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“Balada del terror”, novela de Yael Medini Imprimir E-Mail
jueves, 16 de mayo de 2013

EL OTRO ISRAEL TAMBIÉN EXISTE

Por Ricardo Feierstein

El alud de noticias periodísticas sobre muertes, enfrentamientos e iniciativas sobre el Medio Oriente invaden habitualmente a un lector abrumado por ese cuadro comunicacional, pero dejan de lado otro aspecto- otra mirada- sobre el Estado de Israel real. Cuestiones pequeñas pero trascendentes que hacen a la vida cotidiana de varios millones de seres humanos y que no merecen siquiera una línea en el fárrago informativo, por encontrarse en la periferia de la noticia efectista.

 

 

Dentro de ese orden, la creación literaria ocupa un lugar especial. No todo son balas de goma y de plomo, cohetes contra civiles, represalias, declaraciones tremendistas o rabinos reaccionarios que presionan hacia un estado teocrático de tinte colonialista. En amplias franjas de la población subsiste también un sentimiento de solidaridad con el oprimido, de sensibilidad ante la injusticia, de búsqueda de un mundo más justo y humano. Opacada por desgarradoras y frecuentes novedades sobre las muertes de turno, ese “otro Israel” también existe y merece ser oído.

En los grandes procesos sociales los artistas y creadores se ubican en la periferia -no en el núcleo central que se expone diariamente como única manifestación- y es necesario buscar allí si uno quiere reconstruir una mirada de más largo alcance sobre los procesos que se están viviendo en esa zona del Medio Oriente. La cabal comprensión de los mismos exige recorrer caminos laterales y la reciente edición en castellano de “Balada del terror”, la última novela de Yael Medini, permite un acercamiento literariamente disfrutable y políticamente pedagógico. Acerca una visión pasional y sensible, pacifista y talentosa, progresista y respetuosa de ideas y sentimientos ajenos, militante contra ambos fundamentalismos (el musulmán y la dupla ortodoxa-ultraderecha judías, que tan bien se entienden en ciertos sectores) y alerta ante la posible fascistización de algunos sectores de la sociedad.

Una situación histórica imposible

Conviene señalar que Yael Medini -quien, con acertado criterio, no utiliza el apellido paterno para evitar prejuicios a favor de quienes se acercan a su obra- es hija de Moshé Sharett, uno de los constructores del Estado judío (fue director de la Sección Política de la Agencia Judía durante el Mandato Británico, primer Ministro de Relaciones Exteriores y luego Primer Ministro del Estado de Israel, en aquellos gloriosos primeros años de una resurrección histórica que demoró veinte siglos en llegar). Nacida en 1930 en Tel Aviv, Yael vive con su familia en Israel. Pasó su niñez en Jerusalén, integró el movimiento juvenil de pioneros y sirvió en el Palmaj durante la Guerra de la Independencia. Fue miembro del kibutz Tzarah, completó sus estudios de Psicología Educacional en la Universidad de Nueva York y ha publicado varias novelas, tomos de cuentos y relatos para niños y adolescentes, por los que se hizo acreedora al Premio “Yad Va’shem” y al Premio “Zeev” del Ministerio de Educación y Cultura en 1999. De esta persona estamos hablando.

“Balada del Terror” se desarrolla en el momento actual, en una región que no cuesta mucho identificar con Israel, aunque la autora ha tenido la intención de universalizar el meollo de su argumento: los cambios personales y dramas inevitables que se desarrollan durante el enfrentamiento de dos pueblos que, a lo largo de muchos años, contienden por el mismo territorio. Trabaja con personajes cuyos nombres no refieren a ninguna etnia o grupo específico, pero se reflejan en el espejo de una violencia recíproca que no parece ofrecer solución y, a la vez, modifica en profundidad (y no para bien) a personas que viven muchos años en esta situación.

Glin y Aera, como unos modernos Romeo y Julieta, forman la pareja que anuncia la tragedia (palabra de origen griego que refiere a dos personas enfrentadas, cuyos argumentos son ambos verdaderos, pero imposibles de armonizar). El es un muchacho inocente y distraído, amante del arte y la música, siempre con su walk-man en el oído y una ingenuidad que lo preserva del horror circundante. Su madre es Rimat, una mujer pacifista que enviudó cuando Glin era apenas un niño, ya que su esposo Safia desapareció al intentar una acción violenta contra el ocupante extranjero de su tierra, una veintena de años atrás. En ese grupo combatiente también activaban Zakod -luego profesor, hoy agricultor- y su esposa (en silla de ruedas) Dela, cuyas hijas fallecieron en un atentado terrorista contra civiles; Alir, un poeta enamorado de la literatura y las causas justas; Youba, químico de profesión y amigo de la familia (quien armó la bomba que llevaba Safia y explotó antes de tiempo) y Boni, el hermano de Safia, que llega a ser director de la televisión israelí.

En el otro sector se incluyen Aera, un báladit de piel oscura, muchacha humilde casada con Yamik, esposo de su misma etnia y ligado a grupos terroristas. Junto a su “Madre Negra”, las dos mujeres de este grupo suelen entonar por las mañanas una canción tradicional, que habla del hogar perdido a manos del ocupante, de sus pájaros y sus flores. Pero, al mismo tiempo, los dos jóvenes -Glin y Aera- se sienten atraídos, más allá de sus diferencias nacionales y políticas. Y este -en apariencia- imposible romance se concretará cuando Yamik, luego de exigir a su esposa matar a un anciano guardia del grupo enemigo para demostrar identificación con la lucha de su pueblo, le explica que, como parte de un plan para un atentado gigantesco que conmoverá al país, debe conquistar al inocente muchacho y convertirlo en aliado a partir de su declarado pacifismo. Un inesperado embarazo complicará el panorama.

No conviene adelantar otros puntos de la trama, pues el placer de la lectura consiste en descubrirla de a poco y por uno mismo. Si puede decirse que el final, doloroso y a la vez esperanzado, será capaz de emocionar a cualquier persona sensible, más por lo que sugiere -como en toda esta construcción ficcional- que por lo que relata. Es decir, verdadera literatura, sin mensaje explícito pero de profunda carga metafórica.

El estilo es el mensaje

La cantidad de protagonistas y la relativamente breve extensión de la novela exigen una concentración atenta del lector, al que ayudará la lista de personajes que figura al comienzo. Y aquí llegamos a una cuestión de estilo, uno de los valores notables del libro de Yael Medini.

Parafraseando al canadiense Marshall Mc. Luhan –un teórico de la moderna comunicación, quien tituló su libro más conocido como “El medio es el mensaje”-, podemos decir que la forma que construye esta novela está muy relacionada con su tácita intención. La situación de guerra conlleva una estricta economía de palabras en la vida cotidiana. El modo israelí del hablar concreto, directo y sin dar lugar a malas interpretaciones -que por otro lado sorprende y enoja a veces a los latinoamericanos- se traduce aquí en un ritmo cortante, que el buen lector agradece. No todo está dicho, la comprensión de este “tono” literario requiere una mirada atenta y no demasiada espaciada en el tiempo. Una vez “dentro” de la narración, el efecto logrado es intenso.

Por otro lado, no existen personajes “buenos” o “malos”. Todos se debaten entre distintas opciones, algunas sangrientas y otras comprensivas, vinculadas a sus respectivos pasados. Alir es un poeta sensible que escribe a favor de los desposeídos báladim, pero su creación es utilizada por los terroristas en sentido contrario y deberá entonces decidir si cambia el texto original. Zakod -como todos los hombres de ese grupo inicial- estaba enamorado de la bella Rimat, pero atiende su cotidiano padecer junto a la esposa inválida y ya sin sus hijas. Boni se sentirá minusválida frente a la permanente presencia del hermano muerto en acción y afloja las medidas de seguridad en un momento de festejo. Un contratista de buen corazón es usado por Yamik para introducirse en el ámbito elegido y -presionado por los jefes del grupo al que pertenece-, éste último será arrastrado por una demencial violencia que, pasado un límite, no podrá detenerse.

La mejor prueba de la omnicomprensiva mirada de la escritora es que ningún sector de los grupos enfrentados estará de acuerdo. Uno exigirá detallar con claridad la agresión terrorista y la aparición de “quintacolumnistas” propios. El otro insistirá en que sus derechos originales -que originaron respuestas violentas- no están suficientemente explicitados. A salvo y por sobre estas interpretaciones elementales, sobrevive la literatura y su agudo análisis de la condición humana.

Yael Medini condensa su prosa de manera poco habitual, por lo menos a ojos sudamericanos. Donde algún émulo del barroco sudamericano hubiera apilado con esta historia una novela de 800 páginas -por la cantidad e intensidad de conflictos planteados-, ella recurre a numerosas elipsis, una sumatoria de diálogos muy bien trabajados que intercala con breves pensamientos y acciones de los protagonistas, una trama que avanza con saltos y sobreentendidos cercanos a un guión cinematográfico, poderosas imágenes visuales.

Así, a manera de escorzo, aparece al final la sensación que “Balada del terror” logra transmitir, por lo menos al autor de estas líneas: después de sesenta y cinco años de guerra casi permanente, las tragedias humanas advienen sin que uno las busque. Situaciones de tensión permanente y odio durante generaciones pueden llevar a que un sueño de milenios se convierta en pesadilla. Y allí está, junto a tantos otros de sus conciudadanos, está escritora israelí de raigambre pacifista e ilustre ascendencia para insinuar sin alharaca: “Todavía hay esperanzas para los niños que vendrán, si retornamos al sionismo humanista original. Pero debemos actuar ya”.

Ese es el “otro Israel”, el que no aparece en los medios de comunicación.

 

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Iael Medini: “Balada del Terror”, Acervo Cultural Editores. Colección Narrativa, Buenos Aires, 2010, 176 páginas. ISBN 978-987-933-29-7.


 
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