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Lamentos de Woody Imprimir E-Mail
jueves, 29 de agosto de 2013

Por Pierre Assouline

El creador de Interiores y Manhattan habla de literatura, de los escritores que admira y sobre todo de su reverenciado Chejov. Además confiesa que, en la adolescencia, se convirtió en un lector voraz tan sólo para seducir a las chicas que le gustaban. A ellas les encantaba leer; y a él, estar con ellas. En el más puro estilo Allen acepta, encantado de someterse al escarnio, las feroces críticas que le dirigió Philip Roth, el autor de El lamento de Portnoy . Una vez más demuestra que no puede dejar de arrancar sonrisas ni siquiera en una charla periodística.

 

"FUI a un curso de lectura veloz y leí La guerra y la paz en veinte minutos. Transcurre en Rusia." Según cuenta Allan Konigsberg, Woody Allen suele recurrir a esta respuesta evasiva cuando lo acosan con preguntas acerca de sus fuentes literarias. Nunca se explaya sobre la literatura; ya lo han hecho otros, ¡y cómo!, antes que él. Pero si el tema es la música, un lenguaje que prescinde de las palabras, es sumamente elocuente. Sin embargo, literatura y música florecen en sus films. ¿Es un complejo de autodidacta, una tendencia natural, un analfabetismo irreductible? Sea cual fuere la causa, este neurótico fecundo, que juega constantemente con el autoescarnio y la paradoja, y pasa por ser el cineasta más intelectual, jamás llevó a la pantalla una novela. Nominado trece veces para el Oscar, siempre por la originalidad de sus guiones, obtuvo dos por Annie Hall y Hannah y sus hermanas.

¿Y de libros?... Pensar siempre en ellos; hablar, nunca. Tal vez le creeríamos, a juzgar por lo que dice John Baxter en su biografía (Woody Allen, Flammarion). Sabíamos que era un insatisfecho: neoyorquino en Europa, europeo en Nueva York, siempre quiso estar en otra parte y esto sólo agravó su búsqueda de identidad. También sabíamos que rodaba poco más de un film por año, para mantener un equilibrio relativo viviendo a través de sus personajes, digamos por poder; que en el país de la ficción la vida es agradable y que, apenas terminado el rodaje de un film, hay que empezar a escribir el próximo guión para que la melancolía no se incruste en las respiraciones vividas como tiempos muertos. Pero ignorábamos parte del resto, de lo que se desliza entre los intersticios.

Inferimos que a este hombre abiertamente claustrofóbico le gustaría conocer en vida un éxito póstumo. Que su gran tema seguirá siendo, por siempre, la psicología femenina. Que su inconsciente está impregnado a tal extremo, y tan bien, del universo chejoviano, que otros personajes han logrado acercarse, subrepticia y progresivamente, al suyo. Que si en sus films más intimistas, como Manhattan o Interiores, ha sabido captar el lado trágico de las pequeñas cosas de la vida, a nadie debe tanta agudeza más que a sí mismo. Que, como todo artista, siempre narró una misma historia: la del extranjero que no comprende lo que le dicen y, de todos modos, cuando sí lo entiende no actúa en consecuencia.

CARNE DE DIVÁN

Al cerrar su jugosa biografía, pensamos que este personaje curioso no tiene suficiente imaginación para ver la realidad. ¿La escritura le salvó la vida? Sin duda. ¿No está dotado para la felicidad? Sea. Pero el misterio de su fuerza cómica, en lo que ella tiene de universal, permanece intacto: después de tantos años, ¿cómo puede conmover y hacer reír al mundo (salvo a los norteamericanos) con sus historias de psicoanalistas, rabinos y mujeres un poco histéricas?

Tiene algo de Portnoy, el personaje de Roth, y muchos complejos. Por eso, al entrevistarlo, le propuse de entrada escuchar la opinión hostil de Philip Roth. Sorprendido, aceptó al instante pero aplicó su estrategia elusiva. Nada de enfrentamientos ni conflictos. Sin dejar de triturar nerviosamente entre sus dedos la banda elástica que sujetaba los casetes, inclinó la cabeza como para hundirse mejor bajo la alfombra. En la voluptuosidad que, dostoievskiano hasta el fin, debió extraer de este dolor, había una pizca de masoquismo. No es sorprendente que sueñe con interpretar al antihéroe de Memorias del subsuelo. Un ser avieso, enfermo, grosero, egoísta, ensimismado, misántropo, pero sobre todo celoso de su libertad. Habituado a pensar e imaginar basándose en los libros, Allen acaba lanzando una acusación contra su funesta dominación de las almas. Acurrucado en su propio subterráneo, se repliega en sí mismo y no puede desplegarse sin mover a risa.

EL PEOR DE TODOS

-¿Le gusta Philip Roth?

-¡Desde luego! Tengo la mayoría de sus libros... ¿Por qué me lo pregunta?

-Porque él no le tiene simpatía.

-Ah...

-Lo entrevisté en Nueva York. Hablamos del papel de los judíos en la cultura norteamericana y, cuando mencioné su nombre, fue más bien severo con usted. ¿Quiere escuchar el casete?

-Adelante...

[La voz de Philip Roth] "Ese es el peor de todos. Woody Allen sólo existe gracias a la ingenuidad europea. ¡A esta altura, es conmovedor! Sus films son vacíos, pueriles... No hay en ellos el menor embrión de pensamiento, de inventiva. Su visión del ambiente intelectual es un clisé ridículo. El mismo no es un intelectual, sino un consumidor de cultura... No sabe nada de la sociedad que evoca... No comprende en absoluto cómo vive la gente porque nunca la describió... Es una caricatura."

-¿Hace mucho tiempo que le dijo eso?

-Oh, hará unos meses.

-¡Ah, bueno! Tratemos de ver en qué tiene razón y en qué se equivoca, porque lo admiro y lo considero un gran escritor, uno de los más apasionantes. Por eso siempre tenderé a dudar de su perspicacia, a ponerla a prueba para ver si resiste el impacto de encarar la verdad. Al menos, coincido con él en un punto: nada de cuanto he hecho es fruto de un trabajo intelectual. Nada tengo de intelectual y jamás intenté serlo. Es un malentendido entre el público y yo.

-¿Qué es, entonces?

-Un actor cómico de clubes nocturnos convertido en cineasta.

-¿Y sus personajes?

-Quizá tenga razón Roth cuando dice que no viven la verdadera vida. Nada sé de eso. Al escribir guiones, no procuro reflejar el verdadero estilo de vida de la gente, sino ser gracioso. Me pregunto si eso funcionará o no. Todo lo demás no me incumbe, se me escapa. De hecho, millones de personas en el mundo se reconocen en ellos, menos los norteamericanos. Es una paradoja a la que no encuentro explicación. En mi país, tengo un público extremadamente reducido, mientras que en Europa me reciben como un astro. Tal vez se deba al doblaje: gracias a la diferencia de voz, a la traducción, mi relato sería, por fin, comprensible...

-¿Pero siente que Roth es duro con usted?

-No sé. Estoy demasiado metido en el asunto como para comprender el fenómeno. No tengo perspectiva. No estoy calificado para juzgar su punto de vista. Me sitúo en el ángulo muerto. Lo respeto demasiado para refutarlo así como así. Pero me pregunto si la gente va al cine para reencontrarse con la realidad. En su crítica, debe haber algo más profundo que escapa a mi percepción. El ha escrito mucho sobre la condición del judío o en un ambiente judío. Yo también. Pero no me parece que, en este tema, estemos tan alejados el uno del otro. Desde el punto de vista filosófico, creo incluso que compartimos las mismas ideas, aunque él, como artista, pueda realizar una obra más acabada de la que yo sería capaz de hacer.

-Su nuevo film, Sweets and Lowdowns , es casi un documental sobre el jazz. La música, ¿es el único lenguaje verdaderamente universal?

-Es el arte que llega directamente al corazón. Un lenguaje que prescinde de las palabras. Pero, ¿hay algo más musical que la escritura de James Joyce?

-¿Sucederá lo mismo con su próximo film?

-Ya está terminado. Se estrenará en la primavera. Será leve y cómico. Pero no olvide que encontramos comicidad hasta en las Memorias del subsuelo de Dostoievski. Si adaptara ese libro, sería su protagonista.

-¿De qué trata su película?

-Un tipo asalta un banco. ¿Por qué? Porque allí está el dinero. Espero que divierta. Si no, será un desastre.

-Al contemplar su vida, ¿descubre que pasó más tiempo en la ficción o en la realidad?

-La buena ficción siempre refleja la verdadera vida, aun cuando no lo parezca. Nada nos remite con más fuerza a nuestras preocupaciones cotidianas que Esperando a Godot . La literatura nos enseñó eso: si no nos reconociéramos en los personajes de ficción, si en las situaciones novelescas no identificáramos nada que nos afecte secretamente, no nos interesaría.

-En la casa de sus padres, ¿había una biblioteca?

-Ellos sólo leían periódicos. Yo tampoco me interesaba por los libros. Llegué a ellos tardíamente, hacia los diecisiete años. Fue una revelación. Llegó a mí por las mujeres.

-¿Gracias a ellas o a causa de ellas?

-Cuando empecé a salir con ellas, como, en general, eran muchachas cultas, tuve que ponerme en su nivel. Era el único medio de alcanzar mis fines. Sólo me gustaban las historietas, pero tuve que leer libros de verdad, y cada vez más. La lectura fue el comienzo del engranaje que me transportó al teatro, las exposiciones y demás. Como todo autodidacta, he leído mucho de golpe para llenar mis lagunas.

CINE Y NOVELAS

-¿Nunca adaptó novelas?

-Jamás. Sólo filmo historias originales.

-Sin embargo, el cine no se ha emancipado realmente de la literatura, y no sólo en Europa, sino aun en los Estados Unidos, a juzgar por el origen de numerosos guiones...

-Hay grandes similitudes estructurales entre una novela y un film. El cine es más afín a la literatura que al teatro. Las técnicas narrativas son todas iguales y el creador goza de la misma libertad de invención. El vínculo natural entre estas formas de expresión es tal, que nunca sentí la necesidad de adaptar una novela para llevarla a la pantalla. No obstante, mis films deben muchísimo a la literatura en cuanto a la concepción argumental. Hace algunos años, Stanley Kubrick intentó elaborar un proyecto de film puro, libre de toda referencia literaria o teatral.No lo logró porque el cine es, en verdad, una novela escrita en celuloide.

-De todos modos, una película siempre se basa en un guión, es decir, en un texto escrito...

-O, más bien, en la dramatización de un texto, pero no cabe duda de que está escrito. Hacer un film es narrar una historia. Con exposición, trama y desenlace, y la idea de que cada imagen remite a la siguiente. De lo contrario, entraríamos en la abstracción y no sería razonable pretender que una persona aguante dos horas sentada en su butaca.

-¿Leyó libros sobre Django Reinhardt, antes de lanzarse a escribir Sweets and Lowdowns ?

-No, no me hizo falta, aunque ya conocía Le coeur à quatre logis , la novela de Anaïs Nin inspirada, en parte, en su vida. Vivo en su universo desde hace tanto tiempo, que ya estoy completamente impregnado de él.

-La impregnación, ¿está más allá de la influencia?

-Es más profunda. Fíjese en Chejov. ¿Hay algún creador que haya escapado a su influjo? Era un genio. Ahora bien, un genio no ejerce fácilmente una influencia. Es imposible duplicarlo. Posee un don, una gracia, y el resultado es mágico. Es la poesía del instante. Tome usted El tío Vania . Es una historia muy sobria donde, a veces, no pasa nada. Los personajes hablan, hablan y hablan. Se extrae una gran lección sobre la resignación del hombre a su vida cotidiana. En otros autores, aburre; en él, cautiva. Sabe dar vida a todo eso. Su logro está en el ambiente, la reunión de sus estados de ánimo y el clima que generan. Si nos preocupamos por someternos a la influencia de Chejov, seguramente aburriremos al público. Jamás pienso en eso, pero estoy tan impregnado de sus libros que, gracias a él, he comprendido que se puede hacer reír con personajes tristes y que la desesperación aflora en la comedia. Cuando el tío Vania corre a tomar su fusil, dispara contra el profesor Serebriakov y le yerra, cosa que por lo demás no tiene importancia, es comiquísimo, ¿verdad? Sin embargo... Chejov es la mina de oro de la condición humana, ya se trate de la miseria o del resto. Dicho esto, debo acotar que, al escribir, no podemos ser influenciados por un maestro si sabemos que sólo él tiene el don de escribir como él escribe. Nunca habrá otro Chejov.

-¿A qué cineasta asocia usted espontáneamente con Chejov?

-A Bergman, sin duda alguna. Por la desesperación, la tristeza, la melancolía de sus personajes y la comicidad resultante. A veces, más vale reír; si no, sólo nos queda pegarnos un tiro. Pero, a la inversa, cuando releo a Tolstoi, que inventó una forma propia, por ejemplo en La guerra y la paz, donde usa simultáneamente la narración retrospectiva (flash-back) y anticipada (flash-forward ), pienso en Mientras haya hombres , de Fred Zinnemann, aunque el film esté inspirado en una novela de James Jones. Es la misma técnica.

-En todo caso, convendrá en que resulta difícil observar a los personajes de Interiores sin recordar Las tres hermanas, de Chejov...

-De todos modos, toda influencia real es inconsciente. Cada vez que un artista enfrente a tres hermanas con su destino, lo calificarán de chejoviano. Es así.

-En su Diccionario del cine, Jacques Lourcelles habla de Zelig como el film más directamente borgeano que haya visto hasta ahora.

-Es muy halagador. Por lo general, mis películas han llegado a evocar una comicidad kafkiana, lo cual también me favorece.

-Nuestra conversación, ¿no le parece un poco desfasada, o fuera de época, en momentos en que triunfa en Hollywood la cinematografía de los ingenieros?

EL FIN Y LOS MEDIOS

-Hoy se utiliza la tecnología por lo que ella vale, algo así como se usaba la técnica en los primeros tiempos del cine. A los directores los deslumbra y buscan deslumbrar con ella a los espectadores. De ahí el derroche de efectos especiales. Muestran los medios como si fueran el fin. Pero creo que los cineastas más sutiles se apartarán de toda esa tecnología para contar historias como nunca pudieron hacerlo. La pondrán al servicio de la narrativa y, por lo tanto, de la escritura.

-¿Y qué hará usted cuando le falte inspiración y deje la cámara?

-Escribiré en prosa. Cuanto podría hacer en el teatro, ya lo hice en el cine. El escenario, por fuerza, restringe. Nunca olvidaré la frustración de Michelangelo Antonioni, al montar una obra teatral, porque no podía cambiar el ángulo de visión. El punto de vista es siempre el del proscenio, mientras que en una novela el proscenio es ubicuo.

-Llegado el caso, ¿no acabaría como dramaturgo?

-Preferiría terminar como escritor. Es una hermosa vida, más agradable que la del cineasta. Imagínese: despertar por la mañana y escribir en la cama. Es lo que uno sueña... En cambio, para rodar un film se necesita una multitud enloquecida, una organización, dinero.

-Su panteón literario, ¿permanece invariable?

-Desde siempre. Los poemas de Emily Dickinson y T. S. Eliot; el Flaubert de La educación sentimental ; el James Joyce de Ulises ; el Dostoievski de Los hermanos Karamazov ; Turgueniev, a quien admiro enormemente; por supuesto, Chejov y, después, Saul Bellow. Todos son muy importantes para mí. ¡Ah, lo olvidaba! También Philip Roth. .

Fuente: La Nación - París, 2000

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

 
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