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Esa casa de oración... Imprimir E-Mail
jueves, 17 de enero de 2008

Porque esa casa, casa de oración será llamada para todos los pueblos...
Isaías 56/7

Mi presente comentario formulado con dolor, asumiendo una vergüenza ajena y, por lo tanto, que no me corresponde, se basa sobre un reciente editorial del Semanario Hebreo de Montevideo, cuya autora y directora es la conocida periodista uruguaya por nacimiento e israelí por identidad, convicción y sentimiento (la rima es casual pero no molesta) puesto que es en Israel donde ella vive junto con su familia y desarrolla sus actividades periodísticas: Ana Jerozolimski. En dicho editorial, ésta se refiere a un hecho vergonzoso que ofende y lesiona la dignidad de todos los judíos sin distinción; la de todos aquellos que sostenemos los principios morales y éticos postulados por la Torá, su basamento dentro y fuera del Templo. No sólo como exaltación del espíritu al cabo de una ceremonia religiosa efectuada en éste, sino que se trata de principios básicos y de natural cotidianeidad los que conforman por sí, toda la esencia y unidad de una religión afirmada durante el devenir de muchos siglos, conformada superando hechos adversos, sustentada por la sangre inocente de sus mártires. Estos elementos incuestionables parecen no haber sido considerados por el Rabino custodio del  Muro de los Lamentos y de los Lugares sagrados, Shmuel Rabinovich, quien, además, se arrogó el derecho de representarnos sin habérsele acordado dicha función previamente. Según parece, un  detalle menor para el Rabino. Hace pocos días, una delegación de prelados católicos de Austria, encabezada por el Arzobispo de Viena, Christoph Schonborn, quien, por otra parte, sostiene desde hace mucho tiempo, fuertes lazos de amistad con el Estado de Israel y apoya con todo fervor el diálogo judeo-cristiano se apretaba a concretar una visita a Israel, y muy especialmente, al “Muro de los Lamentos”. Al querer penetrar en su explanada vistiendo, naturalmente, sus hábitos y con sendas cruces colgando de sus cuellos, se les impidió dicho acceso. ¿El motivo? Nuestro puntilloso Rabino en defensa de esa vergonzosa actitud alegó con posterioridad en un reportaje: “Las cruces son un símbolo que lastima los sentimiento judíos. Siento lo mismo respecto a una situación en la que un judío se coloque un talit, el manto de oración, y las filacterias y entre así en una iglesia. Yo sería el primero en criticar a ese judío por no actuar adecuadamente”. Pienso que de llevar colgado de mi cuello un “Maguen David” nadie me impediría el acceso a un templo católico o protestante.

Es más, en alguna ocasión lo he hecho, sin recibir ningún reparo de sacerdotes y fieles allí presentes. La figura del Rey David, así como también la lectura y constante alusión a sus salmos en sermones y prédicas es materia de estudio constante tanto por judíos como por cristianos. ¡Qué decir de aquellas personas consideradas justas, por arriesgar su seguridad y hasta sus vidas a fin de proteger la de tantos judíos de la persecución nazi! Como contrapartida, el Arzobismo de Viena junto al resto de su delegación se retiraron prudentemente hacia una terraza cercana desde donde pudieron contemplar el Muro y asistir de lejos a las oraciones y devoción de los fieles judíos, ajenos por completo a lo que sucedía. Su réplica a las ofensivas palabras de nuestro Rabino fue tan elocuente como digna de un espíritu superior y conciliador: “Nuestra decisión de aceptar el pedido de no acercarnos al Muro tal cual estábamos, se debió a nuestro respeto por la sensibilidad religiosa de los judíos¨. Pienso que si un Papa nos consideró sus hermanos mayores, poco favor le hizo este Rabino a esa querible, honrosa designación por parte de la Iglesia católica a fin de acortar las distancias que separan nuestras respectivas religiones, y aceptar de buen grado las diferencias de criterio propias de nuestra naturaleza humana. No es posible, ni puede admitirse la existencia desembozada de fundamentalistas, extremas actitudes como la que hoy me toca comentar. Aquellas que atentan contra la convivencia pacífica de sectores que no pueden ni deben de manera alguna estar enfrentados, puesto que reconocen su origen común y han bebido de la misma fuente del conocimiento. Esto es, a la postre, lo que sobrevive, lo que justifica en última instancia, nuestra condición de seres de la misma especie. Debemos aprender a compartir a los profetas y sabios del pasado cual si fuesen un enorme y consagrado pan. ¿Quién puede reclamar sobre su absoluta posesión? ¿A quién se le puede negar, a conciencia, un bocado? Se impone hallar puntos de contacto entre los textos de diferentes credos, culturas y tradiciones. ¿Cómo es posible separar las ramas de un árbol sin dañar al mismo tiempo su integridad? ¿Gozar de sus frutos sin abonar previamente sus raíces? Al patriarca Abraham Dios le dijo: “Mira ahora los cielos, y cuenta sus estrellas si puedes contar. Y agregó: “Así será tu simiente...” ¿En qué pasaje bíblico consta que el Señor haya pensado por un momento en excluir de tal afirmación a los árabes? Quienes sostienen, y les asiste todo el derecho de hacerlo, que la planta del pie de Abraham quedó estampada en la Piedra Negra de la Caaba, reverenciada por todo el mundo musulmán y objeto de su peregrinación anual. Si ellos circuncidan a sus hijos al llegar a los 13 años, tal como Abraham lo hiciera con su primogénito Ismael, en lugar de los 8 días a partir del nacimiento, según consagra el rito judío, esto no deja de ser una cuestión de matices que no altera en absoluto su aspecto primordial: el religioso. La eterna Jerusalem de David también fue escenario donde se gestó el cristianismo, con su fuente inicial: los textos del Antiguo Testamento. ¿Qué sacerdote de dicha fe rechaza hoy día esa herencia sagrada? Jesús mismo, junto a sus discípulos recorrió sus calles predicando su nueva doctrina desde sus sinagogas, así como también jamás renegó de sus orígenes y la fe de sus mayores. Mahoma, cuya madre y tía, según antiguas tradiciones, profesaban la fe judía, tras su muerte, ascendió a su cielo desde Jerusalem. Y siempre, la Santa Ciudad se constituye en núcleo alrededor del cual giran y gravitan todos los acontecimientos religiosos siguiendo, posiblemente, un orden pautado y preestablecido desde los albores de la Creación. Los símbolos que distinguen y las ceremonias que realizan los diferentes credos sólo representan un aspecto anecdótico y emocional de sus respectivas historias, apenas un trozo de la gran historia universal, por lo que merecen el respeto y consideración generales. Estimarlo así, nos acercará un día no muy lejano, a gozar de una paz y entendimiento duraderos y definitivos. Hasta que ello suceda, conviene recordar y meditar sobre la sabia, atinada reflexión del poeta latino Ovidio: “Dum loquar, hora fugit” (Mientras hablo, la hora fuga).Enrique Novick     

 
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