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Dr. Sam Gueller: El origen del pueblo judío Imprimir E-Mail
miércoles, 11 de septiembre de 2013

Por Moshé Korin

Las cosas claras: el Dr. Sam Gueller entra de lleno, con este libro, a la polémica más explícita y controvertida de los últimos cincuenta años en los medios académicos vinculados a la arqueología, la historia y los estudios bíblicos.

 

Se trata de una discusión relativamente joven, ya que la arqueología es una disciplina reciente comparada con las otras que atañen a este tema, y no es equivocado vincular su nacimiento, al menos en lo que se refiere al Oriente Medio y la Mesopotamia, a los orígenes de la egiptología, que como disciplina tiene apenas un poco más de 200 años de existencia. Por lo tanto, contrariamente a la exégesis bíblica, por ejemplo, una rama en la cual todo parece estar ya dicho, aquí está todo por decirse.

De manera que una tesis sobre los orígenes filosóficos o teológicos del judaísmo y/o del pueblo judío –como por ejemplo la monumental obra de Yejezkel Kaufman sobre la Historia de la Fe Israelita puede ser más controvertida desde el punto de vista de la opinión personal, pero más aceptado en un amplio consenso en lo que se refiere a los datos sobre los cuales se fundamenta. En el caso del encarado resueltamente por Gueller, lo que se discute es precisamente los datos.

La problemática es variada, pero tiene fundamentalmente dos elementos de discusión que minimizan a los demás. Uno es el de la cronología en todo lo que se refiere a los hallazgos arqueológicos; el otro es el de la presencia o ausencia de un texto confiable que dimensione esos mismos hallazgos.

La cronología ha constituido el principal problema de la egiptología y de toda la cuenca del Mediterráneo durante varias décadas, hasta que pareció más o menos confirmada la dinastía de los faraones por el célebre investigador y arqueólogo norteamericano James Henry Breasted, y a partir de allí se fecharon en la misma relación todas las demás regiones, hasta la Mesopotamia y Creta con los albores de las culturas que conformaron el carácter de todo Occidente, la hebrea y la griega.

Sin embargo, esa cronología ha sido discutida en reiteradas ocasiones, aunque no precisamente por los arqueólogos, que parecen sentirse cómodos con un punto de referencia firme e inalterable. Es decir: las discusiones arqueológicas existen y han modificado y modifican aún hoy la cronología egipcia, pero las variaciones han llegado a ser de algunas decenas de años y en algún caso extremo, de un siglo.

Pero además de la falta de consenso en torno a la cronología y adolecer de una gran fragilidad, se erige el otro gran problema y es la ausencia de un texto científicamente aceptado como válido para dar cuerpo y significado a los hallazgos arqueológicos. Pese a algunas afirmaciones en contrario, es evidente que la arqueología no sustituye a la historia y muchos de sus más resonados hallazgos carecerían de sentido e incluso de importancia si no mediara un texto que se las diera.

Un ejemplo clásico de lo dicho se puede apreciar con claridad en las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por Igal Yadín en Massada. Todos los hallazgos que nos parecen realmente notables, confirman, modifican y documentan la historia del lugar que ha llegado hasta nosotros en el texto de Flavio Josefo en “Las Guerras de los Judíos”. Más allá de la opinión que merezca Josefo como historiador, su relato enmarca a los hallazgos, les da significado, permite reconstruir con mayor fidelidad que en su libro los avatares del sitio al lugar, la ubicación exacta de las legiones romanas, la constatación del sistema de recolección de aguas pluviales, etc. Sin dicho relato, Massada sería una ruina, como tantas otras, sobre la cual todo sería conjetura.

Sin embargo, no faltan algunos textos que puedan ayudar cuando se llega a la historia del antiguo Medio Oriente y la Mesopotamia. La escritura, recordemos, nació allí. Hay también documentos egipcios que permiten establecer comparaciones. Y por sobre todo, está el libro más difundido, la Biblia.

Durante muchos años se ha dicho que lo que falta es un libro de historia, un relato que sirva de referencia y otorgue significado a los hallazgos. Se ha dicho también, con plena justicia, que la Biblia no es un libro de historia y no pretende serlo. Un libro de historia no le hubiera dedicado dos largos capítulos (II Samuel 11-12) a la historia del adulterio de Betsabé con el rey David, y acto seguido una historia familiar, la de sus hijos Amnón y Tamar y la de Absalom (II Samuel 13-19), y en medio de todo eso, apenas unos versículos (II Samuel, 12:27-31) para aclarar que el ejército de David doblegó a los amonitas y conquistó su capital. Un libro interesado en historia hubiese, invertido la proporción.

Sin embargo, para un libro que no pretende hacer historia, la Biblia sorprende con la precisión de sus escuetas referencias. Tanto en los libros de Reyes como en las Crónicas, se mencionan lugares o ciudades al pasar, agregando a veces un comentario como “estaba fortificada con muros”, o “fue incendiada” por algún enemigo, y las excavaciones arqueológicas no sólo encuentran la ciudad mencionada en el preciso lugar indicado, sino que por lo general se logra constatar la veracidad del versículo dicho como al pasar.

¿Por qué entonces no es la Biblia ese anhelado libro para enmarcar los hallazgos de la arqueología en un relato coherente? Porque la arqueología convencional, en forma casi unánime, alega que los hallazgos contradicen el relato bíblico, no sólo no lo confirman, sino que parecen demostrar su inexactitud.

La arqueología parece haberse convertido en el principal instrumento demostrativo de la inexactitud de la Biblia, al menos para todo lo que se refiere a la antigüedad de Israel, por lo menos hasta la destrucción del Primer Templo (722 a.e.c.), un período que ha pasado a formar parte de la mitología hebrea en su totalidad. Esta situación abre a su vez otros interrogantes y nuevas inquietudes. ¿Cómo puede ser que todo lo referente a la geografía, incluso en la época“mitológica”, goza de una precisión asombrosa incluso en los detalles en el texto bíblico, y cuando se llega a los acontecimientos descriptos como dramáticos, por ejemplo la conquista de Canaán, no hay ni asomo de pruebas?

Aquí es conveniente recordar que el principal problema es el de la cronología. Con una diferencia de aproximadamente 300 años, se pueden hacer coincidir infinidad de hallazgos arqueológicos con el relato bíblico, incluidos los restos de campamentos nómades divididos en tribus en el desierto del Sinaí y no sólo la actividad en el territorio de Israel.

Son pocos los arqueólogos que han desafiado la cronología (un caso notable lo constituye el Dr. Adam Zartal, quien alega haber encontrado el altar de Eival, utilizado por los hijos de Israel al cruzar el Jordán según el libro de Josué). Pero desde afuera, un puñado de científicos que no pertenecen a la ortodoxia y entre los cuales se destaca a nivel mundial Immanuel Velikovsky, han desafiado a la cronología desde diferentes posturas.

Es fácil quizás refutar los argumentos que pretenden sustentar la cronología nueva, pero es indiscutible que ésta no sólo permite la utilización de la Bibliacomo texto guía, sino que, en el caso de Velikovsky, soluciona perfectamente el famoso “agujero negro” de tres siglos en la cronología del antiguo Egipto.

El Dr. Sam Gueller, con una envidiable erudición en el tema, cumple en este libro dos funciones. La primera, recomendada a todos los curiosos interesados en ilustrarse sobre el tema, es dar una actualizada descripción y una introducción autorizada de ese universo desconocido para muchos, en el cual comienza la historia tal como la conocemos, porque es el comienzo de la escritura.

El texto de Gueller permite también conocer el misterio de esa cultura gigantesca, cuyos vestigios se ven con claridad en los textos más antiguos del relato bíblico: la civilización de Sumeria. De ella tenemos referencias directas y claras, pero los investigadores tienen ante sí a la civilización de Acad, no sabemos qué sucedió con la otra.

Y aquí aparece la otra función del libro de Gueller: la teoría, tan buena como cualquier otra en este mundo de conjeturas, de que la cultura sumeria, desaparecida sin violencia, es el origen de la civilización hebrea fundada por el patriarca Abraham, estableciendo un paralelismo entre las doce ciudades capitales en la zona de la Mesopotamia del Sur y las doce tribus de Israel. Se trata de una teoría que da lugar a la reflexión y que permite otorgarle un significado diferente a todos los mitos mesopotámicos que aparecen en el Génesis como parte de la cultura de Israel.

Por las dos cosas, el libro de Gueller ofrece una aventura intelectual que promete deleite.

Nota: El día Martes 3 de Julio a las 18.30 hs. se presentará el libro en AMIA, en el Café Literario, 2º piso.

 
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