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Janucá, Fiesta de las Luminarias Imprimir E-Mail
jueves, 29 de noviembre de 2007

Por Jaime Rosemberg

¿Son posibles los milagros en la modernidad? ¿Las esperanzas y anhelos podrán hacerse realidad más allá de las dificultades objetivas? ¿Es éste, nuestro mundo, un lugar donde todavía se puede soñar con la libertad?

Son algunas de las preguntas que bien podríamos hacernos a partir del martes próximo, cuando los judíos del mundo comiencen a rememorar Janucá, durante ese día y los siete subsiguientes.

Es que Janucá resume casi como ninguna otra festividad la conjunción entre lo religioso y lo nacional, una unión entre triunfo espiritual y victoria militar que ha quedado indeleblemente marcada en la memoria colectiva judía a través de las generaciones.

La llamada Fiesta de las Luminarias representa también el eterno anhelo y la permanente lucha por la libertad y la independencia, valores que le permitieron a un pueblo y a una nación sobrevivir y seguir creciendo en su originalidad, a pesar de las adversas condiciones que le tocaron vivir a lo largo de la historia.

Una Israel en paz con sus vecinos es, tal vez, el milagro más importante que podríamos vivir los judíos de todas las latitudes. La conferencia de paz de Annapolis, que coincide con la llegada de la celebración, apunta sin dudas en esa dirección, aunque la razón y el escepticismo nos impidan festejar por anticipado.  

La historia, como tantas otras, comienza cuando una potencia mundial intenta imponer su cultura y sus valores de la mano de la coerción militar y religiosa. Luego de la muerte de Alejandro Magno, dos siglos antes de nuestra era, le tocó a Antíoco Epifanes hacerse cargo del gobierno de la entonces tierra de Israel. Al contrario de su antecesor, algo más tolerante, y luego de una dura derrota ante el poder egipcio, Antíoco respetó muy poco las particularidades o rasgos de los pueblos que fueron cayendo bajo dominio helénico, y su objetivo fue claro: helenizar a toda aquella cultura que levantara como estandartes mensajes diferentes a los del imperio que representaba.

Desde un principio, las acciones contra el pueblo judío fueron claras: se les prohibió el estudio de la Torá, y se los conminó al cumplimiento de las prácticas comunes de la Grecia de entonces. Una orden que luego copiarían muchos tiranos a lo largo de la historia.

El ambicioso Antíoco fue realmente osado, y fue más allá: en el año 168 antes de la era común inauguró el culto pagano de Zeus en el sagrado Templo de Jerusalem.

REBELION

Fue allí cuando se encendió en el pueblo hebreo la llama de la rebelión. Una pequeña familia rural de Modiin, en la Galilea, liderada por Matitiau el sacerdote y que también integraban sus cinco hijos (Judá, Eleazar, Iojanan, Shimón y Ionatán) levantó la antorcha y decidió entonces lo impensable: enfrentar al enorme poderío del conquistador, con la fuerza moral de la fE como aliado de peso. El grupo, como se demostraría en las investigaciones históricas recientes, contó además con la inestimable ayuda del ejército romano, por entonces interesado en hacer pie en el siempre estratégico Medio Oriente, y establecer una cuña entre los seleucidas y Egipto.

Según el historiador Tzvi Velmur, “Roma no podía interesarse en la rebelión de los macabeos desde el inicio, así como los hasmoneos, tarde o temprano, debían contemplar a Roma como aliada. Los contactos entre ambas partes fueron inevitables”. Cualquier comparación con la actualidad, y el intento de las potencias en influir y dominar al Medio Oriente, también podría ser acertada.

Los Hasmoneos, o Macabeos, tal como se los conoció después, comenzaron entonces una guerra de guerrillas contra ejércitos bien pertrechados, a los que no podía enfrentar en una guerra convencional y abierta. “Quienquiera esté del lado de Dios, que me siga”, fue la frase que Matitiau utilizó para cohesionar a sus seguidores.

La historia nos dice que luego de una larga contienda que se extendió por espacio de tres años, los rebeldes triunfaron sobre el ejército griego, y ya sin Matitiau, que enfermó y murió durante la contienda, los macabeos liderados por Judá liberaron Jerusalem y llegaron hasta el Templo, destruído y profanado.

Aquí la historia pura deja paso a la leyenda y las tradiciones. Al arribar al templo, nos cuenta un relato talmúdico, los sacerdotes notaron que el aceite disponible para las tareas del culto aparecía disponible y suficiente sólo para las necesidades de un solo día, pero un milagro -el milagro de Janucá- lo hizo perdurar durante ocho días. Desde entonces, ése es precisamente el tiempo de duración de la festividad, recuerdo permanente de la reinauguración del templo, cada 25 de Kislev, según el calendario hebreo.

La festividad está llena de simbolismos. Se encienden ocho velas (se agrega una cada día) y la luz que emana de cada una de ellas (reunidas en la Janukiá, el candelabro de ocho brazos) representa la fe de la familia que desafió el poder imperial. Al encender cada una de ellas, se dice “Al Ha Nisim”, que significa “por cada uno de los milagros”, y se agradece al Creador por la recuperación de la identidad que, tanto entonces como en nuestros días parecía en peligro para millones.

La epopeya de Janucá trae a nuestra memoria el improbable pero deseado triunfo de los débiles contra los poderosos, con armas como la convicción y la esperanza en la propia redención.

El Estado de Israel, creado dos mil años después de aquellos lejanos sucesos, parece reconocer como antecedente directo la lucha de aquellos guerreros motivados por la fe. Allí, y gracias a la revalorización que el sionismo político hizo de Janucá desde principios del siglo 20, la festividad religiosa se ha convertido en práctica cotidiana y concreta.

Para religiosos y agnósticos por igual, la luz de Janucá recuerda al mundo, posmoderno y escéptico, que la lucha por los ideales es necesaria y la victoria posible, ante los discriminadores y autoritarios de hoy y de siempre. Como alguna vez escribió el rabino conservador Daniel Kripper, “la fiesta de Janucá nos enseña a no desanimarnos, a pesar de que la locura y el mal parecen dominar el escenario contemporáneo (...) Ellos pueden ser derrotados, como dice el profeta Zejaria, no con la fuerza ni con el poder, sino con el espíritu”.

¿Podremos ver el milagro de un mundo sin pobreza, de una humanidad sin violencia, de una Israel en paz? Janucá nos desafía a seguir creyendo que todo lo que de verdad anhelamos puede ser posible.

 
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