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Ben Gurión: visión y poder Imprimir E-Mail
jueves, 20 de diciembre de 2007

Al acercarse al 60º aniversario del Estado de Israel
Por Shlomo Avineri (Cuarta y última parte)

EXILIO E INDEPENDENCIA
“El exilio implantó en nosotros una desconfianza hacia todo gobierno. Éramos un pueblo en perpetua oposición a todo gobierno, porque no teníamos el control de nuestro propio destino.”
En estas palabras, escritas en 1953, Ben Gurión expresa uno de los pensamientos centrales de su último periodo. Tenía profundas dudas acerca de las dificultades internas a las que se enfrentaba el pueblo judío en su intento por dar vida a un Estado-nación, de obedecer una ley y de llevar la carga de gobernar un Estado. En los debates públicos a finales de los años cincuenta y en la década del sesenta, estas dudas salieron a la luz en la insistencia de Ben Gurión sobre la  mamlajtiut (la primacía del Estado).
No existen dudas de que este concepto tiene obvias connotaciones estatistas, y por esta razón es que el uso que le daba Ben Gurión fue atacado críticamente por muchos dentro de su propio partido. Para aquellos que dentro del movimiento laborista siempre habían basado su pertenencia en el voluntarismo, para un movimiento laborista identificado públicamente con asociaciones voluntarias tales como la Histadrut y los kibutzim, este término estuvo lejos de ser bien recibido.
El hecho de que Ben Gurión también recurriera al término mamlajtiut cuando elogiaba las virtudes del ejército, realmente dio crédito a ciertos temores. Especialmente porque muchos de los simpatizantes de Ben Guriónj, ignorantes de sus consideraciones y sutilezas históricas, tradujeron mamlajtiut por algo semejante a un culto sin crítica del ejército y del establishment militar y defensivo.
Sea como fuere, parece que algo mucho más profundo que la posible selección desafortunada de términos estuviera involucrado en lo que hace al mismo Ben Gurión. La raíz de sus opiniones sobre la necesidad de reeducar al pueblo judío en la idea de la primacía del Estado era su concepción pesimista y crítica de la historia judía. Al igual que A.D. Gordon, Ben Gurión pensaba que la tradición judía de vivir en la periferia de la política, sabiendo cómo pasar por debajo de cada régimen y de cada sistema,  podía ser, al final, la ruina del commonwealth político judío. Como los judíos vivían en el exilio, carecían de la disciplina inmediata de obedecer las leyes. Por eso la revolución sionista no solamente llamaba a la inmigración a Israel y la transición a una vida basada en el trabajo, sino también a aprender a vivir bajo la ley y no a su margen. Estas eran palabras muy duras, pero Ben Gurión tenía una visión no idealizada del pueblo judío. Después de todo, era un pueblo en terrible necesidad de redención, precisamente porque el exilio había corrompido su vida y sus valores nacionales. En 1954, en un discurso, Ben Gurión expresó esto de un modo más exacto que puede merecer citarse en cierta extensión, puesto que los puntos que trata se convirtieron en un tema de interés general en Israel sólo muchos años más tarde, aunque Ben Gurión parece haberlos intuido tanto tiempo antes:
“El pueblo en Israel aún no se ha imbuido suficientemente de una conciencia y una responsabilidad política y estatal (mamlajtiut), tal como cuadra a naciones que se autogobiernan. En la mayoría de los países del exilio, los judíos sufrieron a manos de gobiernos hostiles, y tuvieron que inventar estratagemas para burlar las lleyes del país y sus regulaciones discriminatorias. Tales hábitos desarrollados durante generaciones no desaparecen en unos pocos años; y un nuevo inmigrante, al descender del avión o del barco, no se convierte en un patriota y en un ciudadano observante de las leyes de la noche a la mañana. Un Estado bien ordenado es el resultado de una ciudadanía bien ordenada y educada. Es cierto, por supuesto, que un mal gobierno dificulta educar buenos ciudadanos, pero el gobierno no lo es todo. Y un pueblo acostumbrado al exilio (am galuti), oprimido, falto de independencia durante miles de años, no se cambia de la noche a la mañana, sea por mandato o por una declaración de independencia, en el pueblo soberano de su propio Estado (am mamlajtiut) , sobrellevando con amor y decisión los deberes y las cargas de la independencia.
Porque la independencia no solamente otorga derechos, sino también impone pesadas responsabilidades.
La mayoria del público sabe cómo exigir del Esado más del ciento por ciento que debe al Estado. El pueblo insiste en un alto nivel en los servicios sociales, pero no está a favor de los impuestos, sin los cuales no se podría ofrecer los servicios. A lo sumo hay una fácil aceptación de lo que habría que imponer a otros. Y numerosas facciones politicas, a las cuales jamás se les pedirá que asuman la responsabilidad de conducir el gobierno, se disputan votos reclamando servicios opulentos e impuestos bajos. En esto, no hay diferencia entre las facciones de la derecha y de la izquierda. En nuestro país, hasta las buenas maneras personales son deficientes. Muchos de  nuestros habitantes, incluyendo la juventud israelí, no han aprendido a respetar a sus conciudadanos y a tratarlos con educación¸ tolerancia y simpatía. Entre nosotros falta la decencia elemental, la decencia que hace de la vida pública algo agradable y crea un ambiente de camaradería y afecto mutuo. En otros tiempos, los oradores sionistas solían rogar por el día en que se viera a criminales judíos ir a cárceles judías. Este ideal se ha realizado ampliamente. Tenemos asesinos, violadores y todo tipo de criminales. En ese sentido, nos hemos vuelto iguales (a todas las naciones), y no necesariamente a las más afinadas. Y con todo lo que se ha dicho aquí, aún no se han enumerado todos los defectos internos de Israel y su pueblo.
¡Pero, a pesar de todo!...”
Como puede verse en la desafiante exclamación final, Ben Gurión creía que las cosas podían mejorarse. Así como creía que podría crearse en la Tierra de Israel una nación que viviera de su propio trabajo y no explotara el trabajo de otro pueblo, así también él creía que la sociedad israelí podía educarse para ser respetuosa de las leyes y desarrollar una calidad de vida que sobrepasara los terribles legados del exilio.
LA BUENA SOCIEDAD
Sin embargo, Ben Gurión jamás creyó que esto pudiera lograrse solamente con la política o a través de los instrumentos del Estado. Para él, la revolución sionista, no era sólo una transición de la dependencia a la independencia, ni tampoco la mera existencia del Estado era para él un fin en sí mismo. Ben Gurión se enorgullecía de ser un estudioso de Aristóteles y, filosóficamente, esto puede haber sido ligeramente presuntuoso. Pero fue Aristóteles quien siempre sostuvo que mientras el Estado anhela preservar la vida, su último objetivo, su telos, es la vida buena, la vida moralmente buena. Lo mismo puede decirse sobre la idea de Ben Gurión acerca del Estado. Independientemente de cierta glorificación acrítica del Estado que puede discernirse en sus escritos y discursos de los años  cincuenta y sesenta, para él, el Estado nunca  degeneró en un Selbstzweck. Siempre permaneció como instrumento, un instrumento básicamente moral y educacional, a través del cual una nación que no había poseído un cuerpo político, durante milenios podía redescubrir el significado de res publica, de commonwealth.
Para Ben Gurión, un pueblo históricamente anormal como el pueblo judío sólo podía mantener un Estado si éste no se convertía en otro Estado “ordinario”, que siguiera la corriente. Un Estado judío sería capaz de existir –según él-, sólo si se convertía  en un   Estado  modelo, en una buena sociedad, basada en los valores sociales y espirituales del trabajo de cada uno (avodah atzmit), de la  autosuficiencia económica, el orden interno y la adhesión a la ley. Precisamente porque el exilio distorsionó en tal medida la esencia de la vida judía, el pueblo de Israel  no debía tratar simplemente de tener  un Estado igual al de todas las naciones, porque no posee una estructura social igual a la de todas las naciones. En semejante opinión, no  hay nada de hybris de un Pueblo  Elegido. Por el contrario, es una apreciación trágica de la vileza y la corrupción impuestas al pueblo judío a lo largo de su desarrollo histórico. Esto exige, según Ben Gurión, un esfuerzo extraordinario, un empeño social e intelectual supremo, que logre capacitar al pueblo judío para emanciparse de las terribles distorsiones que le fueron impuestas por el exilio. Parafraseando en este contexto un precepto  jasídico, no sólo hay que sacar al pueblo judío del exilio, sino que también hay que eliminar el exilio de dentro del pueblo judío. Por esta razón, la revolución sionista siempre fue para David Ben Gurión no una simple revolución política, sino que debía ser acompañada de una revolución social y espiritual.        

El   autor de esta nota es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Jerusalem  y fue decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la misma. Ocupa un lugar destacado entre los intelectuales israelíes. Este es un capítulo de su reciente libro “Diversas corrientes del pensamiento sionista”.  

 
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