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Sara Rus: “No puede haber perdón para un asesino” Imprimir E-Mail
jueves, 12 de septiembre de 2013

Demasiadas heridas incrustadas en el alma, 85 años y una resistencia inquebrantable. Sara Rus es doble sobreviviente: del genocidio nazi y de la dictadura argentina. Durante la Segunda Guerra Mundial, murieron dos hermanos recién nacidos en el ghetto de Lodz y, luego, su padre en Auschwitz, donde ella y su madre estuvieron prisioneras. Mucho tiempo después, tras emigrar a Buenos Aires y convertirse en madre (pese a los pronósticos), el terrorismo de Estado le arrancó a Daniel, su hijo mayor, físico nuclear, desaparecido. 

La historia de Sara es tan vasta y singular que hace falta un libro para contarla. De hecho, existe uno, “Sobrevivir dos veces”, de Eva Eisenstaedt. En su departamento porteño, Rus atesora y muestra con orgullo las ediciones en español y alemán, cuya autora es también su amiga. El refugio de esta polaca, menuda, -mide 1,52m- de rostro sereno, es un espacio confortable, en donde el Sol entra exuberante y sus estantes son refugio de la memoria. Allí hay una foto de Sara sonriendo junto a su madre, algunos años después de la guerra. Otra, en la cual también está su padre -sastre- en tiempos tranquilos y lejanos. En la tercera, Daniel posa sonriente, ignorante de su destino. Y hay una más, de Ana y Paula, las nietas que le dio su hija Natalia. “Son el Sol de mi vida”, dice Sara sonriente con su particular acento. Sara fue una niña feliz, hasta que estalló la guerra, en 1939. Todavía era hija única de padres con un buen pasar, soñaba con un hermanito y le gustaba escuchar música. “Tenía buen oído. Un amigo de papá, violinista, le sugirió que me comprara un violín porque él me iba a enseñar a tocar”, explica Rus. Un día llegaron los alemanes. Todo cambió. “A diferencia de Varsovia, en Lodz entraron sin que la gente se resistiera. Mis padres sabían acerca de Hitler y que los alemanes eran gente mala. Pero yo me hice una idea de todo ni bien entraron en la casa.” Sara tenía doce años. Su violín estaba sobre la mesa. Un soldado alemán preguntó de quién era. La madre contestó. Lo destrozó de un solo golpe. “Ése fue mi primer encuentro con los alemanes”, recuerda. Al año siguiente, llevaron a su familia a un ghetto y su madre quedó embarazada. “Mamá no podía amamantar al bebe, sufría tifus. No teníamos comida ni nada. Murió desnutrido a los tres meses… Un año después, mamá quedó embarazada otra vez. Lo mataron los alemanes cuando nació”, cuenta Rus. Y agrega: “Era una cosa brutal. Las SS iban a los hospitales, sacaban a los chicos y los tiraban en camiones. A los padres les decían que los iban a llevar a trabajar. Pero los llevaban a campos de exterminio. En los primeros años, no sabíamos que existían”. Creció de golpe. Y tuvo que hacerse cargo de muchas cosas. Hasta 1944, cuando sacaron a la familia del ghetto para llevarla a Auschwitz-Birkenau, Sara trabajaba en una fábrica de sombreros. La maltrataban y humillaban, pero igual tenía que hacer doble turno porque su madre estaba muy enferma y no podía trabajar. En esa época conoció a Bernardo. Fue el gran amor de su vida. Años después fue su marido y padre de sus hijos. Bernardo sabía que había familiares de Sara instalados en la Argentina, por lo que le propuso que -si sobrevivían-, se encontraran, el 5 de mayo de 1945, en la puerta del Kavanagh. Fue apenas unos pocos días después cuando la sacaron del ghetto. Pensó que no lo vería nunca más. Ni bien llegaron a Auschwitz -donde los nazis hacían formar fila a los judíos-, se llevaron a su papá. “Nunca supe más de él. Tampoco logré averiguar nada”, cuenta Rus. A su mamá, tuvo que rescatarla. “Quedé en la fila de personas que estaban en mejores condiciones. De pronto, me encontré sin mamá. Era joven, pero estaba muy delgada y tenía mal aspecto. Me acerqué al alemán que estaba separando a la gente y le hablé en su idioma. ‘Me separaste de mi mamá’, le dije. ‘¿Cómo te atreves a acercarte?’, me gritó. Le repetí que me había separado de mi mamá. Entonces, me dijo: ‘Andá a buscarla’. Y así le salvé la vida.” Las dos vivieron cosas terribles en Auschwitz. Las lágrimas desbordan. Como varias veces durante esta entrevista. Recuerda que, primero, las hicieron pasar desnudas a una “sala de revisión”. Trenzas largas escondían el cuerpo de Sara. En las paredes estaba escrito en alemán: “Un piojo y morís”. Madre e hija temblaban de miedo. Retuvieron a Sara. “Vamos a ver qué hacemos con ella”, escuché que decían. Pensé que me iban a matar. Me revisaron y no encontraron ni un piojo. Me cortaron el pelo y me llevaron, a empujones, a un lugar lleno de vapor y siluetas. La gente estaba despellejada. Yo grité: ‘Mamá, mamá’. Una señora sentada en un escaloncito me dijo: ‘Yo soy tu madre’. No la había reconocido. Era un baño para desinfectar. Con agua hirviendo.”

¿Qué fue lo más terrible? La desesperación… Nos llevaron a unas barracas de cemento, donde hasta los “kapos” (ndr: nombre que les daban los nazis a los prisioneros judíos que debían supervisar a los demás) nos trataban como animales para congraciarse con los alemanes. Teníamos hambre y estábamos prácticamente desnudas, con unos tapados y sin ropa interior. Todas las noches y todas las mañanas, nos hacían levantar para contarnos. De madrugada también. Levantarnos es una forma de decir, porque nadie dormía en esas condiciones. Directamente, uno no se podía mover. Hacía mucho frío y estábamos acostadas unas encima de otras para darnos calor… Una vez, nos levantaron para contarnos. Desapareció una fila. Luego otra. A nosotras nos mandaron de vuelta a la barraca. Esa gente iba a la cámara de gas… Cada vez que volvíamos de los conteos, mamá me decía: “Debe haber un ángel que nos protege”. Todavía me pregunto si realmente no fue así. Teníamos que sobrevivir. Y yo tenía que estar acá, contando la historia.

¿Alguna vez los alemanes tuvieron un acto humanitario hacia ustedes? Las SS, no. Cuando nos sacaron del campo y nos llevaron a una fábrica de aviones, en Freiburg, nos trataron mejor, porque había ingenieros que nos enseñaban a trabajar. Uno, especialmente, sentía compasión por nosotras. Junto con otra chica, teníamos que sellar alas de aviones con una pistola de aire y poner los remaches. Una de un lado y, la otra, del otro. Trabajábamos sobre rieles. Este ingeniero pasaba y nos dejaba algo de comida, a escondidas. Sara sufrió un grave accidente en esa fábrica. “Casi me muero. Me llevaron a la enfermería, con una rusa que era peor que los alemanes. Nos atendía como una asesina”, recapacita. Años después y a raíz de esto, le dijeron que no podría tener hijos. Y reflexiona: “También, por todo lo que había pasado y porque prácticamente era una niña, ya que no me había desarrollado cuando me llevaron a los campos de concentración. Allí, de hambre y de miedo, me desapareció hasta el período. A mi madre, también. Por un lado, mejor, hubiera sido más indigno”. Después del accidente, mandaron a Sara a trabajar a una cocina, donde podía estar sentada. Pelaba papas. Y salvaba vidas: “Sabía que las papas calmaban el hambre. Me las metía en el forro del tapado e iba al baño. Como me llevaba un anciano, no se daba cuenta. Al baño llegaban otras judías que trabajaban en la fábrica. Yo sacaba las papas del forro y se las daba. Se comían las papas crudas, con cáscara y todo… Son cosas difíciles de olvidar. Arriesgaba mi vida...”.

PAN, MUERTE Y LIBERACIÓN El último destino de Sara y su madre fue el campo de exterminio de Mauthausen, en Austria. La guerra estaba por terminar. Fue el peor traslado. Fueron llevadas en trenes abiertos, con diluvios interminables. Llegaron en condiciones deplorables. Agotadas, física y psicológicamente. “Cuando uno tiene hambre, en lo único que piensa es en rogar: ‘Dios mío, un poquito de pan’. Vivíamos pendientes de eso. Para llegar a la fábrica de aviones, teníamos que caminar un largo trecho. Pasábamos colmenas. Yo decía que ‘hasta las abejas tienen su casita y su comida, y nosotros no tenemos nada’. Mamá trataba de consolarme: ‘Vas a ver, todavía vamos a tener un cuchillo y un pan’. Durante mucho tiempo, el mayor sueño fue poder cortarnos nosotras mismas un pedacito de pan…

” Cuando estaban en Mauthausen, ¿sabían que la liberación estaba cerca? Llegamos casi muertas. Había que caminar desde los vagones hasta el campo. Mamá quedó tirada en el camino. Los alemanes querían matarla. Yo pensé que se moría. Un alemán gordo, que no era SS, me permitió que le diera agua y la llevara hasta Mauthausen, que era un lugar de exterminio terrible. Había muertos tirados en los pisos de los galpones. Pero ya se sentía el final de la guerra. Los alemanes comenzaron a movilizarse. Sabían que los norteamericanos estaban por llegar. Y todavía tenían el descaro de preguntar: “¿Quién quiere venir con nosotros? Porque los norteamericanos van a matarlos a todos…”. Nadie se movía, claro.

¿Cuándo y cómo fue liberada? El 5 del mayo del 45, la fecha que había dicho Bernardo… Es imposible recordar si era de día o de noche. O alguna cosa más. Yo pesaba 26 kilos. Mamá, unos 27 o 28. No podíamos caminar, ni tenernos en pie. Cuando entraron los norteamericanos y vieron el estado en que estábamos, se pusieron a llorar… A veces no quiero llorar. Pero los recuerdos me superan. ¿Qué pasó después? Los norteamericanos organizaron hospitales en donde los alemanes tenían sus cuarteles. Había gente que comía mucho de golpe. Se moría porque su estómago no aguantaba. Durante tres meses, estuve con suero y sin poder caminar. Mamá se recuperó más rápido que yo, como si hubiera pensado: “Tengo que salvar a mi hija”. Detrás de una barraca, se hizo una cocina con ladrillos. Me cocinó en dos ollas que le regalaron los norteamericanos. Todavía las conservo, porque son parte de mi historia.

EL PEOR HORROR Bernardo -quien también había pasado por Auschwitz y otros campos de concentración y trabajos forzados- le hizo llegar una carta por medio de una joven polaca. Se reencontraron. Se casaron y, luego de mudarse a diferentes ciudades europeas, decidieron viajar a la Argentina junto con la madre de Sara. Entraron clandestinamente a la ciudad de Formosa, desde Paraguay. En esa época, el gobierno de Juan Domingo Perón no recibía refugiados judíos. Por el temor a ser deportados, Bernardo decidió mandarle una carta (en polaco) a Eva Perón. Le pidió que los eximiera de la repatriación obligatoria y les permitiera reunirse con los familiares de Sara, en Buenos Aires. Sara cuenta: “Evita le contestó que no nos iban a mandar de vuelta y nos dio pases para quedarnos”. De a poco, Sara y Bernardo armaron una nueva vida en Villa Lynch, donde nació Daniel, en 1950. Y cinco años después, Natalia. Cuando parecía que el destino los compensaba y les sonreía, un nuevo golpe los desgarró. Daniel estaba becado en la Comisión Nacional de Energía Atómica (Conea). Poco antes de cumplir 27 años, el 15 de julio de 1977, fue secuestrado y metido en una camioneta junto con otras quince personas de la Conea. Sara tocó muchas puertas sin que nadie le diera una respuesta. Por esa razón, se unió a las Madres de Plaza de Mayo, Línea Fundadora. Dice que su hijo “era un muchacho pensante. Si pertenecía a algún partido, no me enteré. Le gustaban mucho Perón y Evita. No era partidario del régimen militar, como tantos otros chicos que desaparecieron y que eran nuestro futuro, jóvenes brillantes. Esto fue lo más terrible de mi vida”.

¿Es cierto que Daniel estuvo en la ESMA? Hay rumores. Gente que estuvo en la Conea lo decía, pero no me consta.

Usted perdió a su padre, a dos hermanos y a su hijo.

¿De dónde sacó fuerzas para seguir adelante?

Son las ganas de vivir, y esperar siempre algo de la vida. No es fácil perder a un hijo y seguir viviendo… Pero yo tenía hija y nietas, tenía por quién vivir y para qué. Mi vida es luchar por Justicia. Los alemanes recibieron lo suyo, aunque hay que luchar para que no vuelva nunca más a levantarse ese régimen nazi. Por algo estoy viva, y otras también. Quienes sobrevivimos tenemos que luchar y dar testimonio de todo lo que sufrimos: la guerra y perder a un hijo…

¿Cuál es el sentimiento que predomina en usted cuando mira hacia atrás? Cuando me preguntan qué sentiría si me encontrara con un Videla o con un nazi, dentro de mí, no hay odio. Y esto me mantiene viva. Creo que el odio lo consume a uno. Si yo viviera con eso, me pondría en el lugar del asesino. Y no estoy para matar, sino para pedir Justicia.

¿Cree en el perdón? Para estas personas, no. No puede haber perdón para un asesino. Plegaria por un hijo “Daniel me dio amor y satisfacciones. Era el mejor alumno, el mejor compañero, el abanderado. Desgraciadamente, el gobierno asesino de los militares copió muy bien el sistema de los alemanes. Algunos salieron de los campos de concentración y pudieron contar de qué manera los tenían, igual que los nazis. En las cámaras de tortura había cruces esvásticas. Por ser judío, imagino que a mi hijo lo trataron todavía peor. Con mi marido -quien se dejó morir porque nuestro hijo no aparecía- hablamos con los más altos dignatarios. Hubo físicos franceses que mandaron cartas a la Argentina. Bernardo le escribió a Videla, a Massera. Contestaron que no sabían lo que había pasado con Daniel. Espero Justicia. Cuando muere un judío, es sagrado un último rezo. Yo no pude hacerlo nunca. Puede ser que aparezca algo del cuerpo de mi hijo para llevarlo al cementerio. Después de lo vivido, no sé si soy tan creyente. Me pregunto dónde estaba Dios cuando se llevaron a esas criaturas. Y también a los millones de personas que mataron los alemanes.”

Ciudadana Ilustre Empeñada en mantener viva la memoria colectiva, “porque si no hay memoria todo se desvanece”, Sara Rus da conferencias acerca de su experiencia como víctima de los regímenes de Hitler y de la dictadura argentina. Habla ante estudiantes del último año de Derecho, y también de alumnos de escuelas secundarias. Recientemente, habló frente a seis mil personas en “La marcha por la vida 2012”, que tuvo lugar en Polonia. Entre los reconocimientos recibidos está el de la presidenta Cristina Fernández, quien le entregó el Premio Azucena Villaflor de Vicenti a la trayectoria en Derechos Humanos, en 2008. Dos años después, la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires la declaró Ciudadana Ilustre y fue nombrada Ciudadana Ilustre de Mar del Plata. En memoria de Daniel, hay una placa en la biblioteca de la Escuela de Educación Secundaria Nº 9 “Justo José de Urquiza”, en Buenos Aires, donde cursó el secundario. Por Francia Fernández Víctima del Holocausto y Madre de Plaza de Mayo, Sara Rus recuerda el espanto del nazismo y el desgarro permanente por la desaparición de su hijo. La importancia de no olvidar.

Fuente: 24 de julio del 2012, Revista Debate

 
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