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Ben Gurión y Jabotinsky: paralelo ideológico Imprimir E-Mail
jueves, 10 de enero de 2008

Primera parte

Por Iosef Nedavá

El   sionismo, en   su  etapa moderna –es decir, en el periodo del renacimiento nacional del pueblo, a lo largo de los últimos cien años- contó  con una serie de visionarios y hombres dinámicos, personas excelsas cuya mirada estaba siempre fija en el objetivo, virtuales gigantes que habrían enorgullecido a cualquier otro pueblo, por grande que fuera.

El martillo nacional encontró su yunque histórico. Esos líderes nos guiaron hasta aquí, hasta que se materializó el sueño de las generaciones, haciendo un corte de camino para sacar a las masas del valle de la desesperación donde estuvieron sumergidas durante muchos años. Algunos preguntan sorprendidos: Si es así ¿por quéaún continuamos en medio de la crisis y el desconcierto, amenazados por su futuro confuso, mientras el Estado de Israel todavía sigue luchando por su misma existencia?

No se debe echar la culpa sólo a los dirigentes que nos llevaron hacia la independencia, sino también al propio pueblo. Ya hace mucho tiempo que se afianzó la conciencia –incluso entre los pensadores no judíos- que Israel es un pueblo grande (a criterio de Winston Churchill, el más grande de los a pueblos), pero, lamentablemente, sobresale también por haber desperdiciado las grandes oportunidades que se le presentaron a lo largo de su trayectoria llena de espinas. Luego que se dio a conocer la Declaración Balfour, en 1917, Lloyd George –en ese entonces primer ministro británico- llamó al Dr. Jaim Weizmann, (a quien le cupo un papel principal en el drama que promovió la Declaración) y le dijo: “He aquí, ante el sionismo se abre el “camino real” y su pueblo debe cumplir pronto el imperativo político que le dará contenido y acción”. Comparó la situación del sionismo con la del Mar Báltico, helado en los meses de invierno, por lo cual los jefes del movimiento debieran navegar sin atraso y timonear hacia el mar libre de obstáculos.

La lista de líderes sionistas gigantes es larga: en primer término Herzl, quien aún en vida se convirtió en leyenda. Los intentos de diversos escritores e historiadores, deseosos de ensombrecer –según la moda- el mito de Herzl, acabaron por frustrarse. Los distintos esfuerzos para oscurecer el hechizo de su personalidad sólo agregan altura a su talla.

Al tributar su homenaje a Herzl, cuando se enteró de su muerte, escribió Ben Gurión: “Sólo una vez, en el transcurso de milenios, nace un hombre tan maravilloso”. Y en su autobiografía, señaló Jabotinsky: “Herzl me impresionó como gitante, término que no es nada exagerado; ninguna otra definición se le avendría mejor. ¡Gigante...! y yo no me hinco con falicilidad ante personalides...Sólo en este caso tuve la certeza indudable de haallarme frente a un elegido por el destino, un profeta y dirigente por excelencia, quien se puede seguir con confianza, aun cuando acechen extravíos y equívocos...”

Entre otros gigantes se puede mencionar a Max Nordau que, desafortunadamente, fue olvidado a pesar de haber sido uno de los genios de sus generación, un hombre que trajo a la arena sionista el prestigio que acumulara en el mundo no judío. Debía ser el sucesor de Herzl en la conducción sionista, pero rehusó servir de presidente de la Organización Sionista porque su esposa no era judía.

Entre otras lumbreras del siglo se puede mencionar a Zangwill, Ajad Haam, Brandeis, Aharón Aharonson, Weizmann y, por supuesto, Zeev Jabotinsky y David Ben Gurión.

Antes de trazar un paralelo, antes de examinar las líneas de semejanza y de diferencia entre Jabotinsky y Ben Gurión, cabe hacer una observación de carácter metodológico: el material archivado a disposición del investigador o historiador que quiera dilucidar el secreto de la personalidad y la obra de esas dos personalidades, es enorme y variado; lo mismo vale para el interesado lego, pues las fuentes son abundantes. Las investigaciones pertinentes sobre la historia del sionismo se publican sin cesar y pueden echar nueva luz en lo que concierne a más personalidades y al trasfondo de la época, pero la modelación final de sus imágenes pareciera no terminar nunca.

Con respecto a Ben Gurión, se disponen de materiales que él mismo preparó para los biógrafos y futuros estudiosos. ¡Reunió medio millón de páginas escritas e impresas! Los autores de su biografía –Mijael Bar Zohar y Shabtái Tevet- sorben inspiración y material de su diario personal y sus memorias. Desde su juventud lo distinguía una especie de sensación de destino histórico y por ello se esmerab en documentar cuidadosamente su trayectoria, tal como se refleja en las cartas, los documentos e incluso en las copias de presuntas nimiedades. Al asentarse en la Tierra de Israel (1906) pidió al padre que conservara y clasificara sus misivas, pues “es importante que sepa, dentro de varios años, lo que pensé acerca de Eretz Israel en todo momento y periodo” 

Igal Alón refirió que cierto día fue a visitar a Ben Gurión en su casa y, durante toda la hora de la conversación, Ben Gurión permaneció inclinado sobre su diario personal tomando nota de lo que se decía. Movido por la curiosidad, Alón le preguntó: “Usted escribe tantos apuntes, ¿acaso también los lee?, David Ben Gurión le contestó, como de paso: “Serán otros quienes los lean”. Amos Elón definió con acierto esa costumbre: “El monumento escribe sobre sí mismo”. Ben Gurión archivaba incluso extractos de periódicos relacionados con su vida y sus actividades, para proporcionar al futuro historiador todos los pormenores.

En ese sentido, Jabotinsky difería por completo. Nunca llevó un archivo ni se molestó por guardar lo que escribía. La mayoría de sus artículos aún no fueron compilados y algunos se perdieron, pues ya no es posible conseguir los periódicos donde aparecieron. Desde su fallecimiento, el “Instituto Jabotinsky” reunió unas 6.000 de sus epístolas; en su mayoría fueron entregadas por adeptos diseminados en todos los confines del mundo, pero es posible que un número igual de sus cartas se hayan extraviado. (Jabotinsky escribía con fluidez, sobre todo epístolas). Cabe poner en duda que, dada su naturalza tendiera a recopilar materiales de cualquier tipo y quizá tampoco le haya sido posible hacerlo por razones objetivas. La mayoría de los años de su vida los pasó exiliado en países europeos (Berlin, París, Londres); en 1928 resolvió por fin asentarse en Eretz Israel, pero los británicos no le permitieron regresar después de que partió a Europa a fines de 1919 y, a partir de entonces, se sintió residente temporario en todas partes. No tenía domicilio fijo y, como se sabe, los errantes no acumulan “bienes”.

El historiador podría definir la búsqueda de materiales para amodelar la imagen de ambas personlidades, comparándola con dos fenómenos de la astrología: la aparición de Jaabotinsky en el cielo del sionismo fue como un cometa y para seguir su órbita se necesitaría compilar sus destellos y fulgores: Ben Gurión, en cambio, fue como una “Vía Láctea! Y quien buscara material biográfico sólo necesitaría centrar la atención en un elemento fijo del firmamento.

Aún más: Ben Gurión combinó también en sus recuerdos elogios formulados en su honor y entre líneas se deslizó a veces alguna revelación jactanciosa. Se esmeraba en señalaar, por ejemplo, que en sus exámenes de Derecho y los de Itzjak Ben Zvi, en Constantinopla, él obtuvo mejores calificaciones que su condiscípulo: su nota era 10 y la de Ben Zvi, 8 Al recordar sus discursos en los Congresos se empeñaba en señalar que al terminar de hablar el auditorio lo premiaba con “aplausos clamorosos y prolongados”, mientras que los discursos de otros oradores sólo habían merecido “aplausos clamorosos”.Al referirse a la Conferencia de Rosh Haain, donde participó, narró que cuando terminó de hablar lo aplaudieron y aclamaron con estribillos: “¡David, Rey de Israel, vive y existe”! Es posible que en esas “exactitudes” históricas haya algo de candidez y que ni siquiera se daba cuenta que el lector podría verlo como un acto de “pedantería” insoportable.En ese sentido, Jabotinsky estaba en el polo opuesto.Aunque era consciente de su propio valor y cualidades, adoptaba una línea de recato que a veces rayaba en el desdén; eso requiere una explicación psicológica, pues quienes lo conocían personalmente –yo tuve el privilegio de hallarme en su medio durante varios años- saben que dicha conducta no era cuestión de “pose” ni de simulacilón. Su autobiografía “Sidur Iomí” sólo se ocupa del aspecto público de su vida: el aspecto privado casi no tiene expresión, pues temía –según sus propias palabras- las “mezcolanzas y extralimitaciones indebidas”. Por ejemplo: Jabotinsky era poliglota, eminente etimólogo, las lenguas parecían adherírsele sin dificultad y sin que necesitara ningún esfuerzo. Traté de aclarar cuántos idiomas hablaba y conté más de veinte, pero en diversos pasajes de sus escritos desdeñaba su “escaso” dominio en la mayoría de ellos y confesó que hablaba a la perfección sólo diez lenguas.

Jabotinsky y Ben Gurión diferían en su carácter y por su trasfondo ambiental Ben Gurión era un judío de raigambre, representante del “Tjum Hamoshav” (es decir, de la Zona de Residencia permitida a los judíos). Las vicisitudes que conoció en sus años juveniles, se limitaban al pueblecillo judío; era conscientej de las debilidades del judío y de su desamparo en el medio hostil no judío. Quizá eso explica por qué se fiaba tanto en el empleo de la fuerza, por qué reverenciaba al gobierno y a lo que éste encarnaba. Jabotinsky, en cambio, era oriundo de Odesa, puerto del Mar Negro con cielo límpido y sol brillante. En realidad, la ciudad pertenecía -por su paisaje humano y clima social- a la Cuenca del Mediterráneo.

Jabotinsky era en esencia un liberal del siglo XIX y, según su concepción del mundo, tenía algo de anarquista. El espíritu de Rusia tampoco se avenía con su carácter anímico. Conocía muy bien la literatura rusa (en su último libro escribió que a pesar de conocer de memoria la mitad de los poemas de Pushkin, una sola letra del alfabeto hebreo en escritura asiria valía más, a su criterio, que todas esas poesías), pero el norte nebuloso y los rebuscamientos sentimentales en varias de las obras ejemplares de Rusia no eran de su gusto y por ello, verbigracia, no se contó entre los admiradores de Dostoievski: de paso, tampoco de Kafka.

La admiración por el poder –la forma política para regir los asuntos públicos de un Estado- descollaba en Ben Gurión, sobre todo en la época de su socialismo radical. La revolución de octubre (1917) ejerció en él una profunda influencia (en especial, en los primeros años de su desempeño como secretario general, al frente de la Organización General de Trabajadores –“Histradrut”-, a partir de 1921). Su concepción sionista era sutilmente marxista y a comienzos de los años ´20 hablaba incluso de la “dictadura del proletariado” (con el correr de los años cambió ese término por uno más moderado: “hegemonía del movimiento obrero”) y se autoconfería en aquellos años el nombre de bolchevique.

No aprobaba en su totalidad la doctrina de Ber Bórojov, padre espiritual de los “Poaalei Sión” pues no admitía la necesidad de una etapa de transición entre el capitalismo y el socialismo, y estaba convencido de que la revolución podía llevarse a cabo en forma consecutiva.

 

En los años ´20 simpatizaba mucho con la Unión Soviética; en 1922, los trabajadores de Eretz Israel aportaron, por iniciativa de Ben Gurión, una jornada de trabajo cada uno a favor de los hambrientos de Rusia, y en 1923, Ben Gurión pasó algún tiempo en Moscú, en ocasión de la Exposición Internacional de Agricultura. También apoyaba la idea de incorporar el movimiento obrero a la III Internacional (comunista), pero eso no fue posible porque Moscú se negaba a reconocer al sionismo. Ben Gurión sentía especial aprecio por Lenín, “el profeta de la revolución”, el “hombre de hierro”, el “hombre de mente clara, pensamiento imponente y fuerza sin igual”, etc. La tolerancia de Ben Gurión hacia el régimen soviético, a pesar de la crueldad de éste, no era comprendida por otro miembro de sus propio partido, Moshé Beilinson, quien afirmó que “quien aprecia y simpatiza con la revolución comunista, admite también sus métodos de terror”. El deseo de identificarse con el régimen revolucionario se reflejaba en el modo de vestir de Ben Gurión: llevaba una especie de “rubashka” (blusa rusa) y pantalones marrones-verdes de algodón ordinario, imitando a los líderes de la Unión Soviética.

Jabotinsky no era antisocialista por principio, sino que preconizaba el “monismo” sionista hasta después que adviniera el Estado Judío. Con el tiempo defendió a la “clase media”, tratada injustamente en el quehacer sionista porque se le endilgaba en forma indebida el epíteto de “capitalista” y “expoliadora”. Jabotinsky condenaba la dictadura de cualquier tipo y se autodefinía como “amante de la igualdad”. Muchos tienden a atribuir una gran similitud a ambas personalidades y señalan, por ejemplo, que los dos compartían la idea del Estado, la fe en la necesidad de fundar un Estado Judío con mayoría judía (de hecho, ¡la Tierra de Israel Integra!), el reconocimiento que al final el país sería conquistado por la fuerza militar, la defensa de la inmigración “ilegal” a Eretz Israel e incluso la propensión a alejarse de la Organización Sionista.

En relación con ello, conviene examinar los hechos tal como aparecen en los escritos. No cabe duda de que, en épocas distintas de su actividad pública, Ben Gurión se pronunciaba a favor de los puntos arriba señalados, pero cabe prestar atención a cuándo fueron dichas sus palabras: el momento es lo que decide. Un examen general de la trayectoria de Ben Gurión destaca su inconstancia. El mismo señaló, en el transcurso de los años, diversos cambios operados en sus opiniones y puntos de vista. Sus adversarios lo tildaban de oportunista, los adeptos lo veían como pragmático y se atenían a la definición clásica de Voltaire:”La política es la ciencia de lo posible”.

A Jabotinsky, en cambio, lo consideraban un dogmático. Su adhesión a los principios –decian- lo llevó a adoptar una línea declamatoria, es decir, al empleo de consignas huecas; y en última instancia, el fanatismo político allana el camino hacia el fracaso.

En cuanto a los principios fundamentales del sionismo –un Estado Judío y una mayoría judía- constituyeron, como se sabe, la base ideológica del movimiento de Jabotinsky. El drama de la ruptura de su credencial de delegado en el XVII Congreso Sionista, después que fue rechazada la exigencia revisionista de proclamar el objetivo final del sionismo, tuvo por trasfondo la decisión en cuanto a esos puntos fundamentales. En Ben Gurión no sobresalió nunca una línea uniforme al respecto. En la Conferencia de “Ajdut Haavodá” –el partido de Ben Gurión- en 1919 (de paso, Jabotinsky participó en la misma) se resolvió que el Estado Hebreo es la meta del sionismo, pero varios años después esa definición se diluyó por completo.

Aún en 1924, Ben Gurión proclamó que “la población árabe de Palestina tiene derecho a la autodeterminación y a un gobierno independiente. La autonomía nacional que pedimos para nosotros, la exigimos también para los árabes”; en 1930 formuló esa idea con cierto cambio de tono: “Eretz Israel le está destinada al pueblo judío y a los árabes que la habitan”, estilo que aprobaran también, durante varios años, la mayoría de los miembros del Ejecutivo Sionista, presidido por el Dr. Jaim Weizmann, quien previno que “se debe evitar que los judíos dominen a los árabes o que los árabes dominen a los judíos”, es decir, cierta admisión de la idea de una Tierra de Israel binacional. En cierto periodo Ben Gurión apoyó también la idea de la cantonización del país y su incorporación a una Federación Arabe. 

 

El profesor Iosef Nedavá, es catedrático de ciencias políticas en la Universidad de Haifa e investigador e historiador del sionismo. Radicado en Jerusalem, ha publicado, entre otros, ensayos sobre Herzl y Jabotinsky.

 
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