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DISCURSO PRESENTACIÓN CUADERNOS DE LA SHOÁ “LAS DOS GUERRAS DEL NAZISMO” 1 DE NOVIEMBRE DE 2011 Imprimir E-Mail
lunes, 26 de agosto de 2013

Señoras y señores….Amigos y Amigas

En primer lugar, quisiera agradecer a Diana Wang y todos los amigos de Generaciones de la Shoá la invitación a compartir la presentación del segundo número de Cuadernos de la Shoá que preparan en forma anual desde el año pasado.

Esta colección se destaca por tomar un tema específico de la historia de la Shoáprofundizarlo en una publicación accesible a la lectura de distintos públicos, colaborando en iluminar aspectos menos conocidos, o menos estudiados de la Shoá.

 

Como ustedes recuerdan, el número del año pasado se centró en los justos y salvadores, como actores de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, innovando la perspectiva de estudio, generalmente enfocada a víctimas y perpetradores.

Este año, decidieron trabajar el Holocausto desde un enfoque muy original, con alto valor educativo y muy significativo a efectos de la profundizar su difusión y comunicación.

El Cuaderno que hoy se presenta nos ilustra, con un título más que ajustado a la verdad histórica, sobre “Las dos Guerras del nazismo”: la Segunda GuerraMundial y la Guerra contra los Judíos, o la Shoá.

De forma cronológica y en paralelo, mediante el acertadísimo recurso de presentar una doble línea de tiempo, la publicación nos introduce simultáneamente en los hechos de la Segunda Guerra Mundial y de la Shoá. Todo ello a través de información histórica, documentos y fundamentalmente testimonios de sobrevivientes, quienes narran, desde su experiencia personal, cada uno de los eventos que se relatan y cómo impactaron en sus vidas, dando al mismo tiempo la dimensión individual, y universal de tragedia.

Las autoras del proyecto se propusieron poner en el tapete la interrelación de las dos “guerras” y analizarlas de forma conjunta, no como dos compartimentos estancos sin ninguna relación entre sí.

Permítanme decirles que esta idea no solo es innovadora en el contexto de la literatura mayoritaria que conocemos en nuestro país sobre el tema, sino absolutamente necesaria.

Este libro de Generaciones de la Shoá es ya, sin lugar a dudas, una enorme contribución al esclarecimiento del período más trágico de la historia de la familia humana.

Este texto se inicia, transcurre y nos interpela con una pregunta ¿cuál es la relación entre ambas guerras?

Cuando estudiamos la Segunda Guerra Mundial nos preguntamos cómo empezó, que pasó, quiénes participaron, pero con menos frecuencia indagamos el porqué.

Yehuda Bauer sostiene que la guerra fue instigada por la Alemania Nacional Socialista básicamente por motivos ideológicos. En palabras de este gran historiador y estudioso de la Shoá, “se buscaba un nuevo orden de clases sociales, religiones e incluso naciones, una jerarquía absolutamente nueva construida sobre las así llamadas razas, en la cual la auto denominada raza maestra no tenía sólo el derecho sino también el deber de regir sobre las otras y esclavizar o asesinar a las que considerara diferente de la propia”.

La guerra de la Alemania nazi tuvo así, dos pilares: el antisemitismo y la búsqueda de expansión territorial. Pero esa expansión territorial no tenía como fundamento razones económicas o necesidad de más territorio, sino que estaba informada y atravesada por un fundamento ideológico. En sus palabras, un intento revolucionario contra la civilización occidental; un motín contra lo que había sido considerado hasta ese momento como humano.

Nuevamente: el objetivo no era pragmático. Era netamente ideológico. Los planes expansionistas se dirigían hacia Europa Oriental con el fin de exterminar a los once  millones de judíos que allí vivían, es decir que, como señala Patricio Brodsky, “en la propia concepción del proyecto expansionista y colonizador de los nazis estaba contenida la posibilidad del genocidio”, se pasaba “de la guerra de conquista a la guerra de exterminio”.

El nazismo fue la declaración de guerra al judío por el sólo hecho de serlo. La existencia misma de los judíos representaba un problema político- militar central en las políticas del estado nazi. La guerra de exterminio ocupó un lugar fundamental en esa cosmovisión, convirtiendo los campos de exterminio en campos de batalla. Esto explica la obsesión genocida hasta el último día de la guerra.

Veamos si no, el Testamento Político de Hitler, donde en el día anterior a su muerte, exhortó a sus seguidores a continuar observando las leyes raciales, postulando que la razón por la cual libró la guerra en 1939, fue para combatir el judaísmo internacional.

Los nazis concebían a la Nación alemana como un gigantesco organismo vivo, que estaba siendo atacado por la presencia del “judío”, en un ataque que conduciría a la muerte de Alemania. Entonces, para salvar la vida de Alemania, era necesario exterminar al pueblo judío, allí donde se encuentre. Esta es la ideología que subyace a las dos guerras del nazismo. Por eso la expansión territorial. Para profundizar el exterminio. Por eso todos los esfuerzos se concentraron allí, hasta el último día y en todos los territorios.

El genocidio del pueblo judío no fue un genocidio pragmático, en el que los

perpetradores buscaran sacar provecho –económico o político- de la destrucción del grupo perseguido. Los métodos, la oportunidad, las etapas pudieron determinarse por razones pragmáticas. Pero la decisión del exterminio fue absolutamente ideológica. Los esfuerzos bélicos se vieron debilitados por la transferencia de recursos hacia la “otra guerra”, la de exterminio.

Esto lo muestra con meridiana claridad la publicación que hoy presentamos. Si seguimos la doble línea de tiempo de las dos guerras advertimos que aún cuando la derrota militar era una certeza, la guerra contra los judíos se intensificó. Bien se señala que “el nazismo se embarcó en estas dos guerra de órdenes lógicos dispares siguiendo caminos paralelos, distrayendo recursos de una para reforzar la otra”.

Ahora bien, cabe preguntarnos: ¿se trataba realmente de dos lógicas distintas? O, como

señala Yehuda Bauer, El dios nazi solo podría triunfar si el Satanás judío era derrotado y aniquilado.

Por todas estas razones que brevemente trato de compartir con ustedes, me parece crucial una publicación como la que comentamos hoy. Porque en general, se tiende a pensar la Shoá como esa tragedia histórica que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, y no como un elemento clave de la misma. El cine, el teatro, la literatura u otras manifestaciones culturales a menudo no relacionan estas dos guerras, sino que las presentan como eventos separados, en los que la Segunda Guerra Mundial aparece como telón de fondo de la Shoá; o, en las referencias al conflicto bélico, se efectúan menciones laterales a los campos de concentración o exterminio.

La singularidad de esta publicación reside, justamente en mostrar que no es posible pensar una guerra sin la otra. Como leemos en la introducción, “solo en el contexto de una conflagración como la II Guerra, habría podido llevarse a cabo una política de exterminio semejante. El mundo debía enfrentarse con el arrollador avance del ejército alemán. (…) Las naciones aliadas no podían ‘distraerse’ en la otra guerra, la del exterminio del pueblo judío, que no era expuesta de manera abierta”.

Esta perspectiva nos permite además analizar la conducta de los aliados. Todo el esfuerzo que se desviara del bélico sería contrario a los intereses comunes de los aliados y habría habido un mayor número de víctimas entre quienes esperaban ser socorridos.

Alemania estaba llevando adelante dos guerras; los aliados solo una.

Y también nos permite reconocer el carácter absolutamente paradigmático de la Shoa y referenciarnos en ella para estudiar otros genocidios.

Comprender esto impone entender su aspecto específico en tanto genocidio contra los

judíos, pero también su aspecto universal. Los responsables de la Shoá eran personas, no eran seres de otro planeta. Magistralmente sintetiza Bauer esto al decir que “la cosa más horrible de la Shoá es, por cierto, no que los nazis fueran inhumanos, la cosa más horrible sobre ellos, es que fueron absolutamente humanos”.

Si tratamos de convencernos que los nazis eran monstruos, diferentes de nosotros, es porque buscamos poder dormir tranquilos, porque nosotros, no somos monstruos. No somos como ellos, nuestra sociedad no es como la de ellos. Nos limitaríamos así a sentir empatía con cada víctima, de esos victimarios tan lejanos. Pero sabemos que no es así. Sería un imperdonable escapismo pensar que los nazis estaban genéticamente programados para ejecutar asesinatos masivos. Si así fuera, no habríamos aprendido nada de la historia.

Si fue posible totalizar una sociedad bajo la ideología del exterminio, fue porque existió un discurso legitimante en el que académicos, maestros, estudiantes, burócratas, médicos, abogados, clérigos, ingenieros y muchos otros aportaron su saber para justificar y facilitar la formación del consenso social. Ello refuerza la idea de seguir trabajando en el estudio de la Shoá. Me animaría a decir que más que trabajando, militando por su difusión y por la educación a todos los niveles posibles, como un imperativo en cabeza de las nuevas generaciones, un compromiso con la construcción de la memoria colectiva y un compromiso con las víctimas y con los sobrevivientes.

Para ello las sociedades disponen de dos potentes herramientas: la memoria y la educación. Como dice Elie Wiesel, el mandato de la memoria luego de Auschwitz se divide en tres partes: no olvidar, recordar y hacer recordar.

Una memoria útil es la que nos obliga a ser activos y a estar alertas. La Shoá es ese gran símbolo universal del mal, que no tuvo precedentes. Pero ella fue un precedente y continúa siéndolo. No es casual que esta publicación sea iniciativa de una organización que nuclea a sobrevivientes junto a sus segundas y terceras generaciones.

Tenemos mucho que aprender de los que sobrevivieron y de todas las víctimas. Su vida antes, durante y después del campo de concentración es una formidable manifestación de resistencia a la opresión.

Tenemos mucho que aprender de sus historias de vida. De cómo continuaron, con fuerza, con coraje, como pudieron. De cómo reconstruyeron sus vidas, de a poco, en Europa o en países extraños. De cómo empezaron de nuevo, cargando la mochila del horror y el dolor de las ausencias.

Para quienes nacimos tan lejos de Europa y del espanto, ese ejemplo de vida debe guiar nuestro accionar cotidiano.

La publicación que hoy presentamos, incluye en sus páginas, poderosos testimonios de sobrevivientes que dan la dimensión humana a la narración histórica. “El mundo eran tan hermoso, pero no para nosotros” revive Lea Novera al relatar el comienzo de las deportaciones; “¿esa soy yo?” se preguntóAna Vinocur una vez liberada, al mirarse en el espejo del hospital; seguiré viviendo mi vida, una vida que es imposible de vivir plantea con crudeza Imre Kertesz una vez terminadas “las guerras”; y otra vez volver a empezar, nuestras vidas rotas como un cristal. Las pegamos de a pedazos pero jamás volvieron aquedar enteras, testimonia Raia Piekarska.

Y tantos y tantos otros que con generosidad nos transmiten su experiencia esencialmente incontable, inenarrable. Y tantos y tantos otros que no pudieron hacerlo, como mecanismo de defensa para seguir viviendo. Porque cuando un sobreviviente ofrece su testimonio, tiene que haber del otro lado alguien dispuesto a escuchar. Debemos saber que un testigo del horror no relata su experiencia, la revive. La memoria es un espacio a construir y a consolidar. Es un deber ineludible de todos generar ese lugar de escucha. Para construir la memoria, y para hacerla transmisible a otros. Para honrar su legado. Para que la condición del otro, sea realmente la condición humana.

Gracias Generaciones de la Shoa por este aporte tan valioso.

Gracias por dejarnos aprender de ustedes.

Muchas gracias.

Dra Andrea Gualde.

Directora de DDHH del Ministerio de Justicia de la Nación.

Chair (Presidenta) del Grupo Memoria para 2011-2 de la ITF (International Task Force on Holocaust Education, Remembrance and Research)

 
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