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Sujetas de la historia – Relato de Diana Wang Imprimir E-Mail
jueves, 01 de noviembre de 2007

A 45 años de haber egresado del liceo -en aquel remoto pero cercano 1962-, nos encontramos el otro día, en este 2007, para conmemorar el magno evento (de seguir vivas supongo,  ya que dos de nuestras compañeras se han ido).

Del grupo original, fuimos  quince, algo así como la mitad. Luego del primer instante de extrañeza, nos reconocíamos en las miradas, los apodos, en las cadencias de nuestras voces, en los gestos y estilos. En pocos minutos se reconstituyó mágicamente el clima de confianza, espontaneidad y frescura de nuestra adolescencia y parloteábamos sin parar, sedientas de ponernos al día. En medio de la algarabía, Sonia, que estaba a mi lado dijo algo sobre la primera comunión de su nieta y sin que pueda recordar ahora cómo ni por qué, dejó caer un  “…cuando llegamos a la Argentina…” que me detuvo el aliento. ¿Cómo que habían llegado a la Argentina? ¿De dónde? ¿Y cómo yo no lo sabía o no lo recordaba? “¿Cuándo llegaron?” pregunté con timidez y tratando de que sonara como al pasar. “En el 48, escapando del comunismo” dijo. “Claro”, repliqué, “nosotros también vinimos por eso, pero en el 47…”  ¿Entonces yo no había sido la única nacida en el extranjero? ¿Por qué nunca lo habíamos hablado? ¿Esa sensación de rareza, de no ser como las demás que otrora no había podido decirme con claridad, no me era exclusiva? ¿Sonia también se había sentido rara, también había salteado en su cotidianeidad escolar el hecho de ser inmigrante aunque estaba oscuramente presente siempre? ¿Cómo nunca habíamos hablado de eso?  Y el diálogo siguió fluido pero cauteloso  sin que se notaran las corrientes submarinas que me -¿nos?- estaban sacudiendo. Me escuché preguntar tratando de disimular mi ansiedad “¿De dónde era que venían?”.  “De Ucrania” me contestó. Ups. Golpe al plexo. ¿De Ucrania?, ¿de ese lugar amado y odiado, anhelado y aborrecido que siempre creí que era Polonia pero que por obra del redibujo de  la  fronteras se volvió Ucrania?, ¿de MI lugar?, ¿del mismo lugar en el que yo tendría que haber vivido si no hubiera sido por…?  Picadas por la curiosidad, ¿Cómo es que no sabíamos? por la coincidencia ¡¿cómo no lo sabíamos?! y por las ganas de que las coincidencias siguieran y temiendo al mismo tiempo de que terminaran allí dada su improbabilidad, seguimos.  “¿De qué ciudad?” dejé salir al tiempo que me inundaban sin permiso las imágenes de los lugares que había visitado en Ucrania en el 95. Llegaban atropelladamente la ciudad de Lviv (Lwów en polaco o Lemberg en idish) en donde había parado, las visitas a Stryj, la ciudad natal de mis padres, a Drohobycz, la ciudad en la que se instalaron después de casarse y donde nació mi hermano Zenus, ése que siempre busco, Drohobycz, la ciudad en la que hubiera tenido que nacer… todo esto desfilado ante mis ojos esperaba la respuesta que Sonia titubeaba en dar como pensando para qué quería yo saber el nombre de una ciudad que seguramente desconocía. “Lviv” me dijo como quien dice un improbable Rejkiavik o Mogadiscio. Doble ups. Se me erizó la piel. “Los ucranianos le dicen Lviv pero para mí sigue siendo Lwów como se dice en polaco. Estuve allí en el 95” le dije. “Y yo en el 96”, respondió, sus ojos sorprendidos abiertos así de grandes. Fue como caer en un pozo de aire de esos que se sienten en un viaje de avión, un bache, nos quedamos suspendidas, una del silencio de la otra. Tal vez ella también había sentido los “ups” en el estómago. Las preguntas se agolpaban en nuestros ojos y nuestras bocas las dijeron sin pedirnos permiso. “¿Por qué fuiste a Lviv?”, seguí. “Para visitar a mi familia” dijo y nuestras respiraciones se hacían más agitadas. “¿Y vos?”. “Para conocer los lugares de mi familia” a mi vez. Y entonces ya el desborde vertiginoso “ ¿De dónde es tu familia?” “Bueno…, es de una ciudad que está al sur de Lwów…” “¿De cuál?” insistió. “Es una ciudad más chica, se llama Stryj” “Ah! Sí, claro! La conocí, estuve…” “¿en Stryj? ¿para qué fuiste a Stryj?” “Para ver a mi familia, ¿no te dije?” “Pará! ¿Son de Stryj, como mis padres?” “No, en realidad somos de otra ciudad que está cerca” “¿Cuál?” “Drohobycz” “No te puedo creer! Mis padres nacieron en Stryj pero se mudaron a Drohobycz cuando se casaron. Yo tendría que haber nacido allí si nos hubiéramos quedado. ¿Qué hacía tu papá?” “Era técnico forestal en Drohobycz” “El mío era carpintero y tenía un negocio de venta de muebles en el Rynek”.

Como las babushkas, esas muñecas eslavas de madera pintadas que guardan otra adentro y otra más y aún otra, se abrieron ante nosotras las coincidencias y los colores familiares. No solo los lugares sino las profesiones de nuestros padres, ambas relacionadas a la madera. Los caminos de la vida son misteriosos. Una católica, la otra judía,  si no hubiera habido esa guerra y nuestras familias hubieran seguido viviendo en Drohobycz tal vez nunca nos habríamos encontrado, tal vez seguiríamos viviendo en compartimientos estancos como lo hicieron católicos y judíos a lo largo de los siglos. O tal vez, con los cambios de los vientos de la historia, los límites se habrían vuelto algo más porosos y habríamos ido a la misma escuela, en cuyo caso a 45 años de terminada la secundaria, en este mismo 2007, estaríamos como estábamos en Buenos Aires, pero allá, en Drohobycz, en una reunión con nuestras compañeras, recordando anécdotas, travesuras y riendo con los recuerdos de nuestra adolescencia y contándonos sobre nuestras profesiones, nuestros hijos y nietos como estábamos haciendo ahora. Eran dos realidades paralelas. Una, la que era, la real y la otra, en esta fantasía contrafáctica, la que podía haber sido si no hubiera pasado lo que pasó, si el odio, la injusticia y la arbitrariedad, los delirios de un régimen fascista, los prejuicios religiosos y culturales cimentados en siglos de sospechas y desconfianzas que generaron complicidades, indiferencias y traiciones, que naturalizaban la exclusión y luego el asesinato, si los siglos de enemistades, rencores y resentimientos no nos hubieran colocado en veredas diferentes de esa fraternidad esencial que estábamos experimentando en la que una se reconocía en la otra. En una realidad estábamos ahí, en Buenos Aires con nuestras compañeras del liceo, hablando castellano y descubriéndonos en lo que teníamos de semejante, de humano, de vivo y compartido. Coexistíamos también en la otra, en la que sabíamos que podríamos haber vivido con las compañeras del Gymnasium, allá y hablando ucraniano. Aunque - y estas preguntas no llegamos a formularlas en voz alta, los ups al estómago nos habían quitado el aire-, ¿cómo y quiénes habríamos sido en esa otra realidad? ¿cómo habría sido nuestra vida si nos hubiéramos quedado allá? ¿nos habríamos conocido? ¿podríamos mirarnos con la misma frescura y cariño?

 
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