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Cómo llegué a Israel Imprimir E-Mail
jueves, 29 de noviembre de 2007

Por Marcelo Sneh
Y bien, acabo de terminar con mis obligaciones diarias, y puedo darme ahora el gusto de sentarme, y como decía el recordado Carl Alpert, escribir a mi gusto. Créeme, caro lector, que podría escribir de política, podría escribir de la situación en la Franja de Gaza, podría (debería) enviar desde estas modestas líneas un modesto homenaje a Annapolis,  deseando el mejor de los éxitos tanto para Israel como para el resto de los participantes, ya que esta semana se abre una algo ingenua esperanza, y quién como nuestro elegidamente sufrido pueblo sabe lo que son estas reuniones, lo que son estos torrentes de palabras, de buenas intenciones, para darnos cuenta que al fin de cuentas, quizá no naveguemos por las aguas de la paz, sino por agua de borrajas… ojalá que no.

Podría hablar hoy de muchos temas, pero a como están las cosas en nuestra querida, dolida y vapuleada Medinah, me embarga una sensación mezcla de melancolía, de tristeza… y también de esperanza. Por eso hoy quiero dedicarme a recordar, a ejercer la memoria. Y me retrotraigo a una época de la que mucha gente en Israel gusta de hablar, de compartir, de referir… todos tenemos algo que contar respecto de nuestra aliah. Quien una anécdota picante, quien una historia reidera, quien algo menos alegre… pero para todos, el arribo a Israel para quedarse tiene un significado muy especial. Es un poco como cuando conocimos a nuestra primera novia (o novio, las chicas)… la Aliah es una experiencia muy profunda, muy fuerte… algo que parece tan sencillo, como lo expresa Martín Fierro, "cambiar de querencia", pero que encierra tanto en sí… por eso les quiero contar, como algunos de mis colegas ya lo hicieron muy acertadamente, cómo llegué a Israel. Espero no aburrirte, caro lector, porque para mí fue una experiencia muy especial.

Corría el azaroso año de 1970. En mi amada Argentina natal, el desfasaje político estaba en su apogeo, en Israel  la Guerra de desgaste cobraba su par de víctimas diarias promedio en el Canal de Suez,  pero mis irreflexivos 20 años lo habían decidido: ¡Aliah! Comencé a hacer los trámites, carpeta, análisis, corridas, llanto (de mi vieja, por supuesto), despedidas, pasaporte, despedidas, valija, "por qué dejaste la medicina" (mi viejo… no importa, papá, igual no era mi vocación), y a dos semanas de viajar, cuando ya tenía el pasaje en el bolso y la magia en el alma, mi vieja me llama para decirme que necesita hablar conmigo. ¡Sonamos!, pensé, quiere convencerme de que no me vaya, quiere que posponga el viaje, que piense en mis estudios… Pero no. En el agradable comedor diario de nuestra casa familiar, mi vieja me sirvió el café que tanto me gustaba y como sólo ella sabía prepararlo, y yendo directamente al grano, me preguntó si ya que hacía Aliah, si ya que viajaba a Israel, no podía llevar un "pékele" (paquetito)… Bueh. ¿Eso es todo?, pensé. Pero resulta que el "pékele" era acompañar a mi bobe, que viajaba a Israel por el primer aniversario del fallecimiento de mi zeide, D. Marcos Bialy Z"L, llevando un Sefer Torah para donarlo a un "shil" (todavía los llamaba así) en Jerusalén, en memoria de su bendito recuerdo, un shil del "Bnei Akiva" inaugurado hace poco, donde mi primo era parte de su comunidad y esperaba ansiosamente la llegada del Sefer Torah. Imagínense, todo el entusiasmo del sionismo socialista, mis hormonas políticas… había hecho tantos planes para ese viaje… viajar con todo un grupo de amigos y amigas que también hacían Aliah… y encima un Sefer Torah, toda una responsabilidad… y mi bobe, pobre, agobiada por el todavía fresco recuerdo del vacío de la ausencia, la tristeza de la soledad… y justo en ese momento nadie podía viajar con ella… acepté. Por supuesto.

Así fue que mi viaje se postergó por unos días. Mi vieja, con la alegría del problema resuelto y los vastos contactos que tenía en la Comunidad, se las arregló para cambiarme la fecha de Aliah. Por supuesto que mi padre trató hasta el último momento de convencerme de que me quedara a estudiar, pero la suerte estaba echada. Y cada día que pasaba algo extraño se iba apoderando de mi mente ya de por sí enloquecida y tensa por el cambio profundo que se avecinaba en mi vida. Era como si la curiosidad que me producía ese viaje me embargaba cada vez más… hasta que llegó el día. Aeropuerto, despedidas, besos, abrazos, recomendaciones, llanto… y ahí me fui (nos fuimos, perdón, mi bobe atrás mío caminando con sus pasitos cortos y animosos), con mi bolso colgado al cuello (cuando me lo saqué en el avión, un b….. me preguntó si me había escapado del cadalso, por la marca de la soga en el cuello) y con el Sefer Torah en brazos… Se sabe, caro lector, que un Sefer Torah es muy pesado, pero en ese momento y extrañamente, sentía como si no me pesara nada, como si lo que llevaba amorosamente en mis brazos era algo casi etéreo… Ascendimos por la escalinata del avión de Air France, mi abuela con su cartera estilo Golda Meir y yo con el Sefer Torah.

Por supuesto que la azafata, un francesita hermosísima de luminosos ojos celestes y el cutis más fresco que vi en mi hasta entonces breve y poco experimentada vida me abordó, obviamente, con una pregunta más que previsible, pero que en francés y con su hermosa vocecita me sonó como el canto de las Nereidas: "¿Qu'est ce que c'est, monsieur? (¿Qué es eso, señor?)

Resistiendo estoicamente el calor que sentía, y no sólo porque aún no habían prendido el aire acondicionado en el avión, tragué saliva, y tratando de impresionar a esa Brigitte Bardot voladora, balbuceé, en mi escaso, somero y cómico francés: "¡C'est un… c'est un… Sefer Torah!" y me sentí como De Gaulle prounciando su discurso de la victoria en Champs Elysées. Sólo que la diosa de la aeronáutica gala puso cara de "muy bueno lo suyo, pero no entendí un c….." por suerte, ahí fue que vino en mi ayuda el navegante del avión, un amable caballero que resultó ser de "la familia", e'cir, a id, y le explicó a la francesita de mis sueños de qué se trataba. Y así nomás me llevaron a la cabina del piloto, donde me recibió el capitán en persona, me abrió un placard de la cabina de mando, puso unas frazadas, tomó el Sefer Torah de mis manos y lo acomodó amorosamente sobre las frazadas, con el cuidado que sólo se puede tener con un hijo pequeño.

Una vez acomodado el Sefer Torah, el capitán estrechó mi mano, me dijo que cuando quisiera podía venir a la cabina y ver que el precioso cargamento no se había movido, ni se había caído (lo único que me faltaba en ese viaje prometedor era un ayuno), en resumen, que podía volver a ver que el sagrado elemento seguía allí.

Fui al asiento que me habían asignado, cuando la gacela rubia se acercó, tomó amablemente de la mano a mi bobe y nos ubicó en asientos preferenciales, en primera clase: "en nom du capitain" cantó como una sirena. Cuando ya empezaba a creer seriamente que me estaba enamorando perdidamente de aquella alucinación de ojos celestes como el cielo del desierto,  se nos acercó otra azafata que nos volvió a la realidad con una deliciosa colación.

Después de un largo viaje, mechado con una película que para mis inexpertos y urgentes 20 años resultó intrascendente ("La profesora de piano" con Shirley Mc Laine, un estreno por ese entonces) y otra deliciosa comida (se ve que Air France, como el ejército napoleónico, creía que "La Aliah vuela sobre su estómago"), llegamos al entonces aeropuerto de Orly. El capitán me entregó personalmente el Sefer Torah y me deseó "bon chance á Israel". Vanamente busqué a la princesa rubia de las alturas, pero ya se había ido… si supiese las ganas que tenía de darle un abrazo… en fin.

En Orly tuvimos que aguardar unas horas para abordar el avión de El Al, pero dichas horas pasaron rápido, merced a un vuelo rasante que hice por el "Duty free", debidamente equipado por la rumbosa mano de mi bobe, que no escatimó billetera, ni para que "Méndele se compre algo" ni para que ¡julile ve jas! "Méndele se me quede con hambre…" Huelga aclarar quién es Méndele, ¿verdad?

Y por fin el viaje a casa. Llegamos al avión de El Al… qué les puedo decir, cada uno se ubicaba en el asiento que encontraba libre, las azafatas ni siquiera sonreían, todas hablaban en un hebreo de extraño acento, que resultó ser del sur de Francia (o del norte de África). Este humilde servidor de ustedes, con el Sefer Torah en brazos y el bolso al cuello, aunque ahora un tanto más pesado por efectos del "shópping", seguido por su animosa abuela, subió por la escalinata del albiceleste avión de El Al, el "idisher aeroplan" como decía mi embelesada bobe… me acerqué a una de las azafatas, de rostro algo acidulado y aspecto algo impaciente, y le empecé a decir en mi hebreo florido: "traigo un Sefer Tor…" - "¡dejalo por ahí, sentate en algún asiento y ubicá a la señora de una vez, que estamos atrasados con el despegue…!"- contestó la dulce levantina con sus hermosos ojos pardos llameantes de impaciencia y un tono imperativo que no dejaba lugar a dudas.

Queriendo quebrar el hielo con un inocente chascarrillo le pregunté sonriente a la morena clara de escaso talante: "¿hay guefilte fish (pescado relleno) para la cena"? Y la levantina voladora me miró como creyendo seguramente que la estaba cargando, porque me contestó: Pedile a tu mamita… pedazo de joker"… Bueh, pensé para mis adentros, "¡bienvenido a la Tierra Prometida!"

El viaje fue corto, unas pocas horas, la comida me hizo extrañar desesperadamente al chef que preparó los refrigerios de Air France… pero por suerte llegamos. El avión aterrizó sin contratiempos, todos aplaudieron y se pusieron a cantar "shalom aleijem" como si fuesen los ex esclavos que salieron de Egipto. Bajamos, mi bobe enseguida fue recibida por los familiares de Jerusalén, mi primo Ytzjak se me acercó, tomó amorosamente el Sefer Torah de mis brazos, se lo entregó a un muchacho que estaba con él, que resultó ser el rav del barrio San Simón, luego mi primo me miró largamente, me estrechó entre sus vigorosos brazos y me besó con lágrimas en los ojos. Luego el rav también me besó, me abrazó y me dijo que "no sos un simple olé jadash (nuevo inmigrante), sos un shelíaj kavod (emisario de honor)".

Mientras mi primo acompañaba a mi emocionada bobe a hacer los trámites aduaneros, yo tuve que ir a registrar mi ingreso como nuevo ciudadano israelí. Era casi la una de la madrugada, y un provecto empleado de la Sojnut (Agencia Judía), algo somnoliento y malhumorado, procedió a tramitar mi ingreso a la Tierra Prometida.

- "Do you speak English? I don't speak Spanish". (¿habla Ud. inglés? Yo no hablo español),  me espetó impaciente el burócrata del sionismo.

- Aní medaber ivrit” (yo hablo hebreo),  le respondí con la más luminosa y orgullosa de mis sonrisas.

El funcionario se quedó mirando de hito en hito y con renovado respeto a ese producto de las pampas lejanas y salvajes, donde seguramente todavía andaban con pluma y taparrabos, y no sin un dejo de alivio continuó con su derrotero burocrático valiéndose ya de la hermosa, gutural y nunca bien ponderada "mame lushn" (la lengua materna, en este caso, más cariñosamente, "el idioma de mamá"). Cuando ya tenía en mis manos la anhelada y soñada "Teudat Oleh" (certificado de inmigrante) y un billete de 50 liras (sic) que el kafkiano personaje arrojó displicente y magnánimo sobre la mesa "para sus primeros gastos", apareció de repente mi primo Ytzjak y le espetó al burócrata un escueto vocablo que con el tiempo se volvería para mí de uso casi cotidiano y frecuente: NU?

Cuando le dijo el funcionario que me esperaba un transporte al kibutz Ein Hamifratz, cerca de Akko, para ingresar ahí al ulpán ivrit (curso de hebreo), intervine tímidamente diciendo que ya sabía bastante hebreo, y fue ahí que aprendí otro adagio muy popular por esas latitudes: "Si te dan, tómalo, y si te pegan… tomátelas". Después de una corta negociación, cuyo tenor me resultó un poco difícil de comprender por la rapidez del diálogo, se me permitió llegar al kibutz el lunes (era jueves), así que todos enfilamos para Jerusalén. Mi primo tomó el Sefer Torah de las manos del Rav, lo depositó en mi regazo y me dijo: "Fuiste su custodio durante un viaje de quince mil kilómetros… tendrás el honor de transportarlo hasta Jerusalén."

El vehículo se desplazaba mansamente por la moderna y lisa autopista, los faros iluminaban la cinta asfáltica y los costados del camino, donde vi por primera vez los restos herrumbrados de los camiones de las caravanas que  durante la Guerra de Liberación intentaron quebrar el bloqueo a Jerusalén… La noche trataba vanamente de cubrir los frondosos pinos del bosque de Ben Shemen, tenuemente iluminados por miles de estrellas azulinas… Luego empezamos a trepar la cuesta, lenta y trabajosamente, cuando de repente mis ojos vieron un espectáculo que difícilmente olvidaré por el resto de mi vida: en un momento dado de la ascensión por la empinada ruta, aparecieron de repente las primeras luces de Jerusalén, de un barrio que resultó ser Romema. Cuando el vehículo por fin dobló y enfiló ya para entrar en la ciudad, sentí como que se había cerrado un círculo, como… como si hubiese llegado a casa.

En la sobria pero dulcemente acogedora casa de mi primo abracé a Tzipi, mi prima hermana, que nos esperaba con una suculenta comida (sí, que incluía guefilte fish, para alivio de mi previa angustia aeronáutica) y con todo el amor que era capaz de dar. Al otro día, le tocó a este laico recalcitrante ingresar el Sefer Torah al simpático, sobrio y humilde templo improvisado en un refugio  antiaéreo del barrio de San Simón, en la milenaria Jerusalén. Mi bobe y mi prima lloraban a lágrima viva y todos bailaban y cantaban alrededor mío… Por supuesto que la primera aliah (ascensión) a la Torah con ese rollo fue para mí, y todos hablaban en idish con mi bobe y la bendecían por ese "voiler idisher bujer" (buen muchacho judío, o sea este humilde y hereje servidor… bueh), que cambió su fecha de Aliah sólo para hacer esta mitzvá (precepto, o buena acción). Créeme, caro lector, que si hay alguien laico en este mundo es el autor de estas modestas líneas, pero ese fin de semana, el primero en Israel para mí como ciudadano del montón, como parte de esta loca, vapuleada, pero tan querida Medinah, quedará grabado a fuego en mi alma para siempre. Es como si una fuerza misteriosa me hubiera hecho hacer todo lo que hice como convencido de que estaba haciendo lo correcto y, más aún, que estaba haciendo lo mejor.

Y así fueron mis primeros días en Israel. Después vinieron el Ejército, la Universidad, los amigos, los paseos, las emociones,  una geografía somera pero maravillosa que hasta el día de hoy no termina de extasiarme, mi hija mayor que nació aquí… pero por ahora no quiero abrumarte más, caro lector. Gracias por compartir conmigo uno de los momentos más trascendentes de mi vida.

 Hasta la próxima.

 
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