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Bush llega a Israel para impulsar el proceso de paz Imprimir E-Mail
jueves, 10 de enero de 2008

En la recta final de su mandato de ocho años al frente de la Casa Blanca, George W. Bush intenta revitalizar un proceso de paz minado, otra vez, por la desconfianza y la violencia.

Luego de cuatro años, el Presidente del país más poderoso del planeta volvió a Israel. En el aeropuerto Ben Gurión lo esperaban, con sonrisas, el veterano presidente israelí Shimon Peres y el primer ministro Ehud Olmert, el tándem que intenta, a pesar de las enormes dificultades, estabilizar la región en base a acuerdos mínimos con la Autoridad Nacional Palestina que conduce Mahmoud Abbas.

No fue difícil adivinar de qué hablaron los funcionarios israelíes y norteamericanos: el proceso de paz y los avances logrados en la reunión de Annapolis; la violencia que retornó a la región de la mano del fundamentalismo de Hamas y sus cohetes contra Ashkelón; la amenaza latente del Irán que controlan los ayatollas y Mahmoud Ahmadinejad, el negador del Holocausto que ansía “borrar a Israel del mapa”.

“Cada uno de nuestros paises debe luchar contra el terrorismo y por la libertad”, dijo Bush al llegar a suelo israelí. Un dato revelador: el mandatario decidió no ir a Gaza, el reino de Hamas (al que ningún presidente norteamericano llega desde 1998), y sí a Cisjordania, donde dominan los moderados palestinos que encabeza Abbas.

A Bush lo impulsan distintas razones para llegar a Israel y al Medio Oriente. En lo interno, y golpeado por el fracaso militar en Irak, el texano quiere terminar su mandato habiendo logrado lo que no pudieron sus antecesores como James Carter y Bill Clinton: el entendimiento final entre israelíes y palestinos, con dos Estados con fronteras delimitadas, que convivan en paz uno con el otro.

Además, desde que promovió, en 2003, la hoja de Ruta junto a otras potencias, poco se ha avanzado en hechos concretos, fundamentalmente debido a la violenta interna palestina que ha dejado dividido a ese pueblo en dos mitades hasta hoy irreconciliables.

Por último, su acercamiento a países árabes moderados (Egipto, Arabia Saudita y otras monarquías aliadas del Golfo Pérsico como Kuwait y Bahrein) es una clara señal para Irán, que insiste con amenazas directas hacia Washington, más alla del reciente informe internacional que desliga a Teherán de la producción de material nuclear con fines bélicos.

Días atrás, el Pentágono denunció que cinco embarcaciones ligeras iraníes amenazaron con hacer explotar tres embarcaciones de la marina norteamericana en el estrecho de Ormuz, la estratégica ruta del petróleo frente a las costas de Irán.

Es justo decir que no sólo el terrorismo es el enemigo de la paz. Representantes de la derecha israelí que se oponen al proceso de paz realizaron manifestaciones contra la visita de Bush, y recurrieron a gigantografías en las que se ve a Peres, Olmert y al propio mandatario estadounidense con la típica kefiá que usaba el líder palestino Yasser Arafat. Una escalofriante semejanza con los afiches que salieron a la calle pocos días antes del asesinato, en 1995, del entonces primer ministro israelí y mártir de la Paz, Itzjak Rabin.

Muchos de los jóvenes religiosos que se manifestaron en estos días contra Bush eran niños cuando Igal Amir asesinó a Rabin en la plaza que hoy lleva el nombre del ex primer ministro. De todos modos, la juventud e inexperiencia no los exime de la necesaria prudencia, más allá de que su fe les impida aceptar las “concesiones dolorosas” de las que suele hablar Olmert, en referencia directa al sector oriental de Jerusalem y la propia Cisjordania.

Los que no amenazan, y actúan de manera directa, son los grupos palestinos que se oponen a la paz. No parece casual que los ataques con cohetes contra la población israelí en Ashkelón (que motivaron la respuesta de Tzáhal) y en el Norte israelí hayan llegado en los últimos días. La idea de Hamas y Hezbollah, como la de Irán, es torpedear el proceso antes de que crezca demasiado. Si de paso se puede acusar a Israel de ser el culpable de la violencia, tanto mejor para estos grupos, financiados, entrenados y apoyados por Irán.

Un Irán que días atrás recibió un insólito espaldarazo desde Buenos Aires. No fue el cubano Fidel Castro, ni el venezolano Hugo Chávez, con quien Ahmadinejad comparte su gusto por desafiar y ofender a la comunidad judía. Fue Diego Maradona, el ex futbolista que se mostró “con el corazón” cerca del pueblo iraní, y dijo que le gustaría conocer al dictador de Teherán.

Un capítulo más del desatino del futbolista fue el apoyo que recibió del ex piquetero Luis D’Elía, trístemente célebre por su apoyo desembozado a Irán y sus increíbles faltas de respeto a la Justicia argentina que investiga el atentado a la AMIA.

Todos a contramano de las intenciones de paz que, de manera paciente, se teje entre israelíes, palestinos moderados y el gobierno de Estados Unidos, en Medio Oriente.

 
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