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La Fundación IWO presentó Idish Cabaret Imprimir E-Mail
jueves, 01 de noviembre de 2007

Heredero directo del café concert y del music hall, el primer cabaret surgió en el parisino barrio de Montmartre en 1881 bajo el nombre de Le Chat Noir . Nuestros oídos cholulos incorporaron esta denominación francesa  relegando al diccionario su equivalente español: cabaré.

Diversas causas motivaron su creación: la necesidad de contar con salas más amplias que pudieran albergar  mesas para comer y beber y espacios para el  baile; el deseo de atraer una clientela  económicamente más calificada y, finalmente,  el propósito de ofrecer espectáculos  inconformistas y transgresores. La vieja Europa despertaba de su modorra y mojigatería,  acicateada por los aires renovadores del  progreso científico  y la evolución de las costumbres. Perimidos los ingenuos textos finiseculares, urticantes críticas referidas a la actualidad social y política y abundantes dosis de picardía se adueñaron de los escenarios. Hasta fueron diferentes  los artistas: marginales,  actores cuyos antecedentes  podrían cubrir  tanto un programa teatral como un prontuario policial, cantantes callejeros, transformistas...  Se promovía el talento y la autenticidad, sin importar su origen. Muchos de ellos perduraron por propio derecho, como la inolvidable Edith Piaff.

El éxito de esta modalidad artística impulsó la creación de nuevos locales. Pocos años más tarde el “Moulin Rouge” y el “Follies Bergere” destronaron  a Le Chat Noir. En España se inaugura “El Molino” en 1899 y en Alemania el “Buntes Theater” en 1900. En Zurich,  los dadaístas crean en 1916 el “Cabaret Voltaire” y, cruzando el Atlántico, en New York, aparece en 1923, el suntuoso “Cotton Club”. Pero es Berlín en los años veinte, la ciudad que se convierte en la capital mundial del cabaret de vanguardia. Contestatario, soez, irreverente,  su fulgor  se apagaría súbitamente cuando el  nazismo impuso su siniestra presencia  en el  inerme continente. “Arte degenerado”,  con la agravante de que muchos de sus cultores eran judíos o contrarios al régimen. Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial no pudo renacer con el mismo vigor.  Quizás  porque sus postulados ya resultaban demasiado inocentes frente a los años de  horror y muerte que se habían padecido, quizás porque el llanto había desterrado a la sonrisa,  abandonaron su chisporroteo zumbón y se convirtieron en lugares de mero entretenimiento.

El Cabaret Judío, Idish Cabaret o Kleinkunst Teater se originó en Lodz, la fabril ciudad polaca, para instalarse luego exitosamente  en Varsovia, entre los años 20 y los 40. Abrevó en diversas fuentes: la bizarría alemana, el vaudeville francés, los nuevos ritmos del jazz  y el tango, el folklore ruso, la música judía y –todo era permitido- la misma música litúrgica judía. Una cosmopolita mezcla de ingredientes tan diversos como sus espectadores, pero sabiamente amalgamados por el  dulce aglutinante del idish. Fue adoptado sin retaceos: era el espectáculo del momento.

Censurado por el “establishment”, despreciado por los seguidores del teatro “oficial”, el Cabaret es reivindicado en la actualidad como un género teatral musical innovador que  formalmente aportó nuevas experiencias estéticas y que, gracias a su contenido popular, quebró barreras culturales logrando  la adhesión rotunda de nuevos espectadores.

Buena parte de los temas del Idish Cabaret se interpretaron en el estilo klezmer con el clarinete como instrumento musical principal. Su penetrante sonido zumbón era el acompañamiento   musical ideal: alegre y desenfadado. Tenía componentes de música litúrgica judía, engarzados en  melodías folklóricas de Europa Oriental y el Imperio Otomano. Un sabor agridulce inconfundible.

 El  espectáculo “Idish Cabaret” es una producción conjunta de la pujante Fundación  IWO de Buenos Aires y la Autoridad Nacional para la Cultura Idish del Estado de Israel. No es ocioso recordar que “El IWO es una fundación sin fines de lucro que tiene por objeto investigar, difundir y conservar materiales documentales relativos a la historia, la cultura y los lenguajes del pueblo judío. Desde 1928 preserva y difunde la cultura judía en Argentina creando ámbitos para el estudio, la investigación, el contacto intergeneracional y el encuentro entre culturas”. El feroz atentado de 1994,  dañó seriamente su patrimonio cultural. Actualmente desarrolla su actividad en Ayacucho 483, Capital pero  está construyendo su nueva sede en  la calle Acevedo 477, en el barrio de Villa Crespo.   Ambas entidades han hecho un denodado esfuerzo en lograr que este elenco visite nuestro país. La respuesta del público confirmó que valió la pena  Reimos y lloramos, cantamos y bailamos, acompañando a tres excelentes intérpretes: Rut Levin, reconocida cantante   e investigadora de la música idish, Vira Lozinsky, una de las voces sobresalientes de la nueva generación de cantantes populares y Sarale Feldman, una consagrada actriz, cantante y humorista internacional que dirige su propia compañía en Israel, una espléndida “showgirl” cuyo festejado humor, igualmente popular, jamás  opaca su indiscutible  señorío.  Las tres fueron acompañadas por una calificada pianista, Regina Dricker, también compositora y productora musical. Párrafo aparte merece la bellísima música klezmer que dirige Iosl Wakstein , uno de los principales mentores del renacimiento de la música klezmer en Argentina. Condujo el espectáculo Julio Nudler,  muy imbuido de su doble rol de farmacéutico y animador.

Más cerca del espíritu del music hall o del café concert, este Idish Cabaret es un Cabaret “heimische” (hogareño). El ambiente de la Sala Astral donde se presentó recrea los viejos salones europeos: ello obedece a que, en estos momentos, se ofrece  allí “Cabaret, el musical” que es la versión teatral de la obra de Bob Fosse, que en cine se estrenó  con los magíficos Liza Minelli y Joel Gray como protagonistas  y la brillante dirección del mismo Fosse.  Pero sobre el escenario, este show es menos sofisticado y, sinceramente, se lo agradecemos. Ya hay demasiada  procacidad en la televisión, demasiada grosería  en los medios políticos, para lamentar su ausencia en esta experiencia tan entrañable para el público judío. En el mundo globalizado, el refinamiento se ha confinado en  la tecnología. Se le agradece.

De su generoso repertorio, podemos mencionar “Ovntlid”; “Tsvei briv fun Velv Zbarzher tsu Malkele der sheyner”; “Hotsmeks techter”; “Dos lid fun der goldener pave”; Troyerik Lid”,”Yidl mitn fidl”, etc, etc.

Fue una fiesta para los amantes del idish: siempre se vuelve al primer amor. Bástenos despedirlos con “¡El año que viene en Argentina!”. ¡Noj a mol!

Manuel A. Lotersztein

 
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