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Relatos de padres y tíos Imprimir E-Mail
jueves, 06 de diciembre de 2007
Por Moshé Korin

En mi niñez, ante algún acontecimiento familiar (cumpleaños, aniversarios, etc.), solíamos reunirnos en las casas grandes de algún pariente (especialmente en lo de Meir y Charne Superman, calle Salvador María del Carril). Cada familia traía comida y se realizaban almuerzos inolvidables (domingos o feriados no laborales). Se cantaba, se contaban chistes y anécdotas, etc. Se comía muy bien. Nosotros éramos niños y nuestros padres, tíos, vecinos y “shifbrider” (hermanos de barco), eran jóvenes.

Después del almuerzo jugábamos todos a la lotería; uno tenía los números y el resto marcaba los cartones con porotos.

A la hora de tomar el té (los niños, café o té con leche), los mayores solían relatar cuentos cortos, la mayoría con una linda moraleja.

Algunos de esos relatos compartiré con ustedes:

El rey Salomón y la hormiga enamorada
El gran Rey Salomón paseaba una vez por el jardín, hasta que llegó a un hormiguero. Inmediatamente se extendió el rumor entre las hormigas de la venida del rey, y ellas acudieron al lugar de a miles, a fin de saludarlo y declararle su lealtad.
Todas, salvo una hormiga. Esta no prestó atención al rey, dado que estaba ocupada dispersando una pila gigante de arena que tenía delante de sí, granito por granito.
Al oír el rey de la hormiga atareada ordenó llamarla.
“Oh, pequeña hormiga, jamás lograrás quitar ese monte de arena de su lugar”, le dijo el Rey Salomón, “como verás la tarea que te has impuesto es mucho mayor que tus fuerzas”.
La hormiga le hizo una profunda reverencia y dijo: “Oh, gran Rey, ten a bien no juzgarme según mis pequeñas proporciones. Lo importante es el entusiasmo y el amor. Te contaré qué ha sucedido: encontré una hormiga e inmediatamente comprendí que, ¡se trataba de mi hermana! Y antes de seguir su camino me dijo: ´Vivo allí. Si logras demoler este montón de arena, será removido el obstáculo que nos separa´. Por eso me dedico a esta misión, y no me importaría morir por ella. Oh, Rey, también tú puedes aprender de una hormiga desgraciada cuál es la fuerza del amor”...
El ladrón de hachas
Un campesino había perdido su hacha. Pensaba que el hijo del vecino era quien la había tomado, y decidió seguirlo de cerca. Lo observó durante un día entero y decidió: Sí, el hijo del vecino se veía exactamente como un ladrón de hachas. Su cara era la de un ladrón de hachas. Hablaba como sólo un ladrón de hachas puede  hacerlo. E incluso su manera de mover y comportarse ponía inmediatamente en evidencia que se trataba de alguien que había robado un hacha.
Y resulta que, algunos días después de que el campesino comenzara a escudriñar al hijo del vecino, cuando movía una pila de maderas de un lugar a otro, ¡encontró su hacha!
Al día siguiente volvió a contemplar al hijo del vecino: su rostro se veía completamente normal, su habla se oía completamente normal, e incluso su conducta era normal y no recordaba para nada a la de un ladrón de hachas.
El espejo y la plata
Un niño preguntó a su padre: “Papá, ¿qué es la plata?”
El padre se detuvo un momento a pensar, y entonces tomó un pedazo de vidrio sencillo, lo alzó y colocó frente a los ojos de su hijo.
“Mira a través de este vidrio”, dijo el padre.
El niño así lo hizo, y vio a su padre, a la gente que caminaba por la vereda, al tránsito de vehículos en la calzada.
Acto seguido, el padre tomó pintura plateada, la esparció sobre uno de los lados del vidrio y lo convirtió así en luna.
“Mira ahora”, dijo el padre al hijo.
El niño contempló el espejo, pero esta vez sólo vio su propio rostro.
“¿Lo ves? Eso es lo que hace la plata”, afirmó el padre; “hace que nos veamos sólo a nosotros mismos”.
El ciego y el paralítico
En una pequeña ciudad del continente asiático vivían dos personas desdichadas. El uno era ciego y el otro paralítico. Ambos eran pobres a tal extremo que imploraban a Dios para que les quitara la vida. ¿Qué objeto tenía seguir viviendo de esa manera?, preguntaba cada uno de ellos a Dios.
Un día, el ciego llegó a juntar limosnas en la plaza del mercado y, de repente, oyó las plegarias del paralítico. Se emociono enormemente. Finalmente había encontrado a alguien que sufría exactamente igual que él.
Se sentó el ciego junto al paralítico y comenzaron a hablar. No habían pasado más que algunas horas, y ellos se habían convertido en grandes amigos.
“¡Yo tengo mi sufrimiento, y tú tienes el tuyo! Actuemos juntos, y tal vez suframos menos”, propuso el ciego.
“Qué dices”, respondió el paralítico, “yo no soy capaz de dar siquiera un paso por mí mismo, y tú no ves absolutamente nada. ¿Qué ventaja pueden deparar dos desgracias juntas? ¿Qué provecho habrá de traernos el actuar juntos?”
“¿Qué provecho?”, exclamó el ciego. “Escucha, ambos juntos tenemos todo lo necesario: yo tengo dos piernas, y tú tienes dos ojos. Te cargaré sobre mi espalda, y tú serás nuestro guía. Yo caminaré por ti, y tú verás por mí”.
Desde entonces, los dos llegan a sitios lejanos, obtienen un buen sustento y viven juntos felizmente.
Los dos monjes y la joven muchacha
Dos monjes budistas se disponían a cruzar un río cuando, de repente, frente a ellos se presentó una bella y joven muchacha. También ella deseaba cruzar a la orilla de enfrente, pero las aguas turbulentas y rugientes la intimidaban.
Uno de los monjes ofreció cargar a la muchacha asustada sobre sus espaldas y ayudarla así a vadear el río. La muchacha aceptó.
Cuando llegaron los tres sin contratiempos a la otra margen, el monje bajó a la bella muchacha de su espalda, ésta le agradeció y siguió su camino.
Entonces su compañero se dirigió a él y le dijo encolerizado: “¡Deberías avergonzarte! ¡Los monjes tienen prohibido tocar el cuerpo de una mujer!”
Al cabo de dos horas, cuando llegaron los dos bonzos a un lugar desde el cual se podía divisar el monasterio, el monje enfurecido anunció a su compañero que tenía intenciones de denunciar lo sucedido ante el patriarca del monasterio.
“¡Has cometido un acto vergonzoso y prohibido!”, volvió a increparlo.
 “¿Qué fue lo que hice?, ¿qué es lo vergonzoso?, ¿qué es lo prohibido?”, se sorprendió el monje.
“¡¿Qué?! ¿Acaso ya olvidaste lo que has hecho? ¿Ya no recuerdas? ¡Cargaste sobre tus espaldas a una bella y joven muchacha!”
“Ah, sí, es verdad”, recordó el monje, “tienes razón. Pero pasaron ya dos horas desde que la deposité en la orilla, mientras que tú la sigues cargando sobre tus espaldas...”

 
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