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Mi Israel y su gente... diálogos, recuerdos... y vidas Imprimir E-Mail
jueves, 15 de noviembre de 2007

Por Marcelo Sneh

(Especial, desde Beer Sheva – Israel)            

Estoy cómodamente sentado en uno de los mullidos asientos del primer tren que sale de Beer Sheva para Tel Aviv, a las cinco y media de la mañana. La alegre e intensa iluminación del vagón, el aliento gélido  e impersonal del aire acondicionado, el galimatías de misteriosos sonidos, melodías  de teléfonos celulares, conversaciones a media voz y el crujido del papel de las madrugadoras ediciones de los diarios conforman como una especie de orquesta que acompaña al sonido característico del traqueteo de los vagones sobre la infinita cinta metálica doble, y contrastan con el frío y negro silencio del desierto que se desliza por las húmedas ventanillas.

El aire exterior se adivina trémulo y fresco, los primeros escarceos de un nuevo día comienzan a adivinarse en la línea oriental del horizonte, y una agradable sensación de lasitud y calma que me va invadiendo se va apoderando de mis pensamientos, que tratan de no correr por mi mente a la velocidad en que las imágenes de la estepa tórrida y milagrosamente verde se deslizan por la panorámica ventanilla.

Sola mi alma, comienzo a meditar, a pensar, a dejar que mi memoria participe de ese agradable coloquio que se va llevando a cabo en mi mente entre mis recuerdos, mis afectos y mis obligaciones cotidianas… me gusta rememorar a esta hora de la mañana, me gusta meditar, considerar… Los sonidos del vagón se van amortiguando, el ambiente se torna inusualmente agradable. Y voy recordando… recuerdo por ejemplo los días de mi llegada a Israel, allá por los años setenta, miro a mi alrededor y me acuerdo de mis primeros viajes en tren en Israel, de Tel Aviv a Haifa (por ese entonces el viaje a Beer Sheva, mi actual lugar de residencia, era una aventura osada e infrecuente que tenía lugar sólo dos veces al día: la ida y la vuelta). Recuerdo el traqueteo inverosímil de los algo precarios vagones de madera, el hermoso espectáculo de la zona costera del Sharón y el cercano y por ese entonces algo más limpio mar Mediterráneo…

Pero una de las remembranzas que vuelven a mi mente con la mayor de las simpatías era el "vagón-bar", un lugar al que había que llegar apenas el tren iniciaba su trabajosa marcha hacia la hermosa costa norteña para asegurarse un buen lugar frente al estaño… sí, estaño, un mostrador gemelo al que recordábamos de muchos bares y cafetines de nuestra querida y lejana Reina del Plata, sólo que aquí se trataba de un estaño somnoliento, limpio y abstemio, en el que sus parroquianos sólo se deleitaban con café negro, nescafé y porciones de torta poco imaginativa pero deliciosa a esas horas tempranas del nuevo día. Como muchos habitués iniciados en el secreto de un viaje que se acortaba por lo agradable, me apuraba a ocupar una de las banquetas clásicas de pata de caño y asiento de goma espuma, desplegaba uno de los diarios que el barman distribuía con largueza sobre la barra, paseaba rápidamente mi vista fogueada en la lectura selectiva de titulares mientras esperaba mi "nes im ugá" (nescafé cortado con torta), pero me apuraba a terminar rápidamente con mi lectura, ya que al llegar las vituallas, los diarios debían ser despejados del estaño por razones de espacio.

Y mientras disfrutábamos de un desayuno que nada tenía que envidiarle al néctar y la ambrosía de los dioses del Olimpo, eso sucedía: infalible, fatal, como la marcha de un astro, alguno de los parroquianos trasegaba su último bocado de torta, lo "empujaba" con un generoso trago de café, encendía un espantoso cigarrillo israelí  y al mejor estilo del barman de la película cuando grita ¡"bar is open"! (¡el bar está abierto!), lanzaba al aire la primer pregunta que rasgaba el aire como el disparo inicial en una batalla agradable y sin víctimas, dejando inaugurada la charla entre los presentes.

La pregunta giraba generalmente alrededor de alguno de los más candentes temas de actualidad que por esos tan distintos, agitados, inciertos pero hermosos años ocupaban obsesivamente las mentes de los israelíes… También podía ser a raíz de algún titular de alguno de los diarios que acabábamos de hojear…  y a partir del primer comentario, como en un salón donde la primer pareja sale a bailar, todos trataban de sumarse al diálogo y dar su opinión, discurriendo con entusiasmo, con calor, pero a la vez al mejor estilo levantino: sin el más mínimo sentido del orden. Al principio, y si el tema elegido era muy de candente actualidad, llevaba unos minutos hasta que la calma y el orden en el coloquio se recuperaba, pero una vez que los habitués se daban el gusto de opinar, (bien o mal, pero para el levantino la cosa es opinar y que todo el público esté pendiente de su opinión), la charla se iba ordenando e íbamos pasando a escuchar a quienes se perfilaban como conocedores del tema elegido y que sabían de qué estaban hablando, y de más está decir que este humilde servidor de ustedes, por entonces aún nuevo inmigrante, pero con la ventaja sui generis de haber llegado a la Tierra Prometida con un cierto conocimiento de la difícil lengua hebrea escuchaba las más de las veces, bebiéndose cada palabra con la sed de alguien que viene de caminar por el desierto durante dos días con su cantimplora vacía… Siempre me gustó escuchar a la gente, prestar atención a lo que se dice, tratar de entender sin interrumpir, de guardarme mi disenso hasta que me llegue el turno… siempre traté de escuchar mucho y hablar poco.

Esa fue una de las razones por las que el periodismo llegó a convertirse en mí en algo tan indispensable como el oxígeno, en algo tan deseado como la música o el amor. Y a este respecto mi amigo, periodista, maestro y ex compañero de armas en Israel, Mario Wainstein, me dijo hace ya mucho tiempo, en una de esas interminables noches estrelladas de vigilia y uniforme que compartimos durante nuestro servicio militar, una frase que si bien no es en absoluto célebre, está cargada de significado en el contexto de esta nota y que a modo de introito comparto con ustedes: "Marcelo… aquí en Israel… cuando empezás a charlar con alguien que no conocés… nunca sabés con quién estás hablando". Por supuesto que la intención de Mario con esta frase que parece tan obvia y llana no fue la de desanimarme o llevarme a desconfiar de la gente, sino todo lo contrario: escuchar atentamente al interlocutor, tratar de llegar al fondo de sus dichos, atesorar lo que muchas veces es sapiencia pura o preclara inteligencia para llegar a entender las cuestiones más enrevesadas… y así fue… y así es.

En todos estos benditos y azarosos años en Israel, he conversado con muchísima gente, ya sea por obligación profesional, ya sea por la fuerza de las circunstancias, o por curiosidad periodística obsesiva e incurable… y muchas veces, con un interlocutor que a la primera impresión, al primer vistazo, es imposible dilucidar qué se oculta detrás de un rostro endurecido por el implacable sol del Levante, o de un brillante par de ojos que parecen atesorar las miles de imágenes que conforman una vida intensamente vivida. Y a las pocas frases iniciales, de repente nuestro interlocutor, con el que a veces nos cruzamos en el bar de un tren, en el trabajo, en el taxi, en el autobús… hasta hace poco tiempo en "miluim" *

… se revela como un científico preclaro, un escritor iluminado, un músico excelso… y a veces se revela simplemente como una persona modesta e inteligente con la cual la charla navega por las mansas y cristalinas aguas del placer… del placer del diálogo. Y el diálogo, caros lectores, es un arte. Es todo un ceremonial, con ritos casi religiosos, con reglas que los verdaderos "dialoguistas" respetan a rajatabla. Y son esas charlas las que a veces llevan, además del placer que producen a quienes amamos el "tête a tête" dialéctico, a descubrir mundos encontrados, rincones inexplorados, gente que ni sospechábamos de su existencia sobre la faz de la Tierra… La gente que puebla Israel, la gente que nos rodea, la gente que comparte con nosotros el diario vivir, el diario sufrir, el diario reír… la diaria aventura de hacernos israelíes. Con toda humildad, en  notas venideras, trataré de presentarles a través de mis notas a gente a la que conocí y voy conociendo cada día, por medio del aparentemente sencillo sistema del diálogo: gente que quizá no conocía, o sí, gente con la que me he conocido de la manera más inverosímil, como ser durante mi servicio militar, cuando estuve acompañando a alguien en su internación hospitalaria, o como una vez que venía manejando por Haifa, y en la obligada pausa impuesta por el semáforo en rojo, se me puso a la par otro automóvil, cuyo conductor me empezó a mirar insistentemente. Algo picado y apurado por el húmedo y cálido clima de la Ciudad Roja (por aquel entonces el aire acondicionado en los vehículos era un lujo aún demasiado costoso), estuve a punto de inquirirle el motivo de su mirada, pero enseguida me dijo "buenos días" en castellano y me aclaró que más bien prestaba atención a las notas del tango "El Yacaré" que la cassettera de mi auto desgranaba a considerable volumen. De pronto sonrió y me dijo: "qué bien que suena… Angelito Vargas canta tan bien… y la orquesta de D'Agostino… sin palabras." Lo miré entre maravillado y asombrado, cuando un concierto de bocinas nos hizo volver a la realidad de la luz verde. En el momento de seguir viaje, este personaje me hizo señas que lo siguiera hasta una playa de estacionamiento cercana (ya por esas épocas estacionar en Haifa era una utopía). Una vez allí se bajó de su vehículo, ingresó en el mío, estrechó mi mano presentándose con el calor de un viejo amigo y empezó a hablarme de tango como si nos conociésemos desde hace años. Recorrió mi colección de cassettes  con ojos expertos y a la vez críticos, pero que se adivinaban húmedos y emocionados por haber encontrado un alma gemela, otro tanguero perdidamente enamorado del dos por cuatro, aún a quince mil kilómetros del Café de los Angelitos o del Tortoni. Después de haber hablado de tango por más de hora y media (que a mí me parecieron nada más que diez escasos minutos) el hombre se despidió de mí a las apuradas, me invitó a una charla que iba a dar en pocos días en Tel Aviv sobre el tango en general y Carlos Gardel en especial, con números artísticos, y me dejó una tarjeta de visita: era el hoy desaparecido Dr. S. Gilman, uno de los más grandes conocedores de la historia del tango y sus intérpretes y dueño de una de las más maravillosas colecciones discográficas de tango que jamás haya visto. De más está decir que concurrí a su charla y disfruté de cada minuto… ¿qué increíble, no? De un informal intercambio de palabras provocado por una melodía familiar a dos almas y en medio del tráfago de la gran ciudad… como tan lindo lo expresan el Nano Serrat y Ajinoam Nini: "pero prendió el azar, semáforos carmín…" se estableció el contacto. Como por arte de magia.

Y en ese evento quiso el destino que me reencontrara con alguien con quien compartí trabajo, cultura e intensa vida institucional en Argentina y con quien me volví a ver después de quince años: el Dr. Bernardo Treister… pero eso será tema de una próxima nota. Ésta… ha sido sólo a modo de introducción.

Buena vida… y hasta la próxima.

* "Miluim": Servicio militar de Reserva en el Ejército Israelí (N. del R.)

 

 
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