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Culturas diferentes, problemas diferentes Imprimir E-Mail
jueves, 18 de octubre de 2007

Por Rodolfo Jacobi
(Especial, desde Jerusalem)
Cuando un trabajador social en Israel trata de convencer a un inmigrante etíope de que se abstenga de pegar a su mujer, éste, más de una vez, contestará: “¿Cómo quiere que eduque a mi mujer si no le pego?” En gran parte del mundo, como en muchos países árabes y musulmanes, africanos y asiáticos, la mujer vive todavía una vida semiesclava o de esclavitud total. Esto vale también para el país etíope e incluye la respectiva población que pretende ser judía.

Cuando las familias judías etíopes llegaron a Israel en gran número en la “Operación Moisés”, en 1984, las chicas y las mujeres no se imaginaron cuánta libertad y cuántas oportunidades les esperaban en este país. Eso sí, los castigos corporales que esposas etíopes recibieron de sus maridos en Israel pudieron haber terminado más fácilmente en asesinatos que en la vieja “patria”, pues allá la mujer sometida se resigna y obedece al dueño de casa. En cambio, en Israel muchas veces la reacción es distinta. Si la mujer hace una denuncia a la Policía -que en su país de origen ni siquiera es atendida- en Israel es registrada y, muchas veces, investigada. Para el hombre afectado tal denuncia es de la más grande humillación, que, de por sí, aumenta, por lo general, el odio hacia su cónyuge desvaneciéndose así las posibilidades de un entendimiento y normalización de las relaciones matrimoniales.


La segunda generación en Israel ya vive otra situación e, inclusive, muchos hombres cuyas madres fueron maltratadas por sus padres toman partido por sus madres y no por el padre violento. Con los años, la situación se va normalizando, pero podrán pasar diez a veinte años más hasta que los ex etíopes se integren totalmente. Uno de los problemas que existen en los casos de víctimas de castigos conyugales es que la Policía no siempre se ocupa seriamente de las denuncias. Los etíopes en su mayoría son pobres, y sin “apoyo material” no siempre se mueven las cosas. La corrupción, lamentablemente, no es desconocida en Israel aunque, generalmente, existe más en las altas esferas. Por supuesto que una denuncia no es una solución. Para el agresor es una deshonra grande y aunque vaya preso, una vez liberado es más peligroso que antes.

Según informes periodísticos, las denuncias de mujeres etíopes siguen en aumento. No creemos que sea por un incremento de actos violentos, sino porque ellas se animan hoy más que antes a efectuar una denuncia, aunque sólo tiene sentido si la mujer no quiere seguir formando parte del hogar con el marido.

Hay alojamientos para mujeres que escapan de sus esposos. En uno viven siete mujeres con 17 hijos. La mayoría de las madres trabajan, los niños en edad escolar concurren a la escuela. Los asistentes sociales tratan de solucionar los problemas que suelen presentarse, por ejemplo niños que no quieren ir a la escuela. En estos alojamientos, las mujeres que no tienen trabajo cocinan para las demás o se dedican a la limpieza. A algunas les gustaría casarse de nuevo, obtenido el divorcio; otras rechazan esta idea, y exclaman “¡Nunca más en esta vida!”


Al no poder el hombre imponer su autoridad, sintiéndose impotente, ocurre que el deseo de asesinar a su esposa penetra en su mente. También, a veces, en un caso de asesinato se produce luego un suicidio. No obstante lo manifestado, los etíopes, en su gran mayoría, son gentiles y respetuosos de la ley y de la gente. Probablemente en algunos casos de celos, y que creen justificados, son la causa de una acción violenta.


En Etiopía el hombre tiene todo el derecho de exigir a la esposa todo tipo de cosas y de no cumplirse sus órdenes puede “educarla”. No se llega a asesinatos pues la mujer, al no haber alternativa, cumple con “su deber”.


También puede exigir el marido tener sexo con su cónyuge en cualquier momento que lo desee (excepto durante la menstruación). La única momentánea evasión que tiene la esposa allá es huir a la cocina, lugar éste al que el marido tiene prohibido entrar. En Etiopía, las autoridades religiosas judías, los Kesim (rabinos) suelen intervenir, pero se tuvieron que limitar a aconsejar a los esposos a ser menos violentos y a las mujeres a ser más obedientes manteniendo unidas a las familias asegurando el código de honor de la vida doméstica.


Cuando los etíopes llegaron a Israel, sobre todo después de la “Operación Moisés”, los maridos comprobaron que su autoridad “absoluta, indiscutible”, no se reconocía en Israel, y las mujeres, a su vez, hallaron libertades y derechos que nunca habían imaginado. El choque emocional fue inevitable. Del total de asesinatos de esposas cometidos en Israel, el 25 por ciento fue de etíopes, o sea muchos más que la parte que les corresponde en la población

 
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