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Hijos de la Guerra. Imprimir E-Mail
lunes, 01 de octubre de 2007
La segunda generación de sobrevivientes de la Shoá”

Por Moshé Korin

Hace contados años que el mundo ha comenzado a darle sitio a las voces de los sobrevivientes de la Shoá.

Al inicio, luego de la Segunda Guerra Mundial, y por mucho tiempo más, silenciar era la regla implícita promovida por el mundo, sea por indiferencia o por latente hostilidad. Por otra parte, para los propios sobrevivientes emigrados a nuevos países, era imperioso continuar, era imprescindible sembrar el futuro y dedicarse por completo a él.

Sin embargo, no fue tan sencillo. Labraron una nueva vida; crearon nuevas familias y echaron sus raíces en otras tierras, pero de algún modo, en algún resquicio quedaban los vestigios de aquello que aun si callaban continuaba reverberando dentro de sí. Hace contados años que las voces que no perecieron en la Shoá exponen sus relatos sobre aquel abismal tiempo. Sus testimonios nos han permitido ir entrelazando sus historias y de esta manera reconstruir nuestra propia historia que cual mosaico nos ofrece distintas visiones, distintos senderos y travesías recorridas para arribar a la Argentina, diversas congojas que si una vez fueron sofocadas, salidas luego a la luz, conforman ese mosaico heterogéneo e irregular que constituye  nuestra memoria colectiva de lo ocurrido durante la Shoá.

Aquel mosaico hecho de penurias, de horrores inimaginables, pero también de esperanzas y de pujanza por el vivir que aún latía a pesar de todo en los sobrevivientes, continúa hoy en permanente labranza. Se trata de una confección que precisa de ambas partes, aquella que intenta escuchar y aquella que intenta hablar. Y decimos que intentan porque no todo puede ser transmitido, y no todo puede ser escuchado. Y esto no por déficit en la interlocución, sino porque nos hallamos en el delicado terreno de la experiencia de testimoniar sobre lo irrepresentable.

La labor de Diana Wang en su último libro “Hijos de la Guerra. La segunda generación de sobrevivientes de la Shoá” nos muestra que además, no todo puede ser silenciado. Los hijos de sobrevivientes han transcurrido sus infancias y juventud con la presencia de ese algo no sabido, sabido a medias, intuido, siempre percibido, a pesar  del afán de los padres para que lo ocurrido antes, no emerja.

En éste, su último libro, Wang nos recuerda que el mosaico de nuestra memoria de la Shoá debe incluir a las voces de esta segunda generación, ya que en ella hablará la perpetuación intergeneracional de los efectos de la catástrofe, aquellos de los cuales sólo pueden dar cuenta los hijos. La importancia no sólo de la publicación de dicho libro, sino de la posición misma que sostiene Wang es insoslayable, pues aparta todo manto de ingenuidad posible al resaltar que tamaña devastación ha enraizado sus efectos bastante más allá que la generación que la protagonizó.

                              El silencio de lo tácito

Diana rememora su vida, recortando en retrospectiva un relato que pivotea en ser hija de sobrevivientes. Dialoga con el estupor adaptado de la Diana niña que sin darse cuenta casi toma la comunión; interpela el enojo hacia sus padres de la Diana adolescente; se pregunta por los efectos de su decisión de viajar junto a su hermano Alberto para palpar las imágenes de los pueblos de sus padres en Polonia y Ucrania.

El deshilvanar se inicia en el punto en el cual se asume como hija de sobrevivientes. Cuenta en estas páginas que no era ésta una evidencia explícita. Que sus padres habían atravesado la Shoá fue un descubrimiento para Wang. Un descubrimiento en el sentido de que ello se hallaba oculto; aquellas historias tenían en su infancia principalmente, la presencia de lo inefable, o más bien, de lo tácito que deja traslucir algo al tiempo que no lo devela enteramente.

Su relato personal trata sobre cómo despertó en ella esta conciencia, sobre qué controversias internas y prolongados derroteros determinó que se acercara a ese singular judaísmo que es ser parte de la segunda generación, y de cómo se traduce este despertar en términos prácticos; en otras palabras, qué acciones la ha impulsado a promover, ejecutar y activar, el sentir esta pertenencia.

Presidente de Generaciones de la Shoá en Argentina y miembro del Comité de Asesores de la International Federation of Jewish Child Survivors of the Holocaust, Diana Wang concibe el pensamiento y la acción testimonial no sólo desde lo irrepetible y singular de cada experiencia, sino como una serie de problemáticas, una confluencia de interrogantes, un conjunto de afectaciones —más o menos intensas, más o menos dolorosas— que anudan a una generación toda.

“Recién cuando nos empezamos a encontrar, cuando oímos nuestras vidas replicadas en otros, cuando las semejanzas en tantas cosas superaban las diferencias, nos reconocimos como parte de algo que excedía a nuestra propia familia, algo mayor. Creíamos, hasta ese momento, que lo que nos pasaba, nos era particular (...)”

La cita hace referencia a la experiencia en el Grupo de Hijos de Sobrevivientes; sin embargo, también expresa el sentido con que Wang fue a la búsqueda de otros testimonios de hijos de sobrevivientes para la redacción de este libro. No basta con un testimoniar solo, no alcanza con una voz; para que una generación se establezca se precisa la polifonía, y esto no por una cuestión cuantitativa, sino porque sólo así se podrá vislumbrar o hipotetizar, los rasgos comunes, los puntos compartidos que más allá de lo cronológico, le confieren el estatuto de generación.

Sabedora de esto, Wang nos ofrece un ramillete de testimonios de dispares procedencias, y luego de la respetuosa textualidad con la cual los transcribe, nos proporciona su análisis. En éste vemos cómo la labor de Wang se desdobla: la Wang que testimonia adquiere luego perspectiva y aborda su propio testimonio y el de los otros para su análisis y reflexión. En pocas palabras, una Wang habla, otra escucha a otros, y entre ambas se establece la fecundidad de un diálogo.  

                              La Shoá y la Guerra

La conjunción de ambas denominaciones, “Guerra” y “Shoá”, en el título del libro, por supuesto no es accidental; esta co-presencia llama la atención al lector adentrado en la temática.

En un pie de página perteneciente a la introducción —donde de un modo sumamente didáctico explica sintéticamente cuestiones relacionadas con el momento del fin de la Segunda Guerra Mundial— leemos lo siguiente:

“Shoá, palabra hebrea que significa devastación, desierto, arrasamiento. Aunque es el término más cercano, por lo despojado de calificativos, a lo sucedido, tiene aún una salvedad: describe un fenómeno natural, algo así como un terremoto, una inundación, es insuficiente para designar algo generado por los seres humanos. Tal vez la palabra justa no sea encontrada jamás”.

Lo ocurrido no podía aunarse a crímenes de guerra, tampoco quedar ligado a la sacrificada ofrenda que dejaba traslucir el nombre “Holocausto”; larga ha sido la búsqueda de la designación para que lo acontecido no fuera minimizado, no fuera arrasado el abismo entre las matanzas anteriores y lo perpetrado por los nazis. La búsqueda desembocó en el nombre “Shoá” como aquel que podía reflejar la catástrofe devastadora ocurrida a los judíos, pero el señalamiento que apunta Wang es agudo, pone en relieve que todo término es insuficiente para designar. La lengua se detiene, pero no por ello se claudica su nominación, sino que se señala su inherente límite.

Ahora bien, ¿y entonces por qué la autora usa también “Guerra” para nominar? “la Guerra” era la manera en la cual se referían los sobrevivientes en sus conversaciones cotidianas en los tiempos en los cuales los hoy hombres y mujeres de la segunda generación, eran infantes. Era “la Guerra” con la determinación de todo su peso en mayúsculas, y como tal permanece en el recuerdo infantil de los niños de antaño. Por lo cual, el nombre “Guerra” en el contexto del libro funciona de modo testimonial, ya que habla de la manera en que se establecía la comunicación entre las generaciones: así lo nombraban sus padres, así lo escuchaban sus hijos, así nos es entregado.
 
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