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El valor que tiene para el judaísmo: La importancia de la palabra Imprimir E-Mail
miércoles, 11 de septiembre de 2013

Por Moshé Korin

Se ha repetido en innumerables ocasiones que los judíos somos el pueblo del libro; ahora bien, creo que cabe preguntarnos qué es verdaderamente lo que esta afirmación devela de nosotros, así como también qué entramado simbólico ha configurado a lo largo de nuestra historia. En suma, hasta dónde podemos pensar el alcance del valor judaico en relación a la palabra.

 

 

Cierto es también que mucho se ha escrito sobre ello, pero tal vez nos hallamos frente a uno de esos interrogantes, que constituyen hebras íntimas que tocan un núcleo nodal de nuestra condición y que por ello, su incesante abordaje nos enriquece en nuestra reflexión sobre nuestra esencia misma.

Tal es el espíritu que guía estas líneas. Es mi mayor deseo, no tanto que las respuestas aquí esbozadas sean consideradas en sí mismas, sino más bien que los interrogantes que las nutren, resuenen en el lector; ello será “per se” prueba suficiente de que la palabra posee para nosotros un inconmensurable valor.

La palabra, la letra, el verbo han sido el hábitat natural del pueblo judío; han sido el refugio, la invaluable morada en el exilio, el sitio común compartido en la diáspora. Desde los milenarios tiempos de la Torá, la palabra se ha configurado en el más preciado bagaje que hemos legado a nuestras generaciones futuras.

En otros términos, la palabra y más precisamente la letra, han sido y son, nuestra patria judía.

Dijo alguna vez Adorno, “quien no tiene patria encuentra en los renglones un lugar para vivir”; tal afirmación no podría captar mejor el inestimable valor simbólico que los judíos le hemos otorgado a la letra escrita a lo largo de nuestras centurias de exilio.

Nuestra tradición hace referencia en innumerables oportunidades al valor de pilar que es para nosotros la palabra y la letra, difícil sería pues siquiera reseñarlas aquí. Tan sólo mencionemos, a modo de señalamiento, la bella y sabia frase que reza: “Una habitación sin libros es como una casa sin ventanas”.

En la misma línea, con su inigualable capacidad de síntesis y reflexión, subrayó Máximo Yagupski en su libro de “Preguntas y respuestas sobre judaísmo”:

“¿Qué puede hacer el judío fáustico, moderno?/Al igual que el personaje de Goethe, colocarse frente a la biblioteca. / Fausto desecha esos libros. / Al judío en cambio, sólo le quedan libros”.

Imposible negarlo. El Libro y los libros han sido los puentes de papel que nos han unido, nos han abrigado, nos han permitido a pesar de la distancia estrechar lazos con nuestros antepasados, con nuestros contemporáneos y con el porvenir.

La palabra que discrimina

Nos hemos referido hasta aquí al valor de la palabra otorgado desde el judaísmo; detengámonos ahora brevemente en la palabra dirigida desde el gentil para significar lo judío, pero más precisamente en el mordaz uso antisemita presente en esta significación (aunque debemos destacar que no ha sido, por supuesto, la única relación establecida del gentil para con nosotros).

Desde el uso vulgar y popular hasta la doctrina propágandística nazi, han sido muchas las acepciones, las denominaciones y estigmatizaciones que hemos sufrido los judíos en esa suerte de preludio a la agresión física que es la naturalización de la discriminación en la violencia verbal. Por esto último entiendo, las asociaciones comunes, cotidianas de lo judío con lo despectivo, lo negativo y lo denigrante.

Recordemos un dato nada nimio: aún hoy al buscar en el Diccionario de la Real Academia Española, el término “judiada” hallamos la siguiente definición:“Acción mala, que tendenciosamente se consideraba propia de judíos.”

Recalquemos que para que tal acepción se vea cristalizada en un diccionario oficial es porque su uso ha sido considerablemente generalizado.

No debemos subestimar el poder de dominación que ejercen estas aparentes e inocentes significaciones, ya que ellas encierran en su seno las prácticas más efectivas de control, y en este caso de segregación y violencia social.

En este sentido no es casual la quema colectiva y pública de libros durante la época de la Alemania nazi, así como tampoco su aparato propagandístico que señalaba al judío como un parásito social de condición inferior a lo humano.

Respecto de la cualidad maleable y lábil del pasado y del poder que conlleva otorgarle un determinado significado, el gran Borges escribió haciendo especial hincapié en lo que ocurría en aquel entonces con el antisemitismo:

 “(...) el pasado remoto es de aquellas cosas que pueden / enriquecer la ignorancia. Es infinitamente plástico y / agradable, mucho más servicial que el porvenir y mucho / menos exigente de esfuerzos. Es la estación famosa y / predilecta de las mitologías./

¿Quién no jugó a los antepasados alguna vez, a las / prehistorias de su carne y de su sangre? Yo lo hago muchas / veces, y muchas no me disgustó pensarme judío”.

La palabra que cura

En este breve recorrido sobre el entramado simbólico entre la palabra y el judaísmo, no podemos dejar de mencionar la importancia que la palabra y la letra escrita han tenido en relación a la “Shoá”.

A poco de haber terminado la Segunda Guerra Mundial eran los menos los sobrevivientes que se aventuraban a dar testimonio de lo acontecido en la noche de los tiempos. Sin embargo, hoy podemos con certeza afirmar que la enorme cantidad de testimonios de sobrevivientes da cuenta del valor intrínseco del testimoniar mismo, luego de la catástrofe. 

Más allá de las disquisiciones teóricas debemos señalar que frente a la dificultad de transmitir el horror de lo vivido, ha prevalecido una imperiosa necesidad de contar. Las razones detrás de esta motivación son sin dudas más de una, pero no podríamos dejar por fuera el valor de la palabra en tanto posibilitadora de elaboración subjetiva de lo padecido.

El testimonio ha favorecido el duelo de lo inenarrable. El testimonio ha hecho hablar lo innombrable,  y es en este sentido que cada testimonio de la “Shoá” ha sido una suerte de “Kadish” personal a la vez que colectivo.

El testimonio ha hecho saber al mundo aquello que el nazismo ha querido silenciar: nuestra voz.  Y tal es el poder de la palabra no silenciada.

Para concluir, sólo me resta decir que el valor de la palabra, la responsabilidad y cuidado para con ella son tareas colectivas, pues debemos darnos cuenta de que es una herramienta, un arma, un instrumento que puede ser de labranza o bien de degradación.

Nuestros sabios lo supieron, nuestros eruditos lo señalaron incesantemente, nos toca hoy a nosotros recordarlo día a día.

 
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