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lunes, 26 de noviembre de 2007

Por Isaias Kremer: Esta es otra recreación sobre un personaje de la historia argentina. Como en otros casos similares cuando busco información más completa sobre ellos en descendientes de amigos o gente vinculada al protagonista, curiosas “amnesias” me cierran el paso.No es nuevo que esto me ocurra, pero en el caso que recrearé hoy fue desagradable la respuesta de personal de la Recoleta (el cementerio) adonde concurrí con copias de acta de defunción y destino de los restos, y sin embargo me respondieron que no había constancias al respecto ni dato indicador alguno, con lo cual verifico que el precedente de “desaparecidos” es muy antiguo en nuestra historia.Sería ingenuo de mi parte no comprender que todo accionar meritorio adjudicado a un prohombre de sangre no cristiana, tiende a ser cubierto con un manto de silencio cuando no a una desmitificación implacable y aviesa.

El frío viento arrastrando la arena de la extensa playa corta mi rostro, estoy solo frente a las inconmensurables aguas azules contemplando el ir y venir de las olas violentas, aquí y allá nubes de gaviotas revolotean por sobre las aguas oteando las posibles víctimas que alimentarán a sus polluelos, nadie me acompaña, lejos en el risco quedó mi fiel tordillo, solo él sabría decir (si hablar pudiera) donde pasó el coronel Julius Popper el día de hoy, pero aun si hablara no sabría que hoy es jornada de ayuno y contrición para mí, que frente a la obra del Creador y sin testigos, me presento como lo que soy:   un judío más, suplicando en el día más sagrado del año.

Están tan lejos en la memoria la casa paterna en Bucarest (Rumania) donde mi padre, Naftali, de sagrada memoria, trataba de subsistir traduciendo y enseñando los textos sagrados.  Fue allí donde  mi espíritu rebelde les causó tanto dolor; no miré hacia atrás cuando partí hacia la conquista del mundo amplio que contrastaba con el universo pequeño de mi familia y su entorno, limitados y limitantes.

Trabajé como geólogo, luché como soldado, navegué como marino tratando de demostrar y demostrarme que mi condición de judío, no era obstáculo para sobresalir en cuanta empresa emprendiera, hasta que los vientos marinos me trajeron a esta tierra; el encanto del paraíso agreste y salvaje me cautivaron para siempre y de seguro mis huesos quedarán diseminados por estos lares algún día lejano.

Parece hace tanto, sin embargo hace tan poco, cuando entré en contacto con mis “amigos” Lucio V. Lopez, Joaquín M. Cullen, Alfonso Ayerza, José Manuel Eizaquirre y todos juntos nos reuníamos en la Logia Docente para diseñar estrategias de colonización y usufructo en las vírgenes comarcas del sur argentino. Parecíamos los hijos del “gran arquitecto” diseñando un futuro de riqueza y bienestar.

De todos mis colegas fui el único que abandonó Buenos Aires camino a Viedma y de allí a “El Dorado”, nombre mítico dado a la comarca que aguardaba ser descubierta para llenar de riqueza y gloria a quien la colonizara..

La realidad fue menos idílica que lo previsto.A las condiciones rigurosas del clima y la soledad de los desiertos, se sumaba la presencia de aborígenes de las tribus Yagán, Onas, Alicaluf y otros, a quienes el avance del hombre blanco con su secuela de arrasamiento cultural, había relegado a territorios pobres y despoblados de la fauna que durante siglos fuera elemento vital de subsistencia para sus ancestros;  encontrar estos grupos humanos, tratar de comprenderlos y que ellos me comprendan es una empresa iniciada, espero que perduren en el tiempo y no desaparezcan como ya ocurrió con otras tribus  a quienes la “civilización” les quitó su lugar en la historia en aras del “progreso”.

Quizá fue la construcción del lavadero en la bahía de San Sebastián , cuando fundé el establecimiento “El Páramo“ lo que inició mi comienzo sin retorno, cuando hice zanjones frente al mar y aprovechando las mareas hice pasar las aguas con residuo aurífero a seis millas hora de velocidad en su reflujo, quedaban depositados más de ½ kg de puro oro  por día. Fue el comienzo de los “Lavadero del oro del sur” y también el de los enfrentamientos, los celos, la envidia y todos aquellos actos que hoy me llevan a estar absolutamente solo.

Conseguí innumerables nombramientos hasta que en abril de 1888, fui designado “comisario de Tierra del Fuego desde cabo Espíritu Santo hasta Río Grande”,  título que delegué en mi joven hermano Max, fallecido a los 23 años en Cabo Vírgenes ¿De qué me sirven los nombramientos, si no tengo ayuda alguna para defender estos territorios ante milicias chilenas que ansían obtener los lavaderos de oro, aunque nada hayan hecho para crearlos?, Todos los estudios y trabajos de cartografía que realicé son muy apreciados por el Instituto Geográfico Militar pero no recibo ayuda para mantener lo logrado. Mi joven hermano decía que no me acreditarían mérito alguno por ser judío, mas yo lo negué de plano; ahora , solo, abandonado y sin ayuda alguna estoy reviendo mi pensamiento, quizá Max estaba más acertado que yo.

Continúo observando el flujo de las mareas mientras mi pensamiento va de mi padre Naftalí y su mundo de textos profundos a este otro mundo de vientos, arena, indígenas y ejércitos que nada en común tiene con el otro; yo he sido en definitiva ajeno a ambos, en el primero fui un “apikores”(hereje) y en este soy un extraño; me han llamado “Rey de Tierra del Fuego”, “Emperador del Oro del Sur” y tantos otras sandeces; en realidad soy sólo rey de un territorio de viento y arena y ain en el mismo soy un extraño que no podría explicar a mis “súbditos” por qué estoy hoy aquí , solo, triste, sin comer ni beber frente a la inmensidad del horizonte que es el único a quien le puedo gritar a viva voz : “Soy Julius Popper un miembro de la tribu de Israel”.

P.D.: Julius Popper falleció en Buenos Aires en mayo de 1893 a los 36 años.

En el homenaje tributado en el Instituto Geográfico Militar el 15 de julio de 1893 se decide trasladar sus restos y hacer construir un mausoleo conmemorativo en Tierra. del Fuego (La Prensa 7/6/1893), mientras tanto sus restos son guardados en el panteón de la familia Ayerza en Recoleta. Nunca fueron trasladados, nunca se hizo su estatua ni reconocimiento posterior.

P.D.: Max Popper, afiliado a la Congregación Israelita de Buenos Aires el 28 de julio de 1887 y al periódico Eco de lengua idish.

En 1941 en Bucarest, la hermana de J. Popper fue asaltada y requisado su domicilio en búsqueda del oro de Popper; posteriormente sufrió el destino de los judíos rumanos.

 

 

 
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