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1492 / 1942. Un puente antropológico Imprimir E-Mail
sábado, 07 de septiembre de 2013

Por Christiane Stallaert*, Bélgica  Especial para Mundo israelita

Indudablemente, el historiador - temeroso de caer en la trampa del anacronismo-, encontrará serias objeciones al acercamiento de dos fechas tan distantes y sin aparente vínculo entre si como son 1492 y 1942. La expulsión de los judíos de la Corona de Castilla y de Aragón en 1492 y la puesta en marcha del exterminio de los judíos por los nazis en 1942 son dos hechos que en la tradición historiográfica europea se suelen estudiar como momentos históricos separados, pertenecientes al pasado histórico de dos naciones europeas diferentes.

 

 

 Como consecuencia y teniendo en cuenta la fuerte impronta nacional que sigue caracterizando a la investigación histórica, el capital académico (conocimientos, expertos, etc.) generado en torno a ambas fechas se ha ido acumulando en nichos de especialización separados por la invisible frontera de espacios y tiempos impuestos por la tradición  historiográfica. En mi calidad de antropóloga y especialista de la traducción respeto la manera en que otras disciplinas –en este caso la historiografía o la ciencia histórica- se han construido y organizado a lo largo del tiempo, y no tengo la menor intención de inmiscuirme en una disciplina académica a la que no pertenezco por formación. Sin embargo, no podemos negar que también la historiografía participa en la creciente interdisciplinariedad tan característica de todas las ciencias humanas, por mucho que la organización académica (en primer lugar las universidades) se aferre a reflejar el tradicional orden disciplinar donde Antropología, Historia, Letras o Sociología se desarrollan como carreras autónomas y, casi diríamos, autosuficientes. Si cabe temer la trampa del anacronismo, para mí sería más bien ésta: el aferrarse, a inicios del siglo XXI, a la tradicional organización del saber, ignorando el cuestionamiento de las fronteras disciplinares abierto a raíz de la conciencia de la globalización y la necesidad de nuevos paradigmas del conocimiento. Abrir un nuevo paradigma del saber acerca del etnicismo político a partir de reflexiones contrastadas sobre la España inquisitorial y la Alemania nazi fue, precisamente, el objetivo de mi libro “Ni una gota de sangre impura”. La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara (Barcelona 2006). No se trata, en este estudio, de ‘comparar’ en el sentido estricto de la palabra. Al contrario, al ‘comparar lo incomparable’ (en expresión del historiador Marcel Detienne) se pretende descubrir facetas incógnitas, aspectos inusitados de la construcción de la Europa moderna y su ideal de Estado-Nación a través de dos casos historiográficos que podemos considerar paradigmáticos.  Las diferencias entre ambos casos son grandes. La España inquisitorial optó por la asimilación mientras que el nazismo se inspiró en el modelo de la segregación. La construcción de España por los Reyes Católicos se hace en una coyuntura política de monarquía absolutista y teocrática, mientras que los nazis llegan al poder en una coyuntura de democracia republicana.  La perspectiva de larga duración que nos ofrece el caso inquisitorial (que abarca varios siglos) contrasta con la intensidad fulgurante del caso nazi (apenas doce años en el poder). Las diferencias, por tanto, son importantes y para un historiador probablemente insalvables. Desde una perspectiva antropológica y traductológica, sin embargo, no se trata tanto de destacar lo diferente sino de descubrir el puente que nos permite transitar entre ambas fechas, 1492 y 1942, afín de abrir una ventana a la realidad contemporánea y contribuir a nuestro conocimiento de la sociedad y condición humana.  Para descubrir este puente que une 1492 y 1942, me baso en un concepto de los Estudios de Traducción, a saber, la‘equivalencia funcional’, término acuñado por Eugene Nida quien lo utiliza por oposición a la ‘equivalencia formal’ o literal. Más que los aspectos formales de la equiparación, lo que cuenta en la traducción funcional es el objetivo o la intención del mensaje haciéndose abstracción de los elementos circunstanciales o situacionales. Si hacemos abstracción de las circunstancias (tiempo y espacio histórico) centrándonos en la intención del modelo político llevado a cabo en 1492 y 1942 respectivamente, se observa que el objetivo final era muy similar: en ambos casos lo que se anhelaba era la construcción de una sociedad étnicamente homogénea mediante la expulsión de todo elemento impuro. En el marco de los estudios antropológicos sobre Etnicidad, la equivalencia funcional entre la España inquisitorial y la Alemania nazi se encuentra en el ideal de la ‘limpieza de sangre’ o ‘Blutreinheit’ y la construcción de la nación como un cuerpo orgánico, Volkskörper, compuesto de material genético uniforme. Cuando, en el análisis de ambos casos históricos, se adopta la perspectiva del Estado perpetrador (tal y como nos aconseja Raul Hilberg con respecto al estudio del Holocausto), se puede observar que el impulso de la eliminación del Otro procede de un enfermizo amor propio, un narcisismo étnico insaciable. El proyecto nacional étnico conduce primero al etnocidio (la eliminación cultural de lo diferente) y luego al genocidio (la eliminación física), ya sea mediante el destierro o la muerte. En el nazismo, la derrota bélica vino a poner un freno a la espiral de eliminaciones. En el caso español, sin embargo, el ciclo asesino del etnicismo político se pudo cumplir entero y cuando ya no hubo ‘Otros’ de sangre impura que eliminar, el pueblo español se hundió en un enfrentamiento interno entre ‘dos Españas’, una con un proyecto etnicista (la España casticista), la otra con un proyecto liberal.

En el espacio de un artículo resulta imposible destacar con precisión cada uno de los elementos en los que se basa el ejercicio de ‘equivalencia funcional’realizado en “Ni una gota de sangre impura”. Conviene destacar que el planteamiento de dicho libro pretende abrir también una reflexión sobre el lenguaje. Al restablecer el puente semiológico entre 1492 y 1942 se nos permite efectuar una lectura sintomática del lenguaje político e historiográfico contemporáneo. Con demasiada frecuencia palabras o conceptos que perdieron su inocencia a raíz del nazismo aparecen de forma aséptica, ‘normalizada’ o incluso banalizada en un contexto contemporáneo. Cuando en 1990 España concedió el premio Príncipe de Asturias para la Concordia a las comunidades sefardíes, lo hizo calificando a estas comunidades como ‘Parte entrañable de la gran familia hispánica, que salieron de la Península Ibérica hace quinientos años con las llaves de sus casas en las manos’. Esta somera justificación en la página oficial del Premio parece un ejemplo de ‘newspeak’ (neolengua) o ‘double talk’ digno del nazismo, tal y como fue analizado por Victor Klemperer en su LTI, La Lengua del Tercer Reich. En 1492, los judíos no ‘salieron’ motu proprio de la Penínsulacomo sugiere el Premio Príncipe de Asturias sino que fueron desterrados por orden regio porque se les consideraba un Fremdkörper, un cuerpo extraño en vez de ‘parte entrañable’ del cuerpo nacional español. A partir de 1492, la ‘intolerancia’ se convirtió en España en instrumento político de la cohesión social y del proyecto nacional, como lo fue el ‘fanatismo’ en la Alemania nazi. En ambos casos, la pureza étnica y la pertenencia al ‘cuerpo nacional’ se medía por la sangre, metáfora del vínculo biológico y continuidad intergeneracional. Aunque raza y religión parecen diferenciar a la España inquisitorial de la Alemania nazi, la opción por uno u otro criterio como marcador étnico privilegiado en la persecución y exclusión del Otro fue más bien circunstancial que esencial. En su estudio sobre el exterminio de los judíos europeos, Raul Hilberg no deja lugar a dudas de que la religión o, mejor dicho, la ascendencia religiosa era el criterio con el cual los nazis distinguían entre ‘arios’ y ‘judíos’. Aunque oficialmente el discurso de la exclusión (desde las llamadas leyes ‘raciales’ hasta la propaganda política) enfatizaba el criterio racial de acuerdo con las teorías antropológicas de la época, estas mismas teorías se averiguaron ineficaces a la hora de ejecutar con eficacia la política racial. Ninguna ciencia racial podía venir en ayuda de una persona ‘racialmente pura’ que en virtud del criterio religioso había sido declarada racialmente impura. Así, de acuerdo con las leyes de Nuremberg, los nietos de una mujer ‘aria’ que durante una fase transitoria de su vida se había pasado al judaísmo, eran considerados racialmente judíos. Incluso si los expertos en ciencias raciales hubieran aportado pruebas contrarias, legalmente éstas no habrían sido aceptadas. El concepto nazi de raza no era un concepto científico sino un instrumento jurídico al servicio de una política etnicista. Aunque se podrían aducir ejemplos de la confluencia de raza y religión (o de la lógica racialista disfrazada justificación religiosa) con respecto a la exclusión del judío en la construcción nacional española, uno de los casos más llamativos y perfectamente documentados es el del secuestro de niños moriscos en 1609. La expulsión de los niños moriscos creó a las autoridades españolas un auténtico problema de conciencia, ya que se trataba de seres bautizados, oficialmente católicos, que aún no habían llegado a la edad de la razón y por lo tanto no podían ser acusados colectivamente de apostasía como se había hecho en el caso de sus padres. Estrictamente hablando, no había base legal ni teológica para excluir de la comunidad cristiana a estos menores bautizados y en el edicto de expulsión de 1609 sí se exime de la expulsión a los menores de cuatro años. Estos niños moriscos fueron colocados en familias cristiano viejas a las que tenían que servir hasta la edad de los veinte años, después de lo cual serían igualmente expulsados del reino ya que seguían siendo portadores de sangre impura.

En todos estos casos, el argumento decisivo para la expulsión consiste en presentar el elemento extraño en el ‘cuerpo nacional’ como un factor patogénico. Por su probada eficacia y poder sugestivo, los propagandistas del etnicismo excluyente sienten una gran predilección por las imágenes relacionadas con la idea de contagio, de infección, para justificar las medidas de segregación y eliminación. La metáfora del Otro como elemento patógeno es el arma lingüística que acompaña invariablemente a los dirigentes políticos desde los inicios de su proyecto etnicista. La creación del Santo Oficio se justifica con imágenes médicas de contaminación y contagio, peste y veneno, y la metáfora del contagio y de la enfermedad está presente en el propio Edicto de expulsión de 1492. En la teoría humoral, los flujos corporales se tenían por responsables de las disfunciones del organismo humano. La purga, que significaba la evacuación de los malos humores, era el remedio más practicado para recobrar la salud. Es ésta la metáfora empleada para explicar el efecto saludable y curativo que tiene la expulsión del Otro para el cuerpo nacional. En 1609 la España moribunda resucita milagrosamente gracias a la purga humoral que significa la expulsión de los moriscos, y en la Alemania nazi el gobernador general de Polonia Hans Frank afirmaba en julio de 1943 en una conferencia sanitaria (¡!) que una vez eliminados los judíos, ‘la Europa enferma iba a poder recobrar su salud’. La metáfora, a fuerza de ser repetida, pierde su modesto estatus de figura retórica y se convierte en realidad. El discurso degradante mismo conduce a la creación de una situación de vida degradada y esta situación - el trato deshumanizado que reciben las víctimas de la exclusión- les convierte literalmente en portadores y propagadores de elementos patógenos. En 1492, el embajador genovés ante Carlos VIII de Francia evocaba la llegada de los judíos sefardíes a los puertos genoveses en los siguientes términos: ‘Nadie podría observar las penas de los judíos sin conmoverse. Muchos perecieron de hambre, especialmente los niños. Madres sin apenas fuerzas para moverse llevaban a sus hijos en brazos y murieron con ellos. Muchos cayeron víctimas del frío, otros de intensa sed, y los no acostumbrados a los angustiosos incidentes del viaje por mar agravaron sus enfermedades.... Llegó a Génova una multitud, pero no se les permitió quedarse mucho por la vieja ley que prohíbe al viajero judío estar más de tres días... Se les podía tomar por espectros, tan escuálidos, tan cadavéricos de aspecto, tan hundidos, en nada distintos de los muertos sino en su capacidad de movimiento, que apenas conservaban. Muchos se desplomaban y expiraban sobre el malecón que, totalmente rodeado de mar, era el único puesto concedido a los desgraciados inmigrantes. La infección esparcida por tal enjambre de muertos y moribundos no se percibió enseguida, pero cuando llegó el invierno empezaron a aparecer una úlceras y la enfermedad que desde hacía tiempo se había agazapado en la ciudad se convirtió en peste el año siguiente’. ¿Cómo no pensar en la imagen de los Muselmann de los campos de exterminio nazis? ¿Y cómo no emprender, en presencia de tantos testimonios, esta aventura intelectual desafiante, atrevida quizás, de restablecer el puente fenomenológico entre 1492 y 1942 como una vía de acceso al saber ya no histórico sino antropológico?

*  La Antropóloga Christiane Stallaert es investigadora de la

Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.

 
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