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DEL GUETO AL COUNTRY Imprimir E-Mail
jueves, 06 de diciembre de 2007
De Ricardo Feierstein
En estos días se distribuye en librerías, con el sello de Editorial Sudamericana, el último libro de Ricardo Feierstein: “Vida cotidiana de los judíos argentinos. Del gueto al country”, un tomo de gran formato (480 páginas, 170 fotografías) que completa su ya clásica “Historia de los judíos argentinos” (1993, 2000 y 2006) con el rastreo minucioso de la cotidianeidad de las generaciones judías en el país. Familia, religión, educación, gastronomía, vivienda, idiomas, modas, cultura, papel de la mujer y nuevas tendencias del siglo XXI desfilan, de manera vertiginosa, en los capítulos del libro. En carácter de anticipo, reproducimos un fragmento del mismo, que analiza la emergencia y características del lunfardo idish-castellano, una “lengua de transición” que corresponde a la primera etapa de aclimatación de los inmigrantes urbanos.

VALESKO, MEDIAS LENGUAS, JERGAS Y AFINES

Normalmente se piensa al lunfardo -esa suerte de slang de la ciudad de Buenos Aires, que invadió rápidamente la vida barrial y las letras del tango- como la jerga de los facinerosos, que ya forma parte legitimada del habla popular de los argentinos. Incluso, existe hace décadas una Academia Porteña del Lunfardo que, a semejanza de su homónima española, “limpia, fija y da esplendor” a las variantes locales o coyunturales de esa manera de hablar, produciendo desde diccionarios muy completos hasta minutas de las reuniones puntuales de los integrantes de la Academia.

Este punto de partida es, también, discutible. Recuerdo una anécdota del escritor Roberto Arlt que me relató Jorge Luis Borges, durante un reportaje que le realizara en la Biblioteca Nacional. Refiriéndose a esta jerga y con su habitual ironía, Borges recordaba una frase que el mismo Arlt le había dicho al respecto: “Yo no sé hablar el lunfardo porque no tuve tiempo de aprenderlo. Me crié rodeado de ladrones y malandrines, el estudio no era para mí...”, una oblicua referencia al origen más literario que carcelero de esa lengua.

Una variante poco desarrollada de esta jerga es el idish-criollo o valesko, que tuvo poca extensión en el tiempo y no dejó rastros notables en el vocabulario lunfardo argentino, salvo algunas palabras específicas como papusa o papirusa por “muchacha de la calle”, originada en el vocablo judeopolaco papiroschn, “cigarrillos”, aplicado a las prostitutas judías que fumaban en los umbrales mientras esperaban sus clientes. Sin embargo, llegó a ser de uso extendido entre esa generación inmigratoria que no llegó a aprender bien el castellano y combinaba tonos e inflexiones de ambas lenguas en el hablar, generando reacciones graciosas en sus interlocutores.

El escritor y periodista Ignacio Xurxo se remonta a sus ancestros gallegos, a sus amigos judíos y a los habitantes originales del país que hablaban en quechua para enriquecer esta idea del lunfardo limitada al italiano. Si bien reconoce a este idioma como el que produjo el mayor aporte de nuevas voces al slang porteño, reivindica los otros ya mencionados orígenes minoritarios y abunda, luego de mencionar la característica papirusa: “También del idish recibimos transfusiones, aunque muchas menos que el slang neoyorquino. La primera puede haber sido obvia: moishe (o moíshele), pero pronto prendió una celebrada segunda: mishíguene, cuya fonética resultó más divertida que la de meshuge. La palabra se usa hoy tanto en el preescolar como en los geriátricos. Tampoco nadie dejará en Buenos Aires de entender si le mentan a la bobe  o le amenazan el tujes. [1]

Hasta comienzos del siglo XX, solamente la manera de hablar de los italianos, especialmente los residentes en Argentina desde bastante tiempo atrás, habían provocado las chanzas de quienes lo reproducían en forma burlona. Al parecer, Ricardo Romero fue el primero en parodiar literariamente en Montevideo, hacia 1885, la mezcolanza hablada por los inmigrantes genoveses, llamada bachicha. Posteriormente, los hermanos Podestá llevaron al teatro, bajo la figura del cocoliche, a los italianos que chapurreaban el español y especialmente el criollo.[2] Obras de teatro, aguafuertes y fragmentos de novelas se escriben en un ítaloespañol que es común a autores como Eugenio Cambaceres, José S. Alvarez (Fray Mocho), Nemesio Trejo, Carlos M. Pacheco, Florencio Sánchez, José Podestá, Armando Discépolo y otros.[3] Desde 1905, aproximadamente, se agrega el mencionado idish-criollo, esto es, la manera de hablar de las prostitutas judías polacas, galitzianas y otras, que practicaban de manera llamativa su profesión en el centro de Buenos Aires y en burdeles de los arrabales. [4]

Estas jergas han sido definidas por los estudiosos como lenguas de transición, es decir, como hablas acotadas en el curso de una generación, quizás, que van luego desapareciendo al conseguir, naturalmente y por el paso de los años, el aprendizaje del idioma del lugar. Este idish-criollo (que no debe confundirse con el “idish-rioplatense”, que como se dijo más arriba, fue una variante que enriqueció el original europeo con palabras “mixtas” que acrecentaron el vocabulario original para incorporar vocablos específicos de estas latitudes) fue llamado valesko, una palabra derivada de “Valaquia” (pronunciado “Valajsk” en alemán), antiguo principado danubiano que forma parte de Rumania y desde donde llegaron no pocos inmigrantes. Pertenecían a una suerte de clase intermedia, entre el judío misérrimo de las aldeas de Europa oriental y el más desahogado judío alemán. Su habla se distinguía del idish corriente.

Como los argentinos no saben nada de Alemania, esas judías, que en general pasan por “alemanas”, llevan el nombre y la lengua tudesca a esta definición. Tan tempranamente como en 1878 comienza a circular en Buenos Aires un pasquín de cuatro páginas titulado “El Puente de los Suspiros”, cuyo objetivo manifiesto era “ocuparnos sola y exclusivamente de las casas de tolerancia, de las citas, de las amuebladas, y de todas aquellas en que, clandestinamente o con autorización de Navarro, se hace un oficio de la prostitución (...)”.[5] El nombre le estaba dado por el puente que cruzaba Temple (hoy Viamonte) a la altura de Suipacha, zona donde abundaban los prostíbulos. El pasquín “denunciaba” a los proxenetas Rock, Gerber, Hönig y Weismann, aparentemente provenientes de Alemania quienes, luego de dos meses de ver sus nombres publicados, deciden contestar y arremeten en la prensa contra otro grupo responsable de la denuncia: Enrique o Salomón Salem, Juan Fund, Gerschem Baum, Abram Grinberg y Enrique alias El Austríaco, todos implicados en la prostitución clandestina, hasta lograr que se clausuren sus locales. Mientras que en “El puente...” contestaban con una poesía firmada por “Candelario, poeta en dos patas”, titulada “Los perros y los rufianes” y que decía: “Cuando un perro me hace ¡gouch!/ creo oír a Carlos Rock./ Si anda cojeando el can/ pienso siempre en Hibler Juan./ Si el perro es grande y rabón/ creo que es Hönig Simón./ Si tiene cara de susto/ pienso al momento en Augusto./ Que es Adolfo Hönig creo/ cuando veo a un can muy feo./ Abraham de perro faldero/ es retrato verdadero./ Lo que prueba que los canes/ parécense a los rufianes”.[6]

Como resultado directo de esta situación, “hacia 1910 circulan en la ciudad de Buenos Aires numerosas anécdotas y chistes en idish-criollo. Y es así como esta manía llegó a un punto tal que, incluso en el año 1913, apareció un periódico picaresco con el nombre “Qui mi cointas...!”, el que alcanzó a publicar alrededor de diez números; casi simultáneamente y como competencia, apareció otro similar que sólo publicó dos o tres (números) y se llamaba “Qui mi dícis...!”. En los dos casos, evidentemente, el título constituye una burla de la pronunciación hebrea del español. También en el teatro el idish-criollo es utilizado últimamente para obtener efectos de hilaridad barata.” [7]

Resulta interesante señalar -en esta profunda relación entre los integrantes de la colectividad y el slang porteño- que varios escritores y periodistas judíos integran las filas de la Academia Argentina del Lunfardo, creada el 21 de diciembre de 1962. Entre ellos podemos citar a León Benarós (miembro fundador), César Tiempo (incorporado en 1963), Bernardo Verbitzky (desde 1976), Héctor Alberto Chaponick (desde 1982) o, entre los académicos correspondientes, Clark Zlotchew (desde 1982), quien vive en Nueva York y Efraím Bischoff (Córdoba, desde 1981). Entre los que recibieron la “Medalla de Plata” para reconocer su adhesión a la iniciativa figuran Mauricio Rubinstein, Alberto Akerman, Héctor Fraiman, Juana Schulkin, Lázaro Koffman y Samuel Tchercansky. Y hay excelentes poetas lunfardos de origen judío como Natalio Schmucler y Pedro Szylman, además de un puñado de letristas de tango que utilizan habitualmente las voces lunfardas en sus trabajos.

Para algunos estudiosos, ni el cocoliche ni el valesko  son “hablas híbridas” al estilo de el papamiento, el cróele, el pidgin-english, el broken-english o el spanglish. Se trata, simplemente, de “hablas de transición”, históricamente acotadas, que se van modificando para acercarse al modelo de lengua que les da sustento al compás del progreso cultural del hablante. Es decir, se trata de hablas que corresponden a la etapa de iniciación de un proceso cultural de integración idiomática. [8] En Argentina la escuela pública constituye, a fines del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX, un formidable instrumento de culturalización del inmigrante, que va normalizando los distintos acercamientos a los tonos y modos del español hablado en Argentina. Y en la actualidad eso puede aplicarse a la inmigración asiática, cuya lengua original dista mucho del castellano que debe utilizar día a día.

Una variante testimonial muy aguda e interesante se verifica en la primera pieza teatral del entonces joven dramaturgo Samuel Eichelbaum, quien se convertiría -pasado el tiempo- en una de las voces principales del nuevo teatro argentino, con obras arquetípicas como “Un guapo del 900”, “Un tal Servando Gómez” o “Nadie la conoció nunca”. Pero su primera obra, “El judío Aarón” -nunca editada en forma de libro-, fue la respuesta literaria que encontró el joven Eichelbaum para transmitir la conmoción que le produjera, en su ciudad natal de Domínguez, la reiteración -en 1921- de la Semana Trágica que dos años antes ensuciara las calles de Buenos Aires con la represión que cobrara sangre de obreros y diera lugar al primer pogrom de la Argentina, en el barrio del Once, contra pacíficos ciudadanos judíos acusados de “subversivos”, “revoltosos” y “maximalistas”.

La extraña alianza de entonces entre algunos judíos acomodados de la capital y los grupos oligárquicos y de choque para enfrentar los reclamos obreros se reprodujo en Entre Ríos, incluyendo una solicitada de dueños judíos de las tierras de las colonias en apoyo de los matones de la fascistoide Liga Patriótica encabezados por Manuel Carlés. El texto de Eichelbaum reproduce este enfrentamiento clasista en el mismo seno de la comunidad judía -ya ocurrido en Buenos Aires, con autoridades religiosas y civiles de la colectividad solidarizándose con la represión gubernamental y pidiendo la expulsión del país de los revoltosos- y, sobre todo, agudiza su fino oído para transmitir la manera de hablar de muchos inmigrantes de la primera generación, una mezcla de idish y castellano, llena de errores de género y pronunciación o sílabas aspiradas, que si bien se diferencia del citado “lunfardo idish-castellano” de origen ciudadano, comparte con este esa mezcla idiomática que también reprodujeron, con diversa precisión, los sainetes citados en las primeras tres décadas del siglo XX.

[1] Ignacio Xurxo: “Indinas palabras (gallegas, judías, quechuas)”. Buenos Aires, revista Revista “Raíces. Judaísmo Contemporáneo”, Agedyt, Año 2, Número 5, verano 19903, pág. 16.

[2] El cocoliche fue creado por Celestino Petroy, un actor de la compañía de Pepe Podestá quien, durante una representación del “Juan Moreira” de Gutiérrez, montó en un petiso y penetró al picadero, justo en la escena de la fiesta gaucha, imitando los ademanes y el lenguaje hispanoitaliano de Antonio Cocoliche, un peón calabrés de la compañía. El público recibió frenéticamente al nuevo personaje porque supo descubrir, tras la aparente broma, el acierto social del mismo. Cocoliche se transformó entonces en protagonista de innumerables sainetes y hasta fue dignificado por Florencio Sánchez.

[3] Aurora Alonso de Rocha y Amparo Rocha: “La torre de Babel”. Buenos Aires, “Todo es Historia”, número 296, febrero 1992, págs. 24-37.

[4] Introducción de Víctor Borde, del 26 de junio de 1923, a Robert Lehmann-Nitsche: “Textos eróticos del Río de la Plata”, Librería Clásica, Buenos Aires, 1981.

[5] José Luis Scarsi: “Tratantes, prostitutas y rufianes en 1870”. Buenos Aires, revista Todo es historia”, número 342, enero 1996, págs. 8-17. La cita corresponde el número 1 de esa publicación, 28 marzo 1878. Navarro era un inspector municipal y había sido acusado varias veces por corrupción.

[6] José Luis Scarsi, op. cit.

[7] Víctor Borde, op.cit. Ver más abajo el análisis de los sainetes populares, donde aparecen personajes judíos.

[8] Giovanni Meo-Zileo: “El ‘cocoliche’ rioplatense”. Separata del Boletín de Filología del Instituto de Filosofía de la Universidad de Chile. Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1964.

 
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