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jueves, 12 de septiembre de 2013

Manuel A. Lotersztein

Por más que haya sido un atentado perpetrado en 1972 en  la  Villa Olímpica de Munich (Baviera, Alemania)  sorprende que, atento las características del  penoso episodio, la nota recordatoria  de “La Nación” fuera publicada en su suplemento  deportivo  del reciente 1º de agosto  y no en el cuerpo principal del diario. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Digamos, en compensación, que  se trató   de “la mirada”  de  Ezequiel Fernandez Moores, uno de los periodistas  más importantes en su área, que aborda con igual pericia diferentes  rubros.  Su  imperdible escrito “El Silencio de Munich 72” expresa elocuentemente la disconformidad que suscitó y aun continúa suscitando la actitud de las  autoridades  del Comité Olímpico Internacional frente al salvaje ataque del grupo terrorista “Setiembre Negro”  que costó la vida de los 11 atletas israelíes (más la de un policía alemán y 5 terroristas.

Los integrantes del Comité persisten en minimizar este lamentable hecho, a cuatro décadas de haberse producido. Ello es doblemente censurable pues fue un atentado cobarde, cruel e inútil  y  se  concretó en el interior de la Villa Olímpica. Ni lejos ni cerca. Dentro de la misma, lo que los compromete aún más. Resulta igualmente insultante para los familiares de las 11 víctimas  que dicho Comité tampoco se haya expedido al respecto en la actual Olimpíada. ¡Qué curioso! El mismo día  de su  publicación, el diario también  informaba –a través de una pequeñísima nota- que la Corte Suprema de Justicia de nuestro país consideraba “prescripta  y definitivamente concluida”  la posibilidad que tiene el Estado de investigar el ataque que cometió la  organización Montoneros  en julio 1976 cuando  hizo estallar explosivos en el comedor del edificio de  Coordinación de la Policía Federal  que provocó  la muerte de 23 personas. Se fundó dicho fallo en que era “Inadmisible el recurso presentado por las familias de las víctimas en razón del tiempo transcurrido”. Semejantes y diferentes, ambos hechos revelan un  inquietante  desprecio por la vida humana.

Cuando se produjo la tragedia, de los participantes solo el equipo filipino, trece atletas noruegos y seis holandeses abandonaron el lugar. Jaques Rogge, que había asistido en esa oportunidad como regatista,  pensó que abandonarlo era darle la razón al terrorismo. Pero, designado  posteriormente Presidente de los Juegos Olímpicos, no hesitó en afirmar que “aún a cuarenta años de la tragedia, no era posible siquiera hacer un minuto de silencio pues no estaba contemplado en el protocolo de la inauguración de la fiesta de apertura de Londres”.  El comentarista oficial del evento Bob Costas, había prometido ese minuto de silencio por las once víctimas pero, finalmente,  se limitó a mencionar que Rogge las había homenajeado unas horas antes en la Villa Olímpica. ¿Qué importancia tenía que el 7 de junio de 2005, un día después de haber sido designada Londres sede de los Juegos Olímpicos, se produjeran ataques terroristas que ocasionaron 52 muertos en esa ciudad?  Bárbara Berger, hermana de uno de los asesinados, David Berger,  afirmó que si hubieran sido estadounidenses, se habría contado con ese minuto y mucho  tiempo antes. Bob Costas, el comentarista oficial del evento fue aún más contundente: “O de cualquier país que no fuera Israel”.   Christinne Brennan, columnista del  “USA Today” lo explicitó sin tapujos: “El COI  no quiere hacer nada que moleste a las cincuenta naciones árabes, mayormente musulmanas, que participan en los juegos”  No fueron antojadizos los comentarios: la competición olímpica se suspendió solo por un día y, al siguiente, se realizó un memorial por los muertos. En ese acto, la bandera olímpica se izó a media asta,  e igualmente lo hicieron la mayoría de los restantes países. La única excepción fueron los países árabes que se negaron adherirse a esa medida.  Ese 5 de setiembre, el resto del equipo olímpico israelí anunció que abandonaba Munich. Dos días más tarde, temiendo posibles represalias, también se retiró el equipo egipcio. Los familiares de las víctimas solicitaron al COI levantar un monumento en memoria de los atletas asesinados. El pedido  fue denegado.

La historia de esta tragedia y sus consecuencias (entre ellos los operativos israelíes  “cólera de Dios” y “primavera de juventud” destinados a castigar a los culpables) excede largamente este sucinto homenaje a las víctimas. Pero no podría cerrarse el mismo sin comentar los errores que cometieron las autoridades alemanas durante el desarrollo del ataque, ya que  posibilitaron su lamentable desenlace. Existe total consenso al respecto:

1.- Las autoridades alemanas, con Willy Brandt como primera figura y Hans-Dietrich Genscher como Ministro del Interior, rechazaron el ofrecimiento de Israel de enviar un grupo de fuerzas especiales.

2.- Hubo limitaciones y fallas imperdonables en la vigilancia, pese la existencia de advertencias previas  que aconsejaban  su refuerzo.

3.- Conflicto de jurisdicciones demoraron  aún más los tardíos carros de ataque solicitados en un primer momento

4.-  Ciertas estrategias de rescate debieron descartarse: los terroristas evitaban  las maniobras defensivas  al poder conocerlas a través de las pantallas de televisión  que transmitían los terribles acontecimientos a todo el mundo como si fueran una competencia deportiva más.

5.- La inexperiencia y carencia de equipos mínimos de los francotiradores designados en el aeropuerto que debían impedir la partida del avión con los rehenes hacia Egipto.

6.- Policías instalados en dicho avión  lo abandonaron imprevistamente.

7.- Hubo, 53 días más tarde, tras el dudoso secuestro de un avión de Lufthansa, un pacto  para evitar futuros atentados entre las autoridades alemanas y los tres terroristas que  fueron tomados prisioneros en esa oportunidad, permitiendo con ello  la liberación de los mismos.

Films de ficción (“21 Horas en Munich, “Munich” de S. Spielberg), documentales (“Un día en setiembre”) decenas de  comentarios periodísticos y libros se refirieron al vandálico ataque desde entonces. Pero han pasado 40 años y el  Comité Olímpico Internacional, responsable principal del atentado que provocó la muerte de 11 atletas israelíes,  mantiene su actitud reticente y distante respecto al hecho. 

Los que no honran la muerte no están en condiciones de honrar dignamente la vida.  Mientras existan dirigentes como los de este Comité, olímpicos únicamente en su desprecio por el ser humano, el destino de la humanidad será tan incierto como en  aquel  doloroso septiembre negro de 1972.

 
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