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Un aniversario, una anécdota...y el destino Imprimir E-Mail
jueves, 25 de octubre de 2007

Por Marcelo Sneh

Esto que estás por leer ahora, caro lector, puede parecer sólo una simple y colorida anécdota, pero en realidad se trata de una historia tan hermosa como extraña, tan jocosa como emocionante. Le pasó a alguien a quien quiero homenajear en el día de su cumpleaños, ya que el 15 de octubre, si todavía estuviese con nosotros, hubiese tenido que hacer trabajar horas extras a sus pulmones ennegrecidos por el tabaco negro de los "Particulares sin filtro" o el fragante "Capstan" para pipa, ya que hubiese tenido que soplar apenas… 99 velitas.

Se trataba de un soldado del ejército de su Graciosa Majestad Británica, que volvía para Londres después de buscar infructuosamente en su Polonia natal algún familiar que hubiese podido escapar de las garras de la destrucción, de las fauces de la bestia parda… el tren traqueteaba alegremente por las verdes praderas de los Países Bajos, más verdes que nunca en aquellas esplendorosas postrimerías de 1945, como si nada hubiese ocurrido, como si no hubiese corrido tanta sangre… como si Satanás no se hubiese levantado sobre la faz de la tierra buscando la destrucción de la humanidad toda. Nuestro soldado viajaba pensativo, triste, con una inmensa y terrible sensación de soledad sobre sus fornidas espaldas de estibador rematadas en un cuello de toro casi inexistente… acariciaba sin darse cuenta su condecoración con la Estrella al Valor de Italia, mirando pensativa y melancólicamente el bucólico paisaje, cuando de repente el tren se detuvo con brusquedad, haciendo chirriar sus mal engrasados frenos. Habían llegado a la estación de Utrecht, donde subieron algunos, bajaron otros… la gris monotonía de un tren de línea. Uno de los que ascendieron fue a ubicarse en el compartimiento donde viajaba l'anglais.  Se trataba de un marino mercante belga, rubio, fornido y campechano, fácil de reconocer por el rojo pompón de su gorra y por su áspero acento flamenco al expresarse en inglés. La charla se enhebró enseguida en ese único idioma posible, y cada uno de ellos contó a su vez sus experiencias de guerra, sobre sus familias,  sus pérdidas, sus heridas abiertas, sus desgarros, sus esperanzas… y como el viaje prometía ser largo, trataron de llevar la conversación a terrenos más frívolos y accesibles para almas torturadas que acaban de pasar por terribles situaciones límite y todo lo que buscan es un poco de descanso, físico y mental… Así fue como la charla se fue deslizando a terrenos más personales, y en un momento dado, el belga echó mano a su morral y extrajo de él algo que en esos difíciles tiempos era casi un milagro: un fiambre cuyo penetrante aroma a ajo y especias inundó el compartimiento, así como ambas bocas se inundaron del agua de un poderoso apetito… Al fiambre le siguió un rústico pan de centeno y un queso amarillo y tentador… y el marinero, con el cuchillo de monte preparado para empezar a sajar esas piedras preciosas para el paladar, se quedó mirando al soldado inglés, como recordándole el viejo dicho británico de los bajos fondos: "show me yours… I'll show you mine" ("mostrame los tuyos…que yo te muestro los míos"). Con una sonrisa, el soldado inglés no se hizo esperar. Echó mano a su mochila y sacó algo que para el belga fue como la ambrosía de los dioses: una botella de la mejor ginebra holandesa. Sellado el pacto, procedieron ambos hombres al festín, y cuando el porrón silbaba melancólicamente su total ausencia de contenido y el fiambre ya era un recuerdo vago y lejano, se repantigaron ambos a fumar sendos cigarrillos ingleses de una lata de 50, ofrecida por el soldado británico. De repente, ambos cayeron en cuenta de que habían simpatizado entre sí, por esa extraña fraternidad que se produce entre dos almas que se descubren sobrevivientes del desastre, salvados de la hecatombe. Es como si la vida, sobreponiéndose a la destrucción, exacerbara el instinto gregario… Y llegó la pregunta inevitable: para dónde cada uno iba a dirigir sus pasos… el soldado británico, mirando melancólicamente la verde pradera, dijo que no sabía… que no tenía a dónde volver… nadie lo esperaba… todos habían muerto… y ni él mismo se explicaba cómo había sido él el único sobreviviente de una familia de más de 60 personas… El marino belga, en cambio, con los ojos brillantes, le dijo a su ocasional compañero de viaje que en tres días se embarcaba en Le Havre con destino a Buenos Aires, Argentina.

Aquellas dos palabras parecieron encender una luz en el alma torturada del soldado inglés. ¿Buenos Aires? ¿Argentina? Con los ojos centelleantes por la emoción, le dijo al belga: "quiero pedirte un favor. Cuando llegues a Buenos Aires quiero que busques a un amigo mío, un compatriota. Se llama Yuszek Lenger, y quiero que le entregues una carta que ya me pongo a escribir". Antes de que el asombrado belga pudiese reaccionar o decir algo, el fornido soldado inglés ya estaba escribiendo su carta con los rasgos medidos y elegantes de alguien que está acostumbrado a expresarse por medio de la palabra escrita. Una vez finalizada y firmada la carta, la introdujo dentro de un sobre, lo cerró, escribió sobre él, sencilla y escuetamente "Yuszek Lenger", luego el remitente al dorso, y se la entregó al perplejo marino belga, junto con la lata de los cigarrillos "por las molestias ocasionadas".

- Pero no ha escrito usted la dirección…

- No importa, my friend. Sé que usted llevará esta carta y sé que esta carta llegará a destino, me lo dice mi corazón… - le contestó dando una larga chupada a su cigarrillo y mirándolo fijamente con su obstinada y profunda mirada.

En París, finalmente, cada uno tomó la senda de su destino. El marino belga se embarcó y al mes desembarcaba en el puerto de Buenos Aires, y el soldado inglés partió rumbo a Edimburgo, en Escocia, donde tenía proyectado vivir un tiempo por el momento. Por supuesto, ninguno de los dos tenía la menor idea de lo que esa carta iba a provocar en la vida del soldado que se disponía a desmovilizarse y buscar en la campiña escocesa la paz del espíritu que tanto tiempo le había sido violentamente negada.

El marinero belga, naturalmente urgido por la larga permanencia en alta mar, apenas desembarcó dirigió sus pasos hacia los "piringundines" (bares de citas) en el Bajo porteño, en la calle 25 de Mayo. Al entrar en uno de ellos, y acordándose de la carta que tenía en el bolsillo y que prometió llevar, se limitó a fijarla con una chinche en una pizarra de anuncios que había en la entrada del cabaret: corrían tiempo difíciles, mucha gente buscaba a mucha gente, muchos se aferraban a la a veces  estéril esperanza de encontrar con vida a un familiar, a un ser querido, a una amante… Seguramente alguien verá el nombre, habrá pensado el belga, apurado por la sonrisa de una copera que lo invitaba a sentarse a su lado.

Poco tiempo después, por esos caprichos misteriosos e inexplicables que tiene el destino, que es una fuerza sobrenatural, apareció por el cabaret un judío de edad madura, elegante y de buen ver… qué buscaba por esos ambientes no viene al caso, lo importante es que esa misma fuerza sobrenatural lo trajo a ese bar, lo hizo pasar por la pizarra de búsqueda de familiares y lo hizo fijar su mirada incrédula una y otra vez en ese nombre tan familiar que trataba de escaparse y se destacaba entre ese inútil clamor de mensajes, cartas, fotografías… El hombre, olvidado de los propósitos que lo habían llevado a ese lugar, tomó la carta con manos temblorosas, abordó un taxi y voló a la casa de Yuszek Lenger, llevando esa misiva como quien lleva un niño dormido que recién ha sanado de una terrible enfermedad…

Yuszek Lenger no podía con su asombro, al ver el nombre del remitente… no podía ser, no podía ser… a medida que iba leyendo, su rostro endurecido por los avatares de una vida de trabajo, lucha y persecución iba siendo surcado por las lágrimas. Finalmente levantó sus ojos arrasados por la emoción y dijo a su mudo emisario, que esperaba con respeto y ansiedad una palabra suya: "Lo encontramos, Israel… lo encontramos. Y vamos a traerlo a la Argentina, cueste lo que cueste."

El resto es historia… otra historia. Ese fue el comienzo de un largo peregrinaje que llevaría a ese soldado de la Brigada Judía del Ejército de Su Graciosa Majestad Británica hasta la Argentina, al encuentro de su destino unido para siempre a ese generoso país donde vivió en segunda oportunidad la más intensa y fecunda de las vidas y volvió a conocer el amor en la forma más profunda, siendo uno de los resultados de ese amor un humilde servidor de ustedes, ya que ese fornido soldado inglés era mi padre, Simja Sneh, bendita sea su memoria. El 15 de octubre hubiese cumplido 99 años y quise recordarlo con esta anécdota que no es más que otra prueba de que el destino es inevitable, insondable… e imprevisible.

Beer Sheva, Israel, 21 de octubre del 2007

 
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