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Dos pruebas de amor, de vida y de esperanza Imprimir E-Mail
jueves, 10 de enero de 2008
Por Marcelo Sneh
Especial, desde Beer Sheva
¿Se acuerdan que hace poco hablé sobre la importancia de la donación de órganos?
Hace unos días el cielo ennegreció y el destino se abatió sin piedad sobre las almas de Sandra y Oren González, un matrimonio de nuevos inmigrantes sudamericanos, al arrancar sin piedad de su lado a su hijito, el pequeño Aharón de apenas 7 años, que falleció en un incendio originado en la vivienda que ocupaban en Maalé Adumim.

Mientras tanto, en el Hospital Hadassa Ein Kerem Daniel, otro niño de 10 años agonizaba prácticamente, condenado por una terrible enfermedad hepática y por un muy infrecuente grupo sanguíneo que provocaba que su pobre cuerpito rechazara sistemáticamente toda compatibilidad posible para un trasplante salvador. Pero el destino, ese destino que a veces arranca despiadadamente de nuestro seno lo más preciado, lo más amado, lo más querido, provoca también coincidencias asombrosas, arma encuentros fortuitos entre vida y muerte... como en este caso, en que el pobre Aharón, que murió horrible muerte en un incendio, llevaba en él el mismo grupo sanguíneo que Daniel, rarísimo y tan buscado. Lo demás sucedió con la rapidez de un cuento de hadas: el hígado de Aharón fue trasplantado al cuerpito de Daniel, quien se encuentra en este momento recuperándose en forma más que favorable, merced a la rapidez y la premura con que los  padres de Aharón, en medio de un dolor tan grande, diligenciaron todas las formalidades.

La cámara los muestra sentados en su duelo, en su inmenso dolor: hablan en un dulce y doloroso castellano: "Al menos Aharón continúa viviendo en otra criatura. Quizá haya sido ése el destino del pobrecito... salvar otra vida"

La madre de Daniel, Ela Staczynek, una mujer joven, inmigrante de Rusia, que se debate entre las terribles horas de incertidumbre que vivió cuando todo parecía perdido para Daniel, su único hijo, y la tremenda emoción de saber que su hijo sanará… pero transida de dolor porque su pequeño vivirá gracias al sacrificio de otro niño, habla ahogada en un llanto en el que se mezclan el dolor, la emoción y el alivio: "A los padres de Aharón... qué más puedo decirles que gracias... que sean fuertes... sean fuertes... ya no están solos... ahora vuestro hijo vive en el mío... ahora somos familia... una sola familia".

Y un detalle que provoca escalofríos: Aharón Z"L y Daniel... son asombrosamente parecidos... al extremo de parecer hermanos.

Queridos amigos... les recuerdo a mis lectores de Israel que ADI espera vuestra inscripción. El teléfono es 1-800-609-610.

Y a mis caros lectores de la lejana y añorada Argentina… les recuerdo del INCUCAI. El teléfono es 0800 555 4628, de lunes a viernes de 8 a 20 horas.

Cuando el destino nos alcance, que estemos ahí para que alguien pueda seguir viviendo. Y si podemos hacerlo en vida, tanto mejor.

Como Daniel.

Segunda prueba: decididamente, los "Lámed – Vúvniks" (36 Justos) existen. O por lo menos, uno.  Si no lo crees, caro lector, lee esto.

Siempre me prendo al noticiero de los viernes de Canal 2 porque siempre tengo la esperanza, cada vez más débil pero esperanza al fin, de asistir a algún rincón oculto iluminado por un débil resplandor de optimismo, de rastrear tras la existencia de gente buena, de conocer algún resquicio que rescate con su luz la cada vez más oscura situación sociopolítica en la que se va hundiendo nuestra amada Mediná sin que a nadie se le mueva una pestaña.

Y en ésta, la primera semana de un nuevo y esperanzado 2008, tampoco me equivoqué. Pude enterarme, y también a través de una nota breve, sin promoción y casi casual, de que la simpática leyenda de los 36 Justos (*) tiene mucho de cierto. Me enteré que al menos uno de ellos existe entre nosotros, vive, respira y hace obra, en medio de tanta desidia, tanta egoísta corrupción, tanta codicia de poder, tanto egocentrismo político, tanta injusticia y dolor.

Y ese justo, caro lector, tiene nombre, apellido, alma y por lo que les voy a contar de él, un corazón enorme. Se trata de Meir Shoef, un martillero inmobiliario del centro del país cuya santa y altruista actividad en pro del prójimo comenzó hace pocos años, cuando llegó a sus manos el Informe sobre la Pobreza publicado por el Seguro Nacional. Por ese entonces y una vez leído dicho informe, Meir Shoef decidió empezar a ayudar a los chicos necesitados preparando sándwiches que solía repartir en los colegios de los alrededores de su casa. Lentamente su obra fue trascendiendo y algunas personas fueron sumándose a su cruzada contra el hambre infantil, llegando al reparto de más de 400 emparedados por día en dieciséis colegios de la zona.

Pero esto no quedó en el reparto de sándwiches. Meir decidió abrir un comedor popular para niños necesitados que comenzó a funcionar y funciona todos los días en Bat Yam como un reloj, porque al decir de Meir, "el ruido del estómago hambriento de un niño no tiene horarios". – "No me gustaba la definición de 'comedor popular' – nos cuenta Meir con el decir liso y llano de las almas grandes – los niños se sentían un poco incómodos, por lo que rebauticé el lugar con el nombre de 'La Cocina del Gordo Meir', y a los chicos les resulta más simpático y se sienten más cómodos."

Y es con ese nombre, "La Cocina del Gordo Meir", como se conoce a ese remanso de humanidad donde los niños necesitados no sólo disfrutan de una buena comida caliente después de clases, a la hora del almuerzo. – "Aquí los chicos me conocen todos – sigue contando con una modestia y una sobriedad cautivantes – y yo los conozco a todos ellos. Cuando vienen a almorzar, siempre me saludan con un beso… hemos puesto aquí mesas, sillas, algunas computadoras… los chicos, después del almuerzo, pueden quedarse a jugar, a hacer los deberes… y no necesitan andar merodeando por la calle".

A la pregunta inevitable (porque todos sabemos, caro lector, que no hay comidas gratis en este valle de lágrimas) sobre cómo se mantiene en lo financiero este rincón lleno de bondad y calor humano, Meir nos cuenta que además de su propio peculio, a su "restaurante" concurre lo más graneado del arte culinario israelí: los más célebres "chefs" del centro del país vienen a dar clases de cocina para adultos y el producido de esas clases se destina totalmente a solventar, aunque sea en parte, los gastos de esta obra santa… y los deliciosos productos finales de los "trabajos prácticos" de los alumnos de dichas clases siempre quedan para entretener el paladar de los pequeños parroquianos. Meir abre uno de los hornos, nos muestra orgullosamente su interior y nos dice sonriente: "Hoy dieron clase dos chefs de uno de los hoteles más importantes de Tel Aviv… así que hoy los chicos, en vez de milanesa con papas, van a disfrutar de un delicioso 'coq au vin' (pollo al vino)!"

Y como si esto fuera poco, Meir, que conoce personalmente a cada uno de sus pequeños parroquianos, decidió, en su generosidad sin límites, festejarle a cada uno su cumpleaños… tal cual, caro lector. - "Vienen los padres, los hermanos, a veces los abuelos – refiere Meir -  les preparamos variedad de ensaladas, un plato de carne, gaseosas… con mis asistentes armamos bolsitas con sorpresas para los chicos, una torta con velitas…" y la alegría que resplandece en el rostro de los chicos lo dice todo.

Le preguntamos a Meir si alguna institución gubernamental lo ayuda, si algún ente oficial arrima algún subsidio, alguna participación… "No, para nada, absolutamente de nadie" – dice Meir sobriamente, borrando de su rostro su sempiterna y optimista sonrisa.

Y antes de irnos le preguntamos a Meir si tiene algún sueño, alguna visión… - "Sí… tengo un sueño, y es el de cerrar este comedor, de no tener que alimentar más a niños hambrientos… tengo un sueño, y es que ningún niño venga más por aquí con hambre".

Pero mientras tanto, este santo varón no desmaya en su cruzada por los niños necesitados, tan sólo con ayuda de otra gente buena y haciendo caso omiso a la indiferencia de quienes tendrían que procurar que esos niños tengan en sus propios hogares lo que sólo pueden obtener… en la Cocina del Gordo Meir.

Decididamente, caro lector, Meir Shoef es uno de los 36 Justos. Y desde estas modestas líneas lo estrecho en un emocionado y respetuoso abrazo, porque él es parte de un Israel de vida y de esperanza. Un Israel que existe y late en el corazón de muchos Meir Shoef que están ahí, a la sombra de un modesto anonimato, haciendo el bien sin mirar a quién y ayudando a quien lo necesite.

Y la frase que puede leerse en las bolsitas que contienen los bienhechores sándwiches que Meir prepara diariamente lo dice todo:

"Halevay she hayom… itgashem lejá jalom" (Ojalá que hoy… se te cumpla un sueño).

Que así nos vaya. Siempre.

(*) Leyenda popular judía que dice que durante cada generación viven entre los hombres 36 santos varones, enviados a la Tierra por D"s, para hacer el bien, asistir a la humanidad y mantener la esperanza en el espíritu humano.

 

 

 

 
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