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Fiebre Amarilla Imprimir E-Mail
jueves, 31 de enero de 2008
Ciencia/ Salud
Una puerta abierta al conocimiento
Por la Dra. Corina Schvartzapel
27/01/1871
Durante el mes de enero de 2008, la prensa argentina informó que habìa emergido un brote  de Fiebre Amarilla en Brasil. Casi en forma inmediata, las autoridades de ese país señalaron que la enfermedad, en la actualidad, se encuentra bajo control.

Este evento trae a la memoria la epidemia de Fiebre Amarilla de 1871 que sacudió la ciudad de Buenos Aires cuando comenzaba a modificar su aspecto colonial por los aires de una capital moderna.

INTRODUCCIÓN
La Fiebre Amarilla (FA) es una enfermedad infecciosa aguda, relacionada a un virus transmitido al hombre por mosquitos que adquieren la infección de otro hombre (tipo urbano) o de animales (tipo selvático). La enfermedad de la FA varía en gravedad, desde una gripe indiferenciada y autolimitada hasta una fiebre hemorrágica, mortal en el 50% de los casos
La enfermedad se expresa como fenómeno social y cultural porque guarda relación con la organización, la forma de vida y la configuración del espacio urbano.
HISTORIA
A pesar de haber transcurrido más de 130 años, recordar el escenario de la ciudad porteña de aquella época nos hará comprender no sólo lo que acaeció en Buenos Aires durante el último tercio del siglo XIX, sino percibir que las falencias que todavía persisten en la Argentina en los servicios básicos de saneamiento y fuentes seguras de agua para beber están relacionadas al proceso salud-enfermedad de la población.   
Hacia 1871 eran casi inexistentes las obras de salubridad, la precariedad de las viviendas era moneda común, el control sanitario muy escaso y las autoridades oficiales se inquietaban poco por el bienestar de la población.
Los prejuicios sociales inculparon el desarrollo de la epidemia de FA al hacinamiento de los conventillos, en especial los habitados por inmigrantes, cuando debió ser más enérgica la imputación al sucio Riachuelo y a los saladeros
Aunque es incuestionable que en aquella época aún no se sospechaba que el mosquito era un responsable real de la epidemia, la proliferación de los insectos era visible por el calor intenso, y las lluvias persistentes creaban pantanos; todo conformaba un paisaje poco salubre.
La población de la ciudad luchaba por la conclusión de las obras de  agua corriente y la adecuada eliminación de los desechos urbanos. Estaba sembrada de pozos negros que contaminaban las primeras napas de agua, los aljibes eran receptáculos usuales de impurezas.
Si bien las estadísticas no lo recuerdan, se da como fecha de iniciación de la epidemia el 27 de enero de 1871 con tres casos identificados por el Consejo de Higiene Publica de San Telmo. Precisamente, el brote se propago desde este sector del Bajo, barrio poblado por conventillos de inmigrantes, y se difundió hasta la zona norte.
El total de fallecimientos alcanzó a 13.614  personas         
CONTEXTO
Eran momentos cruciales en el contexto geográfico, social, político, económico, ya que todavía cundía en el ambiente la impresión causada por el asesinato de Urquiza (11 de abril de 1870), la sublevación de Entre Ríos y la conclusión de la guerra con el Paraguay (Guerra de la Triple Alianza). Y no era la primera vez que el flagelo se hacia sentir, pues en 1852, 1858 y 1870 había incursionado sobre la ciudad rioplatense, aunque con menor agresividad, a modo de alerta del futuro vaticinio
El censo nacional de 1869, realizado bajo la presidencia de Sarmiento, determinaba que Buenos Aires tenía 177.787 habitantes, dentro de un total de 1.830.214 para todo el país. La población extranjera en Buenos Aires era de 88.126 personas, frente a un total de 89.661 argentinos. Se podía leer en los periódicos de la época: ... “El 27 de enero de 1871 se produce, en la ciudad de Buenos Aires, el primer caso fatal de fiebre amarilla, epidemia que iba a prolongarse hasta el mes de junio. En los primeros momentos, y adoptadas diversas medidas sanitarias, nada hacía  pensar que la ciudad sería presa de ese morbo…”.
PREVALENCIA Y EPIDEMIOLOGÍA:
Durante más de 200 años, después del primer brote identificable ocurrido en Yucatán en 1648, la FA fue una de las grandes plagas del mundo. Debido a la existencia de una forma selvática de la enfermedad, deben establecerse medidas de protección contra la enfermedad humana. Se han producido brotes y grandes epidemias en Sudamérica (Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela) y África (Gambia, Nigeria, Senegal). Entre 1962 y 1964 se produjeron en el sur de Etiopia más de 100.000 casos con unas 30.000 defunciones. Al parecer en Asia no se ha producido nunca un caso de FA.
Los progresos de erradicación del mosquito Aedes aegypti han eliminado la FA urbana, pero ésta se mantiene en ciclos selváticos en las junglas de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Brasil y cíclicamente en zonas selváticas del noroeste de Argentina. En la provincia de Misiones, reaparece periódicamente cada 10 años, reintroducida por poblaciones no inmunes de primates que provienen de las selvas del sur del Matto Grosso, donde se mantienen los ciclos selváticos (monos-mosquitos).
La infección viral de la FA produce alta mortalidad en monos selváticos, especialmente el mono araña, oriundo de África y que también habita en bosques tropicales, desde México, Guatemala, hasta Brasil y Bolivia, hecho que sugiere que la enfermedad es relativamente nueva en América. Desde 1949 hasta 1956, la FA se disemino en toda América Central desde Panamá hasta el sur de México.
LA ENFERMEDAD COMO FENÓMENO SOCIAL
El impacto ecológico que produjo la FA generó estrategias de adaptación en la población. La Fiebre Amarilla de 1871 transformó la estructura socio-demográfica porteña por el desplazamiento compulsivo del centro a los barrios por parte de los sectores pudientes
Los espacios urbanos configurados a partir de entonces, representan límites geográficos, sociales y culturales que fueron reforzando la diferenciación social: una elite dominante, sectores populares y crecientes sectores medios.
La “peste amarilla”, en tanto fenómeno epidemiológico, posee un correlato sociológico que la historia reconoce. La peste es reclusión. La zona sur de la ciudad porteña quedó “amurallada” no de muros visibles de piedras, sino de prejuicios sociales, estereotipos, de exclusión, de marginalidad, de estigmatización de los sectores populares y de los inmigrantes hacinados en los conventillos del sur.
La aparición de la FA en cualquier punto desataba el pánico en la población debido a la espectacularidad de sus síntomas: fiebre, coloración amarilla de la piel, hemorragias que, en los casos más severos, producían vómitos de sangre. Y su alta mortalidad: uno de cada tres afectados moría. La epidemia paralizó por completo el comercio debido a las cuarentenas obligatorias, causando enormes pérdidas económicas.
PERFIL CLÍNICO
En su forma grave se caracteriza por fiebre, ictericia, hemorragia y daño renal; la ictericia es resultado de la necrosis hepática; puede también presentarse como una enfermedad febril benigna, siendo frecuente la infección no manifiesta.
Como clínicamente la FA grave recuerda otras fiebres hemorrágicas que aparecen en África y Sudamérica se requiere el aislamiento del virus específico para hacer diagnóstico
La FA se presenta de forma endémica y epidémica en las zonas tropicales de América del Norte y Sur y África.
La FA urbana afecta principalmente a personas que viven en contacto íntimo entre sí y es transmitida por Aedes aegypti, el cual generalmente prolifera cerca de hábitat humano. La FA selvática, por lo regular, afecta a aquellos que trabajan o viven cerca de bosques, donde diversos mosquitos son los vectores, entre ellos varias especies de Haemogofus, en América del Norte y del Sur, y Aedes africanus y Aedes simpsni en África Central.
PREVENCIÓN  
La prevención de la FA epidémica transmitida por A.aegypti sigue el mismo     procedimiento que el control del dengue, con la reducción de sitios donde se crían los mosquitos en las casas y alrededores. En localizaciones urbanas donde el agua para beber debe ser almacenada hay que cubrir los contenedores o reservorios para así eliminar una fuente  principal de procreación de los insectos.En algunas regiones de África y Sudamérica, donde los brotes emergen en una amplia zona de distribución, se lleva a cabo una significativa propuesta para el control de la actividad viral intensificada, por ejemplo, en los monos muertos en el suelo del bosque. De este modo se puede monitorizar la transmisión del virus y el riesgo de su paso a los humanos. La FA puede prevenirse mediante la vacunación con la vacuna atenuada denominada 17D, que produce inmunidad a largo plazo en más del 95% de quienes la reciben y posiblemente de por vida, con una única dosis subcutánea. La vacunación tiene que ser prescripta por un profesional médico.  El primero en desarrollar la vacuna de protección para no contraer la FA fue Max Theiler(1899-1972), bacteriólogo nacido en Pretoria (República Sudafricana). Tras estudiar en la Universidad de Londres, trabajó como ayudante de investigación en la de Harvard (1922-30). En 1930 recibió una asignación de la Fundación Rockefeller para preparar una vacuna contra la Fiebre Amarilla, vacuna que logró anunciar en 1937. En 1951 fue galardonado con el premio Nobel de Medicina y Fisiología.
CONCLUSIÓN
La Fiebre Amarilla como otros procesos de salud–enfermedad colectivo, tiene que ser estudiada no sólo en su relación con el agente etiológico, sino como un fenómeno transfactorial donde lo biológico, lo social, lo político, lo geográfico, el medio ambiente, se estructuran en una red. Por lo cual cada una de estas causas se va modificando por la interacción que tienen entre sí, dando como resultado o no el evento de transmisión epidémica.En la FA las medidas sanitarias, como la introducción de agua conducida por cañerías antes del siglo XX, sirvió en forma inadvertida para disminuir la transmisión de la enfermedad antes de comprobar su relación con el mosquito -1900-, y con su etiología viral -1928-. En la actualidad uno de los objetivos de las Naciones Unidas está orientado a asegurar un medio ambiente sostenible y, dentro de él, aumentar el porcentaje de personas que accedan a fuentes seguras de agua para beber y a servicios básicos de saneamiento. Se estima que hasta el 2015, la Argentina  no habrá solucionado, para más de medio millón de personas, el  acceso a agua segura.            

 
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