Inicio arrow Quienes somos
 

Mundo Israelita Premiado

 La Dra. Corina Schwartzapel ha sido distinguida con una mención especial por el jurado de los Premios Dr. Héctor Bergier que otorga la Asociación Médica Argentina, por el importante aporte a la difusión de los temas de salud que realiza por medio de su columna "Ciencia / Salud - Una puerta abierta al conocimiento".
El acto de entrega de los diplomas, se llevó a cabo el día 10 de Diciembre a las 19 hs. en la sede de la AMA, Santa Fe 1171, 1º piso.
Compartimos este premio con todos nuestros lectores.


AL CUMPLIRSE 85 AÑOS DEL FALLECIMIENTO DE LA: GRAN SEÑORA DE LA ESCENA: SARAH BERNHARDT. Imprimir E-Mail
jueves, 21 de febrero de 2008

Por Moshé Korin.

Pocos artistas han reservado para la posteridad una imagen tan gigantesca como la de Sarah Bernhardt. Su espíritu sigue impregnando las salas donde se representa buen teatro. Su fama atravesó el siglo diecinueve y llegó, en toda su magnitud, al siglo veinte.

de madre judía.

Nació en París el 23 de octubre de 1844. Se llamaba Henriette Rosine Bernard. Su madre, Judith van Hard, era una judía holandesa que enseñaba música. Su padre, Édouard Bernard, era estudiante de Derecho. Pero ella fue hija extramatrimonial y se crió como católica junto a su padre.

Sarah inició su educación en un internado y luego, por exigencia de su padre no judío, la continuó en un convento. A los 10 años de edad fue bautizada en el Convento de Versailles. De todos modos, asumió siempre su identidad como hija de madre judía y, por consiguiente, también del pueblo judío.

Aquella frágil muchacha.

A fines de 1860, con 16 años de edad, ingresó en el Conservatorio parisino de la mano del Duque de Morny, amante de la madre, quien había decidido convertirla en actriz. Concurrió a las clases de Provost, el mismo que fuera profesor de la célebre Rachel.

En esos tempranos días juveniles obtiene un premio en Comedia y el 2º Premio de Tragedia con la pieza teatral Zaire, de Voltaire. Sin embargo, no todos eran premios. La joven estudiante de conservatorio, con tan sólo 17 años de edad, era frágil y enfermiza. Más aún, algunos médicos la daban por desahuciada. Para su frágil cuerpo, la tuberculosis que padecía parecíales un enemigo demasiado peligroso.

Sin embargo, hubo allí una primera demostración del tremendo amor propio, de las insuperables ganas de vivir de la muchacha; cualidades que mantendría durante toda su existencia: aun cuando en la vejez tuvo que sufrir la mutilación de una pierna, no dejó por eso de representar en el escenario.

Días de consagración.

Su actuación de tantos años en la Comédie Française la mostró como una actriz dramática fuera de serie. Sus giras por tantos países del mundo fueron siempre muy exitosas. Cautivó a los más variados públicos y recibió más honores que príncipes y reyes.

Su debut en la Comédie Française fue el 11 de agosto de 1862, a los 17 años de edad y con Ifigenia en Áulide, la obra de Racine. Interpretó a “Ifigenia”.

En 1864 aparece en “La maison sans enfants” (La casa sin niños) y luego se presenta en el “Théâtre de la Porte Saint Martin”.

La divina Sarah.

Entre 1866 y 1872 son sus años en el “Odeón”, donde tiene mucho éxito. Su notoriedad crece luego con la representación de Ruy Blas, de Victor Hugo. Es justamente Víctor Hugo el primero en llamarla “la divina Sarah”.

Retorna a la “Comédie Française” y pasa pronto a ser la más grande intérprete de Racine, tanto con “Andrómana” (1873) como con “Fedra” (1874).

El 22 de Diciembre de 1864 nace su único hijo Maurice, de la unión sentimental con Henry, Príncipe de Linge. En 1882 se casa con Ambroise Aristide Damale, un militar griego que quería ser actor. A Sarah no le gustaba estar casada y al año se separó de él. Podemos también decir que el escenario y ella fueron una pareja inseparable toda la vida.

Días de gloria.

Luego de su presentación en 1879, con la “Comédie Française”, en el “Gaiety Theatre” de Londres, su desbordante temperamento la llevó a dar por concluida su carrera en la “Comédie” para realizar varias giras por el mundo. Debuta exitosamente en Nueva York con “Adrienne Lecouvreur” en el “Booth Theatre”. Después llegó el turno - a comienzos de los años ochenta del siglo diecinueve- de Australia y de Rusia, de Inglaterra y de Alemania.

Es aclamada en todas partes. Jules Lemaître dice de ella que “…ha conocido más que ninguna otra la gloria enorme, concreta, embriagante, enloquecedora; la gloria de los conquistadores y de los césares. En todos los países del mundo se le hicieron recepciones que no se les hacen a los reyes. Tuvo lo que no tendrán nunca los príncipes del pensamiento…”.

Diversos públicos.

Sarah Bernhardt fue, además, una eximia conocedora de gente y situaciones. Su actuación de largas décadas en los más diversos escenarios del mundo le posibilitó también abrir juicio sobre los distintos públicos. Así, opinaba que, básicamente, el arte francés -y su teatro como tal- era tan bien sostenido en Bruselas como en París por una vasta cantidad de público ilustrado. Pero que fuera de la geografía de habla francesa, sólo disfrutaba sus espectáculos una minoría aristocrática y/o diplomática, conocedora del idioma.

Del público inglés, al que tanto frecuentó, dijo que era el más hospitalario. Y que a aquél a quien le abre una vez una puerta, nunca más se la cierra. De los norteamericanos le impresionó el alborotado entusiasmo de las legiones de admiradores, al tiempo que le molestaban los rigurosos interrogatorios a que la sometían los cronistas. Decía que los norteamericanos todo lo quieren hacer a lo grande.

Su éxito en Berlín, pese a la hostilidad que la propaganda nacionalista hacía en Alemania contra el arte francés, fue uno de los grandes momentos de la diva. Ella misma tuvo también su actitud antialemana -y antiprusiana-, pero supo ganarse al culto público berlinés, que la ovacionó hasta el cansancio en “Fedra”.

De los italianos, alegaba que, por lo general, no son muy amigos del arte extranjero, excepción hecha de la cosmopolita Roma.

Maridaje con las tablas.

Formó luego su propia compañía teatral. Representó obras de autores clásicos y modernos, para consagrar también varias del talentoso autor francés Victorien Sardou, que escribió especialmente para ella “Fedora” (1882), “Teodora” (1884) y “La Tosca” (1889). Cada pieza constituía un nuevo triunfo para esta mujer tan especial, cuyo vínculo tan particular con el público la llevaba a un verdadero “matrimonio” con las tablas.

En la argentina.

Llegó por primera vez a Buenos Aires en 1886, presentándose en el Teatro “Politeama” (Corrientes y Paraná). Aquí hizo una muy aclamada temporada con “Fedora”. Dos veces más tuvo el público argentino oportunidad de apreciar el enorme talento artístico de la Bernhardt: en 1893 (igualmente en el “Politeama”) y en 1905, en el “Ópera”. Sus magníficas dotes interpretativas subyugaron también a nuestros mayores, en la Buenos Aires del novecientos. Aquí trabó amistad con el escritor Martín García Mérou, con quien mantuvo correspondencia por varios años.

La Dama de las Camelias.

Fue por mucho tiempo la protagonista principal de la temporada teatral de Londres. Tal vez la pieza más universalmente aclamada de la “divina Sarah” haya sido, en aquellos años, “La Dama de las Camelias” de Alejandro Dumas.

Vino también su excelente interpretación del hijo veinteañero de Napoleón en la obra “El Aguilucho”, de Edmond Rostand. Ella era por entonces (1899) una mujer de 55 años. No sólo representaba un rol masculino -algo muy común en su carrera- sino que se trataba del joven hijo del emperador, que tenía 21 años en el argumento de la pieza.

Por esos días funda su propio teatro en París, que tuvo hasta su muerte y que luego pasó a llamarse justamente “Teatro Sarah Bernhardt”. Allí presentó incluso “Hamlet”, donde desempeñó el rol protagónico del príncipe shakespeareano. Se dedicó activamente a formar a jóvenes actores y actrices. También cultivaba otras artes, como la literatura, la pintura, la música y la escultura.

Conciencia Social.

Por sus juicios y actitudes, la Bernhardt supo adelantarse en varias décadas a lo que serían más tarde las plataformas de las feministas, tomando para sí un rol tan distinto del que tenía la mujer de su época.

Además, intervino en todas las cuestiones en las que sentía que la libertad estaba amenazada. Con el estallido del tristemente célebre “affaire Dreyfus”, tomó partido a favor del oficial judío calumniado. En dicha ocasión puso de manifiesto su dignidad judía, y llegó a oponerse incluso al citado “Jules Lemaître”, uno de sus propios apologistas. También enfrentó a los mismos críticos y sectores sociales que le abrían a ella las puertas del gran público. Por entonces, importantes núcleos aristocráticos habían proclamado su fórmula “À bas les juifs!” (¡Abajo los judíos!), sin importarles demasiado si las acusaciones contra el capitán Dreyfus eran o no fundadas.

El apoyo a Dreyfus determinó la ruptura en su propia familia con su hijo Maurice, que era un vehemente anti-dreyfusista. Además, en el invierno de 1897, Sarah representó una obra escrita por el dramaturgo pro-Dreyfus, Octave Mirbeau; y el permanente clamor contra la injusticia en la pieza provocaba fuertes emociones en el público.

Cuando, en febrero de 1898, el escritor Émile Zola se alzó en protesta contra la monstruosa injusticia, Bernhardt lo visitó para ofrecerle públicamente su apoyo. Al leer su obra maestra de denuncia, “Yo Acuso”, dirigió un sentido mensaje al autor: ...”Las hermosas palabras que usted escribió ayer han traído enorme alivio a mi gran sufrimiento... Le digo gracias con todas mis fuerzas... Gracias, Émile Zola... Gracias en nombre de la justicia eterna”.

Sarah tuvo siempre una actitud muy nacional francesa y, en alguna época, antiprusiana. Así, antes de la Primera Guerra Mundial, para actuar en Alsacia-Lorena, las provincias francesas que, a raíz de la Guerra Franco-Prusiana habían pasado en 1871 a manos de Prusia, el funcionario alemán le dijo que primero debía hacerlo en Berlín. Ella tardaría dos años en presentarse en la capital alemana.

En una ocasión, las cosas llegaron más lejos: el embajador alemán en Dinamarca quiso prender en su vestido el escudo de aquel país. Era para él un halago, para ella una ofensa. Ella, que no se inclinaba a portar ningún emblema que no fuese el francés, y mucho menos a usar el germano, no dudó en arrojar al suelo el escudo con el águila de Prusia.

Una fuerza incontenible.

Se dijo de Sarah Bernhardt que “sus ojos tenían un poder misterioso y como hipnótico” y que su sonrisa no era superada por ninguna otra. Pero antes que nada, era su fuerza expresiva la que dotaba a cada gesto y cada movimiento de un halo muy singular. Sus profundos gritos salidos del alma, sus desgarradores acentos y las más hondas emociones que cada gesto revelaba, hacían vibrar a la platea.

Era, además, “la diva” en todo el sentido de la palabra. Insuperable arriba de un escenario, fue admirada, querida e idolatrada por hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Aunque también hay que señalar que muchas señoras de sociedad odiaban en ella ese estilo tan particular y fuera del molde de la época.

El poder de su mirada.

Su porte, a su vez, fue definido como contrario a la imagen que irradiaba. Un cuerpo casi espectral contrastaba con su rostro. Su cara le daba la apariencia de joven princesa, con su revuelta cabellera rojiza, sus huecos cachetes, su nariz recta y “bien judía” y un maquillaje que acentuaba su palidez. Los críticos ensalzaban sus ojos y el magnetismo de su mirada: ojos que lucían como los de un gato, ya que parecían azules cuando estaba de buen ánimo o verdes cuando estaba angustiada.

Lo mismo su boca, que podría a veces parecer apasionada y, otras veces, severamente austera. Su voz, con los señalados desgarradores acentos, cautivó a todos los públicos.

Uno de los críticos aseguró que la belleza de la Bernhardt era algo que ella sabía ponerse o quitarse según le placiera.

De Racine a Corneille.

La Divina Sarah interpretó a los más grandes autores dramáticos. Y de todos ellos dio su opinión. En especial, se ocupó de analizar los personajes femeninos que muchos de aquellos trascendentes escritores habían creado o recreado. Admiraba la femineidad que trazaba Racine, desestimaba -en cambio- la concebida por Corneille. Los que siguen son algunos de sus juicios: “A Corneille lo encuentro sobrehumano, nunca humano. No soy crítica de arte dramático pero sí examino los roles femeninos de Corneille a la luz de su concepción de la mujer”.

Asimismo, entiende que en muchos personajes femeninos de este autor, está tan arraigado como en los masculinos el sentimiento de la gloria -y la guerra como paso necesario a ella- antes que el sentimiento del amor. Cosa que para la divina Sarah no representa a la femineidad.

A su vez, afirmó en otra ocasión que los personajes femeninos de Corneille se distinguen de los masculinos por ser “histéricas razonadoras”.

En cuanto al trato de Berenice (la reina de Palestina enamorada de Tito) por Racine y por Corneille, es para la Bernhardt un claro ejemplo del distinto -y distante- concepto de la mujer que tenían estos dos autores.

Su oposición a las criaturas de Corneille fue muy grande; incluso el poeta francés Catulle Mendès esbozó ante ella importantes argumentos acerca de la importancia de la obra de aquél, pero no la pudo persuadir.

Además, fueron varias las oportunidades en las que Sarah se negó a aceptar el papel de Ximena, la heroína del Cid Campeador. “No puedo representar -alegó- un carácter tan versátil, falso y poco humano”.

Reconocía que la Rachel -actriz que la precedió en la gran admiración del público- había sabido interpretar excelentemente tanto a Racine como a Conreille. Pero ella entendía que sólo sabía dar vida a los personajes del primero, cosa que demostró estupendamente desde los días en que representó Fedra. En una ocasión, el propio Racine fue a ver a la joven Sarah en esta obra,  desde uno de los palcos laterales del teatro.

Dos generaciones.

En 1907 -era ya una célebre abuela- editó su autobiografía, Mi Doble Vida.

En 1910, a los 65 años de edad, realiza una nueva visita artística a Inglaterra. Habían transcurrido 37 años de su primera gira artística (representando “Fedra”) a ese país. “Trágica y bisabuela”, destacó el titular de un periódico, tras su arribo en barco junto al famoso actor y manager Sir Squire Bacroft, al puerto de Folkestone, donde fue ovacionada por el público presente.

Al desembarcar la diva, se registró una interesante anécdota: un joven inglés -a nombre de su madre que lo había hecho en 1873- le entregó un ramo de flores para testimoniarle el siempre vivo sentimiento de gratitud y admiración de dos generaciones.

Sarah representó en esa ocasión “El Aguilucho”, con dos funciones diarias -tarde y noche - en la más importante sala londinense, el “Coliseum”.

A pesar de todo.

En su diaria y fogosa tarea pedagógica en su teatro, tuvo oportunidad de rescatar parte del acervo tradicional judaico cuando, en 1912, puso en escena, junto a sus alumnas, “Ester”, la tragedia de Racine. Ella interpretó entonces al “Rey Asuero”, mientras que el papel de “Ester” lo hizo Lothie Yorska.

Aún le quedaban páginas demasiado intensas por vivir y por sufrir. Una enfermedad en la rodilla se complicó hasta que, en 1914, le tuvieron que amputar parte de la pierna derecha.

Su vida fue un permanente combate.

Es interesante resaltar que, en el membrete de sus hojas para cartas, junto a los escudos que identifican al Drama y a la Comedia, su nombre estaba acompañado de un slogan que la representó ciertamente toda su vida. Se leía en él: “Quand même” (A pesar de todo). Y el mito de su persona se convirtió en leyenda, dado que pese a la amputación siguió actuando y aun lo hizo con posteriores mutilaciones. Fue entonces cuando representó “Athalie” de Racine.

Una singular relación.

Acerca del éxito y el fracaso de los actores, Sarah Bernhardt sostuvo que la relación entre éstos y el público tiene leyes especiales, que no dependen sólo del talento.

Afirmó que hay actores y actrices sin talento que obtienen el reconocimiento del público, mientras que otros son excelentes y no salen nunca de la oscuridad. Dio ejemplos de intérpretes sencillos pero muy creídos de ser el personaje que representan, que logran comunicar eso a la gente; y su estado de comunión los eleva a la consideración del público. Opinaba la diva que, en tales casos, el público no se percata de errores e imperfecciones. Sarah puntualizaba que muchos actores superponían el personaje a ellos mismos. Pero su más importante conclusión es que se trataba siempre de una relación muy singular en la que había un “ida y vuelta”, lo que hoy llamaríamos “feed-back”, entre actores y público: donde ejercían una mutua influencia la energía vital del actor y la mentalidad colectiva de los asistentes.

Tiempos tremendos.

En 1917 -días de la Primera Guerra Mundial- y pese a su mal estado físico, fue al frente de batalla para exaltar el ánimo de los soldados franceses.

La serie de padecimientos que vinieron desde la primera amputación -hubo luego otras- no le impidió seguir actuando, durante ocho años más. En los dos últimos años debían sentarla y transportarla, pues había sufrido la mutilación de la pierna hasta la altura de la cadera.

Y siguió actuando, y pasó a ser una leyenda viviente. Era una grande con todas las letras.

Hizo cine -interpretó a la Reina Isabel- y estuvo filmando hasta siete días antes de morir.

Honores patrios.

Falleció –a los 78 años de edad- el 26 de marzo de 1923, cuando se preparaba para filmar la película “La Voyante” (La Vidente).  Su deseo de ser sepultada en el castillo veraniego bretón, en Belle Isle, no pudo ser respetado dado que se debió realizar un sepelio nacional. Recibió honores patrios y una conmocionada muchedumbre acompañó el carruaje con sus restos, recordando a los franceses la imponente multitud que despidió a Victor Hugo.

Al llegar frente al “Théâtre Sarah Bernhardt”, en la “Place du Châtelet”, el cortejo se detuvo en medio del impresionante silencio de la gente. Sus restos reposan en el Cementerio Nacional del Padre Lachaise. Se ha esculpido un monumento en el que la figura de Sarah Bernhardt aparece envuelta en las clásicas vestiduras de la heroína que representó tan bien en Fedra.

Libros y museos.

Son muchos los que han escrito biografías de la magnífica Sarah. Podemos mencionar a Verneuil con “La Maravillosa Vida de Sarah Bernhardt” (1942), a Agate que escribió Madame Sarah (en 1945) y otras biografías posteriores como las de Maurice Rostand en 1958 y, en 1959, en Inglaterra, la de Richardson, Sarah Bernhardt.

A su vez, en 1967 -también con el nombre de Madame Sarah y en Inglaterra- se publica la muy interesante obra escrita por Cornelia Otis Skinner. Y más recientemente, en 1987, la muy solicitada biografía realizada por Francoise Sagan.

Aquí se comenzaron a exhibir películas sobre ella en el cine Odeón, a principios de la década del cuarenta; pero la tecnología cinematográfica de entonces era muy elemental y no se pudo apreciar la verdadera dimensión de la gran Sarah (que interpretó, entre otras, a la Reina Isabel).

Hay también en París un Museo que lleva hoy su nombre y en el cual se conservan libros y cuadros, joyas y retratos de la diva, lo mismo que los elementos que usó en distintas representaciones teatrales.

Reina de la actitud, princesa del gesto.

Fueron sesenta años de carrera en los que hizo vivir a Shakespeare y a Molière, a Racine y a Dumas. Conmovió a todos lo públicos y hoy es parte de una leyenda. Por ello, consideramos oportuno concluir esta nota que evoca algunos trazos biográficos de esta gran estrella del teatro, reproduciendo la poesía que le dedicara Edmond Rostand (autor de [L’Aiglon -El Aguilucho]) y director de escena de “Cyrano de Bergerac”), en la traducción de una gran personalidad literaria argentina, como lo fue Ángel J. Battistessa.

 

‘En tiempos sin belleza, bello y único resto

Que aún sabes, sobre mármoles, descender demacrada,

Llevar una azucena y blandir una espada,

Reina de la actitud y princesa del gesto.

Te quejas de este siglo para el fervor funesto,

Dices versos, te elevas, el amor te anonada,

Tiendes brazos de ensueño y de carne exaltada,

Y si animas a Fedra todos somos incesto.

Ávida de sufrir te agregas corazones,

Hemos visto hechas llanto tus muchas desazones,

Y llorar, con tus lágrimas, nuestras almas inquietas.

Pero sabes también, Sarah, que no es en vano,

pues sientes cómo a veces Shakespeare, cuando interpretas,

Posa furtivamente sus labios en tu mano’.

 

Al cumplirse 85 años de su deceso, se realizarán actos y funciones teatrales, especialmente en París, pero también en todas las grandes metrópolis del mundo.

 
< Anterior   Siguiente >

Ediciones

Edicion 4524
9 de mayo de 2014
22 de febrero de 2013
31 de agosto de 2012
14 de agosto de 2012
10 de agosto de 2012
31 de julio de 102
13 de julio de 2012
20 de junio de 2012
2 de junio de 2012
25 de mayo de 2012
11 de mayo de 2012
22 de abril de 2012
6 de abril de 2012
16 de marzo de 2012
24 de Febrero de 2012
27 de enero de 2012
30 de diciembre de 2011
16 de diciembre de 2011
25 de noviembre de 2011
11 de noviembre de 2011
21 de octubre de 2011
23 de septiembre de 2011
26 de agosto de 2011
05 de agosto de 2011
22 de julio de 2011
8 de julio de 2011
24 de junio de 2011
10 de junio de 2011
27 de mayo de 2011
13 de mayo de 2011
30 de noviembre de 2010
15 de noviembre de 2010
1 de octubre de 2010
17 de setiembre de 2010
3 de setiembre de 2010
20 de agosto de 2010
9 de julio de 2010
25 de junio de 2010
11 de junio de 2010
28 de mayo de 2010
14 de mayo de 2010
30 de abril de 2010
16 de abril de 2010
2 de abril de 2010
19 de marzo de 2010
5 de marzo de 2010
19 de febrero de 2010
22 de enero de 2010
8 de enero de 2010
25 de diciembre de 2009
11 de diciembre de 2009
27 de Noviembre de 2009
13 de noviembre de 2009
30 de octubre de 2009
16 de octubre de 2009
2 de octubre de 2009
18 de setiembre de 2009
4 de setiembre de 2009
21 de agosto de 2009
7 de agosto de 2009
24 de julio de 2009
10 de julio de 2009
26 de junio de 2009
12 de junio de 2009
29 de mayo de 2009
15 de mayo de 2009
1 de mayo de 2009
17 de abril de 2009
3 de abril de 2009
13 de marzo de 2009
27 de febrero de 2009
13 de febrero de 2009
30 de enero de 2009
19 de diciembre de 2008
12 de diciembre de 2008
5 de diciembre de 2008
21 de noviembre de 2008
14 de noviembre de 2008
7 de noviembre de 2008
31 de octubre de 2008
24 de octubre de 2008
17 de octubre de 2008
26 de setiembre de 2008
19 de setiembre de 2008
12 de setiembre de 2008
5 de setiembre de 2008
29 de agosto de 2008
15 de agosto de 2008
8 de agosto de 2008
1 de agosto de 2008
25 de julio de 2008
18 de julio de 2008
4 de julio de 2008
27 de junio de 2008
20 de junio de 2008
6 de junio de 2008
30 de mayo de 2008
23 de mayo de 2008
16 de mayo de 2008
9 de mayo de 2008
2 de mayo de 2008
18 de abril de 2008
11 de abril de 2008
4 de abril de 2008
28 de marzo de 2009
21 de marzo de 2008
14 de marzo de 2008
7 de marzo de 2008
22 de febrero de 2008
15 de febrero de 2008
8 de febrero de 2008
1 de febrero de 2008
18 de enero de 2008
11 de enero de 2008
4 de enero de 2008
21 de diciembre de 2007
14 de diciembre de 2007
7 de diciembre 2007
30 de noviembre de 2007
23 de noviembre de 2007
16 de noviembre de 2007
9 de noviembre de 2007
2 de noiembre de 2007
26 de octubre de 2007
19 de octubre de 2007
12 de octubre de 2007
28 de setiembre de 2007
21 de setiembre de 2007
7 de Setiembre de 2007
31 de Agosto de 2007
24 de agosto de 2007
17 de agosto de 2007
3 de agosto de 2007
27 de julio de 2007
20 de julio de 2007
13 de julio de 2007
6 de julio de 2007
29 de junio de 2007
15 de junio de 2007
8 de junio de 2008
1 de junio de 2007
25 de mayo de 2007
18 de mayo de 2007
11 de mayo de 2007

© 2019 Mundo Israelita