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La discusión olvidada acerca del “Keren Hayesod” Imprimir E-Mail
domingo, 11 de mayo de 2014

Por Moshé Korin

“¡Judíos ayuden a construir nuestra tierra, fortalezcan al fondo de construcción de Eretz Israel, Keren Hayesod!”, dice el póster de 1926, ornamentado como muchos otros con figuras de pioneros que trabajan incansablemente con el yunque, el arado, el pico y el martillo.  

La figura del labriego hebreo musculoso trabajando la tierra o sembrando con su saco de semillas al hombro sintetiza en la década del treinta la función que cumplía por entonces el Fondo: “Keren Hayesod siembra, el pueblo hebreo cosecha”, o “Ayúdenlo a construir Palestina (es decir: Eretz Israel)”.

Por un lado el llamado a donar, por el otro la finalidad de ese dinero: financiar los trabajos de colonización, de construcción y agricultura. Los pósters reflejan cabalmente lo que el Keren Hayesod ya era: el brazo financiero de la Organización Sionista Mundial o, si se quiere, el Ministerio de Economía de lo que ya entonces se denominaba “el Estado en camino”, es decir las instituciones de un Estado que aún no existía.

Pero eso que hoy nos parece tan natural no estaba sobrentendido en julio de 1920, cuando se creó en Londres el Keren Hayesod en el marco de la Primera Convención Sionista Mundial. El momento histórico era singular: se trataba de la primera gran convención mundial del Movimiento Sionista después de la Primera Guerra Mundial, de la cual el Movimiento surgía en un estado de euforia sin precedente: el 2 de noviembre de 1917 se había otorgado la Declaración Balfour que apoyaba abiertamente las aspiraciones sionistas en Palestina, poco después se había legalizado a la Legión Hebrea como batallón integrado a las fuerzas británicas, la Conferencia de San Remo (19-26 de abril de 1920) había otorgado a Gran Bretaña el Mandato sobre Palestina para cumplir con la promesa incluida en la Declaración Balfour, y el político judío y simpatizante del sionismo Herbert Samuel fue designado para el cargo de Alto Comisionado en Palestina, es decir la máxima autoridad por parte de la potencia mandataria.

Casi todos esos logros habían tenido como protagonista a Jaim Weizman, quien desde su arribo a Manchester y en relativamente poco tiempo había logrado un lugar destacado en el sionismo británico y en su trabajo científico. Sionista veterano, ya antes de la guerra había desafiado la política de Herzl al frente de la Fracción Democrática, con aliados de la talla de Martin Buber. Ahora estaba en su apogeo y se preparaba para liderar al sionismo a la concreción de sus aspiraciones.

Frente a él se presentaba una personalidad de relieve internacional, un revolucionario de la jurisprudencia de Estados Unidos y del mundo entero, cuya impronta continúa vigente hasta el día de hoy como pionero de la legislación democrática, liberal y de profundo sentimiento social: Louis Dembitz Brandeis (1856-1941).

La historia suele ser ingrata. El devenir de los acontecimientos suele presentar confrontaciones, vencedores y vencidos. Los historiadores viajan en el carro de los exitosos, que son quienes continúan actuando en la función pública, en tanto que a los derrotados no se los contempla y caen en el olvido. Sin embargo, es legítimo ahondar en esos momentos históricos que se presentan como bisagras, como encrucijadas que ofrecen más de una opción, y preguntar cuáles eran las alternativas.

Brandeis a los 20 años se recibió de abogado en Harvard con un promedio sin precedente: 97. Muy poco tiempo después comenzó su fama y prestigio como jurista. Era el defensor de causas de consumidores, de obreros, de gremios. Luchó y ganó innumerables batallas judiciales contra grandes monopolios (de hecho evitó que se formara uno en la red de subterráneos). En muchos casos su trabajo era voluntario y no cobraba. Sentó precedente jurídico al utilizar opiniones de expertos en otras disciplinas como prueba de perjuicio en un juicio penal, lo que se conoce hasta hoy como “Brandeis brief”. Su incansable lucha contra las grandes corporaciones que pretendían instalar monopolios y explotar a sus empleados le valieron el título no oficial de “abogado del pueblo” y varios poderosos enemigos. Estos no lograron impedir, sin embargo, que el Presidente Woodrow Wilson lo nombrara en 1916 miembro de la Corte Suprema de Justicia, nombramiento que fue aprobado en el Senado al cabo de airadas discusiones. Con ello se convirtió en el primer judío en la historia de Estados Unidos que llegaba a esa instancia.

Como juez del Alto Tribunal continuó con sentencias ejemplares, liberales en cuanto a la política y casi socialistas en cuanto a lo social. Muchas veces quedó en minoría, como en su apoyo a leyes que limitaran el trabajo asalariado de niños, pero con el tiempo fueron sus sentencias minoritarias las que se impusieron y fueron citadas en todo el mundo occidental. Un caso célebre fue su sentencia a favor de “el derecho más apreciado de la gente civilizada, es el derecho a que te dejen en paz”, que con el tiempo se convirtió en el derecho a la privacidad. En el terreno político se mostró a favor de lo que hoy llamamos transparencia y acuñó la famosa frase: la luz del sol desinfecta, haciendo referencia a que todos los negociados y maniobras turbias se hacen en secreto.

Brandeis fue también un ferviente sionista, un ideal al cual llegó relativamente tarde en su vida, en 1910 a los 54 años. Lo hizo a través de su amigo Jacob De Haas, un judío religioso londinense sionista de primera hora que había acatado la sugerencia de Herzl de trasladarse a Estados Unidos para difundir ahí el sionismo. Brandeis jamás vio ninguna contradicción entre su condición de ciudadano prominente y su sionismo, alegando que el derecho de los judíos a su propio Estado forma parte de su derecho a la igualdad. En 1914 fue electo presidente del Ejecutivo sionista en Estados Unidos. Desde su trinchera, y siendo ya juez de la Suprema Corte, contribuyó en la lucha para la obtención de la Declaración Balfour y en 1919 visitó Palestina, donde encontró una comunidad judía (el yishuv) que, para él, era deprimente.

Estos dos líderes se encontraban y se enfrentaban ahora en la Conferencia de Londres en la cima de la popularidad y del éxito. El punto más visible del enfrentamiento era en torno al Keren Hayesod. Una postura exponía que ese brazo financiero debía estar en las exclusivas manos de la Organización Sionista, en su Ejecutivo, que debía centralizar las inversiones en Palestina para lograr los objetivos. La otra proponía una descentralización, dejando en manos de las organizaciones regionales la administración de los fondos que recaudaran, y fomentando fondos de inversión privados, que buscando réditos y en libre competencia promovieran industrias y emprendimientos diversos. Dicho en otras palabras, se trataba de una doctrina centralista, intervencionista, “socialista”, frente a otra capitalista, de libre mercado. Lo paradójico era que el “socialista” Brandeis encabezaba la línea “capitalista” y Weizman lideraba la opuesta.

La verdad es que la discrepancia ideológica era tan solo la punta visible del glaciar. Por debajo se llevaba a cabo una apasionada lucha política por el liderazgo sionista. Weizman sabía perfectamente que Brandeis era el único que estaba en condiciones de desafiar su liderazgo y apuntó todas sus armas políticas, que eran muchas, para asegurar su lugar. Por otro lado, siempre existió la sospecha de que Brandeis endureció su postura debido al asesoramiento de De Haas, quien como leal y sumiso servidor de Herzl sentía rechazo por Weizman y recordaba perfectamente su pasado opositor.

Desechada la posibilidad de un acuerdo, Weizman venció en la votación y fue electo Presidente de la Organización Sionista Mundial y el Keren Hayesod se conformó de acuerdo a su postura. Brandeis renunció al Ejecutivo (no a la Organización Sionista, en la cual continuó siendo miembro hasta su muerte y ayudando en algunas causas puntuales), pero pese a que el comité sionista de Estados Unidos se rebeló, Weizman concluyó su gran victoria viajando a Estados Unidos en abril de 1921, donde las multitudes judías, no los activistas del comité, le dieron una bienvenida digna de reyes. Había llegado con una comitiva que mostraba su fuerza y su influencia, entre ellos estaba nada menos que Albert Einstein, que llegaba para ayudar a recaudar fondos para fundar la Universidad Hebrea. Las multitudes judías, saliendo literalmente a las calles a vitorearlo a su paso, mostraron la realidad: el pueblo estaba con Weizman.

Fue allí donde se rompieron definitivamente los contactos y los intentos de unificar fuerzas. Weizman, en su calidad de Presidente de la Organización Sionista Mundial, anunció la apertura de la oficina del Keren Hayesod en Estados Unidos y comenzó la campaña de recaudación. Sacó un billete de diez libras esterlinas de su billetera y dijo, sencillamente: “Tomen este dinero y continúen”.

La victoria de Weizman aseguró que el brazo financiero del sionismo se aplicara a objetivos que ninguna corporación privada hubiera realizado como prioridad número uno. Mientras el Keren Kaiemet Leisrael redimía (compraba) tierras, el Keren Hayesod daba todos los elementos indispensables para asentarse en ellas, trabajarlas y afianzar la economía hasta el día en que se tuviera un Estado. Ese día llegó, en gran medida debido a ese esfuerzo económico que fue del pueblo judío entero.

 
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