato La loma de arena encontramos la siguiente frase: “...Soy un mendigo de amor a quien se le rompió el zurrón y todo el amor que logra reunir lo sigue depositando en ese zurrón agujereado”. Pero es difícil precisar a quién fue dirigido el amor de Agnón. Tal vez amara al amor mismo, a la belleza a la sublimación del pensamiento. Su amor a Dios fue en realidad el amor a lo inalcanzable, y su religiosidad –aunque adquirió formas concretas, ya que Agnón fue un judío observante- fue más bien la admiración por Aquel cuya caída no se debe temer aunque haya ascendido. Y así como sabía distinguir entre un amor celestial y el terrestre, así también sabía trazar una línea divisoria entre una religiosidad dogmática y nomal y aquella en la que prevalece la sublimación misma de una ofrenda del pensamiento ético y del amor.

No obstante, Agnón, lejos de asumir la falsa pose de un “santo varón” supo introducirnos en su mundo de dudas y vacilaciones. La verdad es que este gran escritor no pretendía enseñar o propagar ideas. Le era ajena la inclinación de pretender llevar a los demás por los senderos de sus búsquedas. Lo que sí era cierto es que, como judío, nutrió su obra con una admiración profunda por toda la herencia espiritual de nuestro pueblo, demostrando al mismo tiempo una honda preocupación por el futuro de esta riqueza; y como artista, supo llegar al límite más extremo de la perceptividad, dirigiendo su mirada más allá, donde se oculta lo impenetrable, lo insoluble de la existencia humana.

Se ha comparado frecuentemente a Agnón con Kaka. Algo de cierto contiene esta supuesta semejanza. En primer término ambos nacieron y crecieron en el mismo Imperio Austro Húngaro con su clima de diversas culturas nacionales que se influían mutuamente. Pero hubo también enormes diferencias. Agnón crecía en un hogar muy judío y su padre era un estudioso de la Torá. Kafka tenía un padre carnicero, y aunque su madre también provenía de una familia rabínica, la atmósfera era la de un hogar más bien laico. Las dudas de Kafka eran fruto de su ignorancia de las raíces judías; sin embargo, aunque Agnón las conocía, sus dudas no eran menores. Según afirman algunos críticos, el libro más “kafkiano” de Agnón es la novela Oreaj Natá Lalún (“El huésped que vino a pernoctar”); otros apuntan hacia los relatos de la colección Sefer Ha´Maasim  (El libro de las hazañas). Yo me inclinaría hacia la segunda opinión.

En el “Huésped que vino a pernoctar” encontramos la destrucción de los pequeños pueblitos judíos después de la Primera Guerra Mundial. El “huésped” es, claro está, el autor mismo, que antes de retornar a Eretz Israel, va a visitar su pueblito natal. Hay un choque violento de recuerdos infantiles contra la realidad del adulto, que no supo reencontrar el objeto de sus ensueños. El narrador comprende que su salvación consiste en volver a Israel. El drama individual adquiere contornos más amplios y se extiende sobre todos aquellos cuya existencia gris es un grotescos reflejo de lo absurdo de la vida misma.

Sefer Ha´Maasim es un conjunto de relatos cuya densidad y tensión interna es tan potente que hasta impide en cierta manera el pleno goce de su belleza artística. Es un mundo fantástico, nutrido por símbolos cabalísticos antiguos y psicológicos modernos a la vez; un mundo donde se suceden lo tierno y bondadoso con lo cruel y terrible casi sin intervalo. Es, en esencia, el horror del hombre al borde del abismo de su subconsciente. Es un mundo desconectado de la realidad que flota entre las pasiones y la razón, entre la bondad y la crueldad, entre lo oscuro desconcertante en el destino humano, y la fe en un sentido más profundo de la existencia.

De las novelas más importantes mencionaremos también Tmol Shilshom  (Ayer y anteayer), Sipur Pashut (Un relato simple) y Belev Ha´Iamim (En el corazón de los mares). Creemos que limitarnos a estos relatos ya representa un menoscabo para el gran escritor, pero el marco de este modesto trabajo no permite extender más nuestras apreciaciones. Agregaremos solamente que en ediciones póstumas se publicaron varios libros, antes desconocidos, que causaron sorpresa entre el público lector israelí, ya que no se esperaba que tantas obras aguardaran su edición.

Sh. I. Agnón nutrió en 1970 en la ciudad de Jerusalem, la ciudad que amaba tanto y que describió en sus incontables relatos con amor y admiración.

Nelly Sachs

Junto con Agnón obtuvo el Premio Nobel de Literatura la poetisa Nelly Sachs (1891-1970). Se murmuraba extraoficialmente que Nelly Sachs fue galardonada gracias a la insistencia de su íntima amiga, la gran escritora sueca Selma Lagerlof, quien la ayudará a escapar de Alemania junto con su anciana madre en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Hubo también otro comentario, que además hizo suyo la premiada poetisa: la Academia Real Sueca quiso subrayar que el Premio se divide entre un israelí y un judío de la diáspora. Claro está que ninguno de estos rumores pudo ser confirmado fehacientemente. Lo único cierto es que Nelly Sachs no había llegado a ser célebre antes de obtener el premio, y el interés por su obra literaria fue efímero. No quisiéramos que estas palabras se interpreten como menosprecio hacia su obra literaria , pero comparándola con la de Agnón, los resultados serían obvios.

Nelly Sachs nació en el seno de una acaudalada familia judeoalemana. Su padre fue un industrial y murió antes de la guerra. Hay algo simbólico en el apellido Sachs; aunque da la impresión de significar “sajón”, es en realidad apócope de la definición hebrea “Zakash”, o sea “Zerá Keddoschim”, “Simiente de los santificados”. Con este nombre se definía en el siglo XVII a los refugiados judíos de Polonia y Ucrania, descendientes de los que se salvaron de los sangrientos pogroms de Jmielnitzky.

Las poesías y otros escritos de Nelly Sachs, del periodo precedente a la Segunda Guerra Mundial, están signados por el romanticismo alemán y por motivos y símbolos cristianos. Su poesía adquirió cierta resonancia recién después de la guerra, cuando comenzó a escribir sobre el Holocausto. Algunas de estas obras poéticas fueron escritas en los mismos días de la contienda y otras posteriormente. Nelly Sachs se ha convertido en la poetisa que lloró por los sufrimientos del pueblo judío. Antes de ser distinguida con el Premio Nobel había sido galardonada con otros numerosos premios literarios tanto en Alemania como en Suecia.

Nelly Sachs describe en sus obras los sufrimientos de su pueblo. Pero en sus poesías también los sucesos y hasta los detalles realistas de las persecuciones nazis se convierten en imágenes simbólicas. Das Leiden Israels, o sea los sufrimientos del pueblo de Israel, no se limitan en su poesía solamente al Holocausto, sino que abarcan los sufrimientos y las persecuciones de todas las épocas. También ahí donde traza imágenes concretas, tales como las chimeneas de los crematorios, a través de las cuales se está elevando al cielo en el humo el cuerpo de nuestro pueblo, la descripción se torna simbólica y posee una fuerza poética mucho más subyugante y estremecedora que los crematorios mismos, que de por sí suscitan horror. Nelly Sachs realizó un intento de llegar al fondo mismo, a las raíces de todo ello, tratando de incrustar a Auschwitz, Maidanek y Bergen-Belsen en una gran constelación que abarca la historia del pueblo de Israel desde sus mismos comienzos. Lo hace no desde la perspectiva de una época determinada, sino refiriéndose al pasado, al futuro y al presente de una manera simultánea. Enfrentando un tema que se encuentra fuera de los límites de las expresiones verbales, el asesinato mecanizado y masivo como también la enorme y satánica potencia de la máquina exterminadora, logra Nelly Sachs transmitir al lector un sentimiento acorde con el tema. El simbolismo no borra las vivencias reales que forman la base del proceso creador poético; al mismo tiempo la obra de Nellly Sachs no es una crónica de los sucesos horrorosos.

Las raíces de la creación literaria de Nelly Sachs se encuentran tanto en la literatura alemana como en las tradiciones judías . En sus obras aparecen símbolos y figuras extraídas de la historia del pueblo de Israel de diversas fuentes y obras literarias, como también de recuerdos populares –comenzando con la Biblia hasta la literatura jasídica y místico-cabalística- con las que se familiarizó, según confesara oportunamente, leyendo los escritos de Martin Buber y de Guerschon Scholem. La voz del Shofar (el cuerno que se toca en los días del Año Nuevo Judío), la tradición de los treinta y seis justos, gracias a quienes el mundo se mantiene intacto, y por otra parte, imágenes tales como un par de zapatos de un niño asesinado, la arena del desierto de Sinaí, las cenizas de los crematorios, todo ello se funde en la poesía de Nelly Sachs en una sola imagen poética.

Sus principales libros son: In den Wohmungen des Todes (En las moradas de la muerte) poesías, 1947; Sternverdunklung (Eclipse de las estrellas), poesías, 1949; Eli, obra teatral mística, 1951; Flucht und Vervandlung (Escape y metamorfosis), poesías, 1959; Fahrt ins Staublose (Viaje ahí donde no existe el polvo), poesías, 1961. 

 
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